GUILLERMO PILÍA: Mudanzas y otros textos


Mudanzas y otros textos

Mudanzas

Las mudanzas son buenas para hacer
limpieza de las cosas que a otro sitio
ya no van a acompañarnos: de libros
que ayer nomás llenaban nuestras grietas,
certeros como un padre o como un credo,
junto a los cuales se crece con culpas.
Igual que aquellos libros —o el dios de la niñez—
algún día el maestro deja de ser tan grande
e infalible, como antes lo pensábamos:
le encontramos olores, ajaduras, resquicios,
y en sus fisuras vemos que tan sólo
era tierra iluminada, que apenas
si la luz lo tocó cuando nosotros
aún íbamos a tientas. Quizá pasen
muchas mudanzas hasta descubrir
—en los ojos vidriosos de un discípulo
por amor o por celos lastimado—
cuánto pesó el maestro realmente en nuestra vida.
Y olvidemos entonces sus miserias,
su pequeño egoísmo, su miopía
—padre él también, severo y amoroso—
de no ver que ya estábamos crecidos.


Los maestros

Ocho horas diarias de estudio: era el tiempo
que me recomendaban los maestros, en mis años
de estudiante de griego y latín. Cuántas
mañanas, cuántas noches, cuántas tardes
de sol o de lluvia sobre Píndaro y Virgilio...
Tanta seca gramática para escribir
estas tres palabras, maestros, algunos versos
medianamente venturosos... Qué tristes meses
aguardando un examen, repitiendo
aoristos y declinaciones... Pero también,
qué añoranza siento ahora al recorrer los lomos
de libros que hoy no tengo obligación de leer...
Si hoy ya no existe el profesor de griego
al que tanto quería, el de latín
que me aterrorizaba, si ambos son
hierba y sonido, igual que lenguas muertas...

Yo soy también vosotros, maestros: soy el hijo
que aprendió a vuestro lado la nostalgia
de la luz antigua, pero no a morir; el hijo
que hoy en Píndaro y Virgilio os recuerda.


El milagro

Contaba mi padre que mi abuelo tenía
un ojo que siempre le lloraba, producto
de un golpe que le dio —brutal— mi bisabuelo.
Tendría entre ocho y diez años entonces
y con esa marca vivió hasta los setenta.
Nunca supe qué falta nimia le acarreó
un castigo tan dilatado en la distancia
y el recuerdo: ese ojo lisiado que no obstante
no logró hacerlo cruel ni resentido.
Cuando hoy mi vista llora de cansancio
—como esta mañana que tanto se parece
a aquellas en que escuchaba de niño
la historia de mi abuelo— pienso en el milagro
de mi padre que no sufrió la misma suerte,
de mis ojos sanos y de los ojos
más sanos aún de mi hijo; en el milagro
de que esa infancia dolorosa de mi abuelo
se haya quedado allá en su isla, y solamente
trajera aquí sin odio un ojo humedecido
que hoy bien podría estar llorando por piedad.


Quijotes

Con el de hoy ya son tres
los Quijotes que entraron a esta casa:
uno de letras grandes —que leíste
cuando sufrías de los ojos—, otro
que fue conmigo y con mi hijo un verano
en un viaje a Misiones, y el que ahora
editó la Academia —tu presente
de nuevo aniversario—. Como Sancho
sobre el rucio este libro me ha seguido
desde los diez años en que mi padre
me lo dio con inocencia a leer,
en su vieja edición a dos columnas
—de él me queda solamente el recuerdo
de una cama abrigada y confortable
y un olor a papel con humedad
que aún siento y me entristece—. Como Sancho
desde entonces con torpeza he servido
siempre a algún ideal: con esperanza
peregrina de cambiar ciertas cosas
y certeza de acabar apaleado.


Lo que a nadie le importa

Ahora que el tiempo va trayendo sosiego
y que hallo cada cosa en su lugar
—cada cuerpo geométrico en su sitio
como en un test de inteligencia—, ahora
que cada sentimiento ocupa su baldosa
y lo que de mí me avergüenza se equilibra
con lo que de mí me enorgullece,
ahora —precisamente— me acuerdo
—ya casi sin dolor — de las miserias
que ayer nomás pensaba que tal vez
no iban nunca a concederme reposo:
el color azul gris de mi uniforme
de soldado, el amigo o la mujer
que traicioné, el amigo o la mujer
que a mí me traicionaron, la sonrisa
que alguna vez le di —por miedo— a un asesino
y la imagen de mi abuela que comía en silencio
la manzana de sus cien años de pobreza.
Sólo lo que a nadie le importa sino a mí,
lo que no he vivido y lo que siempre he callado,
lo que nunca conoceré ni escribiré,
lo que conmigo se muere: sólo esto me acongoja.


Otros poemas publicados en libro:
Isla en el pensamiento

Noche junto al río. Serena emerge
esta isla en el pensamiento,
en el recuerdo de los días infinitos:
grandes vigas de madera que se elevan
desde el agua, gigantescas agujas
de relojes lunares, o tal vez plegarias
por los muertos insepultos. Maderas
de pie como cimientos
de antiguos palafitos,
despojadas de vida, olorosas a peces,
negras por el alquitrán
de los buques petroleros.
Retorno del canto: amarran en las vigas
los barcos de huesos que arriban
desde el fondo del río;
y grandes hortensias
llevan a sus tumbas subfluviales.


Allí también la vida estuvo en otro tiempo

Río de invierno: ya más escaso
se hace el bajar de las lanchas a las islas
a pleno sol, ya más escaso
se hace el contingente de viajeros
que retornaba a la otra orilla,
en las noches pesadas de calor y acetileno.
Allí también la vida estuvo en otro tiempo
primitivo, allí también los huesos
se desgastan y se suavizan
como las valvas de los caracoles muertos.


Para que se cumpla la ley que me obsesiona

He colgado a mis víctimas de un árbol,
las he desollado.
Las he partido en cuartos,
del tronco he extraído las vísceras azules.
He preparado el festín sobre la hierba,
salvajemente he comido carne humana.
He sacado los tendones más robustos
para cuerda de arco, para punta de flecha
los huesos más potentes he afilado.
Para que se cumpla la ley que me obsesiona
y cada hombre tenga parte
en la muerte del prójimo.


Niebla

Hay sobre la madrugada un vidrio opaco:
caminamos a tientas, en lo ambiguo
entre la tierra y el cielo: así creemos
que caminan también nuestros difuntos.

Quizás se esparcirá también la niebla
sobre campos y canales, contra el muro
verdinoso de la infancia,
entre los juguetes y el incienso de Rimbaud.

Es este humo de Dios como una llaga
que se percibe apenas con dolor: la pupila turbia
del milagro evangélico, quizás
un ojo lisiado de la mañana y de la vida.


Luna de Alexis

Ha cambiado la calle: en otro tiempo
la noche era aquí más selvática: oscilaba
en la esquina un farol con el viento
del verano, grillos y ranas presagiaban tormenta
y venía del fondo de lo oscuro
un perfume profundo de quintas y de albahaca.

Pero allá sobre las casas, en la linde del cielo,
los mismos árboles refrescaban la atmósfera:
los tilos olorosos de noviembre, los pinos y cipreses,
los eucaliptos balsámicos: de aquellas
maderas inmortales brotaba a veces esta luna
que mi hilo contempla con mis ojos de asombro.


Amor más misterioso que los muertos

...odore dell’infanzia
che grama gioia accolse...
Salvatore Quasimodo

Creíamos olvidado el olor
de la vieja casa, cuando de pronto,
al abrir una puerta de madera,
volvieron las noches de verano y el acoso
de los mosquitos,
las fiestas, sus vísperas y el misterioso
resucitar de nuestros muertos.
Solían nuestros años añejar
también estos recuerdos, solían traer
otras noches de verano superpuestas,
otras fiestas, otras vísperas, otro amor
más misterioso que los muertos.
Hasta que en un instante retornaba
el olor de la infancia y su enfermiza alegría.


Caballo de Guernica /22

Días de seca prosa, tan lejanos
al látigo del verso. Un murmullo bastaba
a quebrar nuestros labios.

El mundo resonaba en voz muy baja,
como nos hablan tácitos los muertos.

La añoranza de un canto
a veces nos sacude el corazón
como trapo con viento.


Caballo de Guernica /52

Cae la tarde, el perdón, una niebla
suburbana. Tu pena es solidaria
con el dolor de todo lo que nace.

Es sencillo tu mal:
crece como la barba y el cabello,
como malezas de un bosque difunto.

La boca abierta a las estrellas,
lloras como el caballo de Guernica.


Sonidos como peces

Busco a veces con mi dedo un idioma
como el ladrón de tumbas busca el óbolo
en las bocas selladas de los muertos.

Pasa de labio en labio el alcanfor,
una brizna de hierba, un sustantivo
ruinoso y obsoleto:

la leche, una sortija, el pan y el vino,
una carne cubierta por las moscas,
las lluvias de Valdivia o Grazalema.

Arrojo al agua un anillo precioso.
Y sólo de tanto en tanto recojo
sonidos encarnados, como peces.


Mi casa y mis palabras

Me empecino en leer con ojos limpios
los frutos de otras vidas: sólo voces
sin ilación, sólo ajeno lenguaje.

Lo que otro amó, yo lo odié; lo que odiaron
fue para mí una devoción. Ninguno
de nosotros escribió el mismo verso.

Con tal pan de mendigo aún me alimento
y no hay tiempo peor que el que va en blanco.
Pasaron días huérfanos de sílabas.

Lectura, amor primero: todo amor
fue tan distinto después de esos libros
en que fundé mi casa y mis palabras...


El milagro

Contaba mi padre que mi abuelo tenía
un ojo que siempre le lloraba, producto
de un golpe que le dio —brutal— mi bisabuelo.
Tendría entre ocho y diez años entonces
y con esa marca vivió hasta los setenta.
Nunca supe qué falta nimia le acarreó
un castigo tan dilatado en la distancia
y el recuerdo: ese ojo lisiado que no obstante
no logró hacerlo cruel ni resentido.
Cuando hoy mi vista llora de cansancio
—como esta mañana que tanto se parece
a aquellas en que escuchaba de niño
la historia de mi abuelo— pienso en el milagro
de mi padre que no sufrió la misma suerte,
de mis ojos sanos y de los ojos
más sanos aún de mi hijo; en el milagro
de que esa infancia dolorosa de mi abuelo
se haya quedado allá en su isla, y solamente
trajera aquí sin odio un ojo humedecido
que hoy bien podría estar llorando por piedad.


Lo que a nadie le importa

Ahora que el tiempo va trayendo sosiego
y que hallo cada cosa en su lugar
—cada cuerpo geométrico en su sitio
como en un test de inteligencia—, ahora
que cada sentimiento ocupa su baldosa
y lo que de mí me avergüenza se equilibra
con lo que de mí me enorgullece,
ahora —precisamente— me acuerdo
—ya casi sin dolor — de las miserias
que ayer nomás pensaba que tal vez
no iban nunca a concederme reposo:
el color azul gris de mi uniforme
de soldado, el amigo o la mujer
que traicioné, el amigo o la mujer
que a mí me traicionaron, la sonrisa
que alguna vez le di —por miedo— a un asesino
y la imagen de mi abuela que comía en silencio
la manzana de sus cien años de pobreza.
Sólo lo que a nadie le importa sino a mí,
lo que no he vivido y lo que siempre he callado,
lo que nunca conoceré ni escribiré,
lo que conmigo se muere: sólo esto me acongoja.


Guillermo Pilía nació en La Plata, Argentina, en 1958. Es egresado en Letras. Su obra poética está integrada por Arsénico (1979), Enésimo Triunfo (1980), Río Nuestro (1988), Río Nuestro / Cazadores Nocturnos (1990), Huesos de la Memoria (1996), Caballo de Guernica (2001), Ópera flamenca (2003) y Herido por el agua (2005); y por dos plaquetas: Viento de lobos y Visitación a las islas (2000).Tiene publicados también cuentos (Viaje al país de las Hespérides (2002), Días de ocio en el país de Niam (2006) y ensayos, entre éstos, Historia de la literatura de La Plata (2001). Ha obtenido numerosos premios en la Argentina, España, Francia, Estados Unidos, Ecuador y Chile. Es director de la Cátedra Libre “Francisco López Merino” de la Universidad de La Plata. Comunicación: lapuertadelprincipe@hotmail.com Foto: JMP, 2007. Pilía en la redacción de el espiniyo.

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