Francisco López Merino, En la mañana buscó la noche



TONO MENOR, 1923

Madre: te dedico este libro íntimo

EL ALMA SE ME LLENA DE ESTRELLAS

A Luis Mallol

El alma se me llena de estrellas cuando pienso
que moriré. Imagino espirales de incienso
decorando la caja mortuoria; luego el canto
triste de las campanas.  (Igual que en viernes santo
llorarán las campanas porque yo fui creyente,
porque yo hablé de Cristo melancólicamente.)
Después, ese silencio divino que buscaba
día a día en la vida, pero que no encontraba.
Después, la paz profunda.
          Y al poco tiempo, acaso,
se esfumarán mis ojos en el pálido ocaso
del recuerdo... Y entonces el compañero amado
dirá que fui una llama de luz que se ha apagado.
Y la amiga lejana de mis días adversos
abrirá el cofrecillo lírico de los versos
y volcará las hojas pálidas de las rosas
que yo gusté ofrendarle en las tardes hermosas.
Mientras tanto la muerte no llega...
          Pienso en ella
y en mi alma florece de emoción una estrella.


LA EMOCIÓN DEL SILENCIO

“esta es la hora en que todos los enfermos se agravan”,
Charles Baudelaire. Las flores del mal.

En los largos crepúsculos profundos
poblados de un recóndito silencio,
recuerdo el verso aquel que me emociona:
la hora en que se agravan los enfermos...

Pienso que un alma análoga a la mía
acaso ha penetrado al reino eterno
en esa hora ínfima y doliente
en que se agravan todos los enfermos...

¿Amigo, tú no sientes la tristeza
que desciende en la hora del silencio?
¿No sientes cómo tu alma también gime
cuando se agravan todos los enfermos...?


LÁMPARA

Lámpara: en tu regazo se ampararon
los seres que no están en torno nuestro,
los seres que partieron para siempre
callados y serenos…
Al lado tuyo hilaron cosas suaves
y escucharon las voces del silencio,
las voces inefables que descienden
en las noches de invierno.
Este fulgor que ahora nos envuelve
–fulgor inmaculado como un sueño–
también rozó las frentes pensativas
de los seres queridos que partieron.


DE VIAJE

Un niño, frente a mí, va mirando el paisaje;
sus ojillos descubren las flores campesinas
y como el tren se lanza por valles y colinas
este niño se llena de emoción en el viaje.
Silabea palabras que apenas oigo, asombra
esa mirada suya penetrante y tranquila,
se dijera que ansía que su clara pupila
aprisione los bellos pormenores que nombra…

Los demás, abstraídos, el paisaje olvidamos.
El pensamiento nuestro cesa de hilar, reposa...
Yo me he dicho ante el niño que admira el cielo rosa:
él es el más poeta de los que aquí viajamos.



LAS TARDES, 1927

MIS PRIMAS, LOS DOMINGOS...

Mis primas, los domingos, vienen a cortar rosas
y a pedirme algún libro de versos en francés.
Caminan sobre el césped del jardín, cortan flores,
y se van de la mano de Musset o Samain.

Aman las frases bellas y las mañanas claras.
Una estatua impasible las puede conmover.
Esperan la llegada de las tardes de otoño
porque, tras los cristales, todo de oro se ve...

Y vienen los domingos a cortar rosas… Saben
que el eco de sus voces para mí grato es.
Entre las hojas quedan sus risas armoniosas;
ellas seguramente se ríen sin saber.

Mis primas, cuando llueve, no vienen. Dulcemente
aparto los capullos que el viento hará caer;
hago un ramo con ellos y pongo bajo el ramo
un volumen de versos de Musset o Samain.


LAS NUBES *

Acaso tengan alma pero no tienen voz.
Sueñan en el silencio luminoso del cielo.
Las nubes son las aves fantásticas de Dios
que ante la noche tienden un invisible vuelo.

En los largos crepúsculos se hacen más transparentes:
lienzos de seda tenue frágiles de quebrar.
En la tierra descansan en remansos y fuentes
que del cielo reciben la paz especular.

La sangre de las nubes es fragancia en las rosas
y bondad en el árbol que da tanta dulzura.
Las pupilas se tornan más profundas y hermosas
si contemplan el cuerpo de la nube más pura.

Viven desnudas, como la flor y las estrellas.
Su brújula es la brisa que los espacios hiende.
Suelen llorar lo mismo que frágiles doncellas.
Se nutren del perfume que de la tierra asciende.

* Poema publicado en revista “Biblos”, Azul, año 1, nº 3, junio-julio 1924.


ESTAMPA

Siempre estás como ausente de la tarde. ¿Qué lago
invisible y lejano recogerá tu imagen?
Líquido estremecido por un perfil tan vago
se tornará sensible cuando los astros bajen.

Temo quebrar la magia de tus vírgenes sendas
con la torpe palabra que mi labio pronuncia.
Tendré que ser más leve para que me comprendas,
o tú bajar al mundo como agua que renuncia.

Siempre estás como ausente de la tarde. ¿Qué brisa
se lleva tu silencio cargado de leyendas?
De paisajes soñados se nutre tu sonrisa.
Tendré que ser más leve para que me comprendas.


PRIMERA LLUVIA DE OTOÑO

Cae una lluvia tan fina 
que no parece que llueve... 
Más bien es como el recuerdo 
de otra lluvia, que florece 
en la memoria de todos 
callada y súbitamente. 
Más bien es como el ensueño 
del cielo, que se desteje 
sobre los árboles quietos 
del paisaje transparente. 
Más bien es como una pena 
que desde las nubes vierte 
su mojada melodía 
para que en el mundo sueñen. 
Cae una lluvia tan fina 
que no parece que llueve... 
Seguramente hay enfermos 
que la escuchan tristemente 
como si cayera dentro 
de sus pobres pechos débiles, 
ensombreciendo en crepúsculo 
el paisaje transparente, 
apurando el paso grave, 
misterioso de la muerte. 
Hay, seguramente, madres 
que al oír llover padecen 
y enfermos que entre la lluvia 
ven como crece la muerte... 

Cae una lluvia tan fina 
que no parece que llueve... 


MOMENTO

Florecen las campanas musicales congojas
y en la fuente una nube crepuscular se estanca.
El árbol de la niebla deja caer sus hojas
ungiendo los caminos de una tristeza blanca.



ÚLTIMOS POEMAS

CALLE SOLITARIA

Amo el silencio humilde de esta calle
ennoblecida de árboles serenos
por donde nunca pasó otra alma
que no sea la del viento...

Las nubes se detienen a mirarla
con sus ojos etéreos,
y saben, por la ausencia de las hojas,
si está en ella el otoño o el invierno.

Amo el silencio humilde de esta calle
ennoblecida de árboles serenos
por donde caminé tantos domingos
con mi pequeño huerto de recuerdos...

Cuando yo muera, amigo, habrá quedado
en esta calle lo mejor que tengo:
El rosal escondido de mis penas
y la música vaga de mis sueños...


CARTA EN TERCETOS A JORGE LUIS BORGES

Me acuerdo, amigo Borges, de la tarde en que fuimos
a pasear por el barrio donde vivió Evaristo
Carriego, aquel muchacho “casi genial y tísico”.

Nuestro andar se cansaba por esa calle Honduras
que estaba silenciosa bajo un cielo de lluvia
y tenía los muros húmedos y ninguna
muchacha sonriente. También me impresionaron
las gastadas banderas de la calle Serrano
que flameaban apenas sobre los techos bajos.

Evoco nuestra charla de esa “tarde cualquiera”:
Macedonio Fernández habló con voz de ausencia
y era el recién venido de su novela inédita.

Digo los tangos viejos que duermen en tus discos
y escucho a usted que lee “Mis primas los domingos”:
(Sabe bien que no tengo jardín, pero es lo mismo).

Pienso en su hermana Norah: me regaló una flor
dorada y menudita que le envió Juan Ramón
en una carta clara como un agua con sol.


VERSOS A LA CALLE DE MI NOVIA

Vives en una calle donde siempre es domingo.
Por esa calle única se derrama septiembre
con sus campanas lentas, su aroma de glicinas
y su tristeza casi alegre.

Un ángel invisible limpia la luz del aire:
la luz eternamente fácil que te contiene.
En sus cielos pacíficos una tarde sin nombre
se ha detenido para siempre.

Tal vez por esa calle llegara hasta tu infancia:
seto de lilas, libro de oraciones celestes,
agua de primavera, tu nombre y senda clara
que conduce a una calle donde es domingo siempre.





Selección de textos: Jmp. De “El Universo Poético de Francisco López Merino” (Estudio preliminar, recopilación de la obra completa, bibliografía y notas: María Minellono), Ediciones Al Margen, 2000.-
Francisco López Merino nació el 6 de junio de 1904 en la ciudad de La Plata. Su casa natal está ubicada en calle 48 Nº 880. El 22 de mayo de 1928, en uno de los baños del Jockey Club, se suicidó con un disparo en la cabeza. El arma había pertenecido a su padre. “En la mañana buscó la noche”.


Foto: Panchito López Merino y Jorge Luis Borges en Zoológico de Buenos Aires, 1926. 

2 comentarios:

José María Pallaoro dijo...

A FRANCISCO LÓPEZ MERINO
de Jorge Luis Borges
En: “Cuaderno San Martín”, 1929.

Si te cubriste, por deliberada mano, de muerte, si tu voluntad fue rehusar todas las mañanas del mundo, es inútil que palabras rechazadas re soliciten, predestinadas a imposibilidad y a derrota.

Sólo nos queda entonces decir el deshonor de las rosa que no supieron demorarte, el oprobio del día que te permitió el balazo y el fin.

¿Qué sabrá oponer nuestra voz a lo confirmado por la disolución, la lágrima, el mármol? Pero hay ternuras que por ninguna muerte son menos: las íntimas, indescifrables noticias que nos cuenta la música, la patria que condesciende a higueras y aljibe, la gravitación del amor, que nos justifica.

Pienso en ellas y pienso también, amigo escondido, que tal vez a imagen de la predilección, obramos la muerte, que la supiste de campanas, niña y graciosa, hermana de tu aplicada letra de colegial, y que hubieras querido distraerte en ella como en un sueño.

Si esto es verdad y si cuando el tiempo nos deja, nos queda un sedimento de eternidad, un gusto del mundo, entonces es ligera tu muerte, como los versos en que siempre estás esperándonos, entonces no profanarán tu tiniebla estas amistades que invocan.

José María Pallaoro dijo...

MAYO 20, 1928

Ahora es invulnerable como los dioses.
Nada en la tierra puede herirlo, ni el desamor de una mujer, ni la tisis, ni las ansiedades del verso, ni esa cosa blanca, la luna, que ya no tiene que fijar en palabras.
Camina lentamente bajo los tilos; mira las balaustradas y las puertas, no para recordarlas.
Ya sabe cuántas noches y cuántas mañanas le faltan.
Su voluntad le ha impuesto una disciplina precisa. Hará determinados actos, cruzará previstas esquinas, tocará un árbol o una reja, para que el porvenir sea tan irrevocable como el pasado.
Obra de esa manera para que el hecho que desea y que teme no sea otra cosa que el término final de una serie.
Camina por la calle 49; piensa que nunca atravesará tal o cual zaguán lateral.
Sin que lo sospecharan, se ha despedido ya de muchos amigos.
Piensa lo que nunca sabrá, si el día siguiente será un día de lluvia.
Se cruza con un conocido y le hace una broma. Sabe que este episodio será, durante algún tiempo, una anécdota.
Ahora es invulnerable como los muertos.
En la hora fijada, subirá por unos escalones de mármol. (Esto perdurará en la memoria de otros.)
Bajará al lavatorio; en el piso ajedrezado el agua borrará muy pronto la sangre. El espejo lo aguarda.
Se alisará el pelo, se ajustará el nudo de la corbata (siempre fue un poco dandy, como cuadra a un joven poeta) y tratará de imaginar que el otro, el del cristal, ejecuta los actos y que él, su doble, los repite. La mano no le temblará cuando ocurra el último. Dócilmente, mágicamente, ya habrá apoyado el arma contra la sien.
Así, lo creo, sucedieron las cosas.