HORACIO PRELER Un poeta de los detalles


Libros de Horacio Preler. Archivo de la talita dorada
  
HORACIO PRELER: EL ETERNO ADEMÁN DE PERPLEJIDAD

Por Adrián Ferrero

     Resulta curioso que me encuentre escribiendo esto una tarde de invierno de 2019, evocando a Horacio Preler (La Plata, 1929 - 2015) uno de los más grandes poetas que tuvo mi ciudad. He dialogado toda la tarde con dos de sus libros, prácticamente escuchando el susurro (no el murmullo) moderado y apolíneo de su lírica, que se despliega en versos que se caracterizan por la levedad, como quería Italo Calvino en sus Seis propuestas para próximo milenio (1988). Horacio tuvo, precisamente, una escritura de la levedad. Sin que se pueda predicar de ella música ligera alguna. Una música morosa como podría ser un piano interpretando los “Nocturnos” de Chopin. Despojado y calmo, que invita más a la contemplación fija en un punto que a hacer circular la mirada en derredor. Más a situar la vista fija en un punto que en la amplitud de un plano general, detenerse y observar con minucia los detalles. En efecto, Horacio fue un poeta de los detalles.

     Y es que, en efecto, durante la etapa en que lo frecuenté (con un grupo de amigos  e incluso con la madre de mi hija, hacia los años noventa), él no tenía por costumbre leer lo que estaba escribiendo. Tampoco lo que había escrito. Menos aún de participarnos lo que tenía entre manos en ese momento (es más, ignorábamos si lo tenía). Como si el solo hecho de pronunciarlo fuera sinónimo de profanarlo o de extraviarlo en una alcantarilla. Más bien, por el contrario, asistía al espectáculo del poema ajeno pero, sin embargo, no como extranjero, sino como un observador atento y gentil, cordial y de costumbres civilizadas, porque ninguna palabra le daba lo mismo. El punto exacto entre ausencia de jactancia  (esto es, la modestia), y el celo por los proyectos del presente (la discreción).

Detalle de tapa número 1 de El espiniyo, 2005
     Nos reuníamos en torno de una larga mesa del Centro Cultural “Islas Malvinas”, precisamente rodeados de su Plaza, a leer y a leernos, a conversar sobre literatura con posiciones en ocasiones muy distintas porque las poéticas, las ideologías y las formaciones eran dispares. Pero jamás se trataba de intercambios confrontativos. La cita tenía lugar con motivo de conversar no sólo sobre poesía o narrativa. Lo recuerdo reconcentrado,  meditativo. Pero no se trataba sin embargo de un retraimiento que supusiera melancolía ni tampoco una retirada desaprensiva del mundo. Menos aún desdén o indiferencia. Tampoco sentido de superioridad o soberbia. Sino, por el contrario, daba la impresión de evitar el ruido del mundo para  facilitar la reflexión. Una meditación que hacía extensiva luego a la escucha detenida para brindar una opinión en todos los casos acertada. Porque Horacio Preler era precisamente eso: certero ¿Quizás sería esa misma escucha del poema que le llegaba cuando él escribía los propios?  

    El motivo por el que íbamos a esa mesa todos los viernes (la palabra “tertulia” no me gusta) era, me parece a mí, precisamente sobre todo para que nos escuchara. Para leerle. Porque creo que todos unánimemente o íntimamente (mejor) teníamos la secreta convicción de que su palabra era la definitiva. Su aprobación era un respaldo que reforzaba la potencia de un poema o, en cambio, a partir de su comedimiento nos deteníamos para revisar el  punto en el que parecíamos haber tropezado con el lenguaje.

     Nos reuníamos también para conversar entre nosotros, los que estábamos más o menos en la misma. Se trataba de un día, ese viernes, que yo esperaba con ansiedad durante el resto de la semana de estudio y de trabajo. Nos leíamos con pasión y no creo faltar a la verdad si digo que no cundió jamás ni la envidia ni un espíritu competitivo. Esos defectos quedaban neutralizados por el amor a la vocación, en primer lugar. Y en segundo lugar porque quienes asistíamos no teníamos ambición profesional sino un profundo amor por lo que hacíamos sin aspiraciones de triunfos. A lo que sumo respeto ético y estético por los compañeros. Sí, en cambio, teníamos en claro que aspirábamos a trabajar con profesionalismo, que no es lo mismo. A quienes conocí en torno de esa mesa era gente con sentido de grandeza. Empezando por el propio Horacio Preler.

Encuentro en La Plata, Horacio Preler y Noé Jitrik
entre otros escritores. Archivo de la talita dorada
     Horacio Preler fue abogado. Pero se consagró intensamente a la poesía. No sólo fue poeta. Abrazó ese arte como un estilo de vida. Publicó su primer libro en 1966, como lo declaró y se vio de pronto rodeado de poetas. El paso natural fue formar parte de un grupo de creadores. Y ese salto ya lo catapultó a una atmósfera artística sin retorno, por supuesto. Si bien lo sospecho con poco espíritu gregario. En todo caso sí de reunión con su familia. Pero respecto del mundo de la literatura tengo la impresión de que siempre manifestó reserva. No era un hombre dado a las efusiones. Tampoco a los grandes gestos teatrales.

     Me atrevería a decir que, pese a su solidaridad y a su presencia, fue un artista profundamente insular. Eso se advierte en su lírica (o, al menos, yo lo advierto en estos dos libros que leí esta tarde: La vida se interroga, de 2011 y Pájaros oscuros, de 2013, que son los únicos poemarios de que dispongo luego de una intensa y denodada búsqueda (no quise molestar a su familia).

     Fue capaz de escribir versos como “¿El antiguo poema retardará el silencio (...)?”. O: “Vuelve el polvo al polvo / y el silencio a la tierra”.  Nótese la insistencia en el silencio que era, precisamente, la nota distintiva que uno podía observar en su presencia como rasgo filosófico de una poética que él transfería a una biografía y a una praxis vital, ya no solo como rasgo de carácter. Se trataba de un habitar el mundo de una manera singular, acorde a su poética. Y ese silencio le permitía ante todo una cierta clase de escucha. Porque el silencio permite precisamente ante todo la atención. Me parece que Horacio eso lo tenía perfectamente claro. Porque era un gran atento al mundo. Nada le daba lo mismo. Simplemente que su participar del mundo pasaba por escuchar y sentir los significados, los sentidos que suponían más implícitamente aún, esto es, más dentro de sí, que lo que él pudiera manifestar en público. Era un hombre que sabía indagar en las cosas profundas sin ser solemne.

     Mantenía un tono de voz siempre cordial, civilizado, cortés, jamás crispado. Permitiendo hablar al otro y dejando en claro que era un hombre con quien se podía mantener una conversación  interesante, sin perder el tiempo. Horacio Preler no intervenía demasiado en las discusiones. Pero de tanto en tanto dejaba deslizar, o no, mejor, dejaba caer (porque las palabras tenían peso y volumen para él, vuelvo de la levedad de Calvino) una frase, una expresión, una observación y eso era suficiente para que “la lección del maestro” tuviera lugar. Y para que, precisamente, cundiera un inmediato silencio. Porque sobrevenía con él la calma y el poema, como nosotros nos aquietábamos ante la escucha de una voz tan serena pero a la vez con tal conocimiento de la materia poética y de la lengua literaria. Su indicación era precisión. Es más: su precisión era maestría. Como un escalpelo. De un modo u otro, estaba claro que era quien presidía esas reuniones, sin afán de protagonismo ni menos aún de ser un emperador con su corte de adulones.

     Sus libros dan la sensación por momentos más de meditar que de cantar o celebrar. Y de hacerlo en ocasiones con júbilo y en otras con cierto amargo desencanto. Pero siempre sin énfasis. Se trata, ante todo, de una poética, por llamarla de algún modo, ecuánime. Quizás por la época que le tocó vivir, en la cual la poesía (que para él era mucho más que una vocación), comenzaba a declinar y a abandonar este mundo, arrinconada por otros discursos, otras prácticas sociales y otras temporalidades, la veleidad de otros poetas y esa mesura que era definitoria en su personalidad y la de su lírica, ya había comenzado a languidecer. Pese a ello, obstinado, sus libros están intactos y los he leído no sólo con admiración sino con fervor. Con la más firme seguridad de que estoy leyendo a un clásico. Guardan total vigencia, sin que el otoño haya hecho declinar uno solo de sus versos. De las hojas de sus libros pulcros, cuidados como árboles que, valga la metáfora, hunden raíces poderosas en la tierra de la poesía a la cual el mundo, cosa curiosa, suele ser más indiferente. Se advierte meditación y trabajo con la lengua. No hay prisas. Hay, en cambio, consideración hacia el prójimo traducida en respeto hacia él en el poema. Se trata, en efecto, de una poética respetuosa, por fuera de todo efectismo.

     Partió y aún me parece mentira. Como si yo supiera (y él también lo hiciera) que podemos volver a encontrarnos a la vuelta de la esquina. Es como si presintiera a Horacio en la ciudad pese a la ausencia o es como si su ausencia lo volviera más presente, por paradoja, aún.

     De su obra no me marcho. No admito abandonar a la persona Horacio Preler. A su ética del poema. Y me concentro en este libro que ya cité, de su madurez: La vida se interroga (2011). Ahora que Horacio ya no nos acompaña, como es natural cobra su sentido más  intenso aún su lectura. Y, sobre todo, cobra sentido su escritura. Me formulo preguntas acerca de en qué circunstancia habrá escribo tal o cuál poema. Qué emoción lo estaría embargando al hacerlo. Esas preguntas que solo se formula un escritor al leer a otro escritor: ¿cómo habrá nacido este poema en particular?, ¿cuál habrá sido su reacción (y no otra) al escribir ese poema que recorto del resto?, ¿cómo habrá armado el libro, bajo la forma de una recopilación o de un proyecto que tenía planeado de antemano?, ¿cuáles eran las cosas que más conmovían a Horacio Preler del mundo que lo rodeaba, de su entorno? Preguntas, preguntas, preguntas. Incertidumbres, como corresponde a toda buena poesía. A proyectar en el poema todo aquello que un escritor ha vivido como creador y puede vislumbrar en otro. Por más que sea uno de sus mayores. O, parar el caso, uno de sus maestros. Alguien a quien frecuentó no desde la intimidad sino desde lo que es: un escritor. Desde ese lugar nos vinculamos. Pero fue al mismo tiempo un encuentro que pese a que pueda parecer meramente profesional comprometía nuestra más profunda vocación y eso nos mantenía en comunión.

Horacio Preler, José María Pallaoro y César Cantoni.
Archivo de la talita dorada
     Su ausencia confiere a este libro el carácter de documento, de palabra, paradójicamente, viva. Por sustracción de presencia y llegada de ausencia la letra de sus libros lo invocan y lo traen como si fuera su voz y no su escritura sino la que dijera esta tarde en este estudio en que leo los poemas. Leyendo a Horacio Preler lo escucho. Es fenómeno naturalmente que consterna por la pérdida de semejante poeta. Pero al mismo tiempo, los libros lo traen como esa figura amistosa que fue. Uno siente eso con Horacio Preler. Que su poesía le  habla. Y es posible advertir esa inclinación hacia la contemplación en Horacio: desde los insectos hasta el agua de un patio o un naranjo. A todo lo dota de un sentido trascendente en el mejor sentido de la palabra. No porque le otorgue un carácter sagrado o místico. No. Sino porque le otorga el verdadero lugar que tiene ese objeto o ese espacio en el universo. El que le cabe de modo perfecto. En el que encaja porque le estaba destinado. Hasta conformar una armonía. Pero a la vez se trata de un lugar moderado. Ese espacio en el que un objeto calza porque es el espacio que le estaba consagrado. Es la pieza de un rompecabezas que forma o traza una figura mayor dentro de la cual se integra un contorno. Un contorno que tiene un significado. Se trata de una trascendencia contemplativa. Eso es todo. La de alguien que asiste al espectáculo del mundo entre atónito y perplejo. Pero sin emociones fuertes. En este libro en particular Horacio Preler reproduce como epígrafe una frase de Pierre Jean Jouve en la que este escritor afirma que la poesía “es algo irreductible, / que no puede pertenecer a ningún sistema de ideas, no puede servir / a ninguna ética, a ninguna ciencia / a ninguna política”. Y sin embargo, estoy en desacuerdo con que esta frase sea predicada de la poesía de Horacio Preler. Es cierto. La poesía es irreductible. De eso no cabe la menor duda. Pero sí hay en la poesía de Horacio ideas (y diría que hasta un sistema, porque hay cosmovisión), hay una ética (una ética del poema, una ética del poeta en relación a su prójimo, una ética en relación a la creación, una ética del lenguaje, hay principios intransigentes a los que no está dispuesto a renunciar). Puede que no sea reductible a ninguna ciencia (en este punto sí acuerdo, la poesía de Horacio es todo menos objetiva y menos aún tiende a un método, más bien se deja guiar por una intuición que sin embargo siempre acierta). Los estímulos del mundo lo capturan y sí percibo en la lírica de Horacio una política. Cita, por ejemplo, a Brecht, lo que ya lo inscribe en una cierta tradición de creadores. Porque ninguna cita ni ninguna invocación es inocente. De modo que en este gran oxímoron en el que siento que Horacio nos ha hecho caer como en una celada, en su trampa, en una trampa de poeta (sin ser contradictorio sino deliberado y también siendo inteligente sin ser tramposo, lo que es algo muy distinto, sino en todo caso cometiendo una travesura) percibo una suerte de juego, una humorada en la que ha aspirado a burlarnos y quizás hasta a burlarse con sabiduría de sí mismo. Esta también es una idea. Jugar con el poema es como jugar con el lector y hacerle sentir que la poesía puede ser muchas cosas al mismo tiempo: ser juego de lenguaje, ocasión festiva. O, en su caso: destilada modestia. Incluso es capaz de despistar a los lectores. Y el autor, el escritor ya consumado a esta altura que es Horacio Preler, se permite y hasta promueve esos pequeños equívocos sin importancia, diría el italiano Antonio Tabucchi. Porque además de sentir, además de su naturaleza intensamente emocionante pese a su armonía, además de pensarnos como sociedad en la que somos seres políticos, pertenecientes a una comunidad en la que efectivamente hay conflictos que él no niega ni de los que reniega, citando a Brecht y dejando este punto en claro, zanjando la cuestión, también sabe qué lugar tiene el poeta en esta comunidad. Y nos deja pensando. Profundamente. No sólo experimentando el acontecimiento sensible del poema en ese instante congelado de la contemplación. Que en su caso ha sido meditada arquitectura. Sensible constelación de significados que han armado una construcción que no suele ser erudita sino más bien despojada. Ello no es sinónimo de que se carezca de lecturas. Menos aún de lecturas inteligentes. Simplemente que no hay ostentación y la biblioteca está implícitamente escrita en el poema. Los libros no son nombrados. Los poetas no son invocados. Asistimos, esos sí, a una palabra con sentido de la elaboración. Junto a ello, está la representación en el seno del poema de lo que Horacio Preler considera es el universo no tanto como destino final que no tendrá fin (o sí) sino más bien como quien consiente en jugar, como todo escritor, a la ambigüedad. A que las máscaras del poema. Esas que le permiten ser muchas cosas, aún con las que está en desacuerdo pero son interesantes para que, con afán de apertura y de modo inclusivo, hagan contrapunto con sus propias ideas. Sin renegar de sus convicciones aspira a incorporar a su poesía la riqueza infinita del mundo en todas sus manifestaciones. Humanas, animales, inanimadas. Planteando una poesía que será lenta, morosa. Que se tomará su tiempo pensando justamente en el lector ese mismo estado: el del cuidado y el del respeto. Y el de replicar en el lector el efecto profundamente creativo  que ha dado origen al poema. La alquimia de su génesis.

Horacio Preler en City Bell. Archivo de la talita dorada
     Poemas que caben entre unas pocas líneas, unos pocos espacios en blanco. Un poemario breve pero sugestivo. Una puntuación que será la que determine, su velocidad y su elocuencia. La que él aspira a imprimirle a este mundo que ha perdido el juicio. Pero del que el poema es su antídoto. Donde haya ruido Horacio traerá la música. Y donde haya apuro, Horacio traerá la calma. Ese lugar en el que uno puede guardarse en el silencio. Horacio, allí, ha encontrado su morada. Y, a través de sus libros, nos invita a que hagamos exactamente lo mismo. Un recuerdo conmovido en esta tarde e invierno. En que Horacio se ha marchado, pero al mismo tiempo, y de modo paradojal, se ha hecho presente con su palabra, se ha quedado en esta ciudad traduciendo su presencia en versos que verdaderamente son pequeños objetos de perfecta composición. Y gracias a la cual he detenido un día de desplazamientos y movimiento, hasta la parálisis emocionante de su recuerdo y de su voz en la voz de su poesía. 


Horacio Preler (La Plata, 21 de septiembre de 1929 - 6 de agosto de 2015)


Adrián Ferrero (La Plata, 9 de noviembre de 1970). Escritor, crítico y Doctor en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, Argentina. Publicó libros de narrativa breve, poesía e investigación.

ADRIÁN FERRERO El poeta Néstor Mux acaba de cumplir 50 años de poesía

Foto: Griselda Mux. Archivo de la talita dorada

  
NÉSTOR MUX: EL POETA DEL LÍMITE


     El poeta Néstor Mux acaba de cumplir 50 años de poesía. Y ha publicado una antología que es un recorrido por su producción, titulada Nadie le pide que escriba. 50 años de poesía (1968-2018) (La Plata, Libros de la talita dorada, 2019).  Les propongo como hipótesis de lectura de la poesía de Mux la noción de límite. Esto es: leer a Mux es ser protagonistas de la experiencia del límite hasta alcanzar el orden de lo ilimitado. Habrá límites impuestos al hombre de distinta naturaleza que aparecen, como veremos, en su poesía. A continuación, si les parece, los iremos desgranando.

     Leer a Néstor Mux es un acto de austeridad combativa en primer lugar. Hay por un lado una intimidad que se preserva con celo (en su doble acepción de cuidado y de deseo erótico). Pero también hay un desprendimiento producto de una generosidad que se percibe en la palabra misma. No porque la palabra sea dispendiosa o se dispense de modo irresponsable. Sino todo lo contrario. Se prodiga reflexiva, meditada, selectivamente. Se deja caer con medida. Se dispensa la palabra en la medida en que nombra la experiencia humana. Porque Mux se entrevera con los asuntos del hombre. Y, más ampliamente, con los asuntos de este mundo. A partir del universo de orden material o, si así se prefiere, sensorial, conquista un vuelo brutal hacia las cumbres de lo metafísico, sin acudir a metáforas teatrales. Solo en este y no en otro sentido, me atrevería a afirmar que se trata de una poesía que de lo particular inductivamente conduce a la meditación abstracta. El pensamiento abstracto es producto siempre de una reflexión que tiene su origen en una escena y no al revés. No existe un a priori teórico en Mux (afortunadamente) que ingresa al orden de lo poético traducido en pensamiento especulativo buscando en él fundamentos o argumentos en lo humano. O como marco teórico de sus poemarios (afortunadamente también). Existe este lado del mundo, en el que los seres  humanos nos amamos con el cuerpo y con la emoción, nos dejamos cautivar los unos por los otros, cultivamos ese otro amor, el entrañable de los hijos. Y, por último, el del ocio de los domingos, en que entre manteles largos y un tiempo sin prisas conversamos distendidamente con amigos mientras arreglamos el mundo. Hasta que el domingo languidece, llega su ocaso y debemos de modo irrevocable regresar al universo del trabajo, de la alienación, de todo aquello que no tiene la gratuidad del diálogo contemplativo. Este es un límite.

     El cuerpo de la mujer se percibe en toda su sensorialidad, en toda su plenitud y al mismo tiempo en toda su belleza. Pero a esa unión sucede una distancia luego de que la cópula fugaz tan anhelada ha tenido lugar. Y ese “cuando ya nos creíamos salvados” que es evidentemente el momento de la unión más esperanzado, se disuelve como el agua en el agua. Ya no somos el uno de la cópula sino que de modo intolerable y fatal se nos restituye esa identidad en la que regresamos al yo. Pese a la convivencia amorosa más estrecha debemos reconocer una irremediable separación. El hombre está solo. Estamos solos. Todos. Pese a convivir estrechamente, amorosamente. Hay una unión imposible. Segundo límite que consterna.

Nadie le pide que escriba, Libros de la talita dorada, 2019
     La experiencia del límite nos pone frente a la experiencia del absurdo. Es aquí donde leo a Mux desde El mito de Sísifo (1942) de Albert Camus como también lo haré desde El hombre rebelde (1951), también de Camus, a su debido tiempo. En efecto, todo lo anterior era dador de sentidos para el yo lírico. Y para el hombre. De ahora en más, el límite, la experiencia del límite, será una figura recurrente que al trazar una divisoria fundamentalmente entre sujetos, postula el sinsentido. Extraviado, el hombre se debate por comprender lo incognoscible. Por lo tanto, percibe la angustia de la condición humana. La ilusión de eternidad deviene no sólo límite y sino limitación. ¿Frente a qué nos sitúa Mux? Nuevamente recorta la condición humana y la describe en su dimensión más descarnada. Somos carne arrasada. Hay un tiempo devastador. Vivimos en un tiempo que ha arrasado con los grandes relatos, según les resultaría conveniente a los agoreros. Un tiempo que ha degradado a la poesía misma. La ha bastardeado porque la poesía, que era el bastión de la palabra intacta, de la palabra preciosa, de la palabra que es gesto insurreccional por excelencia, pierde su sentido originario. La palabra que conjugada de una cierta manera, la acertada, resultaba pieza deslumbrante, ahora ha sido degradada a mercancía o, peor aún, confinada al inservible desván en el que se vuelve inofensiva. Deviene así pose fatua para algunos. Narcisismo ególatra para otros. Para los peores, objeto de desprecio. Porque, ¿cuánto gana un poeta?, ¿cómo se gana la vida un poeta?, ¿ser poeta es trabajar? Este me parece un punto culminante y pondré deliberadamente el acento en él. Porque para cualquier poeta tener en claro el fundamento de su trabajo resulta primordial. Como resulta primordial tener en claro su objetivo. En efecto, ser escritor es un trabajo. Y es una profesión. Y es un compromiso con ético/ideológico además de estético. No una afición ni un pasatiempo. Un hobby de domingo. Es un trabajo que requiere del cincel de la memoria de muchas lecturas y mucho estudio. Del entrenamiento con el estilete filoso y delicado para saber qué guardar, qué apartar, qué preservar, qué eliminar para el poema una vez que ha sido escrito o cómo será escrito. Consiste en la esgrima entre el silencio y la palabra que ha de devenir composición musical. El poeta debe administrar la materialidad de los signos, su significado y sus sugestivos sentidos. Potenciar todo ello. Y luego están para Mux, como para muchos de nosotros, los tiempos negros de la Historia. Ese territorio que preferiríamos olvidar pero que sería un acto de mala fe cometer. Ese momento retorna desde una zona soterrada e inolvidable del receptáculo de la memoria con dolor por aquellos que nos han arrebatado los sicarios. Constituye un estremecedor capítulo del sentir del poeta, que no puede borrar el shock del miedo, que perdura en el cuerpo como huella y que lo hace ingresar también en la trama de la Historia. Es el territorio de la pérdida y del duelo. Hay una borradura. Entre esos amigos que estaban en el frente y este yo lírico que se mantenía en la combativa rebelión de la escritura (Camus) junto con la desaprobación de lo que sucedía, guardándoles las espaldas de la dignidad a estos amigos. Ellos han sido liquidados. Y esta sustracción de presencia por llegada de ausencia le provoca zozobra y conmoción. Le resulta intolerable a un hombre justo, a un hombre noble y a un hombre sensible, atravesar el dolor y la prepotencia de los violentos. Sin embargo Mux publicó durante la última dictadura militar. Está luego ese largo silencio, un silencio activo diría yo, en el que el sujeto emitía un plasma para que, luego de ser debidamente macerado, llegara el momento del estallido del poema. Ni antes ni después. En el momento preciso. Y un silencio en el que por ausencia y por sustracción de palabra su presencia fue más fulminante aún. Si hizo falta ese prolongado silencio fue porque se hizo luego necesaria la palabra primordial. Y cuando en 2004 rompió el silencio, regresó el poeta al poema y de allí al libro, una celebración tuvo lugar. Dije “celebración”, no dije “fiesta”. Son cosas muy distintas. Una se realiza en el jubiloso ámbito recóndito de la lectura. La otra en la frívola reunión social. El poema restituía al poeta su condición de tal. Había habido un regreso. Sí así se prefiere, en una forma profana de la resurrección Mux ponía a consideración esos papeles cuya respiración antes que nosotros había aspirado una mujer. Y había justificado una mujer. Porque un poeta siempre escribe por amor a alguien, por más distante, imaginario, desaparecido que esté o por más que haya perecido. Le sigue escribiendo en tal caso a su memoria. Y muchos escriben desde la falta. O sobre todo por ella. Todo poeta escribe a una escucha. Y cierro con esto: la ceremonia previa a la escritura, el placer de la escritura, el placer de los lectores, imaginado en la escena de lectura indefinidamente gratificante para el poeta. Como un regalo. Como un premio. Como el don invicto al que un mortal puede aspirar. El de encontrarse y reencontrarse con sus semejantes en una ceremonia con quienes  se conocen y se reconocen en sus palabras. Ilimitadamente.


Adrián Ferrero (La Plata, 9 de noviembre de 1970)

JOSEFINA MOREAU El recuerdo de la vida que viví





(…)

(¿Qué perfecto es un cuerpo:
penumbras ubicadas delicadamente
en umbrales de placer
curvaturas feraces para aplacar
labios implacables
escondites donde las manos
nutren temblores.)

Este cuerpo      como tantos otros
ha pagado con mansedumbre
su gabela.


RETRATO

Soy mujer de cintura transparente
por donde emigran las palomas

despliego abanicos
de nieblas consumadas
para sofocar
el asombro de mis grietas.


EL HUÉSPED

Lo intenté otra vez.
Ella debía salir de la fotografía
desvaída
colgada frente a mi cama.
Triunfé.
Ella también.
Ahora un ser antiguo
gobierna la casa.


(…)

Que me deje navegar el cielo de palomas
si dejo de rehén, a su costado,
mi espalda relajada en vetas de cortezas
y una mano abierta para bebedero de los pájaros.


LAS HORAS
(Fragmento)

El sedimento de las horas comienza a gotear
se desliza
cae donde el espacio se vuelve destino
no hay vuelta atrás:
la vida en memoria de piel
es el valor primordial
de la manada humana.


(…)

Me intranquiliza mirar la vida
hacia delante.

¿Cuánto tengo? ¿Podré desprenderme
y alejar
mis lugares explorados?

Prefiero y reitero  /  mandala altivo  /
el recuerdo de la vida que viví.

Tanta riqueza en mi ciudad extraña:

aceptaciones de juegos prohibidos

victorias que me diste
sobre las formas oscuras de tu cuerpo

el complot de las palabras

migraciones de memoria en
cálidos universos de soledad.

¿A qué enrejado de fragilidad soberbia
continúo atada?



El horizonte está dentro de la casa

en ella inventamos -otra forma de amor-
el sol de cada día.
Aguardamos
que sol y horizonte desmedido
se vuelvan también casa.


MESA LARGA
(Tríptico)
III

En esta mesa mía
simplemente sin nadie

ronda finísima voz que fabula
y no ocupa silla ¿Será la de aquellos
fantasmas
huéspedes invisibles
que saben que mi casa
es casa sin llaves?


Dos poemas más:

SIMBIOSIS

Con el hilado del tiempo
la casa quedó vacía.

Partieron abuelos y padres
ataviados de amor
al lugar de no regreso.

Hermanos
abstraídos
cuidaron muebles y vajillas
y cuadros.
Meditación absurda:
olvidaron
alegrías y lágrimas.

Pero en la casa vacía
la vida no pasó en vano:
las paredes conservan
las paredes exhalan
las paredes no olvidan.

Las paredes devuelven
resplandores de amor en llamas
congojas de carencias
hambre y ausencias
también
alegrías y lágrimas.


EN EL PATIO

En el patio trasero
donde fornican los insectos

con el derrumbe de luces y sonidos
recibo visitas de trasnoche. Discuto con ellas
temas puntuales.

A esa hora. En ese lugar. Con ese sigilo.
Yo pregunto. Siempre.

Siempre
me responden.

Cuando se van
ríen.

 
Selección de textos Jmp. 
En Sudestada, antología de poetas, Hojas y Cuadernos de Sudestada (colección dirigida por Ana Emilia Lahitte), 1995; El espiniyo, revista de poesía dirigida por José María Pallaoro, número 3, primavera-verano, 2005-2006; Tiempo de fuga, Ediciones Al Margen, 2009.

Josefina Moreau (Aída Zanzi Moreau de Sánchez) nació un 4 de octubre de 1924 en Cruz del Eje, provincia de Córdoba. Vive en La Plata donde desarrolló su actividad docente y musical. Fotos. Jmp. 
Mi agradecimiento a la poeta Olga Edith Romero. 

ANAHÍ LAZZARONI Son otros los pájaros que vuelan en el cielo




APUNTES DE UNA CIUDAD EN RUINAS

Esta vez los finos ecos de la ciudad no son del viento.

El fin del invierno, casi sin nieve, autoriza exclamaciones
o teorías sobre el clima.

Reverbera en las calles la malicia por un casamiento inesperado.

Un grupo de mujeres limpia las casas de fantasmas,
no conocemos sus nombres.

Mientras alguien anota estas palabras, continúa la luz prendida
en la casa de enfrente,

en medio de una noche del fin del invierno, hoy.

22 de agosto de 2004


LA CIUDAD EN VERANO

A la ciudad llegan barcos en verano
que hacen oír sirenas tristes y  roncas como la eternidad.

Viajeros que esperan estar en el fin del mundo
para poder contarlo en otros países.

Viajeros que regresan
en busca de:

la juventud perdida,
amores imposibles,
recuerdos escurridizos.

Viajeros, viajeros

que vivieron en las brumas de la ciudad

allá

en las antípodas del tiempo.

2 de  febrero de 2005


LAS CANCIONES ANTIGUAS

Tintas antiguas para describir la ciudad.
Campos de nieve y falsas arenas movedizas.

Fotografía de pobladores y viajeros muertos.

Barcos entre los bordes de las olas azules.

Miserias empujadas por los vientos del Sudoeste.

Canciones  alegres de tierras lejanas
que nadie puede cantar, ni cantará jamás.

Monedas del oro que nunca estuvo aquí.

Son otros los pájaros que vuelan en el cielo.

10 de mayo de 2005


30 DENARIOS

La ciudad está abierta al mar y a la codicia que devora incautos.

Nieva en este agosto de pocos viajeros
por momentos es la lluvia la que roza el bosque.

Los rumores son confusos:
¿quién es quién en esta ciudad de memorias delgadas?

Casi todos llegan con sus maletas hundidas y sus máscaras.

Forasteros siempre, forasteros varados.

Fugitivos quietos soñando con fiebres desconocidas y denarios de plata.

28 de agosto de 2005


APOSTILLAS

¿Qué  se puede decir de ésta ciudad complicada
como pocas, aturdida y casi sin remedio,

donde extienden sus redes tantos maleantes?

2 de diciembre de 2005


LLUVIA Y MÁS LLUVIA

Bajo la medianoche la lluvia cae sobre la ciudad.

No se detuvo en todo el día,

igual que las noticias descabelladas,
los viajeros, las gaviotas
que se alejan del mar y se arremolinan
en el cielo como pájaros con hambre.
Los barcos recién llegados de Europa.
El extranjero que tomó fotos de la casa amarilla
y del árbol junto al muro.

Este cansancio y esta melancolía.
mientras se escucha durante horas
el agua que no barre las miserias.

Bajo la medianoche la lluvia cae
sobre la ciudad arrasada por el saqueo y la desmemoria.

Es una lluvia gruesa, helada.

5 de febrero de 2006


ALTAS LLUVIAS EN LA MONTAÑA

Demasiada es el agua que fluye en las cercanías,
los caminos han sido fracturados por el temporal.

Las noticias son estridentes. Los obreros trabajan.

¿Cuándo será esta pobre ciudad una ciudad sin urgencias?

Pájaros sobre las copas de los árboles sin hojas:

Sigue su curso la vieja madre naturaleza.

4 de julio de 2006


En El viento sopla, El Suri Porfiado, Buenos Aires, 2011.
Anahí Lazzaroni nació el 30 de agosto de 1957 en la ciudad de La Plata. Su familia se radicó en Ushuaia, capital de Tierra del Fuego, en 1966. Falleció ayer 28 de marzo de 2019.


A los amigos de Anahí:

Anoche (28 de marzo), en tan solo un minuto, mi hermana se fue de este mundo. Una hermana que me costó años aceptar, porque tal vez no fue la esperada y antes no se hablaba de estas cosas, pero que con el tiempo aprendí a querer y fue seguramente la mejor que pude tener. Estaba muy enferma, con pocas fuerzas. Me dejó mucho, su valentía, su creatividad, sus poemas, sus libros, su humor, la mágica atmósfera que perdura entre sus enseres cotidianos, sus papeles y anotaciones.
Un rayo de sol de otoño ilumina hoy su recuerdo.
Tristeza, tristeza y paz.

Alicia Lazzaroni

EUGENIA STRACCALI No vas a encontrarme cuando despiertes




N POR NION (fresno acuático)

Este árbol
crece
en el mar
y sus ramas
fueron remos
para las barcas
a la deriva
que recorrieron
un oleaje muerto,
un naufragio
permanente.

Sus raíces se hunden el fondo
del bosque cristalino en el que habito.


H POR UATH (espino)

Este es
un árbol infausto
de su madera
se ofrendan
antorchas a Saturno
que marca
mi pulso lento
mi tiempo
en el mundo.
Aunque
a veces
muero
ahogada
sin espasmos
cuando entro
algo narcotizada
algo turbia
en este río amarillento
de reflejos ocres
y corriente silenciosa…

Me tengo que ir.

Mirá:
este camino ondulante
te lleva a la cumbre
donde brillan los ciervos
en su estrepitosa y bella
corrida hacia el sol.
No puedo acompañarte.

Aclaración:
Las Lamias no pueden hablar,
se expresan mediante silbidos melodiosos.
pero atraen a los viajeros
lentos como vos, para devorarlos.


G POR GORT (hiedra)

Soy ceniza
en esta ánfora
coronada de hiedra
¿qué puedo decir?
Fui sacrificada
como un animal.

Cuando llegues
a tu ciudad
y sientas
la lengua
seca y agrietada
no vas a poder beber…

mis ojos de espanto
van a perseguirte.


A POR AILM (abeto)

I

Inmediatamente
desangré mi resina en el mar.

Con esta madera oscura
se hizo
el caballo de troya:
morir traicionada supone
casi siempre
la resurrección
flor que crece en el fango
rosa negra,
quebradiza.

En la intemperie de la isla
la desmesura de las estrellas
expande
la soledad de Ariadna
es tan fina la línea que separa
el agua y el cielo que
todo es un mar estelar
en la mirada.

Sé que hay que soñar
en el umbral
entre el día y la noche,
esas imágenes son
como huellas frágiles
perdidas en el follaje.

Sé que no debo
soñar con tu rostro
ni siquiera
con tu ropa
ni con tu voz
hundida en el vientre del bosque.


II

Esta misma
araña
tejió
su extensa
plateada
y leve
tela
para cubrir
mi cabeza
antes de ser decapitada.

Medusa se refleja en tu ojo quieto.


U POR UR (brezo)

Sobre este árbol
mueren
inocentes
sin saber que
las abejas
han construido
su reino.
Dentro nadie calma
el temblor
ni el zumbido
agobiante:

aguijones
cuerpo hinchado
ya estás muerto.
Es la vigilia.

No vas a encontrarme
cuando despiertes.


LA TIMIDEZ DE LOS ÁRBOLES

¿Sabías que
las hojas
de los árboles
no se tocan?
Por eso
podemos ver
fragmentos
de cielo
ahora.

Es posible
que hayas contemplado
alguna vez
que bajo las copas
de los árboles
se forma
un reguero
de líneas azules,
entrelazadas entre sí
de forma extraña,
impidiendo que las ramas
puedan intercambiarse
cuando emergen
de los troncos.

¿Conocías esa experiencia surreal?

Yo tampoco.

Los árboles parecen diseñados
en sus límites
para mantenerse
separados
los unos de los otros:

grieta de timidez le dicen,
si bien hay una lucha por la luz.


LA CAVERNA DE LAS BRUJAS
(Isla de Man)

I Afuera

¿Deja un pájaro
alguna huella de su vuelo?
Tal vez en el aire
etéreos trazos
indescifrables.

¿Por qué queremos verlo?


II. Adentro

Este miedo
se traga
el cielo nocturno
con su boca
de ballena.
Aquí estoy

grabada
sobre
la roca
cavernosa

y sé
que
la
única
realidad
posible
para
el
tiempo es
el instante,

la meticulosa
forma
que el agua
ha tallado
gota a gota
en la piedra caliza
en el centro mismo
de la tierra:
estalactitas
velos de algas
capullos de insectos
columnas rupestres
flores de cuarzo
huevos transparentes
paredes tapizadas
de agua
leves cascadas inquietantes
mantos de fósiles marinos
(amonites, bivalvos).

En la caverna
no hay horas
el tiempo es de Aión
con su rostro de viejo
y niño a la vez.


III. Afuera

Esta isla está por desaparecer.

Y vos no estás.


TESEO Y ARIADNA
(Reescritura de un poema de Robert Graves)

A través de la sombría grama bajo las viñas,
él suspira:

"Profundamente hundida en mi pasado erróneo
ella vaga por las ruinas, los asolados céspedes"

ilesa y sin embargo
torcida por el tiempo,
avasallada por los pinos
donde por primera vez
él se fatigó
de su constancia.

Él no siente culpa
es injusto.

Cuando tiemble el invierno en la isla
cubrile los hombros
con las plumas de los cisnes.
Verdades hay en el viento
y la hora es negra,
yo te amo
dice y se va
a las entrañas
de la cueva
con paso más seguro.

Antes
el miedo era más fuerte
y su odio era
trueno en el aire;
después lloró cuando los pinos
agonizaron
con ráfagas de viento.
Las flores la miraban
con frenéticos ojos,

y ella lloraba.

A él, ahora
que todo ha concluido,
ella nunca lo sueña,
mas invoca
una bendición
sobre todo aquello
que él supone
ripio y mala hierba;
jugando a ser
la habitante
para huéspedes más nobles.


Ceno en casa de un amigo. Mi amigo habla desde la cocina. Controla “el lomito” (pequeño, pequeño), “no tiene que quemarse”, dice. Cierra la puerta para que el humo que brota de la plancha no se confunda con el estar. Habla y la pared impide saber sobre qué tema (¿la poesía, la casa, los hijos?). Miro la pequeña biblioteca. Veo este libro y otro. Cuando regresa, con su permiso, le digo que “pronto te los devuelvo”. En casa leo y selecciono estos textos.
En El alfabeto de los árboles, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2018.
Eugenia Straccali (La Plata, 1970). Foto: Jmp