MATILDE ALBA SWANN Estos versos que nunca leerá nadie



GRILLO Y CUNA

De un bosque donde crecen
nomás 
cunas, mi madre
cortó un columpio dulce,
maduro para el tiempo primero
de mi infancia.

Juntó flores de luna dormidas
en el agua, mi madre
y me las trajo,
con un azul silencio
robado de algún sueño de río
a ser mi canto.

El viento entonces iba
silbando
como un hombre
que vuelve del trabajo,
mi padre, como un ala de viento
sacudía
las ramas a su paso,
y a veces su latido temprano,
más temprano
que el bronce aún, despertaba
tañendo
campanarios.

El sol
como un abuelo de incendio
nos decía
su cuento cada día, de luz,
en la ventana,
y el techo, y las paredes, y el huerto
y la paloma y el patio,
y la mañana,
cabrían en el puño dorado
de un durazno.

Mi padre
sembró grillos
de suerte en los rincones,
más pobres de la casa.

De noche nos cantaban
perdón
por todo el hambre del día
y prometían
espigas y racimos
que acaso maduraron después,
cuando fue tarde.

Así crecí, los seres
de lluvia me llevaron consigo
a todas partes.

Fui lágrima en el llanto del sauce,
fui diamante
quebrado en las raíces frustradas
de algún barco.

De tarde
descifraba señales en el cielo
mi madre,
por las noches,
mi padre me alcanzaba la voz
de mis abuelos, en una
remembranza ternura
con los ojos
callados,
y las manos dormidas
junto al fuego;
así crecí.


MADRE POSIBLE

“Te poblarás de amor
adopta a un niño”

Pude haberte soñado, un día acaso
fui el alma y la carne de otro niño,
fui distinto una vez,
tuve una almohada
y un lugar en la mesa, y una espera,
y una blanca piedad
a mi costado.

Todavía
no crecían en torno las malezas
del encierro, ni el búho
todo sombra,
nos blandía su grito.

Cuánta espina y qué invierno tan severo.
No nací todavía, soy el beso
que se quiere sembrar,
violín, gemido,
desasido, disperso amor
y ansioso.

Ya te elegí, prefiéreme, infortunio
que nos torna sin signo
a distinguirnos,
todos iguales de dolor
y solos,
unos más tristes que otros, el tercero
de la fila, prefiéreme
vencidos
los más viejos once años, no me dejes.
Como en cuclillas, sembrado en ti,
brotado,
quiero nacer, crecer, llegar a niño.

Será verano, será mujer ternura,
sol el nido, sol el brillo del aire
y un regazo
madre el cuerpo trigal.

Seré el susurro
del azúcar, adentro, en el jugoso
corazón del racimo.

Madre mía posible; madre
y mía.

Si me quieres contigo, si me llevas
si me aprietas a ti, si me asimilas
a tu voz, a tu piel a tu sonrisa,
a tu manera de ser feliz,
es cierto,
será verano frutal, tú serás plena,
yo seré por tu amor,
desde ti,
niño.


MON AMOUR

Tal vez en Hiroshima;
tal vez nunca.

Eres yo misma, yo soy tu nervio y tu dolor
sintiéndote; te pronuncio
con mi aliento, me nombras
con tu sangre.
                    Mon amour, tus manos,
déjame estar así, no estar, perderme,
sumergir, sucumbir, no ser,
soltarme,
una incoherente voluntad me arrastra
húmedo sitio de memoria, fijos
ojos de un gato negro,
de improviso
fosforescentes como dos secretos
desnudados,
me miro,
sótano antiguo de tortura y hondo,
loca de hoguera y alarido
huyo,
quiebro mi imagen, quiebro mi pupila,
rompo mi espejo, mi presencia,
salto,
salto todos los cercos, cruzo el viento
corto todos los campos, los veranos,
bebo todos los frutos,
me consumo, y me derramo a perdurar
veinte años.
                    Fue una leyenda que guardé,
veinte años, en cada tramo de latido
en cada
pedacito de piel y de cabello.
Irremediables de memoria juntos,
deja que salga a gritos de esta noche,
irresistible de ansiedad, me llevan
soy de aquello que calzo, que me viste,
cien potros vienen por su cuero,
huyo,
interminable corredor, paredes
exhalándose en puertas
imposibles y posibles
herméticas,
abiertas,
una pared me arroja hacia la otra,
inacabables de impiedad
me arrojan,
y recogen y juegan
al sollozo conmigo, y a la risa.
Recortados del conjunto, solos
bajo la lupa,
expuestos,
quiero olvidar que existo,
que no podré dejar de padecerme,
y me renuevo y me desgasto y sigo.
Alguien recoge mi silencio y grita,
quién, desde cuándo, dónde,
me acurruco;
ensayamos morir y no morimos,
nunca aprendimos a nacer y estamos
sin embargo naciendo
irremediables.
Esta exótica forma de tu mundo
esta palabra occidental que sabes
aprendida de mi piel,
tu cielo,
estas estrellas con que vas hablándome.
Almendrados
ojos tristes, me intuyes,
hombros míos altivos,
te recuerdo.
Alguien tuerce mi mano hasta arrancarme de mi grito
y huyo,
y me persigo y huyo
calle arriba y abajo, y mi latido sobre la piedra
noche vacía, corro
sobre la llama,
corro,
la detonada soledad, vacío,
mundo vacío, corro
y esta estridente oscuridad, te he visto
en todos los descansos para piedad, te he visto.
              Quiero llorarte mon amour, protégeme,
desciende tu mansedumbre
sobre este vivo torbellino mío,
trázame
como una figura en tu cuartilla,
bórrame……………………….... toco tu piel,
muerdo tu piel,
quiebro mis dientes en tu piel, la escucho.
Dónde comienza una esperanza, cuándo
fue la primera vez
que sollozamos.
              Duelo por alguien a quien no conozco,
alguien duele por mí, sin conocerme.
Manos tuyas creándome y matándome;
mon amour, tus manos,
cómo he llorado,
               y cómo estoy llorando.


EL HIJO QUE NO QUIERES

Tú quieres que no sea,
pero cómo...?
Tú podrás acaso devolverme
a mis noches azules
y a mi anhelo,
y a aquel amanecer de mis sentidos
brotando hacia tu luz
del cautiverio.

Tú podrías acaso devolverme
el asombro
cuajado de rocío
de mis ojos mirándose en tu cielo,
la primera canción con que vibraron
las voces más ocultas de mi cuerpo,
y el llanto que lloré sobre mi gozo,
y la sonrisa que premió mi miedo.

O pretendes tal vez
que te devuelva
la chispa que encendiste con tu aliento,
y tu ruego,
y el grito de placer de tu conquista,
la promesa mojada de tus besos
y el escondido nido en que durmieron
tus ensueños de amor
sobre mi pecho.

Tú pretendes
que vuelvan a tus vides
las burbujas que en vinos derramaste,
y que vuelva la miel
a mis panales,
y a mis sienes las blancas azucenas
que adornaron tus rojos estandartes.

Tú quieres que no sea,
pero cómo...?

Cuando cavan tus aguas
por mi cauce,
y hacen sombra de luz sobre mi suelo
las bermejas corolas
que sembraste.

No me pidas, ni exijas, ni me mandes.

Ya no arrulla en tu almohada mi blancura,
y la elástica carne que tú amaste
es apenas
un copo de ternura.

Tú quieres que no sea,
que deshaga
esta mezcla de soles y de estrellas
y que vuelque mi plétora en la nada.

Y en tanto tú reniegas de tu rama,
se dibujan
tu boca y tus pupilas
en la arcilla caliente de mi entraña.

No me pidas, ni exijas, ni me mandes,
tú quieres que no sea,
pero es tarde.


PADRE

Cuando venga tu padre…
Inútil amenaza,
tú seguirás jugando,
y romperás los vidrios, si quiere el pelotazo,
y harás mal los deberes,
si asciende por tu mente, airoso y desplegado,
tu sueño en barrilete.

Cuando venga tu padre…
mas tu padre comprende,
y escuchará los cargos fingiéndose enojado,
hasta que tú te alejes.

Después,
dirá en voz baja,
que así, como ésta tuya, fue traviesa su infancia.
Y en tendido descanso, desandará dichoso
los ojos entornados,
los días de rabona, los juegos en tejado,
el rostro de la madre
y aquel padre tan hombre que los dejó temprano,
y sentirá de pronto el terror de perderte,
o de que tú lo pierdas,
y buscará tus pasos,
e irá con tu recuerdo trepando
hasta la rama lejana de aquel árbol,
follaje como entonces
refugio de ese miedo de suelo
de los pájaros.

Cuando venga tu padre…

Y quien llega es un niño
adormecido en hombre,
que en vez de reprenderte, se enternece
añorando.


POESÍA

Hoy estuve, domingo entero
entera,
reclinada en costura
de mis hijos.

Cómo hubiera querido escribir versos…

Cómo estuve latiéndolos en tanto,
lenta mi aguja
transitaba linos,
ángel el aire, y a lo alto un río
todo surcado de
bajeles blancos.

Mis pequeños traviesos,
si supieran,
si pudieran sentir ellos mañana
que se llevan vestida
mi poesía,
la más honda y nostálgica,
aquella
que dejé de escribir
por ser tan madre
como hubiera querido ser poeta.

Estos versos que nunca leerá nadie,
sin palabra, la tierna
dulce estrofa
silenciosa en costura
de domingo.


APUNTES PARA UN REPROCHE

Te esperé hasta recién;
estás de fiesta.
Mi casi otoño
no me deja ambular
tu primavera.

Esperé tu regreso;
yo quería
escucharte contar, luz de alborozo
las campanas de amor
que resonaron
en tu trémulo espacio.

Te esperé hasta recién;
tú ni recuerdas
esta lámpara
lenta
que te aguarda.

Tu padre lee, él no sabe
de estas cosas
profundas
de mujeres. Tus hermanos,
florecidas cabezas
en la almohada
que parecen jugar
a estar durmiendo...

Tardas mucho; te esperé
hasta recién,
ya no te espero.

He de mirar tu lecho,
puro nardo,
el libro
que dejaste abierto,
tus todavía muñecos, las paredes,
y devuelta
de este inmóvil vagar
por un paisaje
de presencias sin nadie,
pensaré,
con la misma tristeza inevitable
de otras noches iguales,
que tal vez
no sé,
no fuera absurdo
que me hubieras llevado.

Tu padre lee; él no sabe, ni sufre.

Las mujeres
nos sentimos tan viejas
si quedamos.


BALADA DEL JUGUETE MANSO

Dame una pala, rastrillo,
semilla arado,
granero.

Quiero que quiera mi niño
jugar a ser buen labriego.

Dame un sueño
de campiña dorada y sol
juguetero…!

Dame una fragua, martillo,
yunque, canción
chispa, fuego.

Quiero que quiera mi niño
jugar a ser fuerte herrero.

Dame un sueño
de trabajo forjando paz,
juguetero…!

Dame una sierra, cepillo,
clavos, escoplo,
madero.

Quiero que quiera mi niño
jugar a ser carpintero.

Dame un sueño
de mecida cuna en vaivén
jugueter…!

Dame pupitre, pizarra,
letra, número,
cuaderno.

Quiero que quiera mi niño
jugar al dulce maestro.

Dame un sueño
de vigilia prendiendo luz
juguetero…!

Dame una barca, sirena,
mar claro, faro,
ancla, puerto.

Quiero que quiera mi niño
jugar a ser marinero.

Dame un sueño
de aventuras y cielo azul,
juguetero…!

Dame un balón, sube y baja,
columpio, salto,
trapecio.

Quiero que quiera mi niño
ser simplemente pequeño.

Dame un sueño
de encendida, reída edad,
juguetero…!


POBREZA A LOS 10 AÑOS

Toda mi angustia tuvo la forma de un zapato.
De un zapatito roto, opaco, desclavado.
El patio de la escuela… Apenas tercer grado…
Qué largo fue el recreo, el más largo el año.
Yo sentía vergüenza de mostrar mi pobreza.
Hubiera preferido tener rotas las piernas
y entero mi calzado. Y allí contra una puerta
recostada, mirando, me invadía el cansancio
de ver cómo corrían los otros por el patio.
Zapatos con cordones, zapatos con tirillas,
todos zapatos sanos. Me sentía en pecado
vencida y diminuta, mi corazón sangrando…
Si supieran los hombres cuánto a los diez años
puede sufrir un niño por no tener zapatos…
Que anticipo de angustia. Todavía perdura
doliéndome el pasado. El patio de la Escuela,
y aquel recreo largo…
Mi piececito trémulo, miedoso, acurrucado.
Mi infancia entristecida, mi mundo derrumbado.
Un pájaro sin alas, tendido al pie de un árbol.
La pobreza no tiene perdón, a los diez años.


NOCHEBUENA
                                                                                 
El fósforo,
en la temblorosa
manecita sucia,
enciende la hoguera
de un cohete travieso.
             Chispas…
Chispas…
             Chispas…
conmueven las latas,
y agitan y avivan
la carne yacida
de un suelo de sombras.

Una madre mustia
de trabajo y miedo,
y un padre que fuma, que escupe
y blasfema.

Parece mentira que rían
los niños, la camisa rota,
las rodillas
negras.

El fósforo tiembla,
hay fuego en las almas,
y aromas traídos
en una prestada memoria
de huerto.

Un gusto a saliva
y un ansia de cosas
que colman la mesa sin hambre
del rico.

La noche es una alta escalera
que sueña.
Peldaños azules y rojos,
el aire
      desborda su cauce
de espacio,
marea
      la rueda que gira y delira
             y se pierde.
Es como si todas
las horas de acero se hubieran
quemado.
Es como si nunca los niños
hubieran
llorado la leche, gemido el zapato.
Es como si todas las madres
del mundo
tuvieran vestido y no les dolieran
los huesos cansados.

Absurdo, pero ésta,
la aquí, noche hambrienta, sufrida
y rotosa, sí que es
Nochebuena.

El fósforo tiembla.

Un grito de luces, un chisporroteo
de voces, pupilas
prendidas de soles y estrellas,
             suspenso…!

Y un cohete rabioso
             que silba su muerte,
      perfora la sombra
como un dragón
ebrio.


TESTIMONIO

Vamos a morir de muerte natural;
de esta muerte
de estar amando al hombre,
y vamos a morir sobre su llanto.

Sobre esta roca sola, pura roca,
bajo esta noche de mirar los sitios,
donde quedan sin hambre,
los sin trigo,
definitivamente ya saciados.

Puestos todos en fila, con los ojos,
puro miedo y pregunta, detenidos
en el tiempo, buscando ver.

Oh, estrecho
mundo grande y hermético,
cerrado, sin ventanas, miseria
color cuervo.

Sobre los huesos chiquititos
blancos,
del niño que soñó un día trigales,
los intuyó
del lado de abundancia,
no del suyo,
del otro, donde nacen, viven
crecen, celebran
y disfrutan.

Mundo miseria grande, sin salida,
sin manera de huir,
sin otra forma,
de escapar de pobreza que muriéndose.
Sobre esos huesos, chiquititos,
blancos, nos vamos a quedar,
y avergonzados.


SU CANCIÓN Y ELLA

Todavía me arrulla y me serena
la canción de mi madre.
Era una anciana desde siempre
y sabia,
una muchacha hasta la tumba,
y viva.
Aquel regazo tierra ya, sus manos
laboriosas, su frente,
aquel miedo en amor, aquel desvelo.
Supo leer el riesgo en las estrellas
y anunciar prematura
la sonrisa,
y tenía
un valor de vivir, una tan ancha,
gratitud de vivir.
La pensé inacabable; aún transcurre
por las noches conmigo, y me apacigua.
Como un niño, despierta, me despierta,
me incorpora,
se queda cuando todos se despiden
y parten, cuando nadie
me promete volver, ni vuelve nadie.
Un puñado de cal, allí, no es ella,
ella es ésta
que viene a recobrarme.
La hermosura, el dolor, una abnegada
soledad que me puebla,
una alegría, sin motivo, un retorno
a ser pequeña.
Una madre que es madre en mí, un hijo
a quien nutro y me nutre, una luciérnaga,
el rocío temprano, y un sol grande,
una luna empapada de tristeza.
El racimo que bebo, y el recuerdo,
la embriaguez y el olvido, la cadencia
que serena y acuna los jardines,
y el vigor
de una noche de tormenta.
Todavía
me sostiene y anima y fortalece,
me columpia y abriga
y apacigua,
la canción de mi madre.

 
Selección de JMP de los libros: Grillo y cuna, Ediciones E.M.M.A, La Plata, 1971 y de Con un hijo bajo el brazo, Edición de la Asociación Cooperadora  del Hospital de Niños Sor María Ludovica, La Plata, 1978.
Matilde Alba Swann (seudónimo de Matilde Kirilovsky de Creimer, nació en Berisso el 24 de febrero de 1912. Falleció en La Plata el 13 de septiembre de 2000) / Fotos: jmp

LALO PAINCEIRA El límite de un conejo





Hoy es 23 de diciembre y acaba de terminar el recreo. Llego a la celda y repito la rutina diaria. Me lavo, busco algo para comer de lo que compré en la despensa y me  instalo para comenzar esta nada a la que ya estoy acostumbrado mientras espero el rancho de la noche.
Una celda es un bolsillo, una caja llena de melancolía y sed.
Hoy, por ser víspera de Nochebuena, el recreo se prolongó un poco más. Enseguida llega la comida y desde ya, la soledad es mi piel, con la carga que en una celda tiene la palabra soledad. Me siento ante la mesada armado de la cuchara de madera para comer la versión carcelaria del guiso carrero. Supongo que todos los presos están haciendo lo mismo, cada uno en sus celdas, porque el  pabellón está en silencio y puedo escuchar los ruidos de la calle. Oigo con nitidez las voces de los pibes jugando, el estallido de los cohetes, los retos de las madres. Diría que hasta puedo adivinar el color de los  ojos del purrete más atorrante de la cuadra. En realidad, puedo adivinar la Navidad en cada casa, en cada persona del afuera. Porque está muy cerca. El nacimiento de la esperanza me invade y nunca un parto fue más esperado.
Nochebuena será mañana, aunque acá se repitan las rutinas y los gestos. Pero en realidad, nada es igual. Hay una tensión especial. Como si el aire se estirara y estuviera a punto de rajarse. La sed se adhiere a mi cuerpo reseco.
¡Qué joder! La esperanza está por nacer. Y con esa expectativa me tiro a dormir.


…………………


Ya es 24 de diciembre y paso en limpio algo goyesco que escribí antes de dormir:
Queden abiertos al viento, viejos esqueletos, estructuras desarticuladas!
¡Busquen llenarse de memoria, desplieguen sus alas!
¡Liberen la ternura sin rubor, den cuerda a sus almas, trepen a los     sueños!
Porque aquí no termina todo.
Afuera hay un sol nuevo cada mañana
Y  esta medianoche
Una estrella traerá un mundo-otro  plural.
“Nosotros” será la palabra.
¡Constrúyanse de un solo golpe porque el vientre nuevo parirá un nuevo rostro!          
Ventanas.
Un pájaro, quizás,
Y todo cambiará a partir de la madrugada…


....................


Es de noche y después de un largo recreo, comimos locro que estaba realmente bueno. Un regalo. Por ser Nochebuena nos dan un tratamiento más distendido y permisivo, menos rígido, como si se permitiera todo.
Todo, digo, y es una exageración. Porque seguimos presos y encerrados cada uno en su calabozo. Y en esta mínima celda, la 786 del pabellón 15, escucho ese todo que es golpear la puerta, gritar, asomar la cabeza al pasillo y charlar con el vecino. Porque ya es de noche y no han apagado las luces. Hoy nos conceden poder hablar en voz alta y hasta mantener un diálogo con el que está enfrente. En realidad, escribo en medio de los golpes y de los gritos. Son mil tipos pegando contra la chapa de las puertas, gritando. Golpeando con bronca, con odio. Todos al mismo tiempo. Como si cada chapa de cada puerta resumiera nuestro mundo personal, privado, chiquito como la celda que habitamos.
Porque aquí también es Navidad. ¿Alguien se dará cuenta en el afuera?
Y golpeamos y gritamos como si vomitáramos. Alguien intenta cantar mientras yo busco una alegría. Una sola. Un nuevo parto. Renacer. Y aparece cada uno de mis compañeros. La Tana, con su mirada regaladora de cielos, pronunciando mal la rr; el Gallego y su Polaca; el Petiso; la Lumpona; el Potrillo; el Hippie y Cachabacha; Larguirucho, la inolvidable Gallega que desafiando convenciones se arriesgó a visitarme; mi Mimí Pinsón que también tenía problemas con la rr y me contaba que un pego le había ladrado; Cata, la de Humanidades que era maestra aquí y por pedir verme la trasladaron al peor destino que podían otorgarle; Aníbal, esté donde esté; Rafael; todos los que compartimos la Navidad inminente en este bolsón de carencias y angustia; los compañeros presos en Devoto con el Indio, el Fauno, Larguirucho y el resto; todos los compañeros del afuera, hermanos del alma que pese a la aparente dureza por estar curtidos en la lucha, siempre se les escapa el afecto y la calidez en el apretón de manos, en la risa o en sus gestos. Todos juntos en mi memoria, como comensales de una mesa clandestina, con nombres que no son los reales, pero con ese amor inmensurable que nace de compartir los sueños y los mismos riesgos, que quiere decir ofrecer la propia vida como tributo si fuera necesario. Porque lo sabemos. Y desde ya, mis flacas soñadas, mis nunca y no me importa, porque en realidad son un sueño, y desde ya, un recuerdo a mi familia de sangre, a esos viejitos míos y a mis hermanos, cuñadas y sobrinos. Porque necesito ya, en este instante, una alegría que me haga sentir libre como cualquier habitante del afuera. Una alegría que pueda trascender los muros que rodean la prisión y llegar hasta todos ellos, que son  los míos. Una alegría que pueda mandar de un solo golpe.
Pero los sueños no crecen. Los aborta el grito. Quiero no estar preso. Desesperadamente. Quiero estar afuera con el mundo que escucho a retazos desde mi ventana.  Brindar con mis  compañeros, con alguna flaca amada, con mis viejitos del alma y mis dos hermanos que solidariamente vendrán  mañana  a visitarme como si hubiéramos compartido el mismo pan dulce, la misma jarana. Quiero abrazar mi historia más chiquita, más personal, más íntima, esa que está llena de nombres callados. De deseos contenidos. De mis nunca. Pero la locura se levanta al golpe. Son todos locos. Somos todos locos abandonados al puro instinto. Y yo no quiero golpear. Lo juro. Pero mis puños están pegando contra la puerta. Fuerte. Y mis manos están rojas. Y golpeo. Golpeo para que la locura pase de largo. Lo sé. Lo sé. Esto se clavará en mi memoria. Sangrará cada Navidad de cada año que venga. Pero necesito una presencia. Una imagen aunque no tenga nombre. Por eso les escribo a ustedes, a los que no conozco, que no me conocen, con los que un día volveré a decir nosotros. Una gota que calme este infierno. Porque tiene algo de tragedia esta Navidad de la explosión digitada al estar permitida, al habernos marcado de antemano los límites. No. No es triste esta noche. Repito. Tiene algo de tragedia. Pero pasará. Lo sé. Pasará. Y esperan acurrucados los días grises, la rutina, ese tiempo detenido que siempre habita las prisiones. Y los gritos siguen copulando con los golpes. Los presos sociales dan vivas a la desesperación. Cualquier cosa vale como pretexto: los culos de los homosexuales del pabellón 13 y hasta el Che o Perón cuando se acuerdan de este puñado de presos políticos, celosamente custodiados. Más guardados aún que ellos. Encierro dentro del encierro. Al fin y al cabo, todos tuteamos la misma herida.
En medio de esta gigantesca orgía de dolor compartido, con internos que asoman sus cabezas y lanzan fuego por sus bocas utilizando el combustible de sus calentadores, con los golpes que no cesan en medio de una guerra de estallidos, yo escribo para trascender la cárcel y sentirme libre.
Y golpeo, qué joder. Golpeo porque si no muere mi alma. Porque pienso las cosas que no deben pensarse en esta soledad y pego contra la puerta, pego, pego, pego. Las doce se acercan. Llegan. Levanto el jarro lleno de agua y grito: ¡Feliz Navidad, carajo! Feliz Navidad a todos. ¿Me escuchan allá, en el afuera? ¿Escuchan mis golpes y mis gritos? ¿Me sienten ahí, en esa mesa, con ustedes? ¿Me han liberado en cada brindis?


………………..


Llegó el 25 de diciembre. No recuerdo en qué momento me dormí. Pero Nochebuena ya pasó. Ahora estoy sentado contra una pared en el patio de recreo. La esperanza sigue en mi puño y no me importa que me castigue un sol implacable mientras permanezco aquí, como en una reposera, la espalda contra el viejo muro exterior descascarado del pabellón de castigo.
Los altoparlantes pasan música a todo volumen. Son canciones que representan otra tortura. Miro el patio y es una imagen de película. Nosotros, con las cabezas rapadas y los uniformes grises que nos cuelgan como bolsas, somos mástiles de raídas banderas, pero no olvidadas ni traicionadas. Y eso vale.
Escuchamos las voces chillonas que llegan desde el patio de los homosexuales. Los miramos pasear de la mano su celo con ostentación. Tratan de ser graciosos y sus risas tímidas y femeninas cortan sus cuerpos de hombres. Entre nuestro patio y el de ellos funciona una parte de la granja del penal y entre las matas de pasto, se asoman las orejas de algún conejo despistado mientras los patos pasean en fila, como si imitaran a la guardia armada que marcha sobre el muro que nos cerca.
Una escena casi campestre, un paisaje de almanaque recortado del afuera. Un retazo trasplantado que huele a hierba, a viento verde. Aquí, entre rejas. Una paradoja que roza el absurdo.
En nuestro patio una rata disputa con los gorriones un pedazo de pan. Entonces siento los quejidos que llegan desde los calabozos de castigo. Están repletos. Anoche, mientras la esperanza llegaba a mi celda, los parias fueron reprimidos, golpeados. Los parias, los que no tienen familia ni nadie que reclame por ellos, los que carecen de voz. Ellos no tuvieron esperanza nueva.
Los otros presos políticos charlan a la sombra en otro rincón del patio.
Yo me quedo aquí. En lo alto hay un bellísimo cielo celeste. Necesito este momento de espaldas al muro, apretando en el puño la esperanza recién nacida. Quiero recibir el sol en plena cara y que me pegue. Que me pegue hasta el dolor.
Entonces me repito, como el Mateo de Sartre, “esa libertad que había buscado tan lejos estaba tan próxima que no podía verla, que no podía tocarla. No era más que yo. Porque yo soy mi libertad”.  


 
Eduardo “Lalo” Painceira (La Plata, 26 de septiembre de 1939).

En El límite de un conejo, primera parte, capítulo 15 (Navidad de 1971, Unidad Penal Nº 9 de La Plata). Ediciones EME, La Plata, 2018. Fotos: jmp, archivo de La Talita Dorada. Julián Axat, Lalo Painceira y José María Pallaoro en City Bell.

ERNESTO URTUBEY El tigre blanco de Siberia



MIRAR A LOS OJOS


Sé de un hombre que dedicó gran parte de su vida a estudiar al tigre blanco de Siberia, considerado uno de los mayores enigmas de la tundra. Desde muy joven obtuvo copia de las pocas imágenes que siempre tenían carácter fragmentario y elusivo, lo que había alimentado el mito. Por alguna razón, aquella historia lo impulsó a enfrentarse con el misterio e intentar resolverlo. Entonces se preparó en bibliotecas y laboratorios hasta que accedió al territorio de la criatura. En la estepa, otrora dominio de tártaros y mongoles, supo que su propia existencia ya no tenía retorno.

Al descender del tren, Igor Milenko, el científico serbio, sintió en su cuerpo la densidad plasmática del aire, propia del techo del mundo. Una vez allí, se acomodó en una humilde proveeduría de cazadores. Dejó pasar unos días para que su cuerpo asimilara los cambios por la altura y el frío. Fueron jornadas de adaptación no solo para sus pulmones, sino también para su manera de sentir y de pensar.

Comenzó un riguroso registro de los bosques, donde le aseguraban habitaba el tigre blanco. Culminó su primera campaña con la llegada del otoño. A su regreso y ya en su hogar, se dedicó a diseñar el plan definitivo. Calculaba que tres meses serían suficientes para encontrar al tigre. Entonces, se despidió de su familia sin saber si esa sería la última vez. El objetivo era hallar a su Némesis blanco para registrarlo y fotografiarlo sin que advirtiera la presencia humana. Por segunda vez se alojó en aquella sórdida cabaña de suministros para cazadores. A los siete días partió en trineo y viajó sin detenerse durante ocho horas hasta la orilla del bosque. Allí comenzó una lenta caminata hasta donde construyó su guarida, un iglú vegetal, dentro del cual sus párpados quedaban lacrados por el frío. Milenko utilizó su refugio para ocultarse, comer y dormir. Cuando el sol volvía a brillar sobre la nieve, al despertar, su corazón se aceleraba y otra vez aparecía esa potencia de existir que lo caracterizaba. Poco a poco, en aquel bosque de siberia, sintió que se transformaba en uno más de sus habitantes a punto de salir de su somnolencia hibérnica, como los majestuosos tigres. Su tenaz esfuerzo por sobreponerse a las severidades que lo rodeaban había dado a luz una nueva capacidad en su interior que ayudó a encontrar el verdadero sentido de su vida. Lo que había buscado fuera de sí lo había hallado muy dentro del bosque, en lo más hondo de su corazón. Él, que ya no era él, estaba ahí, en el abismo que lleva hasta el principio de lo absoluto e indivisible. Y lo más importante, que ese lugar  era también la morada del tigre.

Mucho antes de poder encotrarse con esa bestial deidad había aprendido a distinguir las voces del agua en deshielo, a descubrir el sendero que el felino recorría para otear desde un acantilado el magnífico océano Pacífico. Todo esto exigió esfuerzo físico y espiritual de un tiempo aletargado y mastodóntico, un tiempo que comenzó a menguar en él un destino por otro. Poco a poco dejó de centrarse en la imagen del animal; en su lugar comenzó a estudiar el lenguaje con el que el bosque le habla a sus habitantes. Recién entonces, y casi sin advertirlo, vio algo.

Años después, un periodista, conmovido por el largo tiempo que ese hombre había soportado en el bosque, le preguntó: “Luego de esperar y esperar sin que apareciera el tigre, sin poder comprobar científicamente su existencia, ¿no especuló con la idea de abandonar todo y dar por concluido el peligro al que se exponía?”. El hombre de ciencia viró su cabeza hasta dejar enfrentada su cara con la del periodista, lo miró y luego de una pausa respondió: “Mi ayudante que venía de tanto en tanto, me proveía lo necesario y se llevaba mis desechos para no contaminar el lugar y no ser detectado por los animales del bosque. Después de sesenta días viviendo absolutamente aislado, cuando llegaba, yo no podía mirarlo a los ojos. Pero él tampoco a mí. Si nuestras miradas se hubiesen cruzado…, tal vez hubiéramos llorado. ¿Entiende lo que intento decirle? No podíamos mirarnos. Y cuando partía de regreso a su casa a cientos de kilómetros, lo observaba con la pena de no haber podido hacerlo. Fue en ese instante, mi ser implosionó con un resplandor que cegó todo a mi alrededor. Recién en ese momento, sabiendo que no volvería a verlo por largo tiempo, lloré. Y pensé, ‘no podré quedarme mucho tiempo más aquí’. Sentí que los seres humanos no pueden vivir solos, absolutamente solos. Sentí entonces el porqué. Creo haberlo contemplado a través de una puerta que alguien me dejó entreabierta en aquel bosque. El vacío de nuestras almas solo se alivia cuando hay un otro igual que nos acompaña. En esos años lo pensé muchas veces, y finalmente lo comprendí”.

El tiempo siguió convirtiendo a Milenko en un hombre viejo que amaba la circunstancial compañía de sus congéneres, pero más aún la de sus animales domésticos. Jamás olvidó esa sensación de vacío absoluto, ese inasible dolor que produce no poder mirar a los ojos. Y se sintió feliz, por el recuerdo, por haber encontrado el sentido de su vida. Porque el día en que el tigre lo miró a los ojos, como un refulgente destello del sol, él supo que no habría registro: nada del encuentro quedaría grabado, excepto en su corazón.


City Bell, mayo de 2017






 
Ernesto Faustino Urtubey (La Plata, 19 de febrero de 1959). Profesor de Historia. Reside en City Bell.
Foto de portada: Estudio de Ernesto Urtubey en City Bell. Con Dalmiro Sirabo y José María Pallaoro.
Foto final: Ernesto Urtubey en las vías del ferrocarril de City Bell.
Archivo de la talita dorada.