Mostrando entradas con la etiqueta Néstor Mux. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Néstor Mux. Mostrar todas las entradas

ADRIÁN FERRERO El poeta Néstor Mux acaba de cumplir 50 años de poesía

Foto: Griselda Mux. Archivo de la talita dorada

  
NÉSTOR MUX: EL POETA DEL LÍMITE


     El poeta Néstor Mux acaba de cumplir 50 años de poesía. Y ha publicado una antología que es un recorrido por su producción, titulada Nadie le pide que escriba. 50 años de poesía (1968-2018) (La Plata, Libros de la talita dorada, 2019).  Les propongo como hipótesis de lectura de la poesía de Mux la noción de límite. Esto es: leer a Mux es ser protagonistas de la experiencia del límite hasta alcanzar el orden de lo ilimitado. Habrá límites impuestos al hombre de distinta naturaleza que aparecen, como veremos, en su poesía. A continuación, si les parece, los iremos desgranando.

     Leer a Néstor Mux es un acto de austeridad combativa en primer lugar. Hay por un lado una intimidad que se preserva con celo (en su doble acepción de cuidado y de deseo erótico). Pero también hay un desprendimiento producto de una generosidad que se percibe en la palabra misma. No porque la palabra sea dispendiosa o se dispense de modo irresponsable. Sino todo lo contrario. Se prodiga reflexiva, meditada, selectivamente. Se deja caer con medida. Se dispensa la palabra en la medida en que nombra la experiencia humana. Porque Mux se entrevera con los asuntos del hombre. Y, más ampliamente, con los asuntos de este mundo. A partir del universo de orden material o, si así se prefiere, sensorial, conquista un vuelo brutal hacia las cumbres de lo metafísico, sin acudir a metáforas teatrales. Solo en este y no en otro sentido, me atrevería a afirmar que se trata de una poesía que de lo particular inductivamente conduce a la meditación abstracta. El pensamiento abstracto es producto siempre de una reflexión que tiene su origen en una escena y no al revés. No existe un a priori teórico en Mux (afortunadamente) que ingresa al orden de lo poético traducido en pensamiento especulativo buscando en él fundamentos o argumentos en lo humano. O como marco teórico de sus poemarios (afortunadamente también). Existe este lado del mundo, en el que los seres  humanos nos amamos con el cuerpo y con la emoción, nos dejamos cautivar los unos por los otros, cultivamos ese otro amor, el entrañable de los hijos. Y, por último, el del ocio de los domingos, en que entre manteles largos y un tiempo sin prisas conversamos distendidamente con amigos mientras arreglamos el mundo. Hasta que el domingo languidece, llega su ocaso y debemos de modo irrevocable regresar al universo del trabajo, de la alienación, de todo aquello que no tiene la gratuidad del diálogo contemplativo. Este es un límite.

     El cuerpo de la mujer se percibe en toda su sensorialidad, en toda su plenitud y al mismo tiempo en toda su belleza. Pero a esa unión sucede una distancia luego de que la cópula fugaz tan anhelada ha tenido lugar. Y ese “cuando ya nos creíamos salvados” que es evidentemente el momento de la unión más esperanzado, se disuelve como el agua en el agua. Ya no somos el uno de la cópula sino que de modo intolerable y fatal se nos restituye esa identidad en la que regresamos al yo. Pese a la convivencia amorosa más estrecha debemos reconocer una irremediable separación. El hombre está solo. Estamos solos. Todos. Pese a convivir estrechamente, amorosamente. Hay una unión imposible. Segundo límite que consterna.

Nadie le pide que escriba, Libros de la talita dorada, 2019
     La experiencia del límite nos pone frente a la experiencia del absurdo. Es aquí donde leo a Mux desde El mito de Sísifo (1942) de Albert Camus como también lo haré desde El hombre rebelde (1951), también de Camus, a su debido tiempo. En efecto, todo lo anterior era dador de sentidos para el yo lírico. Y para el hombre. De ahora en más, el límite, la experiencia del límite, será una figura recurrente que al trazar una divisoria fundamentalmente entre sujetos, postula el sinsentido. Extraviado, el hombre se debate por comprender lo incognoscible. Por lo tanto, percibe la angustia de la condición humana. La ilusión de eternidad deviene no sólo límite y sino limitación. ¿Frente a qué nos sitúa Mux? Nuevamente recorta la condición humana y la describe en su dimensión más descarnada. Somos carne arrasada. Hay un tiempo devastador. Vivimos en un tiempo que ha arrasado con los grandes relatos, según les resultaría conveniente a los agoreros. Un tiempo que ha degradado a la poesía misma. La ha bastardeado porque la poesía, que era el bastión de la palabra intacta, de la palabra preciosa, de la palabra que es gesto insurreccional por excelencia, pierde su sentido originario. La palabra que conjugada de una cierta manera, la acertada, resultaba pieza deslumbrante, ahora ha sido degradada a mercancía o, peor aún, confinada al inservible desván en el que se vuelve inofensiva. Deviene así pose fatua para algunos. Narcisismo ególatra para otros. Para los peores, objeto de desprecio. Porque, ¿cuánto gana un poeta?, ¿cómo se gana la vida un poeta?, ¿ser poeta es trabajar? Este me parece un punto culminante y pondré deliberadamente el acento en él. Porque para cualquier poeta tener en claro el fundamento de su trabajo resulta primordial. Como resulta primordial tener en claro su objetivo. En efecto, ser escritor es un trabajo. Y es una profesión. Y es un compromiso con ético/ideológico además de estético. No una afición ni un pasatiempo. Un hobby de domingo. Es un trabajo que requiere del cincel de la memoria de muchas lecturas y mucho estudio. Del entrenamiento con el estilete filoso y delicado para saber qué guardar, qué apartar, qué preservar, qué eliminar para el poema una vez que ha sido escrito o cómo será escrito. Consiste en la esgrima entre el silencio y la palabra que ha de devenir composición musical. El poeta debe administrar la materialidad de los signos, su significado y sus sugestivos sentidos. Potenciar todo ello. Y luego están para Mux, como para muchos de nosotros, los tiempos negros de la Historia. Ese territorio que preferiríamos olvidar pero que sería un acto de mala fe cometer. Ese momento retorna desde una zona soterrada e inolvidable del receptáculo de la memoria con dolor por aquellos que nos han arrebatado los sicarios. Constituye un estremecedor capítulo del sentir del poeta, que no puede borrar el shock del miedo, que perdura en el cuerpo como huella y que lo hace ingresar también en la trama de la Historia. Es el territorio de la pérdida y del duelo. Hay una borradura. Entre esos amigos que estaban en el frente y este yo lírico que se mantenía en la combativa rebelión de la escritura (Camus) junto con la desaprobación de lo que sucedía, guardándoles las espaldas de la dignidad a estos amigos. Ellos han sido liquidados. Y esta sustracción de presencia por llegada de ausencia le provoca zozobra y conmoción. Le resulta intolerable a un hombre justo, a un hombre noble y a un hombre sensible, atravesar el dolor y la prepotencia de los violentos. Sin embargo Mux publicó durante la última dictadura militar. Está luego ese largo silencio, un silencio activo diría yo, en el que el sujeto emitía un plasma para que, luego de ser debidamente macerado, llegara el momento del estallido del poema. Ni antes ni después. En el momento preciso. Y un silencio en el que por ausencia y por sustracción de palabra su presencia fue más fulminante aún. Si hizo falta ese prolongado silencio fue porque se hizo luego necesaria la palabra primordial. Y cuando en 2004 rompió el silencio, regresó el poeta al poema y de allí al libro, una celebración tuvo lugar. Dije “celebración”, no dije “fiesta”. Son cosas muy distintas. Una se realiza en el jubiloso ámbito recóndito de la lectura. La otra en la frívola reunión social. El poema restituía al poeta su condición de tal. Había habido un regreso. Sí así se prefiere, en una forma profana de la resurrección Mux ponía a consideración esos papeles cuya respiración antes que nosotros había aspirado una mujer. Y había justificado una mujer. Porque un poeta siempre escribe por amor a alguien, por más distante, imaginario, desaparecido que esté o por más que haya perecido. Le sigue escribiendo en tal caso a su memoria. Y muchos escriben desde la falta. O sobre todo por ella. Todo poeta escribe a una escucha. Y cierro con esto: la ceremonia previa a la escritura, el placer de la escritura, el placer de los lectores, imaginado en la escena de lectura indefinidamente gratificante para el poeta. Como un regalo. Como un premio. Como el don invicto al que un mortal puede aspirar. El de encontrarse y reencontrarse con sus semejantes en una ceremonia con quienes  se conocen y se reconocen en sus palabras. Ilimitadamente.


Adrián Ferrero (La Plata, 9 de noviembre de 1970)

Néstor Mux, Setenta y uno


NÉSTOR MUX, ENCUENTRO EN EL TALLER, UN COMIENZO

Por © José María Pallaoro

          Es el primero en llegar. Nos saludamos como buenos amigos. Aún tenemos tiempo para la muchachada del taller. Y conversamos. De cualquier cosa, pero a esa “cosa” la cargamos de sustancia, líquidos amables como el vino que vendrá después. En el largo rato compartido no enciende un solo cigarrillo, tal vez, como respeto a esa especie de santuario que es mi lugar de trabajo. No creo que a Mux le sea cercana la palabra “santuario”, salvo por William Faulkner. Comienza a abrirse y cerrarse el portón de calle, Carolina, Mechi, ahora Laura y Justine, Hermeto, Graciela. 
          Con Graciela iniciamos la propuesta de esta tarde. Durante un mes, además de otros trabajos del taller de lectura y escritura creativa que coordino, leímos poemas de Mux. Y Graciela relata su mirada escrita. “Muy lindo. Me quedé callado”, dice Mux. “Me emocionó”. Y así lo vemos, emocionado. “Disculpen, por suerte no tengo que agregar nada. Está todo dicho”. Pero parece que no. “¿Por ahí decís `imágenes instantáneas`? Como fotos. “Sí, siempre tuve esa idea, desde que era muy chico hasta ahora”.
          Néstor Mux nació en la ciudad de La Plata el 22 de octubre de 1945. Sara Raquel García Mardones, su madre. Eduardo Conrado Mux, su padre. De barrio Parque Saavedra.
          Precisar el foco de la máquina. Sacarla. “Sí, siempre tuve esa idea. Recién, cuando está resuelto el poema lo escribo”. La síntesis. “Claro, ahí está más o menos la síntesis. Poner en foco, que sea lo más preciso posible, tachando todo lo que está de más, que siempre es mucho. Y ahí te queda el poema. Eso es lo que intenté hacer”. Esa imagen, esos sonidos.

Las viejas maderas del techo
que no terminan de acomodarse, unas a las otras.
El insecto golpeando incansable contra la lámpara.
El motor de la heladera
que no interrumpe su transmisión.
Las ruedas del cartonero, en la calle,
y el perro que ladra al cartonero.
La fatiga de nuestra respiración
y la canilla que pierde, ajena a toda fatiga.
Pasos que parecieran llegar. La sombra de otros pasos
cuyo destino ya no somos nosotros.
¿Hay un límite acaso que separe
los sonidos que sólo prosperan
en nuestra propia tensión,
de aquellos otros que vienen fundidos
al espesor de la noche?

          Aún no entramos a ese espesor. “Está buena toda esta publicación que hizo Pallaoro porque yo me puedo ver”. En enero de 2009 Libros de la talita dorada editó Disculpas del irascible, con introducción de Mario Arteca. El período abarcado de esta antología va de 1978 (con el libro Como quiera que sea) hasta diciembre de 2008, con dos poemas incluidos en el blog Aromito. Dentro de los límites de esta antología se incluyen poemas de Perros atados (1982), Poemas (1985), Cosas que nos rodean (1986), Papeles a consideración (2004) y poemas publicados en diferentes números de la revista en papel El espiniyo, que dirigí entre 2005 y 2007. No incluye textos de sus primeros libros: La patria y el invierno (1965), Nosotros en la tierra (1968) y Cartas íntimas para todos (1974). Parte de todo este último material se puede leer en los blogs poéticos literarios Poesía La Plata y Aromito.
          “Es todo un recorrido de vida. No hay más remedio, uno anduvo en eso siempre. Y ahora lo veo con otra perspectiva, por eso me emocionó”. Pasaron muchos años. “Una pila de años. En realidad no hice otra cosa. Uno trató, sin saberlo, de publicar para que algún día ocurra lo que pasa ahora. Un día escuchar esto de todos ustedes. Hoy se dio”. ¿Nunca le pasó lo de ahora?, pregunta Carolina. “A veces llegan a destiempo las señales. El texto que pasa desapercibido”. “Sin quererlo muchos años escribí para encontrarme con esta síntesis generosa. Tampoco imaginaba…”, agradece Mux el aporte, a lo largo del encuentro, agradece Mux, las diferentes miradas de Laura, Hermeto, Mechi, Justine. “Hay un hilo conductor”, dice Mux. “De todos los libros este es el que más me gusta”. ¿Por qué dejaste tanto tiempo de escribir, entre 1986 y el 2004? “Los desánimos. No hubo poema. También está bien, dejar de escribir”. Sartre en Qué es la literatura dice que el deber de todo escritor (poeta, agregamos) consiste, no solamente en escribir sino también en saber callarse cuando es necesario. Mux ríe. Risa y emoción es lo que nos deparará este espacio nuestro de hoy, para el después, con abundante picada, botellas que se fueron vaciando, cigarrillos no encendidos y las hermosas canciones de Justine. La poesía nunca va sola, va metida entre los seres humanos, entre nosotros. Es un reflejo de cómo se siente el mundo, cómo lo padecemos.
          “Fue un tiempo que me desanimé, realmente, nada más, y eso es todo, eso fue todo.” Paralelamente la poesía también se hace con silencio “Lo que no está dicho en un poema. O está implícito”. Entrevisto. “Sí, claro”. “Es como la música. Sin silencio no se escucharía nada, diría que uno trató, tal vez, de no hacer grandes textos, sino que esos textos no desafinaran”.

Como se sabe,
cada uno es lo que hace
y las dificultades de la época
(mezcladas con nuestras propias carencias)
ponen en cuestión la identidad de nosotros.

Después de años, equivocaciones
y vacíos sobrevividos en silencio
vuelvo a reconocer por azar en la poesía
–aunque imprecisa– una música de mi pertenencia.

Ella me hace respirar otra vez
la convicción inocente que la intemperie
no nos alcanza del todo
si regresamos a bailar con nuestro propio ritmo.

          ¿Y cómo entraste en “carrera”?, digo, tus comienzos. “Éramos muy pibes. Nuestros padres nos conseguían el primer trabajo. Comencé en el Hipódromo, como vos bien sugeriste. Ahí lo conozco a (Rafael Felipe) Oteriño. Me preguntó qué iba a hacer con mi vida. Creo que voy a hacer periodismo. ¿Y te gusta eso?, dice. No, digo. Aunque después estudié y trabajé como periodista antes de jubilarme”. Un día le dice Oteriño. “Dice Oteriño: No le digas a nadie. Yo escribo versos. Yo voy a hacer versos y vos vas a hacer periodismo”. “¡No, yo también escribo versos y sólo quiero hacer eso!”. Al otro domingo se encuentran, están armados de carpetas. Comienzan a leer sus poemas. “Versos muy malos. Intercambiábamos opiniones. Esto está de más, esto está mal dicho. O le decía: esto es retórico, humanizalo más.” Comienzan a convocar a jóvenes poetas. Con Horacio Ponce de León (h), Enrique Dillon y otros, arman el grupo La Voz en el Tiempo, editan una serie de cuadernillos y mosaicos de poesía.
          “Nos juntamos, o mejor, nos amontonamos. No éramos un grupo, no tenía nada que ver los versos de unos y otros”. Pero se juntaron. Armaron los cuadernillos y le pusieron un broche. “Así arrancamos”, dice Mux. “En esa época, había entre los cines y los chistes, al costado,  había una sección que se llamaba Prosa y Verso. Sacaban un texto poético y abajo narrativa o pensamientos. Y eso era todos los días”. Y eso era en el diario El Día de La Plata. “Publicábamos asiduamente, porque a dos periodistas encargados de la sección les gustaban nuestros versos, y eso se hablaba, se comentaba en esa época. No sé lo que pasa ahora pero en esa época se hablaba”. Y además “hacíamos unos afiches también, que pegábamos en la calle. Engrudo en un tacho”. Esto fue por 1962, 1963, hasta 1968. “Por esos años, sí”. Donde además de La Voz en el Tiempo, y el Grupo Escalas, realizaban movidas semejantes el Grupo de Los Elefantes, el Movimiento Poético Platense. La tradición poética platense, caminando, siempre caminando. “Y llenos de expectativas. Nos alentábamos entre nosotros”. En 1965 aparece el breve libro Antología generacional con prólogo de Horacio Núñez West y trece jóvenes poetas nacidos entre 1934 y 1947, Osvaldo Elliff, Liliana Báez. “Después había señales de que uno estaba funcionando”. ¿Un ejemplo? “Vino mi padre del trabajo y me cuenta que va un cliente al trabajo y le pregunta qué relación tenía con el poeta, si eran parientes, y vino contento, y me lo cuenta”. “Algo estábamos haciendo. Entonces le metíamos”. A la poesía mural. “Por esos papeles pegados, se acerca una vez una piba. Y me dice: Yo necesitaría que usted me firme este poema. Había sacado el afiche de la calle, tenía un poco de engrudo. Y lo firmé. Vivimos juntos hasta que ella murió, treinta y tres años vivimos juntos”.

Con ella naufragamos muchas veces
y combatimos otras tantas
por reconquistar la paz que merecemos.

Con ella nunca dejamos de intentar el cielo
a pesar de saberlo apoyado sobre esta tierra
cada vez más difícil.

Con ella soy, somos y son nuestros hijos,
sin más armas que las que nos da
este profundo e inexorable deseo de vivir.

Con ella, lejos de la melancolía del mundo,
nos perpetuamos en el amor
por esa luz tenue, humilde, pero empecinada
que nos alumbra por dentro y que no quiere apagarse.

          Con Silvia Aducci tuvo tres hijos: Griselda, la menor, Julieta y Juan Pedro.

Debajo del sol
el niño juega con su paraguas ardiente
hasta que algo nos hace creer que llueve
porque el corazón profundo de la casa
se moja de alegría.

          “Parecería que en esa época estábamos encajados en algo. Cosa que no me pasa ahora. Hablo de lo mío personal. Ahora no coincido en nada. Recuerdo el poema de…”. Guillermo Boido. “Sí. Poema de dos líneas”. Sociedad de consumo se llama: La poesía no se vende / porque la poesía no se vende. “La poesía no se vende / porque la poesía no se vende. Es maravilloso. Hay que padecerlo al que escribe poemas. Hay que aguantar. En aquella época había algo que tenía que ver más con nosotros, en lo que estábamos inserto”.
          En taller leímos y disfrutamos tus textos. “Claro, pero lo que decía al comienzo, para mí es una maravilla poder estar disfrutando este diálogo porque secretamente dije para que un día ocurriera esto, un encuentro, que gustan los versos. Pero, como te digo, no te enterás siempre de lo que ocurre”.
          Volvemos a 1965, sale el primer libro de Mux, La patria y el invierno, a instancias de Javier Villafañe. “Javier Villafañe era grande, más que mi padre, para tener una referencia. Yo había hecho un libro completo, tan flojito como los poemas que publicamos para darnos ánimo. No tenía rigor. Lugares comunes, la nieve blanca. Yo ya estaba en periodismo, y Villafañe vino a dar una conferencia o no recuerdo porqué estaba ahí. Era un titiritero famoso y poeta, y le doy el libro, con los ganchos, para que se pueda leer como objeto. Bastante pretencioso. Y le digo si se anima a leerlo. Y `Cómo no`, dice”. “Nos juntábamos, comíamos cornalitos, tomábamos vino en un bar de calle 8 y 56. Un bar, una fonda. Nos reuníamos ahí, en ese lugar, y claro, iba Javier Villafañe, se sentaba, se ponía una servilleta en la mano y le hablaba al que traía los cornalitos. Y nos matábamos de risa, pero ni una letra de mi libro. Y yo no le voy a preguntar, no me voy a meter, es una impertinencia, así que no le decía nada. Pasan los días, caía él, y nada. Una tarde casi noche llaman de La Rosa Blindada que era en ese momento la editorial de poesía más importante”. Los libros se vendían en los kioscos de diarios y revistas, con buena difusión y una tirada importantísima si la comparamos con la tirada de los libros de poesía de hoy día. “Queremos saber cuando puede venir a firmar el contrato. Debe haber un error, digo. Yo no mandé nada. Sí, nuestro asesor literario Javier Villafañe sugirió la publicación de su libro”. Y se publicó. “Agradecidísimo a Villafañe. En el libro hay cosas ilegibles. Vos me diste el libro un día, y lo leí en casa. Era para no publicarlo”. Te dio el impulso para seguir escribiendo. “Sí, que yo iba a dedicarme a eso solo”. En 1968 aparece Nosotros en la tierra. “Hay cosas que se sostienen como para leerse, no como el primero”. En 1974, tu tercer libro, Cartas íntimas para todos, de prosa poética. “Coincidía todo el reverdecer del país. Es un libro que, más allá de los valores que puede tener, encajaba en la época”. Y se leyó mucho.
          Hablaste de tus compañeros poetas de generación, también de Osvaldo Ballina que conociste a través de Oteriño, todavía no de tus mayores. “Me hice amigo de Speroni, de Núñez West, que me sirvieron mucho. Los tuve de maestros a los dos. Acá está el poema breve Juanpedro”. Conté la historia. Contála vos para ver si macaneé. “Mi viejo me presentó a Horacio Núñez West. Un día viene a visitarme, vienen a cenar varios poetas, a comer un asado, y yo estaba luchando con un texto en la Olivetti, una Lettera 22, chatita, muy simpática. Había montones de estrofas, y estaba Núñez West detrás mío, y le digo, esperá que resuelvo esto y voy con el asado, así no se me escapa. Y Núñez West miraba desde arriba y dice y marca, y todo esto para qué, el poema está acá. En estas primeras cuatro líneas”. “Fijate qué maestro. Lo que yo quería decir estaba arriba, para qué voy a explicar en una página entera. El poema eran esas cuatro líneas. Y así quedó”. El resto habrá avivado el fuego que estabas preparando. Reímos.

Un aire inexplicable
nos hace andar por el aire puro

nuestros ojos de siempre
por primera vez
ven hasta el otro lado del mundo

la quietud de corazón
es una estación que nos faltaba
y deja en la boca el gusto
ecuánime de todas las estaciones

llueve y es como si lloviera
para nosotros

el pájaro en el hilo telefónico,
la vecina que barre, el ciclista,
los árboles de la mañana
cantan para nosotros:

la alegría.

          Con Como quiera que sea de 1978 se inicia Disculpas del irascible, el libro. Una poesía que va a lo esencial desde lo cotidiano. “Es una excusa para hablar de los hombres. Lo hace más aprensible hablar de la cama o de una lámpara o de un cuchillo que de una abstracción. De alguna manera me acerca a mí al texto y al posible lector a ese poema”.

Envainado, se deja estar
sobre el estante
y con libros, cigarrillos o llaves
comparte inmovilidad y silencio.

Por el esmero de la empuñadura
y el filo cuidadoso
podría pensarse que aguarda la mano
que lo acerque, finalmente,
al cuello del indigno
y corte por lo sano.

Pero sólo es convocado, cada tanto,
a rebanar el ajo y las cebollas
o desgrasar la carne para los comensales.

          Al hablar de los hombres se trasciende las generaciones y los contextos. “Los temas en cuanto a la obra poética, sí. Yo me refería que la realidad o la vida cotidiana ya no tienen nada que ver, por lo menos conmigo. Cuando yo antes creía que lo que hacía tenía que ver con lo que hacían los otros. Siempre estuve convencido que este era un oficio al igual que cualquier otro, el que pinta paredes o te arregla la bicicleta. Creía otra cosa, y ahora no tiene nada que ver lo que uno hace…”. Nadie te pide que escribas.

Nunca llegará hasta la casa
en la que no es esperado.

No habla si no le piden opinión
porque entiende que la palabra
no modifica la historia
y en algunos casos puede ser
invasión al otro,
como de intruso que atropella la puerta.

Tampoco, nadie le pide que escriba.
No obstante, cuando nadie lo ve,
cuando todos están lejos
– con su confusión y sus convicciones,
con su sombra y sus jardines –
él coloca en la máquina el papel en blanco
como una forma de desobediencia,
de alivio o de revancha.

          Mundo de nadie. Mundo de todos. “Trato que sea de todos. Dialogando con el prójimo”. Acerca de la antología. “Quise que los poemas de antes y los de ahora sean un vaso comunicante con los demás. Nunca me gustaron las abstracciones, me gusta cuando está apoyado en algo”.

En la pared de un alojamiento de Mallorca
Aurore Dupin, baronesa de Dudevant,
llamada George Sand, en 1842 anotó condescendiente:
pobre Chopin.

Ahora, solo en la casa, escucho el compact
que me regaló mi hija mayor la última navidad:
un piano prodigioso recrea sonatas de sencillez esmerada.

Algo dice que esta confortabilidad provisoria
desprende cierta atmósfera anacrónica
cuya melancolía no encaja en nuestros días.

Pero la realidad, más allá de la ventana,
suena hosca, estridente, fuera de escala humana.
Y por un rato – sólo por un rato –
aquí se está bien con uno
y con el pobre Chopin, un siglo y medio después.

          Tocar la tierra. “Antes creía que sí, que tocaba todo, ahora dudo un poco. Hoy es algo distinto. Por lo que estamos charlando ahora. Este encuentro no se produce casi nunca, en mi vida personal, como no hago vida literaria, no me ocurre. El problema es de uno. Este diálogo, en este taller, es muy satisfactorio, no se da todos los días, diría que casi nunca o nunca. Para mí, estar acá, era una cita de honor viniendo de Pallaoro. Yo retomé la escritura gracias a él. Me insufló un aliento del que carecía. Volví a escribir. Salieron dos libros en esta editorial”.

En intimidad el irascible
entrega y recibe amor.
Afuera, en la realidad,
el irascible, como un derrotado,
grita contra el mundo.
Es posible que sangre por la herida.
Es posible que el amor
salve al irascible.

          ¿Estás escribiendo algo? “Intentando. Estoy viendo. Todas las noches y las mañanas, cuando me duermo y me despierto, los sueños. Todavía no me largué al papel”. La fotografía. “No inventé yo que los sueños te revelan cosas. Sabato decía: de los sueños de un hombre se podrá decir cualquier cosa, menos que no sea la estricta verdad”.

El cielo está negro
como el sol de los muertos.
Pronto llegará la lluvia
y su sonido apagará otros sonidos
que hacen mal al alma
y nos dejaremos llevar por esa paz ajena,
por esa confianza del agua en las ventanas.

          “Al despertar o durante, porque me despierto a la noche a tomar el jugo y vuelvo a dormir, y no falla nunca eso, el sueño te enfrenta a las más feroces verdades. Son sueños, pero es cierto, no debe haber cosa más real para un hombre que los sueños”.

Al despertar, día tras día, abrimos
la ventana para comprobar que los dueños de la tierra
todavía no la han destruido del todo.

Acariciamos los animales
que protegen el descanso de los nuestros
mientras el agua hospitalaria
de la pava y el mate recibe condescendiente
a estos modestos poetas de provincia.

La razón apenas entreabierta, entonces,
el cuchillo de ardor en el estómago
y la cáscara fastidiosa de los sueños
no dejan de recordarnos que sin porvenir
la palabra – como la vida – es difícil.

Sin embargo con la cautela de los náufragos
nos acercamos a la máquina de escribir
y en el espacio sin límites
de la hoja en blanco, creemos escuchar
un silencio poblado de temblores,
una música que insiste
hundida en un territorio de promesas.
 
          “Me gustaría eso, hacer textos sobre los sueños. Pero todavía no he podido, no lo encuentro. Todos los amigos muertos vienen y hablamos. Algo así era. Cómo llegaron hasta acá si están muertos. Y me desperté con eso, y dije cómo enchufa este texto. Querían estar vivos los amigos.”

Desde lo más hondo
se van abriendo paso impunemente
hasta instalarse en el centro de nosotros.

Como dulces fieras o ángeles pavorosos
vuelven a recobrar los pedazos de sí,
dejándonos a cambio el oprobio
que les dimos o las maravillas efímeras
que a nuestra vanidad se le antojaron inmortales.

Sólo fantasmas recorriéndonos hasta el final,
para que no olvidemos nunca que nuestras vidas
están construidas también con la memoria,
el estupor y la carne borrosa de esas muertes.


          Mux sueña la casa de barrio Jardín. Sueña el jazmín. “Soné, por ejemplo, que este jardín de la pérgola que está acá, en el libro, esperé pacientemente que creciera, que diera las flores. Como digo en el verso, mucho esperé”.

La realidad habitualmente adversa
debiera invitarnos, al menos,
a hacernos de una larga paciencia.

No obstante, anhelantes
del amparo de su sombra
controlamos, después de la lluvia,
cuanto prosperó el jazmín en la pérgola.

Incluso, le hablamos, cuando nadie nos mira.

Pero los tiempos del jazmín
se toman su tiempo.
Nuestro presente es perpetuo
y aquel tiene todo el futuro a su disposición.

Hace bien. Cuando así lo disponga
traerá su sombra (y su energía, su perfume
y su gracia) para nosotros
o para cualquiera que sepa esperar
o no tenga paciencia
y hable solo como un idiota.

          “Y la otra noche cuando despierto soñé que algo le pasaba al jardín de la pérgola. Cazo el teléfono y llamo a mi casa, la casa que ahora es de mi hija menor, y diciendo así medio elípticamente y la pérgola cómo anda. La podé, de abajo, me dice. Y quedé anonadado. Y soñé con el jazmín y la nena que me dice que vino el de acá a la vuelta con la motosierra. Cuando la pusimos era una ramita que atamos con un hilo a la columna de la pérgola. Y lo soñé”. En todas estas horas no fumó un solo cigarrillo. “Es muy difícil escribir eso, juntar un asunto con otro. Y darle credibilidad. Estoy con eso”. Con el fuego interior.

Como si se tratase de una puerta
hacia la felicidad, aun continuamos
haciendo caso al fuego interior que nos precipita
y caídos o extranjeros o convertidos
en nuestra propia condena
nuevamente ofrecemos un corazón sin excusas.

          Ahora es momento de vinos, picada sobre la mesa; y charlar, charlar acerca del tío Coco y otros instantes del mundo, charlar hasta tarde, muy tarde.


(Continuará). City Bell, 10 de octubre de madrugada, 14 de octubre al atardecer.-


El encuentro con Néstor Mux se concretó el jueves 9 de octubre de 2014 en Mundo despierto, el taller de lectura y escritura creativa coordinado por José María Pallaoro en el Espacio-Encuentro La Poesía. Entre las 18hs. hasta cerca de la medianoche dialogaron con el poeta los integrantes del taller: Laura Ceniceros, Carolina Cortazzo, Graciela Abal, Hermeto González, Mercedes Do Eyo y Justine Bevilacqua. Parte de lo vivido en esas intensas horas presenta esta breve crónica.

Publicado en La Tecl@ Eñe.

Adrián Ferrero, Palabras para Néstor Mux



PALABRAS PARA NÉSTOR MUX

Es hora, viejo amigo,
de que vuelvas al poema como se vuelve al vino
a la sal, al pan y a la virulencia de la vida
O como se regresa a una mujer que se ha amado
cuando nos reprocha
que aún su cama hospitalaria
nos espera
las mieses te aguardan
y una multitud rabiosa
necesita escuchar tu voz amable
que nos empapa de la belleza del mundo
para que canten
las cosas primordiales
y el dolor sea una hierba
que se arranque con más prisa

Septiembre de 2016


(Poema inédito).
Adrián Ferrero (La Plata, 1970). Foto: Jmp. Casa de hornero caída de sauce.


VUELTA A CASA

     Néstor abre el portón de su cochera para que pueda sacar mi auto, antes, un par de horas antes, dice: “Entralo. Afuera está peligroso. Lo pueden robar o hacerle cualquier cosa”. Dejo el bolso y una botella de vino en la puerta de entrada. Néstor, después de mover su auto, para que el portón cierre, lo cierra. Y ahí, nos abrimos, “al charlar”. Reímos de las anécdotas que van apareciendo. Anécdotas de amigos poetas, de personajes de la ciudad, todo bendecido con una de sus especialidades (carne al horno y chorizos, papa hervida con perejil y aceite, ensalada de lechuga y cebolla. Pan. Alanis, tinto, fueron dos los del encuentro). “Hace unos días, un chico me regaló un poema”, dice. Se refiere a Adrián Ferrero y su texto “Palabras para Néstor Mux” que transcribo más arriba. Recordamos la reseña, “Cuando no es posible callar”, que Adrián escribió, en 2005, para el número 1 de la revista El espiniyo. Contamos historias. Algunas posiblemente se acerquen a atisbos de verdad. No importa. No nos burlamos de nadie, en todo caso nos divertimos y reflexionamos sobre nosotros en el mundo. Comento una novela, de un escritor platense. “Sí, la leí”, dice, “un amigo me la dio a leer, está como personaje”. Comento que se la di a leer hace algunos años. “Ah, entonces fuiste vos”. Pero no aparezco como personaje. ¿Te acordás del Anarquista Estatal? “No, no, ¿quién era?” (…).
     Néstor abre el portón de su cochera para que pueda sacar mi auto, poco más de las 14 hs. Vuelvo a casa. A las 14: 30 estoy escribiendo estas palabras.


José María Pallaoro, City Bell, 14: 30 hs., 26 de septiembre de 2016

Néstor Mux, Para sobrevivir


VALS ANÓNIMO

Curioso vals
el de la existencia

nos llevó y nos trajo

del estado de gracia fugaz
dejó la culpa

envolvió los sueños
con los trapos de la ruina

nos amontonó para alentarnos
pero terminamos solos


40 AÑOS DESPUÉS

a Olga Chuni Padrón

¿Era sólo arrogancia
la de aquellos muchachos que juntos
desafiaban el mundo que ignoraban?

¿Es felicidad la de esta mujer y este hombre
que en su condición de conocedores
de la común existencia
se tantean como por primera vez?

Reencontrados
o por último, encontrados de verdad.

La vida misteriosamente
parece seguir diciendo
algo por nosotros.


LA SONRISA

El atildamiento ligeramente subrayado
del traje y la corbata
y el vestido fuera de moda
no alcanzan a disolver
la belleza de su rostro
que sonríe desde una época invicta.

Los dos a la mesa
de un bar de entonces
cuando el pasado era una naturaleza
que no hacía pie entre nosotros.

Esto es mucho para mí, digo
y ella apoya la fotografía remota
en el lugar más visible de la mesa.


GRAFFITI TARDÍO EN EL PARABRISAS

La vieja inclinación a desentrañar
las cosas del espíritu
entorpeció la posibilidad
de juntar riquezas.

Pero ella escribe
te amo y sus iniciales
en el vidrio del automóvil
como si aun tuviera
toda la juventud a su disposición
para que yo revise
la abundancia de mis bienes.


EL PRESENTE ES CONSTANTE

La sombra del dolor se fue diluyendo
como un sueño desdichado.
El pasado ahora es mero pasado
al fondo de un pasillo
en que comienzo a no reconocer las siluetas.

El futuro es una abstracción
que va perdiendo peso
y caen como hojas
las tentativas de mañana.

El presente es constante
y guarda una hospitalidad que me contiene
porque puedo mirar su cuerpo echado
en una desnudez conmovedora.
Y esa quietud felizmente alcanza para todo.


POSESIONES

A nuestra realidad iniciada
se agrega la posesión
de una sartén reciente

ella explica que el teflón
es materia plástica fluorada
resistente al calor y a la corrosión

el fritado de papas y huevos invita
a una expectativa doméstica en común

mientras a fuego lento también
crece este último amor de nosotros
aunque se haya hecho tarde


MUNDOS

Para sobrevivir es necesario
fuerza o ironía o cinismo.
Me inclino a creer que ella haya optado
por la fuerza porque al despertar
vuelve a empujar las cosas del día
y el mundo le retribuye esperanza.

En: “Disculpas del irascible”, Libros de la talita dorada, 2009. Selección de textos: José María Pallaoro.
Néstor Mux nació el 22 de octubre de 1945 en la ciudad de La Plata. Poeta. 



Fotos: Néstor Mux en Taller Mundo despierto, City Bell. Presentación revista de poesía El espiniyo. Presentación libro Disculpas del irascible. Con Julián Axat, José María Pallaoro, Carlos Aprea. Rafael F. Oteriño, Luis Pazos, Osvaldo Ballina, Horacio Castillo. Archivo de la talita dorada.