“Conversaciones en el andén” y otros poemas de Marcelo Vernet


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De: Último tren
(Ediciones Al Margen, 2000)


Último tren
(Fragmento)

Saber que viene la lluvia
cuando nos duelen los pies
es una de las pocas certezas que nos quedan.


No es el hambre, no.
No es el frío.
Aunque ni pan,
ni una miga de pan,
ni una astilla
de duro pan nos queda
para abrigarnos, comer,
hacer un fuego.


Es otra cosa lo que nos duele.
Son los pies que profetizan
la lluvia como única certeza.
Son estos tiempos
que duelen como caries.
Pero no es el hambre.
Es esta nada.
Este agujero que late
donde solíamos tener el corazón.


Hubo una vez un tiempo,
una manera de lluvia sobre los techos,
una forma de hablar que conmovía el corazón.


Ahora es tiempo de recordar las viejas canciones.
Pero no cantarlas.

Como se recuerda el ruido que hacían los adioses.

Ahora es tiempo de recordar los viejos compañeros.
Pero no de abrazar sus tristes húmeros.

Llegará.
Llegará el tiempo de las profecías
gritadas sobre un cajón
junto a las vías muertas.

*

Conversaciones en el andén
(Fragmento)

Amigo, no hablemos de estas cosas debajo del cielo.
La noche pesa sobre mi corazón como un remordimiento.

(…)

Hermano, está muy oscuro
para hablar de estas cosas.
Los nomeolvides florecen
sobre la tierra dura, sobre la tierra negra
donde descansan los muertos.
Los nomeolvides siguen floreciendo
aunque ya casi todo lo hemos olvidado.



De: Último tren
(Parte II: Cuaderno municipal. Poeta de provincia)

Principio
(Fragmento)

Es algo que ha dejado en mi cadera
el abuelo del abuelo de mi padre.
Apenas una huella, la forma de pararme.
Apenas en la ingle el olor de un caballo.

Mis huesos saben cosas que yo ignoro.


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De entre casa
(Fragmento)

Nací en un hospital.
Es decir, nací en ningún lugar.
Todos los hospitales se parecen.

Crecí en un primer piso
bastante alejado de la tierra.
Salvo unas pobres macetas desterradas
y unas batatas tristes que mi madre
hacía germinar sobre la frialdad de la heladera.


(…)

Supe tener de chico una yegua mora.
Mi mano aún recuerda su pelaje sudado
y mi entrepierna el miedo de montarla.

La Morita era mía en labios de mi padre,
como si se llamaran míos
la distancia alambrada o el aire.

Dicen que unos cuatreros del lado de Matanza,
se habló de un portugués con hijos de arpillera,
un oscuro quintero vecino de La Loma.

Lo cierto es que mi padre recorrió palmo a palmo
sin poder encontrarla.
La lloré largamente ese breve verano.

Era tan chico, creo, que no supe tenerla.


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Del sur

Hombres de poca risa
hablan gravemente de vientres y de leguas.
Anotan unos números
en que cifran el futuro.
El papel, sobre una madera, cuelga de la pared
entre el winche y un barómetro
que el abuelo trajo en una caja de Inglaterra.

Sus mujeres no hablan.
Otros vientres más silenciosos
que las vacas.
Pero secretamente manejan
los hilos de la casa.

Los hombres conversan lentamente.
Fluyen las palabras como mercancías
justamente pesadas.
El tabaco les mancha los dedos
endurecidos por el viento.

Junto a la Biblia, que ya no leen,
las otras escrituras profetizan
terribles herencias y catástrofes.

La lluvia del año también es anotada
en un vano ritual.
Todo lo demás lo escriben en la carne.
Cortan la oreja derecha de los machos,
la izquierda de las hembras.

Los hijos son otra historia.
Aunque criados en las casas,
aunque mansos a la voz,
quizás dispuestos a cargarlos de viejos,
los hijos son orejanos.

Se mueven en un tiempo
largo y lento como la eternidad,
pero el futuro termina, por ahora,
en la entorada de abril.

Ahora se callan.
Lían un tabaco en silencio.
Y aunque no hay viento
entrecierran los ojos para ver a lo lejos.

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Final
(Fragmento)

¿Y a dónde vas
al tranco de un tordillo de riendas flojas?

No voy a ningún lado. Sólo miro.
Ando a la deriva en ancas de un tordillo.

¿Y qué buscás
sobre la tierra sin sombra como el mar
confiado el rumbo al tranco del caballo?


Cada quien busca lo suyo, creo.
El tranco busca una aguada.
Yo busco a mi padre muerto.

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De: Don de Profecía
(Ediciones Al Margen, 2005)


Diálogos I
(Fragmento)

Ahora que al levantarme crujen mis rodillas
nada espero del diario.

Mientras acomodo los huesos de mi alma
con los primeros mates
me da por oír una voz como de muchas aguas
de mucho tiempo atrás.

Nada veo.
Salvo la maceta del malvón
y las rosas de mi hija en el aire
de la mañana recién nacida.
Nada veo.
Sólo escucho una voz como de muchas aguas
o muchas voces de mucho tiempo atrás.

- Escribe lo que oigas en un libro.
- ¿Otra vez? – pregunto yo.
- Otra vez – me contesta la voz.

- Ríos de sangre.
- ¿Otra vez?
- Porque sangre de profetas y de santos derramaron,
sangre les daré de beber.
Lo merecen
.

- Eso ya fue dicho antes.
Hace tiempo,
cuando el fin del tiempo estaba cerca.

- Nada quito. Nada agrego.
Sucede que ha sucedido muchas veces
.

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Profeta menor

Yo profetizo, lúcido y sereno en el balcón de casa.
Sin visiones veo el horizonte rojo y transparente.
Dios habla y yo lo escucho con los ojos. Atardece.

Oigo una voz: “Rosso di sera, bel tempo si spera”.
Es mi abuela desde el patio de la infancia.

Mañana va a estar lindo, le digo a mi hijo más pequeño.

Por hoy, es suficiente milagro.


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Génesis 9. 12-16

Acaba de llover y el sol
asoma entre las gotas
que aún vuelan en el aire.

La tierra respira en paz
como una mujer satisfecha.

Brilla el agua en los cardos
junto a la ruta de camiones esmaltados.

Un muchacho atraviesa la claridad
al tranco de un oscuro caballo.
Va sereno e imagino que silva.

Sobre su boina blanca el arcoiris
traza un signo para que Dios recuerde
su antigua promesa.

Va tranquilo en la luz y no sabe
que el mundo acaba de salvarse,
una vez más.


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Diálogos II
(Fragmento)

- Busca un lugar alto y habla.
- Es esta la llanura más llana que conozco.
- Busca crecer porque las palabras que pondré
en tu boca son más altas que tu altura
.
- ¿Puede ser un cajón de manzanas sureñas?
- Para empezar no está mal. Escucha:
Bienaventurados los pacientes
porque heredarán la tierra
.
- No conozco a nadie más paciente
que mis paisanos los indios
y toda tierra les ha sido arrebatada.
- Así está escrito. Así sucederá.
- ¿Cuándo?
- No está en mí decirlo.
- Las profecías están escritas en futuro
y en futuro siempre se repiten.
- No entendés nada.
Las profecías siempre se están cumpliendo
y nunca terminan de cumplirse.
Ahora, un buen cajón que sostenga tus dudas.
Ahora, párate sobre tus huesos encima del cajón y grita:
Bienaventurados los que tienen
hambre y sed de justicia
porque serán saciados
.
- Lo diré en voz baja. En voz baja.
Como si le hablara a mi corazón.
Parado en un cajón, está bien.
En medio de la plaza Moreno, está bien.
Pero en voz baja.
Como si le hablara a un amigo.
Ya no creo en los gritos.


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Setenta
(Fragmento)

Con los cuatro dientes que me quedan
muerdo el asado y muerdo
la evidencia:
todo podemos perdonarlo,
menos lo imperdonable.

No es vejez prematura.
Es un justo balance
puesta en balanza nuestra vida.

Aunque siga latiendo ya se ha ido
la hora de nuestro corazón.

Nada nos queda ya por destruir
salvo los últimos vestigios de la derrota.
Nada nos queda ya por construir
salvo una muerte
lo más digna posible.

Poco importa lo que resolvamos,
o importa sólo a nuestra alma.
Si quedarnos en casa con los ojos cerrados.
Si contar historias cargadas de consejos.
Si salir a la calle buscando una bandera.

A otros pertenecen ya
las vísperas y el combate.
A otros, felizmente.

Pero qué ganas de saber cómo será.
Qué anhelo de alistarme
como boletinero, corneta o zapador,
como tambor, cartógrafo, enfermero.
Al menos ser reservista, veterano
del batallón de los aparecidos.

Con los cuatro dientes que me quedan
muerdo aún la vida, la sopa, lo que pueda.

La Plata, invierno de 2001

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De: Don de Profecía
(Parte II: Cantar de amigo)


De noche

Amigos, si la vida
es esto que ha pasado
durante el sol de hoy,
digamos, si sólo fuera
esta quieta nadería de vértigos,
no vale gran cosa respirar.

Quiero decir, amigos, el misterio
que late oculto en nuestro viejo
y calumniado corazón.

Lo que me empuja a enderezar palabras
bajo una ley que invento y creo
que me es dictada por la sangre.

Enciendo cierta hierba que se quema fragante.
Cierta hierba humedezco, como hacía mi padre.

Basta que el viento de pronto en la ventana
traiga un aroma, el hilo de un recuerdo, casi nada.
Y el tiempo otra vez gotea grueso sobre el alma.

Amigos, buenas noches.
Ahora sí, está cumplida la jornada.

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La luna desde aquí

Amigos, la luna
ha ido trepando tan despacio
el tilo de la puerta de casa
que en el barrio, creo,
nadie salvo yo lo ha visto.

Los que pasan,
los que sólo se asoman
un instante a la ventana
la ven de pronto
redonda luna llena
de quietud.

Y no es así.

No sé otras lunas
en otros barrios.
No sé, Memo, tu luna
allá en Australia.
No sé qué hace, Emilio,
la luna en Bahía Blanca.
Acá en mi cuadra trepa
de rama en rama el tilo.

No sé otras lunas
en otros techos.
Pero esta noche me hace bien
estarme así de quieto,
el alma echada junto al perro
que apoya su cabeza en mis caricias.

La luna, amigos,
se posa ahora en la delgada
rama de la torcaza
y la rama se curva al peso de su luz.

Voy a seguir aquí para verla volar.

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Última poética

Si yo tuviera, amigos, la obstinación feroz
de los vendedores de tren
que de vagón en vagón vocean sus milagros.

Si yo creyera en mis versos como ellos
creen en alfajores, pilas, lapiceras.

Hace mucho que desistí de las poéticas,
del poema que se mira el ombligo y duda
del origen, valor y olor de sus pelusas.

Qué extraño oficio el nuestro, Néstor.
Una duda que nos hace callar. Un silencio
que nos mueve a seguir escribiendo.

No hablemos del poema. Es cuestión de riñones.
Hablemos de los que venden milagros en los trenes.

Llegan a Constitución con la voz quebrada.
Y toman otro tren, hasta ganarse la jornada.

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Marcelo Vernet
nació en La Plata en 1955. Estos textos son una selección de sus dos únicos libros de poemas publicados hasta el momento: Último tren (2000) y Don de Profecía (2005), en la editorial platense Ediciones Al Margen.
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