LARA VILLARO Poemas inéditos y otros poemas


 

Inéditos

 

 

I

 

de todas las palabras, la última/

de toda la noche, este instante.

 

 

II

 

aquello que sigue siendo pregunta/

ese es mi jardín florido.

 

 

III

 

sembrar el aire con un fruto

no nombrado/

no esperar todo de la noche

ser

       la oscuridad.

 

*

 

En Poemas invictos, 2012

 

 

La tinta que infecta mis venas

Tilda la escritura

 

aliento seco

de mujer de crin dorada

sin voz

para nombrarse

 

desidia de no reconocer más

el contorno de sus pechos.

 

 

 

“En la sopa de pescado, a la que Ilsebill había dado color verde con alcaparras e hinojo,

nadaban blancos los ojos de merluza, que significaban felicidad”

El Rodaballo, Gunter Grass

 

colibrí sediento/

conmocionas tus manos aladas

tu mirada de agua tibia/ de sal y espuma.

el cielo emprende tu aventura de cristal

es amanecer tu despedida

 

el fuego en la yema de los dedos

aliento voluptuoso de amapolas

¡cómo mutas Ilsebill!

la tierra de llanto

con gotas soberanas de

reino celestial

y despiertas las jaulas de los senos

en la supuesta árida meseta

donde nada crece más que tu latido

¿cuál es el cielo que roza tu espalda?

¿cuál es la tierra que alimenta tus pies?

el agua que beben tus peces

el aire que respiran tus pájaros

tus sueños sigilosos, Ilsebill

tu fábula cristalina

diáfana

vuela,

peregrina de la luna

el viento corteja la belleza de tu errante andar 

vuela, Ilsebill,

vestida de violetas desnudas

y despierta la sangre dormida

de la madre

que brota en las pupilas de la tierra. 

 

 

 

Germina adentro una niña

que parece mujer

o pájaro.

Con forma de elefante hambriento

con aroma a limón.

 

Germina como el ginkgo

dulce pero rancio

crece sola una semilla de suave algodón,

acaricia y a su vez

lastima

como los colores del cielo

o las ollas vacías

voy a llamarla amapola

(debemos poner nombre a los nativos).

 

En algún sitio nacerá el fruto

que por fin sabrá nombrarme.

 

 

 

Has dicho las palabras

todas

sigo oliendo a lavanda fresca

a musgo

a orilla

ningún espejo reflejará mi rostro

hasta no despedazarme,

 

como un lobo

la luna (para alguien)

despierta de una larga letanía

descubre que el fuego se parece al sol

pero no puede sujetarlos.

 

Las llagas marcan tiempos sin cronología

Inverosímiles,

busco en una almohada vieja

dónde se ha quedado atascado aquel soberbio desvarío.

 

 

 

A Julia, por dejarse llevar…

 

No era mía

lo sabía

lo supe siempre

sin embargo,

ay! sin embargo.

Lloré sus lágrimas de río

amé con terquedad su inofensivo rostro

sospeché mío su júbilo

ensayé respuestas para todas las preguntas

que nunca a mí me hizo

apreté con fuerza adolescente su manito de niña

y cuando pude

sólo cuando pude

le solté la mano de madre inoportuna

y la abracé al rocío.

 

 

 

las caracolas descubren sus nervaduras

cuando los pájaros que no oímos

cantan

y las musas imaginarias se revuelcan en los

sótanos suburbanos

hay que saber arrullarlas

y de las nervaduras

irrumpirán

volando

mariposas.

 

 

 

Sin pies

Sin manos

Sin mentón para apoyar la mano

Sin talón para apoyar el pie

 

 

pupila en grises

te opones

a la continuidad del lienzo

 

 

 

(mujer en taburete)

 

 

 

En esta casa de paredes descascaradas

De sabor a lavandina barata

De humo de tabaco quemado

De ingrato césped sin cortar

De prolongada espera

 

En esta casa

De infinitas controversias

De escamosas sábanas

Que solían ser pólvora

 

En esta casa

Que reía hasta que las bocas se arqueaban

Que lloraba en los hombros de sus aristas

 

En esta casa

Hay alguien que presenta

Su ausencia a escondidas

 

 

 

Lara Villaro (La Plata, 6 de marzo de 1976) /Fotos: jmp

ERNESTO FAUSTINO URTUBEY Una historia que comienza

 

¡Montañas, recias montañas/las montañas de Navarra!

Las de picos erizados, las de cumbres nevadas.

Aralar, Larrun, Andía, Higa del Monreal, Urbasa.

Altas cimas de granito/ cuyas cúspides se bañan/

En la inmensidad del éter, hasta el cielo remontadas.

A su sombra se hizo fuerte/ la viril raza navarra/

cuyo temple bien notorio, se acreditó en mil empresas/

de las que tejen la historia, de las que forjan la Historia,

de las que forjan el alma/ y dan carácter a un pueblo/

y ejecutoria a una raza.

¡Montañas, recias montañas!

Constantino Salinas, Las montañas de Navarra, 1945

 

INTRODUCCIÓN

 

         A ciento cincuenta años de la llegada de Francisco Arbizu desde Ursuarán, Navarra, a la Argentina  y ciento treinta y siete años de la compra del campo en el partido de Trenque Lauquen, núcleo del proyecto pionero junto a su esposa Dionisia Berazategui, he decidido tomar el desafío de acompañar el rescate de los recuerdos de esta familia y sus primeros descendientes que nos llevan hasta un lejano pasado. Es cierto que no a todos les podrán interesar estas cuestiones, por eso antes de seguir quiero aclararlo, para que no haya malos entendidos o frustradas interpretaciones, que este trabajo no ha sido escrito para convencer a nadie de modificar su indiferencia. Los asuntos aquí tratados refieren a materiales que restituyen de primeras fuentes la memoria de un núcleo familiar que ya no está en este mundo desde hace casi un siglo. Esto, seguramente, puede invitar  a muchos potenciales lectores demasiado ocupados con sus cosas, a optar por el al más quirúrgico de los olvidos. Sin embargo para quienes nos encontramos aquí, en este presente plagado de incertezas y de búsquedas solitarias, la feliz decisión de recuperar los orígenes alcanza para comenzar una y otra vez con las mismas ganas, sabiendo que, en el caso que fuera necesario, otros podrán tomar la posta y seguir adelante. Porque hay mucho en juego cuando de lo que se trata es de dirimir entre la posibilidad del olvido o la memoria de nuestros antepasados. Y en estricto orden a su recuperación, fue por la magnitud humana de las acciones de aquel matrimonio que se sigue conjurando con el presente aquel mismo destino: una vida de pioneros que se repite en cada nueva generación. Es esta intuición, la de sentir que nunca dejamos de ser “recién llegados a este mundo” la que habilita la operación a favor del rescate de las acciones pasadas. De tales circunstancias hablará el libro.

         Las coordenadas desde donde se inicia esta pequeña empresa se encuentran en la casa de la última nieta del matrimonio Arbizu-Berazategui. Desde su mesa en el comedor diario, que reúne una cantidad asombrosa de fotos y toda clase de testimonios, se decidió realizar una serie de encuentros semanales donde “Caty” -la artífice del relato- me contaría en forma natural y sin condicionamientos de ninguna índole una historia o muchas, de acuerdo a cómo se lo quiera entender, que refieren a la decisión de emigrar de un joven vasco a un lejanísimo país a mediados del siglo XIX.

         La historia trata de él y del destino geográfico elegido, un país al que hacía menos de un lustro se le había concedido el reconocimiento de la independencia desde España. Ambos, hombre y tierra, se encontraban en plena etapa formativa, arropados por un violento vigor que los llevará a soñar y proyectar aceleradamente un horizonte plagado de trabajo y de conquistas. Hombres y mujeres de esa historia junto al país destino, Argentina, se encontrarán transitando una prolongada guerra civil que pronto mutará en guerra interior, guerra de “huincas” contra los  “salvajes indios”, y otra guerra silenciosa pero no ya con armas sino más bien de costumbres entre aquellos grupos humanos y la presencia de los recién llegados inmigrantes. Esa fue una triangulación humana única que se dio en el preciso momento en el que comienza esta historia. Y sus protagonistas, Francisco y Dionisia, formaron parte de ese colectivo europeo de campesinos que llegaron, por un lado, para legitimarse a través de su sacrificado trabajo, y otra, para consentir su anhelada expectativa de alcanzar un pedazo de tierra y prosperidad para sus familias.

         Sin dudas fue durante las charlas preliminares, en la mesa del comedor diario, donde apareció con claridad la conciencia histórica que identifica a Caty como a una mujer de una exquisita valoración sobre las cosas que la ocupan: su determinación por enfrentar el pasado. Ella logró inmediatamente poner de relieve blanco sobre negro, dando orden a su legado y a su memoria, qué hechos eran tan relevantes como para ser integrados a la historia que surgía. Así, esta operación de rescate se fue constituyendo, poco a poco, en la cuestión central de su vida actual. Lo que siguió entonces, fue tomar un minucioso registro de los materiales a su disposición y de la búsqueda de otros que posibilitaron mucha información de contexto a través de otras fuentes oficiales. En una segunda etapa, Caty se ocupó de la lectura y análisis de las fuentes en su conjunto para lograr cierta distancia y perspectiva frente a los hechos para que la ayudara a pensar cómo se recrea un mundo que ya no existe; se ocupó, en definitiva, de la búsqueda de claves entre los más mínimos detalles que pudieran ayudar a unir esa argamasa de información que tenía ante sí. De este largo y solitario itinerario quedó un primer registro en sus cuadernos de notas y a partir de allí, la grabación de su relato.

         Ahora bien, todo este recorrido, que realizamos en gran parte juntos, me ayudó a confirmar, mucho antes de comenzar la propia escritura del libro, que quien tenía frente a mí era una mujer que demostraba haber alcanzado con éxito la culminación de un proyecto luego de haber luchado en silencio contra un sinnúmero de adversidades. La primera de todas, muy lejana en el tiempo, fue la prematura muerte de su mejor aliado, su padre Faustino Gorostiaga, cuando ella sólo tenía dieciséis años. Su ausencia cambió brutalmente la cotidianeidad familiar. Su madre Francisca Arbizu era ahora una viuda ama de casa con sus cuatro hijos, dos en la universidad y dos en la escuela secundaria. Y ya fuera por cuestiones de índole económicas o por los cambios en el orden interno de las relaciones entre los hermanos -transferencia hacia el hermano primogénito de la jefatura paterna vacante- la vida para Caty ya no sería lo mismo sin la amorosa protección de su progenitor. Mientras tanto, tiempo después, los dos hermanos varones obtuvieron sus títulos universitarios mientras que las dos hermanas se vieran forzadas a renunciar a sus carreras en las respectivas Facultades de Ingeniería Nicha y Derecho Caty, y en su lugar, debieron ingresar a la administración pública para asegurar un ingreso que los salvara del naufragio. Esto sin dejar de convivir con los típicos prejuicios de época que les adjudicaba a las mujeres incapacidad para valerse por sí mismas cuando la realidad era un ordenamiento social que las obligaba a la postergación silenciosa de sus proyectos personales. Así, la memoria de todos y cada uno de los hechos de la vida de Caty quedó resguardada hasta hoy como la última representante de aquella gran familia nacida a fines de la década de 1870 cuando se casan sus abuelos. Tanto sacrificio y tantos sueños no pueden extinguirse sin dejar un sendero. Durante décadas Caty albergó la idea de poder descifrar la clave que le daría la identidad familiar. ¿Se encontrarían en las cartas de fines del siglo XIX o en los primeros daguerrotipos y fotografías? ¿En escrituras y planos? ¿O tal vez en ese extraño y melancólico poema titulado “La Tapera” que escribiera uno de los hijos de Francisco Arbizu? Todo cuanto hubo a su alcance lo registró y resguardó para que algún día pudiera ser “la historia de su abuelo”.  Así fue como lo soñó y pensó Caty, tantas veces y hoy, en alguna medida, ha cumplido su objetivo. Tal vez podría aventurar que Caty ha llegado mucho más lejos de lo que pensara al comienzo de este camino, por cierto al límite de su agotamiento, para dejar a las subsiguientes tres generaciones, sus hijos, nietos y bisnietos que la han conocido, un legado, una historia que ellos a partir de ahora podrán continuar.  Algo es más que contundente, Caty jamás renunció, pese a las críticas o la simple indiferencia, a este proyecto;  hizo lo que sentía que debía hacer, salvaguardar la verdadera historia de su familia, la que ella vio y escuchó de sus mayores.

         Luego del trabajo compartido, puedo confirmar que ciento cincuenta años después de aquellos orígenes y muy a pesar de las distancias geográficas y diferencias en la vida material entre una y otra descendencia, sigue existiendo una indeleble identidad cultural de principio a fin en esta historia. Sospecho que muchos de los caminos elegidos por los herederos del matrimonio Arbizu-Berazategui, como tantas otras familias de fines del siglo XIX de origen vascuence, estuvieron marcados por una profunda melancolía, por la admiración frente a la planicie y la veneración del recuerdo sobre el Océano Atlántico, por el orgullo de una vida culturalmente rica pero materialmente austera. Hay muchas cartas que aún existen, las tuve en mis manos. Ellas dan testimonio del temple emocional de las vidas que allí se relatan; son líneas y líneas que repiten la angustia de no saber cabalmente cómo se encontrarían sus destinatarios al momento de escribirlas y tan lejanos entre sí. Por eso se hace necesaria, sobre ellas, la lectura lenta del historiador. No se precipita la conclusión más bien se la amortigua, y cada párrafo, merece varias lecturas. De esto es de lo que se habla entre los miembros de equipos de investigación cuando se enfrentan a los materiales y especialmente a las fuentes escritas. Sólo así el tiempo que pasemos con ellos tal vez nos revele el pulso exacto de una vida que no se manifiesta sino en forma indirecta: la vida de los que ya se fueron hace mucho tiempo.

         De los encuentros que se dieron durante un mes entre ambos cada semana y de las notas que luego realizamos, nació el relato que sigue. El esfuerzo por acercar algunas pistas que corroboren esta historia  justifica la escritura del presente libro.

 

City Bell, octubre de 2019

 

 

Esta “Introducción” la recibí por correo-e. Me la envió Ernesto el 4 de octubre de 2019, y no es la versión final (la definió como ‘introducción versión 1.0’). Ernesto había concluido la “investigación” y se encontraba, cuando tuvo que enfrentarse con su enfermedad, en la escritura del libro. Hasta ese momento lo había definido como “Memoria de un relato, el de María Catalina Gorostiaga, la abuela “Caty”, sobre  la historia de sus abuelos Francisco Arbizu y Dionisia Berazategui”.

María Catalina Gorostiaga falleció en City Bell el 28 de junio de 2020. Su hijo, Ernesto Faustino Urtubey, el 14 de septiembre de 2020. Además de Memoria de un relato (título tentativo), dejó una serie de relatos y textos, una nouvelle y una obra de teatro. Material disperso que ojalá se pueda recuperar y recopilar. jmp

Ernesto Faustino Urtubey (La Plata, 16 de febrero de 1959 - City Bell, 14 de septiembre de 2020) / Foto: jmp

ERNESTO FAUSTINO URTUBEY La única certeza del viaje

 

EL GRINGO JOHANN KRAUSE

 

         Hacía dos días que la nave había llegado a puerto y a pesar de ello, se hallaba como perdido sobre cubierta. El gringo Johann Krause tenía en su puño derecho un papel, un pedazo de hoja entre los dedos que contenía la única certeza del viaje, la dirección donde debía presentarse ni bien llegara a Buenos Aires. Le habían asegurado que allí le darían trabajo y  jornal; que tendría suficiente comida y, con un poco de suerte, su propio catre. Aun así, Johann, no podía ocultar su incertidumbre dibujada en las arrugas de ese papel que seguía en su puño a pesar de haber memorizado el contenido. ¿Cómo se le revelaría el idioma español tan alejado de su origen alemán? ¿Cómo el sabor del agua y los alimentos que aún no conocía? Le habían contado que los salvajes del lugar habían impuesto la costumbre de chupar con bombilla una infusión amarga y desabrida; que los gauchos no conocían la cerveza y en su lugar tomaban aguardiente y caña, dos bebidas alcohólicas imposibles de ser comparadas con las de origen europeo. En definitiva, todo eran dudas y temores viscerales, que apenas podía neutralizar pensando en la dirección que llevaba en el papel. 

         Aunque lo intentara una y otra vez, no podía quitarse de su cuerpo el vértigo provocado por alta mar; las olas habían calado su metabolismo y, al menos momentáneamente, esa sensación, le había quitado su habitual seguridad en todo lo que emprendía; como si la luz de su semblante se hubiera apagado para siempre. La pecosa y áspera piel bávara de rostro y las manos se habían marchitado después de cuarenta días a pleno sol en cubierta. A simple vista, mostraba la expresión que llevan los enajenados con sus párpados pesados y las pupilas dilatas -como si los ojos estuvieran enfocados hacia el alma-. El carguero había logrado cubrir la distancia prevista en menos tiempo de lo calculado anticipando, así, la llegada. De manera que las cosas se precipitaron ni bien el barco llegó a puerto. Muy temprano, en la mañana del día siguiente del arribo, cuando ya se había descargado la totalidad del cargamento, y justo antes de poner pie en tierra, a Johann se le iluminó el rostro.

         -¡Oh mein Gott!, exclamó, mientras pegaba un salto al continente y la sangre le devolvía el color a su cara; era como si el contacto con tierra firme le hubiera devuelto su naturaleza terrenal.

         -¡Oh mein Gott!, repitió una vez más ya con ambos pies decididamente recuperados del constante bamboleo. Y comenzó a caminar, primero muy lentamente y unos segundos después, con total seguridad, recuperado. Paró, se acomodó su chaleco y la bolsa sobre el hombre izquierdo y entonces fue que pronunció por tercera vez la misma locución germánica.

         -¡Oh mein Gott!, pero esta vez, con más convicción y energía al ver una joven nativa a pocos metros que se alejaba del lugar. Entonces, sin soltar el papel con la dirección en su puño, Johann inició una carrera de obstáculos entre el gentío y los bultos que se concentraban abigarrados en el muelle. Parecía un atleta en el tramo más difícil de su entrenamiento, saltando, esquivando, haciendo lo necesario para no perder de vista a la joven. No todos los viajantes dan cuenta de las diferentes maneras de caminar que tiene el ser humano de acuerdo al lugar donde se encuentre; sin embrago para Johann fue evidente que jamás había visto mujer que se desplazara con la gracia de ese cuerpo en vaivén. La criolla caminaba haciendo síncopa con la cola de la trenza y sus espaldas, que, cada tanto, giraba su cabeza para un lado y para el otro, como agradeciendo tanta admiración por sus naturales dones. Mientras, el sol de la mañana hacía  resaltar cada uno de los colores del puerto en contraste con el inmenso río. Y era evidente que ningún otro hombre, en aquella circunstancia, captó como lo hizo Johann la conjunción de circunstancias que hacían de esa mujer alguien especial.

         Para lograr sortear la distancia, tomando el camino más corto hasta el terraplén en el que se encontraba la joven, Johann tuvo que sortear una masa compacta de rústicos estibadores. Lo logró sin amedrentarse, simplemente dando empujones a la voz de ¡Bitte!, algo así como “por favor”, pero sorpresivamente, los buenos modales no sirvieron. Nadie le prestó la mínima atención. De modo que decidió recoger el guante e incorporar el primer aprendizaje. Nada de “Bitte”, lo que debía hacer era imponerse a empujones aprovechado de su tamaño y altura al que sumó el pesado bolso que llevaba sobre los hombros. Porque no había dudas que sobresalía por su aspecto de recién llegado y en apuros, pero a los locales que se encontraban allí, -habituados a los extranjeros-, en ningún momento se les ocurrió facilitarle el paso. Johann, acalorado de pies a cabeza y con la luz del sol iluminando su rostro como una roca, comenzó a empujar hasta que logró su objetivo. Liberado del conglomerado humano, todo era espacio libre hasta la muchacha y cuando alcanzó a la joven, cuando la tuvo frente a él, clavó su mirada en la de ella haciéndole sentir que se encontraban en lo más alto de un volcán y entonces ambos sintieron que ellos eran magma a punto de estallar. Eclipsados, hieráticos por un instante, contuvieron su respiración y todo se detuvo, incluso el tiempo. Hasta que al unísono estallaron en una espontánea alegría. Entonces se acercaron un poco y él se animó a extender la mano para presentarse.

         -¡Johann Krause!, dijo. Y ella, veloz como para llegar a tomar la mano del extranjero antes que él la suya, le contestó.

         -Dionisia, para servirle, mientras bajaba la mirada. ¿Qué otra cosa debería seguir ahora? De alguna manera, se habían topado en su camino con un tesoro apenas oculto que sólo ellos apreciaron. Lo que seguía era tomarlo para que no se les escapara.

         Dionisia cubrió el pan fresco de su canasta con un mantel de hilo pequeño, para mostrar que ahora estaría disponible sólo para él y, en el mismo sentido, aunque un tanto más elusivo, Johann guardó el papel con la dirección en un bolsillo. A partir de ahí, comenzaron a caminar sin dejar de mirarse una y otra vez, de sonreír, ganados por los nervios y la expectación, felices sin importar nada más. Él, a golpe de vista reconstruía en su cabeza cómo se vería ella de frente y de atrás, caminando como lo hacía en ese momento a su lado; ella, parecía dejarse llevar a puro instinto por ese extraño Neptuno y su penetrante olor a mar abierto, con eso tendría suficiente para  no dormir por mucho tiempo invadida por nuevas emociones. Lentamente se fueron alejando del lugar donde se encontraban, como si lo que estuvieran haciendo fuera un premeditado ritual de escape. Un rato después, ya habían abandonado la portuaria vocería de los muelles. Tan simple como haber quedado uno con el otro, que ahora era lo único que necesitaban. Caminaron juntos, sin hablarse, en el letargo del mediodía que los invadía con perfume a flores silvestres y acompañados por la suave brisa del río.

         Buscaron el aire fresco que provenía desde los sauzales. Era un lugar que ella conocía muy bien desde su infancia; allí, las calandrias del mediodía se elevaban para iniciar su canto en pleno celo. Y todo se transformaba en una gran fiesta. De alguna manera Johann comenzó a conocerla cuando la vio cómo se integraba naturalmente a ese paisaje. Captó la felicidad que le provocaba a Dionisia ese lugar amado por ella. Unos minutos más tarde, el horizonte comenzó a fundirse donde el río era acariciado por pajonales y juncos. La calle de arena oscura y húmeda se integraba poco a poco a una inminente orilla de agua dulce, del agua de ese gran río. Primero fue ella y luego Johann la siguió al quitarse ambos sus sandalias y botines. Descalzos, comenzaron a percibirse de otra manera. La arena los conectó con el silencioso universo subterráneo bajo sus pies hundiéndose en la rivera, en el paisaje de un extremo y lejano río al sur.

         Todo ocurría en aquella precaria aldea que rodeaba al puerto de la Santísima Trinidad de los Buenos Aires. Él detuvo un carro tirado por un caballo, un carro que se transformaba en un despacho con surtido de alimentos. Remataba su carácter de negocio ambulante, un improvisado cartel ofreciendo “Mazamorra”. Allí, el alemán compró un trozo de parmesano y una botella de chianti recién llegado de los barcos y, con las últimas monedas de su morral, unos buñuelos remojados en grapa que guardaría para el postre. Aprovisionados, Johann y Dionisia cayeron rendidos a la sombra de unos sauces. A partir de ese momento ella se ocupó de todo. En un pequeño espejo de agua de río, se lavaron sus manos y sus caras. Luego ella desplegó un pequeño mantel con perfume de azahares sobre el que dispuso la comida, un cuchillo y un jarro de latón. Con ese tazón consumarían su primer acto de intimidad, al posar, cada uno a su tiempo, sus labios sobre el mismo borde. Cada tanto, levantaban sus cabezas para mirarse a los ojos, ella con mayor insistencia porque no quería perderse el espectáculo de verlo comer por vez primera a ese hombre de frente amplia y manos perfectas y del que ya, lo sabía, estaba enamorada.

         Poco a poco también iban alcanzando cierta proximidad de sus cuerpos. Los asaltó un endemoniado deseo que les hizo sentir la incomodidad de la ropa sujeta a sus pieles y en los más alejados extremos de sus cuerpos, una sutil descarga eléctrica que los impulsó naturalmente a tomar posesión, uno del otro.

         Ella decidió interrumpir, al menos un instante más el estallido de ambos, poniendo en los labios de aquel hombre, -que observaba extasiado los muslos de ella-, un trozo de damasco para que saboreara, mientras la recorría con la mirada. Algo estaba a punto de suceder, algo que se había liberado para siempre y nacía de un desbordante derroche de felicidad. Y en el mismo instante del eterno revés de la tarde, el perfume de las malezas de verbenas color lila junto al tibio sol, consumó el sacramental momento; dimitieron entregando ese torrente a sus labios para dejarlos chocar suavemente. Y sucedió, Johann, como si lo hubiese despertado la más bella explosión de fuegos artificiales, se acordó del papel en su bolsillo. Un poco más allá, apenas unos cientos de metros, todo en el puerto era un colosal engranaje humano que ignoraba aquella magnífica revolución que muy de tanto en tanto se produce en el universo, un amor en sintonía con la eternidad que se queda sin tiempo.

 

 

Hay otra versión, más breve, de este relato

Ernesto Faustino Urtubey (La Plata, 16 de febrero de 1959 - City Bell, 14 de septiembre de 2020) / fotos: jmp, archivo de La talita dorada

HUGO CONESE Sentado sobre mi muerte





1

El día
es un viejo demente
atado a una rama de Dios.

La noche
es una paloma sin cuerpo
encerrada en la palabra
que la nombra.

Mi alma,
pobre damasco,
se pudre
bajo el sol


2

Aquello que supe de la muerte
fue una marca de tiza roja
en el lomo del cordero.

La pupila cegada de la liebre
cuando asoma curiosa en el pastizal.

El ruido de un sólo disparo
en el galpón de las herramientas.

Nubes negras descargando agua
sobre las paredes de una casa vacía.


3

Buscamos figuras en las nubes.
Buscamos rostros en el fuego.
Buscamos mapas en la corteza de los árboles.
Forma desesperada de hablar con el todo.

Y pensar que a veces
tu alma y la mía
frente a frente
no saben qué decir.


4

Sabes,
creador de todo,
que el dolor ya estaba.

Incluso antes
de tu primera palabra.


5

Árbol de lo muerto
se curva tu espalda
buscando la luz.

Duermas donde duermas
los ruidos de la noche
son siempre los mismos.

Abre tu pecho de anillos
que viene cansado
ese viejo juglar.

¿Cuánta furia soporta una amapola en el río?


6

No supimos habitar nuestro dolor
ni hacer una fogata azul.

No pudimos hablar
durante la noche
si vivir un día, como las efímeras,
es mucho o poco tiempo.

No pudimos adivinar formas
en las manchas húmedas del techo.

No pudimos habitar nuestro dolor
ni encontrar sentido en los ruidos
de un edificio abandonado.


7

Cuando Dios nazca
lo cuidaré.
Soy un hombre aniquilado
pero guardo algo de ternura.
Me gustaría decirle
que lo azul se llama cielo
en toda su vasta extensión,
que es una casa enorme
que Él lo ha creado para ser eterno
y que mi pecho
pequeño y sin color
también es un hogar.


8

Vendrá el dolor
pétalo transparente
astillando la porcelana del día.

Vendrá el dolor
aparcando su navío
entre pájaros oscuros.

Vendrá el dolor
como un azote de napalm
en la espalda desnuda.

Vendrá el dolor
y será un enigma recibirlo
como a un hermano.


9

Son más de cien las señales de un regreso.

Esa sombra discontinua que dibuja
el níspero más alto del jardín.

El sendero orquestado por chicharras
que curvan su voz en el final.

Las marcas que el fuego deja
en la piel de una culebra.

La calandria suave del día
que la ciudad espanta con torpeza.

Tantas señales veo desde aquí,
sentado sobre mi muerte.


10

El verano huyó
dejando tras de sí
un clavel muerto de miedo.

Algunos pájaros se quedaron,
aquí hay al menos dos
que se llaman desde lejos.

No tengo adónde ir
y es lindo verlos hablar en la llovizna.


11

Hemos colgado una corona de laurel bendecido para custodiar el sueño.

La noche martilla duro
sobre el lomo de los edificios.

Hay pasadizos que salen y llegan
en la garganta con miedo.

¿Cuántos colores tenía el amanecer de mi pueblo?


12

Hoy hemos visto una gaviota
como flecha del aire
entrar al mar y no salir.
¿Qué seña de sal
flotaba en el oleaje?
¿Qué misterio de algas
acuna en el fondo
su cuerpo de ahora?
El ángel del vuelo se irá
dejando atrás lo abandonado
y entonces ahí se quedará
rayo blanco
en el agua
hasta que esta eternidad
sea devorada por otra.


13

Ya se aleja la luna,
redonda cabeza de ajo
volando sobre el tapial.

Mienten quienes dicen
conocer su corazón.

Es blanca en la noche
pero azul en el recuerdo
y así pasa
titila
y agoniza.


14

Madre,
me quedo un día más.

¿Te alegras?

Un día más
bajo tu suave sombra,
entredormido.


15

Supe que te ibas
porque hablabas todo el día
con los muertos.
Porque acariciabas
un perro negro invisible
que nunca tuviste.
Porque le decías
ya vamos,
ya vamos.


16

La estrella fugaz se desprendió
como un botón del sobretodo
que a veces se pone el cielo.

La vimos caer detrás
de los edificios del centro.

Ahí donde también cayó
mi amigo,
el más triste,
desde un balcón.


17

En este pueblo
hasta el viento huye
cuando oscurece.

Así de feroz
tiene que ser la noche
para limpiar tanta codicia.


18

En este pueblo
todos los ciclos
están alterados.

Vive una mariposa más
que la raíz
del sauce blanco.

Se acuesta la luna
sin dejar sus perros
de luz en la vigilia.

Dura tu nombre en el aire
tanto
que no se irá.


19

La raíz que crece a oscuras
cuando se supone que todo está dormido.

Las cucarachas que cruzan la mesada
cuando se supone que todo está dormido.

Los ricos que se hacen más ricos
cuando se supone que todo está dormido.

El tumor que rompe sus bordes
cuando se supone que todo está dormido.

El ojo abierto de mi padre en la tristeza
cuando se supone que todo está dormido.


20

Con garras afiladas
hiciste una cueva
para hibernar en mí.

Pero ya no hubo veranos.

Y seguís
vos
ahí
gran oso blanco muerto
en mi corazón.


21

De la nada
florece un río.

Muchas almas
en las márgenes
contemplan
quizá con dudas.

Yo me lanzo,
Señor,
sonriente
en la deriva.


22

Me siento en el borde de la cama
y acomodo tu pelo.

Digo tu nombre
después el mío
y después
uno por uno
el nombre
de todas las cosas
que quieren huir.


23

La bilis negra enloqueció
al barquero que te guía.
El mapa de las estrellas
se sacudió como un perro mojado.
Vas prendida del milagro.
Siguen tus dientes anclados
en el cuero de la noche.







Poemas del libro inédito Clarividencia
Hugo Conese (Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires, 1 de noviembre de 1980) se presenta en las redes sociales como “Hugo Coneus”, es Profesor de Educación Física, poeta y compositor de canciones, reside en la ciudad de La Plata
Foto: jmp