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AMOR PERDÍA El idioma de las chicharras y otros microrrelatos




     LA PRIMAVERA

 

     El protagonista del cuento ha perdido la primavera. No sabe si resbaló de su bolsillo en plena carrera, o se hundió en la nieve del invierno o entre las  hojas bochincheras del otoño. Mira y mira a su alrededor, pero no la encuentra. Por eso la maestra estira sus ojos, sus manos, el cuerpo entero, al narrar la historia. Revisa bajo la mesa chica, detrás de las cortinas azules, entre las mochilas colgadas o las zapatillas de Miguel, que anda medio distraído y no presta mucha atención al cuento. Pero todos los chicos se ríen y gritan que no, que ahí no está la primavera.

     En el libro, el protagonista recibe ayuda de amigos que van surgiendo en el camino. Hormigas que endulzan el paisaje con azúcar robada en las cocinas. Orugas que apuran su paso a mariposa, para sumar color. Coquetas flores urgidas en mostrarse por los bordes del camino. Y algunos pájaros que retocan las brújulas o los GPS. De esa forma orientan (y aceleran) el arribo de las tardes largas, los vientos cálidos y el escuadrón imprescindible de insectos primaverales.

     Catalina escucha, ríe y arma un plan. Pedirá el cuento prestado para llevar a su casa. Y cuando empiecen los gritos y los golpes correrá a esconderse debajo de la escalera. Sabe que ahí no hay luz suficiente para ver las imágenes del libro, pero no importa. Imagina que abrazándolo fuerte fuerte, tal vez surjan amigos nuevos dispuestos a ayudarla a construir la primavera.

 

City Bell, 30 de marzo de 2023

 

 

     EL FRASCO

 

     Voy a upa y me quejo porque siento algo extraño en el pie. Mi mamá dice que espere, que ya me baja y se fija. Me quejo. “Se te debe haber desabrochado la sandalia”, dice. Que espere, dice. Me quejo. Al rato, más lejos en el tiempo y el espacio, me baja. Me apoya sobre el muro pequeño de una casa. Yo lo recuerdo de noche. Todo oscuro. Ella acerca las manos a mis sandalias (pensando en acomodar una hebilla salida), pero es otra cosa. Tengo un pie sucio de pintura. Es pastosa, molesta, por eso me quejo. No hay mucho por hacer. Ella limpia como puede, con lo que puede.

     Después estoy en el colectivo. Aún me quejaría pero ya descubrí que es inútil. Mamá puso esa cara seria de mirar lejos, (vaya a saber uno dónde apoya la vista). Es mejor guardar silencio, entonces. Y guardo. Pronto llegaremos a casa y podré limpiarme. 

     La pintura la llevaba mi mamá en un frasco, en un bolsillo. También me llevaba a mí, entre sus brazos. En algún punto hizo un ademán de mago, sacó el frasco y dejó caer la pintura. Nunca detuvo la marcha. Marcó el piso y siguió. Continuó caminando con un frasco vacío en el bolsillo, con su hija alzada. Algo no salió del todo bien: yo metí la pata.

     Pero por otro lado, el propósito se cumplió. Mi mamá marcó la vereda de una casa cantada. Para que ningún compañero se acerque. Para que nadie más ponga un pie en la zona. 

 

23 de marzo de 2023

 

 

     LADOS

 

     Tiró la moneda al aire y cayó del lado blanco. “Gobernarás el mundo”, dijo. “Determinarás lo que es bueno y lo que es malo. Lo que debe hacerse y lo que está destinado a castigarse”.

     Malo será trabajar como negro, (aunque no siempre trabajar en negro). Mala será la suerte negra, el alma negra, el futuro negro, (aunque no siempre el mercado negro). El esclavista será blanco, el contratista, el dueño. El que define los colores, estableciendo lo que es luz y lo que es ausencia. La marea negra será peligrosa. Asfixiantes, los agujeros negros. El humor resultará lacerante si es oscuro y la novela, criminal, cuando sea negra. Aclarar algo ha de ser poner blanco sobre negro.

     La muñeca de porcelana duerme en su canasto de mimbre. A su lado hay otra, sin ropa, sin cofia, sin cesta. La muñeca negra tiene la leve sospecha de que eran blancos ambos lados de la moneda.

 

16 de marzo de 2023

 

 

     AMARRONADO

 

     El mundo se puso pálido. Así, de golpe. Sólo tenía colores que iban del gris al marrón clarito. La gente, sus objetos y los animales andaban camuflados entre edificios, muebles y árboles con los mismos tonos. Había que mirar bien para reconocer aquello que se mueve de lo que permanece quieto. Había que pensar mucho para descubrir la razón del paisaje descolorido. Y las personas andaban muy ocupadas en sus cosas como para pensar, así que siguieron nomás.  Trabajando, estudiando, o esperando en un mundo desteñido.

     Felicitas creía que era su culpa (porque Felicitas sí se tomó el tiempo para meditar). Estaba segura que su descuido era la causa del amarronado general. Ella había olvidado regar la planta de mamá Vera y ésta fue tomando los colores que ahora todo el mundo compartía. No podía ser casualidad. Su falta de consideración encubría, sin dudas, el origen de tamaña descomposición. Y aunque quiso agregar agua en el último minuto, fue en vano. Sólo provocó una lluvia inútil, resbaladiza y lúgubre. 

     Entonces pensó mucho en mamá Vera, como pidiéndole disculpas, como rogándole consejos. Y casi casi que pudo verla en la cocina, donde siempre la veía, sonriendo entre ingredientes verdes, amarillos, rojos, anaranjados y violetas. Fue de esa manera que supo la respuesta.   Machacó los locotos que quedaban y picó los tomates frescos hasta lograr que recuperaran sus tonos originarios. Luego agregó un chorrito de sal y una pizca de aceite (¿o fue al revés?). Probó con la punta de la lengua y supo que estaba bien, que estaba a punto, que la salsa era buena.

     En el patio hizo un hoyo no muy profundo para dejar caer ahí aquel caldo rojo y picante.  Sazonó la tierra hasta provocarle un calor de volcán, de brasa, de ají. El mundo se ruborizó con sabor y memoria, ardió de cuerpo entero y encendió los colores que dan vida a las cosas.

 

9 de marzo de 2023

 

Silvina Perugino Bernabé Malacalza Julián Trovero Paula Martini José María Pallaoro Amor Perdía Paola Boccalari Silvana Babolin  Margarita Eva Torres (detrás del espejo)

 

     YAGUARETÉ

 

     Hay un yaguareté agazapado detrás de una palabra. No es la voz de su nombre (vulgar o científico) aquella que lo cubre. Estoy segura que no dice "yaguareté" ahí, aunque aún no he podido leer. 

     Lo siento respirar. Sé que va a saltar cuando pronuncie esa palabra. Está en actitud de caza.  Espera, pues ya tiene la víctima a la vista. Estoy a punto de leer aquello que lo contienen. Voy a liberarlo, a derribar el muro. Entonces se abalanzará sobre mí.

     Escucho al escritor. Parece reír y llamarme "cobarde". ¿Por qué no lee? -se pregunta impaciente. ¿No te animas? -me reclama. Habla de malos modos, usa expresiones hirientes, sonríe ladino. Espera, como el yaguareté. Mientras tanto se cura las heridas, remienda la ropa rasgada y bebe para mitigar el estropicio. Duele apresar un yaguareté detrás de una palabra. Se sufre mucho al hacerlo. Por eso quiere, el escritor, que yo recree su hazaña.

 

2 de marzo de 2023

 

 

     CAMA

 

     Sueña que viaja en cama. Que va por la ruta al mismo tiempo que está acostada. A veces se endereza un poquito para ver a mayor distancia y dejar que el aire le pegue en la cara. A ratos cierra los ojos, así percibe mejor los sonidos del viaje y los aromas de las paradas. 

     Entra en el pueblo de su infancia y saluda a las vecinas, aún a las harpías (o especialmente a las harpías, pues supone que se deben estar muriendo de envidia al verla pasear en cama). Da vueltas a la plaza, hace el camino a la escuela, visita la estación ferroviaria. Entonces decide seguir por las vías, avanzar haciendo sonidos de tren con la boca, hasta la próxima parada.

     Más tarde llega a la costa del río. El agua está llena de amigos, algunos nadan y otros pasean en botes. Ella levanta la mano, sonríe. Después se tapa para que ninguna ola la salpique. Va dejando espuma a su paso, como lancha. No puede verla (tendría que girar todo el cuerpo), pero la escucha. Le piden silencio unos pescadores en la orilla, ella les saca la lengua y luego se esconde risueña entre las frazadas.

     Entonces llega y se despierta. La Yaya espera a que sus nietos vengan, reteniendo en su memoria cada escena. Los invita a subirse a la cama y les cuenta. Celebran. La más chiquita se mete debajo de las sábanas y le pregunta a la abuela si la próxima vez podría viajar con ella… 

 

23 de febrero de 2023

 

 

     ABSURDAMENTE

 

     “Que sean niños no significa que sean bobos”, dijo la señora Idelfrina junto al pizarrón de tercer grado. La maestra puso mucha cara de asombro porque nunca había escuchado hablar así a la directora, y comenzó a mover los ojos como avisando que los niños, a los que hacía referencia, estaban ahí. 

     “No necesitan leer fantasías sobre tierras imaginarias, o dragones que no existen, o seres con poderes sobrenaturales”, continuó explicando la directora, totalmente consciente de la presencia del tercer grado en el aula. Cosa que no podía ser de otro modo, pues ella misma había tocado la campana que daba por finalizado el recreo. Por eso avanzó en su discurso: “Los alumnos deben limitarse a leer cosas reales, vidas de personajes históricos y manuales de matemática o zoología”. 

     Luego de terminada su exposición teórica comenzó la censura práctica. La señorita Idelfrina posó sus ojos en la biblioteca y retiró todos los libros que consideraba presuntuosos, quijotescos o con muchos dibujitos. Pasado unos minutos puso la cara más avinagrada que supo conseguir y corrió las cortinas. Desplegó un par de alas que nadie imaginó existieran bajo su saquito rosa pastel. Y ante el asombro de la maestra, los alumnos y su propio discurso, la directora emprendió vuelo saliendo por la ventana del aula que, absurdamente, no tenía rejas.

 

16 de febrero de 2023

 

 

     ÉXODO

 

     Pusieron una fecha y la cumplieron. Antes que el sol saliera se empezó a sentir un ligero temblor de tierra. Era el movimiento típico de una marcha colectiva, de un andar masivo, de un éxodo.

     Bajaron de los edificios del centro, de las pensiones diminutas, de los pisos tomados. Usaron las escaleras de servicio, las puertas traseras, las salidas de emergencia. Luego avanzaron hacia las avenidas anchas, aún vacías por la hora, y se saludaron con los ojos, con las manos, con los dientes. Abandonaron la Capital mezclados en un murmullo alegre. Enfilaron hacia la ruta sus cuerpos útiles, dejando tierra arrasada a los ojos del mercado laboral. 

     No salieron los trenes esa mañana, ni se limpiaron las veredas, ni se repartieron los diarios, ni se oyeron ruidos de cortinas metálicas levantándose. Nadie despertó a la señora, nadie juntó los cartones. No hubo quien hiciera los mandados, ni en ese momento ni en los siglos que llegaron más tarde. Todos los dueños de todo se quedaron, aquel día, sentados en medio de su ciudad desierta esperando eternamente a que alguien les sirviera el desayuno. 

 

9 de febrero de 2023

 

 

     EL IDIOMA DE LAS CHICHARRAS

 

     Juanjo entiende el idioma de las chicharras. Por eso sabe que no cantan perezosamente en los árboles (eso es un chimento que han dejado correr las hormigas). Se llaman entre ellas, conversan, intercambian información y especulan sobre el pronóstico. Juanjo las escucha y les contesta. 

     Durante las siestas de verano se dan charlas concurridas y extensas. Las chicharras hablan como fuelles que se inflan y desinflan. Curiosean, más que nada. Quieren saber qué pasa en el mundo mientras ellas se guardan en los sótanos de un árbol. “¿De qué color es el frío?”, preguntan. “¿Cuántas patas tiene el invierno? ¿Cómo estridulan las hojas en otoño? ¿En qué tronco dejan su cascarón los que emigran muy lejos?”. 

     Cuando a Juanjo lo invade la tristeza (como le pasa a todo el mundo, de vez en cuando), llora bajito y, poco a poco, va subiendo la intensidad. “Parece que rechina”, dicen los adultos que lo ven, pero las chicharras saben la verdad. Ellas entienden el idioma de Juanjo y por eso le mandan sonidos retumbantes. Le cuentan cosas divertidas y le mienten con el pronóstico, le anuncian arcoíris confitados que han de bajar a la tierra para convertir en caramelos las lágrimas saladas.

 

2 de febrero de 2023

 

 

     PARED

 

     Así como estaba resultaba difícil comprender algo. Una palabra tapada por otra, sobre otra, debajo de otra, en medio de otra. Aquella pared era una orgía pero sin la parte divertida. Libre expresión, le decían. Nadie te impedía escribir, pero nada te permitía entender.

     Rosa buscó una punta en la maleza, una letra suelta desde donde sacudir. Revisó las orillas de la pared hasta encontrar el deshilachado del dobladillo, y ahí empezó a tironear. Ovilló las palabras con paciencia hasta dejar la pared vacía, como recién pintada. Sacó, entonces, dos agujas y tejió un poema. Estruendoso, extremista, estrafalario. Poca rima y muchas ideas. Algo cursi en los bordes. Mentiroso con los puntos escapados. Maravilloso en las formas.

     Al terminar, Rosa colgó el poema en el mismo lugar donde lo halló. Puso una frase como firma, cerca del zócalo, y se marchó. "Ahora entiendo lo que digo". "Yo también", agregó alguien, más tarde, en un costado de la pared.  

 

2 de febrero de 2023

 

 

Julián Trovero, Silvana Babolin, Laura Sáenz, J. M. Pallaoro, Amor Perdía, Paola Boccalari

Te fuiste Amor. Hace un rato te fuiste. ¿O estás solo dormida?

"Amor duerme, y yo, en mi insomnio de frío, espero su despertar. Espero, con la esperanza del también dormir." jmp

 

Amor Perdía (Santa Fe, 1973 – City Bell, 24 de mayo de 2023) / Profesora de Historia / Escritora / Últimos microrrelatos subidos a Jueves de microrrelatos /  

Los autores y textos forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.-

MARÍA MOMBRÚ Buen día, sol



BUEN DÍA, SOL…

Pensar que pensaba en la muerte 
buen día, sol. 
Pensar que pensaba en la vida 
como en una agria tristeza 
buen día, sol. 
Pensar que pensaba en una larga soledad 
buen día, sol. 
Pensar que pensaba en una humanidad 
vencida 
en crímenes 
en fuegos apagados 
en gigantes descabezados 
buen día, sol. 
Pensar que no sabía 
que estabas esperándome jubiloso 
como un milagro en la ciudad 
buen día, sol, sol pleno 
pájaros 
altas hierbas 
parques 
buen día sol de Buenos Aires 
buen día amor agotador y manso 
buen día, corazón 
buen día, piel, aire, verde 
buen día…


MUCHACHA MUERTA

Ya estás allá. 
En el país de los terciopelos 
y las esquinas en fuga. 
Con la lengua azul 
y un continente de silencios. 
Con los ojos olvidados de la vigilancia. 
Con las manos hinchadas de uñas 
rojas aún por el esmalte.
Pensaste que no se iba a hospedar 
en tus entrañas 
si te encontraba con las pestañas pintadas
y el llanto reprimido. 
Pero ya ves. 
Llegó desde el fondo de la tierra, 
o del mar, o de las tumbas, 
o de los escudos heráldicos, o del 
recuerdo, o de los barcos abandonados. 
Usurera. Rabiosa. Bostezando. Girando. 
Tú pensaste que si abrías la ventana, 
el sol en su locura la atraparía. 
O que los viejos caballos 
y las voces la desolarían. 
Pero ya ves. 
Se adornó con tus senos 
apenas despuntando 
y saltó hasta tu boca espantada. 
Y ahora aun cuando todavía un llanto 
de alambre sacude a los demás 
(que no es por ti, es por ellos) 
aun cuando las viejas paredes, 
aquellas que tenían las marcas de tus diez, 
de tus once años, 
se revuelven, se confunden 
cuando escuchan tu nombre sordo, 
aun cuando todavía 
está tibia la funda de tu almohada. 
Tú estás allá. 
Sintiendo que tu cuerpo crece 
como un extraño, 
que tu cabellera es un puente 
para las orugas y los grillos, 
que tu sexo es una tortura olvidada, 
allá, en el país de los terciopelos 
y las esquinas en fuga, 
¡ah, muerta!...


CEREMONIA
(Fragmento) 

Se entretenía viendo bailar las prendas de ropa, que como enormes muñecos almidonados pirueteaban en lo azul. Pasaron cuatro gaviotas en hilera chillando, angustiosamente. El cielo estaba tan bajo que estirando el brazo podía tocarlo con los dedos. 
Era inútil que siguieran llamándola con esas voces estridentes y destempladas: -María a a a a…- ella necesitaba silencio -María a a a a… pensó las de su nombre huían vertiginosamente en el viento. Hacía muchos días que sólo quería su propia compañía; la urgencia se aplacaba estando sola como si de pronto se hubiera enamorado de ella misma. 
Rió en voz baja, apretando un poco los labios. El llamado cesó, y comenzó a escuchar su corazón contra la tierra caliente; un dulce sopor la envolvió. Miró hacia atrás y vio extendidos sus trece años  como una sucesión de libros grandes y fríos; días enormes con trenzas tirantes y problemas; una pirámide de fechas y tazas de café con leche: monotonía de lluvias y voces familiares, ficticios entusiasmos para acompañar alguna amiga; fingidos arrebatos patrióticos para justificar ser la abanderada de la escuela y por detrás, muy atrás, un aplastante aburrimiento sin principio ni miras de terminación. 
Cerró los ojos. Oyó la eterna cantilena: Es una chica triste -deletreó- triste, ua hermosa palabra; triste usaba traje negro, era delgada y corva como la luna menguante y tenía el pelo color zanahoria -bellísima- se sorprendió hablando fuerte y con desgano se incorporó y quedó sentada como un buda. Detrás del cerco de lihustrina saltaban los conejos; los miró con indiferencia pero se estremeció repugnada cuando notó que copulaban alegremente. 
(…)


El primer poema está incluido en Veinte poetas platenses contemporáneos, selección de Ana Emilia Lahitte, Ediciones Fondo Cultural Bonaerense, La Plata, 1963. El segundo poema en Primera antología poética platense, selección de Roberto Saraví Cisneros, Ediciones Antonio Zamora, Buenos Aires, 1956. El cuento “Ceremonia”, en América para los americanos, Editorial Losada, Buenos Aires, 1980 / 
María Mombrú (Resistencia, provincia de Chaco, 24 de noviembre de 1922 - Buenos Aires, junio de 1992) / Poeta, narradora, cuentista, autora y directora teatral, maestra normal y profesora / Durante la dictadura militar de Juan Carlos Onganía (1966-1970), por su adhesión al peronismo, fue sancionada (Plan Conintes) y expulsada de su cátedra en la universidad de La Plata, en la llamada noche de los Bastones Largos. Pudo retomar su trabajo en 1973, en el gobierno democrático de Héctor J. Cámpora. La última dictadura cívico-militar (1976-1983) la incluyó en una lista negra y por propia seguridad inició un exilio interior que termina con el advenimiento de la democracia a fines de 1983 / Estudió y vivió muchos años en la ciudad de La Plata / Selección y fotos: jmp / 

SEBASTIÁN PELAYO MURRAY Dubín en el laberinto



DUBÍN EN EL LABERINTO

     “El negro Montero había pertenecido al Birlocha”, contaba Duizeide, tras masticar y deglutir el último bocado del puchero, que antes había humeado en el centro de la mesa; “el arenero que un día sucumbió a su propio peso, yéndose con él 28 de sus tripulantes”, Duizeide solía contarlo, sobre todo cuando se pasaba con el whisky y lo agarraba la morriña, “como un tic que lo acusaba”; por lo que el resto (los muy atentos Axat, Dubín, Peredo, Schierloh y Raninqueo) ya conocían los sucesos, como si ellos mismos lo hubieran vivenciado.
     (“Humeante, como la chimenea de un piróscafo”, se decía a sí mismo, sin embargo, Raninqueo, desviándose un poco el foco de atención; “y ahora”, canturreaba, “no quedan más que los huesos del caracú”).
     Pero, “el cuentista del río y del mar”, (como, cierta vez, lo llamó Haroldo a Duizeide; y como ahora es conocido en la isla donde vive), siempre le agregaba nuevos y escabrosos detalles; “como si la historia, compañeros, fuera apareciéndole en pedazos”.

     Y aquella primera vez fue del todo inolvidable.
     “Tras contarla, aun casi como si se tratara de un bosquejo”, decía Axat, “nos dejó a todos boquiabiertos, mirándonos los unos a los otros; mientras el mismo Duizeide, fantasmagórico, salía lo más rampante del comedor.
     (Yo no sé, y he decidido no averiguarlo, por cuánto tiempo nos mantuvimos en silencio. Pero lo único que se escuchaba, como la fritura de un disco, era el golpeteo de la lluvia sobre la casa”).

     “Entonces, los sobrevivientes”, había contado Duizeide, “fuimos socorridos por un barco fantasma. Y ya en el camarote, todavía conmovidos, empapados y escupiendo agua a rolete, notamos que Montero, (“seco, y como acicalado”), estaba con nosotros.
     El mismo Montero”, continuó Duizeide, “al que yo, con mis propios ojos, había visto ser tragado por el río y sepultado por la arena”.
     “Fue solo un momento, ese, que me conmoví por la aparición. Pues luego, Montero se levantó de su asiento, se acomodó el saco, y abandonó el camarote cerrando la puerta (“que chirriaba como una foca desangrándose”)”.
     “Oh, y a pesar de la tormenta, que afuera, parecía haberse desatado hacía millones de años”.

     “Fue Sosa quien reaccionó primero, y se asomó por la puerta. Subía y bajaba la escalera, dudando en salir o no. Decía que había un bulto contra estribor, pero no estaba seguro; que debía salir él y cerciorarse.
     Los demás ya estábamos de pie, listos para seguirlo, cuando Sosa nos pidió que esperemos”, decía Duizeide, haciendo una pausa impresionante.
     “Y nadie, entonces, atinó más que a rodear la escalera, extrañamente perplejos. Sólo mirábamos la lluvia, el cielo gris, los relámpagos.
     De pronto, oímos un golpe, seguido de un quejido. Rápidamente, cada cual empuñó su cuchillo. Y ya subíamos la escalera, atropellándonos, cuando el mismo Sosa nos frenó el paso. Se agarraba la espalda y rengueaba.
     “El bulto”, decía Sosa, “es un jodido bolso de arpillera, del que no se hable más. Y si os causa gracia, pueden verlo por su cuenta; que allí afuera no da gracia ni la cosquilla.
     Lo que me preocupa, empero”, decía Sosa, “es el suelo; está resbaladizo, y mucho peor estará por la proa. Un paso mal dado, y Montero va a parar al río”.

     Tras un breve intercambio de opiniones, Navarro y yo”, contaba Duizeide, “salimos del camarote. Avanzábamos por babor. Navarro iba con el cuchillo entre los dientes y los ojos fijos hacia adelante. Yo le hablaba, pero él no respondía.
     El río estaba picadísimo y el barco se bamboleaba de manera peligrosa. “Donde apoyábamos”, decía Duizeide, mirándose la palma de las manos, “el agua era una pasta, como detergente. Y la proa se veía, me parecía a mí, recortada, como los restos de un barco bombardeado.
     Nada, sin embargo, nos detenía. Ni la ráfaga de viento que nos echó hacia atrás; ni cuando ese viento, muy veloz y helado, se hizo duradero. Y avanzábamos empujando con la cabeza, alejados lo más posible del borde, cuando llegamos, “por fin”, a la proa.
     Al principio dudamos y detuvimos el paso. Había algo en el aire que no nos gustaba, “como un animal putrefacto”. Y nos parecía, aunque idéntica en su trazado, otra proa” (aquí Duizeide “pareció haber descubierto o recordado un secreto tenebroso”).
     De todos modos, allí estaba Montero”, decía Duizeide, mirando al espejo agrietado, “justo detrás del espolón, aferrado al balaustre, como una estatua negra”.

     “Hey, Montero”, le gritaba Navarro; “vamos, que está peligroso. Pero aquel continuaba inmutable. Yo lo sacudí del hombro; y entonces sí, se dio vuelta y nos miró.
     Nunca olvidaré ese rostro”, decía Duizeide, tapándose el suyo; “era un aplastamiento óseo; sus ojos llenos de ira. Aunque, a la vez, (Oh, el placer en su boca; era lo más confuso).
     Jamás en mi vida había dado un paso atrás”, parecía rematar Duizeide; “aunque no era terror, ni asco, la certeza (suponíamos), la prueba fehaciente de lo que hasta el momento eran murmuraciones”.

     “Retrocedí, entonces”, decía Duizeide, “y lo mismo hizo Navarro. Montero, sin sacarnos los ojos de encima, como desconfiado, se trepaba al balaustre; y allí se puso de pie, con extraordinario equilibrio.
     ¡Cuidado!, le dije, de puro reflejo. Pero Montero extendió sus brazos y apuntó su rostro hacia el cielo, “cual inmenso urubú”.

     Fueron unos segundos eternos y abrumadores”, contaba Duizeide, con gran alivio, “en que he visto pasar por mi cabeza mil y una conjeturas. Aunque una sola, por terrible, me paralizaba el corazón. Navarro comenzó a acercársele, con la intención, creía, de agarrarlo por sorpresa. Y casi lo logra; pero Montero, entonces, bajó la vista y volvió a mirarnos, y Navarro se contuvo.
     Montero esbozó una sonrisa triste y resignada; y veíamos, a pesar de la lluvia, su llanto repentino y poderoso, aunque también un gesto tranquilizante. Frenándonos con una mano, el propio Montero bajó del balaustre.

     “El fondo del río está colmado de muertos”, nos decía Montero; “extendiendo sus manos, tras un largo viaje en las profundidades de la Tierra.
     Y allí no hay tiempo, empero, sino un constante andar. Ni siquiera hay direcciones”, nos decía, de pronto riéndose; “no hay abajo ni arriba, ni costados; sólo hay desesperación, y luego un hueco”.
     (“Me tenía completamente trastornado, esa pasión por lo extraño y lo desconocido que me había convertido en un errabundo en la tierra y un frecuentador de lugares remotos, antiguos y vedados”).
     “Montero, entonces, nos abrazó”, les decía Duizeide a Dubín, Axat, Schierloh, Peredo y Raninqueo, que cada vez estaban más cerca del cuentista, como de un fogón, “y nos agradeció que fuéramos en su ayuda, aunque no había, en rigor, peligro alguno.
     “Y acá estoy de vuelta”, nos dijo luego, riéndose, casi a carcajadas, “aunque ahora soy un fantasma. Pero ya ven” (“Montero hacía ademanes para emprolijarse el pelo, la ropa, y secarse el rostro”): “la diferencia es imperceptible”.

     “De vuelta en el camarote, Montero no tuvo reparos, y les dijo a los demás que ahora era un fantasma. Ninguno dijo nada; mucho menos Sosa, que estaba muy dolorido. Y de a poco, todos fuimos distendiéndonos; y pronto alguien encontró dados y whisky, y pasamos, “en fin”, lo que quedaba de la noche y la mañana, jugando a la Generala (donde Montero, por cierto, demostrara ser muy desafortunado).

     “Fantasma o no”, decía Schierloh, “da lo mismo: acá estamos”. “Vivo o muerto, estoy vivo”, dijo Peredo. “Oh, y Borges”, decía Axat; “con esa insistencia fabulosa por el apego”.
     “De carne y hueso”, dijo Raninqueo, tocando, por las dudas, el hombro de Duizeide. “Tan real y estrafalario”, decía el mismo Duizeide, emocionado, “y entrañable”. “Como el corazón que late bajo las tablas del suelo”, dijo Dubín. (“PUM PUM PUM”, latía, todavía muy lejano, el corazón de Venturini).

     (Duizeide dormía, estirado sobre la silla, y con la mitad del rostro tapado por el sombrero. Schierloh, Axat, Peredo y Raninqueo, se entonaban, también, en el descanso, de a poco encontrando una posición cómoda. Dubín, en cambio, no conciliaba el sueño y se sentía inquieto, con muchas ganas de salir a caminar. Y cual pájaro que, por un rato, se aleja de la bandada, esperó que aquellos se durmieran y roncaran como hipopótamos).

     Cuando Dubín salió de la casa por la puerta trasera, vio el bosque “encantado”, envuelto por la niebla y taciturno. 
   “A Murray y a Ramos, que hacía mucho no se veían, les causaba más gracia que curiosidad”, se decía a sí mismo Dubín; “les parecía, con todo, una pared con muscínea, un fondo ftalo, más apropiado para La Hipotenusa”.
   (“Aunque por momentos se movía”, notaba Dubín, “y se agitaba como el mar, y el ruido era el de una lluvia torrencial. Y luego volvía a quedarse silencioso”).
     Dubín caminaba por el borde que lo linda, sin sacarle la mirada. “Había una vez”, se decía, “un cúmulo de hojas, ramas y piñas; y todo allí olía a pino, a eucalipto y a sal.
   Un espectáculo parsimonioso y aislado del mundo; conmovedor como un abismo; siempre nublado, a pesar del cielo despejado y el sol de enero; y tan tranquilo, como un sapo moribundo”.
     Pero entonces hubo un crujido, como un trueno, y Dubín se sobresaltó; y una ráfaga de polvo y hojarasca salió de adentro, como un bufido.
     Dubín se acercó y entró, sin embargo; e hizo unos pasos cuidadosos. El suelo era esponjoso y ondulante.
     (“Me hubiera gustado”, le decía Dubín a sus compañeros, como tras haber llegado a destino, y al abrir la compuerta de su máquina del tiempo, “andar por allí, cuando todo era arena, médanos y viento”).

     Dubín se adentró un poco más en el bosque y se detuvo, quieto y en cuclillas. “Había allí”, decía, de vuelta entusiasmado, “una lagartija que entraba y salía del suelo, como un pez; y una liebre, que me observaba, moviendo el hocico.
     ¡Había hormigueros, de hormigas rojas, que esquivaba con pasos zanquilargos!
     ¡Y entonces!” (Dubín estiró su cuello y miró a sus compañeros, queriéndoles generar un gran misterio), “una nube de tábanos me atacaba, y corría tropezándome, por largo rato, hasta que pude sacármelos de encima.
     Y había pequeños senderos de chanchos, restos óseos y volutas; y los únicos pájaros que había eran las palomas sombrero.

     Allí, todos los ruidos eran maravillosamente extraños. Pequeñas pisadas, sigilosas y no tanto, que se acercaban o se alejaban”, decía Dubín; “yugos rasposos, como el de un papel que se rompe; aleteos, silbidos; y el roído tránsito bajo las hojas. Todo formaba un coro turbador, en el que alegremente participaba”. 
     (Dubín bebió de un solo sorbo lo que restaba del whisky, y tomó luego una voluta, llevándola hasta su oreja. Escuchaba el mar; “el presente, el pasado y el futuro”, con un deseo furibundo de narrarlos).

     “Brizuela”, dijo entonces Dubín, con añoranza, y a la vez duro como el cráneo de Imhotep.
     “Llegó hasta el fondo de la calle y pegó un salto grande para sortear el paredón, y así evitar la bala rasante que lo seguía. Pero fue tan forzado el salto que tropezó con el friso, dio dos vueltas en el aire y cayó mal, con todo el peso sobre su hombro”.
     (“Dubín, no me digas que”, decía Axat, pasándose la mano por la frente y erizándose el pelo; “sí, el mismo”, le dijo aquel, interrumpiéndolo, “como un gato agarrado del cogote y tirado dentro de una bolsa”).
     El dolor”, continuaba Dubín, “hacía que Brizuela apretara los puños, los ojos y los dientes, haciéndose un ovillo. Tan extraordinaria era la presión que ejercía sobre sí, que creí que iba a explotar en un grito, o a quebrarse como el tronco de un árbol.
     (Oh, compañeros; créanme que quise ayudarlo, pero una fuerza invisible me lo impedía).
     El suelo mullido, el perfume de los pinos y los eucaliptos, yacían ajenos a su cuerpo herido. El tiempo era esa bala queriendo traspasar el ladrillo, que él sentía como un taladro, como un insecto gigante hurgando detrás de una puerta.

     Brizuela sabía que, de cualquier manera, tenía que levantarse; que no sería fácil, y acaso sería infructuoso. Pero no podía, por más que el dolor lo tenía a maltrato, quedarse como estaba, sólo porque un llorisqueo lo mordía, y un desgano se le aparecía disfrazado de arrebujo.
     Tenía que levantarse”, decía Dubín, esperanzado, “porque si no, una vez la bala hiciera el agujero, daría con él para matarlo.
     Por eso comenzó a arrastrarse hacia un costado: para salirse de la trayectoria de la bala y que aquella (oh, malnacida, catástrofe) impactase en otro lado. Tenía que hacerlo, sí, y rápido, a pesar del dolor que lo aquejaba.
     Pero tan pronto Brizuela creyó que iba a salvarse, oyó un ruido pequeño y seco que estallaba en el paredón. Y antes que pudiera hacer algo, la bala le perforó el costado, arrastrándolo unos metros, soltándolo sólo cuando logró alojarse en su corazón.

     Los ojos de Brizuela estaban abiertos, clavados en un punto fijo, como si hubiera enloquecido, no entendiera (ah, qué triste eso, compañeros), hacia dónde apuntaban las agujas del reloj.
     Y luego se salieron de órbita, ¡de pronto!”, decía Dubín, casi cayéndose de la silla, y causando flor de susto en Schierloh, Peredo, Axat, Duizeide y Raninqueo, “tal si estos hubieran visto en las lechuzas, fantasmas que venían a llevárselos a otro mundo”.
     (“Uhúu, Uhúu”, imitaba Dubín, tentado de risa, el ruido y los ojos saltones de las lechuzas; “Uhúu, Uhúuuu”).

     Entonces, un quejido, un eructo tétrico salió de su boca. Brizuela apretó un puño con la última fuerza que le quedaba, y miró al paredón donde estaba el agujero.
     (Él ya tenía la blancura del hueso y los ojos negros de una calavera; y una expresión como la de un martillo. Sus brazos y sus piernas se constreñían, pero no tenía modo de levantarse, enflaquecido de pronto, y apenas sostenido por su cuello.
     Brizuela movía la cabeza cada vez menos, tocando el suelo con la pera, y casi sin sobresaltos. Parecía que se dormía, compañeros, pero era la Muerte que lo vencía, lo iba moliendo”).

     “Por gusto o de a prepo, los muertos yacen bajo el cemento y bajo la cruz como mortal estaca”, decía ahora Dubín, queriendo explicar, pausadamente, lo extraordinario del asunto.
     “Los muertos moran dentro de la tierra pero sin la gracia del topo; y con suma melancolía de sus anteriores cuerpos. Los muertos son esqueletos.
     Se sabe, sin embargo, porque por algún motivo los muertos suelen ser exhumados, que el ruido que produce el roce de los huesos, es como el ruido de los pies en marcha, o el ruido de los bombos al ser golpeado por la maza.
     Se sabe, por ende, que es tal el temor con que se los percibe, que no hay tino: se los hace ceniza o se los mete en un osario.
     Pero de algún modo, Brizuela se exhumó. No como se hace con cualquier cadáver. (Oh, no literalmente, compañeros). Brizuela se yuxtapuso sobre el cementerio como un muerto recién salido de su tumba. (“Y tras la fuga, se veía airoso y aliviado”).

     Lo inviolable de la muerte, valida al mismo tiempo lo imposible”, decía Dubín, ante los extasiados Axat, Duizeide, Peredo, Schierloh y Raninqueo, que parecían a punto del festejo desmesurado.
     “Se trató, por supuesto, de una solución fantástica. De lo contrario, contaría esta historia desilusionado, y a tono con el decidero.
     Lo cierto es que Brizuela volvía a estar vivo, compañeros. (“¡Está vivo! ¡Está vivo!”, gritaba yo, ante sus ojos negros y estruendosos). Vivo; y camina y habla, aunque sea un esqueleto”.
     “Brizuela tuvo que ser fiero”, decía Duizeide, “porque no tenía otra opción”. “Si luchó de igual a igual, como un oso contra otro oso, fue porque debía ser así”, dijo Raninqueo. “Sólo de ese modo pudo salirse del calabozo de la Muerte”, decía Axat, “al que había sido condenado”. “Y no ha sido un milagro, sino la absoluta realidad”, dijo Peredo. (“PUM PUM PUM”, sonaba, todavía allá a lo lejos, el corazón de Venturini).

     (“En la lucha por abrirse paso”, continuaba Dubín, “Brizuela sacó un brazo por debajo de la tierra, y trepó mientras la misma tierra le desgarraba el torso. Se sacó, de un tirón, la cruz del pecho, y se echó a correr, como quien se está prendiendo fuego).
     Ya sentado, sobre otra tumba, Brizuela fijó su calavera hacia un punto; inmerso, acaso, en la seriedad del pensamiento. (“Ah, mala cosa”, se decía a sí mismo Dubín, “es tener un lobo agarrado de las orejas, pues no sabes cómo soltarlo, ni cómo continuar aguantándolo”).
     Así estuvo Brizuela el resto del día, hasta que, llegado el crepúsculo, habló (“faoin ngealach lán”) con la misma voz de antaño”:
     “En vida, he aprendido del horror. Cuánto de mí era inocente, un niño feliz, en otro tiempo. Luego fui un hombre, destrozado, que se llenó de ira; que actuó, entiendo ahora, pues entonces era ciego, igual que los asesinos.
     Yo, en aquel mundo”, decía Brizuela, cruzándose de piernas, “gocé del amor y debí combatir (¡oh, un enjambre de poesías era todo mi arsenal!); y obtuve mi venganza, y fui perseguido hasta la Muerte”.

     (Dubín se sirvió otro vaso de whisky, y esperó que, cada cual a su turno, se sirviera el suyo. Se reía, como por un viejo recuerdo que surge de pronto y no puede creerlo).
     “Estaba Pallaoro”, dijo de pronto; “cargaba en sus manos dos largas pilas de libros, altas como dos eucaliptos. Y, debido, supuse, a lo que allí había sucedido, estaba igual de absorto y no notaba mi presencia.
     (Pero mientras yo me acercaba, muy de a poco, a Pallaoro, Brizuela me seguía con la vista y hacía un gesto, a uno y a otro, como saludando con un sombrero; al cual Pallaoro respondió con una sonrisa alegre y laudatoria”:
“Oh, por fortuna”, se decía a sí mismo Pallaoro, “todavía, aunque de dientes profusísimos e incoloros, Brizuela conserva su sonrisa”).

     “Hey, malabarista”, le dije a Pallaoro, interrumpiéndolo. Pero este, estupefacto, salió corriendo de inmediato; y sin que se le cayera uno solo de los libros, se metió en el hueco de un árbol.
     (“A semejanza de los grifos de la superstición helénica y oriental, y de los dragones germánicos”, decía Borges, ciertos duendes o “gnomos” “tienen la misión de custodiar tesoros ocultos”, y Pallaoro parecía, al respecto, muy celoso).
     Me asomé a ese hueco”, decía Dubín, “y al principio era absoluta oscuridad y frío; y aunque lo llamé (“Pallaoro, Pallaoro”), no obtuve respuesta.
     Pero luego divisé a lo lejos una llamita, y comencé a sentir un olor, “como si fuera en una excursión por las faringes del tilo”, o por el río del mismísimo Conrad, que inundó mi cuerpo. Ah, qué placer, compañeros; qué mezcla embriagadora, de libros viejos y nuevos.
     No quise molestarlo, empero, a Pallaoro, y le dejé una nota prometiéndole que volvería, aunque acompañado.
     “De más está decirlo”, dijo Raninqueo. “En tanto nos reciba”, dijo luego Axat, prudentemente.  “Hay que ver, además, si entramos por ese hueco”, decía Duizeide, “aunque sospecho que debe haber un buen modo de hacerlo”. “Siempre lo hay”, dijo Schierloh. “Para atravesar los dientes de Yog-Sothoth”, se decía a sí mismo Peredo, entusiasmado. (“PUM PUM PUM”, se escuchaba, todavía lejano, el corazón de Venturini).

     Luego, como quien observa a una persona a su lado, Dubín dijo: “Escudero”; justo allí, donde había una silla vacía y crujiente.
     (“Aunque allí no hay nadie, al menos manifiesto”, se dijo a sí mismo Schierloh. Y el propio Schierloh, y Axat, Peredo, Duizeide y Raninqueo, de todos modos escucharon a Dubín, que parecía en trance):
     “Espérese un poco, que le doy la otra mano. Ya ve que en esta llevo su libro de Poesías Completas, y pesa como un ladrillo “hueco” y aterciopelado. Pero no es el punto, compañero: no sabía nada de usted, y ahora lo tengo estrechado.
     (Aquel ser invisible, en efecto, (“podía apreciarse con absoluta claridad”), le estrechaba su mano).
     Nosotros”, continuaba Dubín, “(dígame si no es cierto, aunque sépalo, soy cabeza dura y de meter pata a lo loco), creo que somos muchos como para andar dispersados.
     Parece que estamos condenados, si no a la soledad, al manojo “como establo”, en vez de, como puede ver, a este, de fábula marina.
     Sí, ya lo sé; sé que sueno a otro estrellado, pero nada de eso”, decía ahora Dubín, desestrechándole la mano al incorpóreo Escudero:
     “Le pido, imagínese usted, un paso de poesías, como de langostas”.
     (“Caramba”, se decía a sí mismo Escudero, “el gusto es mío Dubín, si es que a eso se refiere. Y claro, he imaginado algo así; y tanto me he divertido, viendo correr despavoridos y despavoridas”).
     “En fin”, decía Dubín, ahora más introspectivo, “no crea que soy de hablar mucho; soy más bien callado. Por ahí me transformo y quedo mal parado, cosa de encendido. Pero voy al grano.
     Y nosotros, compañero, presentes cualquiera sea el aspecto, somos la plaga, y arrasamos con las mazorcas del mal.
(¡Espérese, no se vaya!”, dijo luego, apurado. “Me esperan en San Juan”, decía Escudero, ahora estrechándole él la mano, “pero volveré en luna llena”.
     “Justo ahora”, decía Dubín, sin embargo, “que me sale, sin estipularse, esta poeciasa. Y que, además, ya me apago solito (Ah, fósforo negro), como le gusta hacerlo el fuego”).

     Y, en efecto, Dubín se tiró contra el respaldo de la silla, y en silencio parecía desinflarse; mirando, cada tanto, a las ventanas, y ajustándose los anteojos.
     (No miraba a sus compañeros, que, por el contrario, lo miraban como a un hongo que, ensombrerado, se inclinaba y marchitaba).
     “El asombro, por reiterado, no implica en absoluto aburrimiento alguno”, dijo Duizeide, sirviéndose hasta el tope otro vaso de whisky. “En todo caso”, decía Axat, “yo le buscaría un sinónimo plausible”. “Y antes que el asombro desaparezca”, dijo Peredo.
     “Creo que”, decía Schierloh, “es menester un vocabulario amplísimo, como el de Joyce”. “Oh”, decía Raninqueo, “Zugukefule ga kisukelewechi pu koyam lelfvn pvle, tefvafuy chi wiriwe tifa, wixuafuy kom pvle tapvh mew”. (“PUM PUM PUM”, se escuchaba, cada vez más cercano, el corazón de Venturini).

     (Dubín se levantó de la silla y dirigiose a la ventana de proa, empañándola y desempañándola con gran afección. “Observaba”, diría luego, “a través del vidrio salitroso, la ola monstruo de Poseidón“).
     “Ah, que extraordinaria la vida, ¿no es cierto?”, decía Dubín, apoyando su mano contra el vidrio; (“basta un golpe de puño para romperlo, y recibir el viento de frente. ¡Oh, maremotos, trombas, tsunamis, maelstrones!, también estoy aquí, y soy “el hombre que ríe”).

     “Y ella”, dijo juego, con el sonido de un pájaro que yergue sus plumas, y mirando a los desconcertados Schierloh, Axat, Duizeide, Peredo y Raninqueo.
     “Entonces, compañeros, ya me marchaba hacia otros lares y recodos”. (“Ah, entonces”, se decía a sí mismo Duizeide, “el tiempo pasado y consecuencia. Nos remite a la panza materna; y después a la cuna, el primer barco”).
     “Y por detrás de un árbol”, continuaba Dubín, “apareció la Sonámbula.

     “Era otra vez primavera, como aquella vez que era montaña y yo un hombrecito de fuego”, decía Dubín. “O como la vez que se acercó, sonrojando, y me ofreció el cuello por amor.
     (Recuerdo que se lo mordí, suavemente, y que me emborraché con su sangre; y que al despertar nos abrazamos por primera vez; y que ella, que era de pocas palabras, me dijo la más linda y volvió a dormirse.
     Yo no sé, compañeros, si dormí o permanecí despierto, pero la imagen de su rostro sonriente (Oh, estoy seguro), es lo más hermoso que he visto en esta vida.

     ¡Inmóvil, en éxtasis, como si hubiese sido yo el hipnotizado!”, decía Dubín, de pronto, como en medio de un revoloteo de palomas, a la vista de Schierloh, Duizeide, Peredo, Axat y Raninqueo, que amagaban, esta vez, a contenerlo.
     “Pero, el golpe fue duro, al ver que sonámbula, se levantaba y se vestía, y salía sin mirarme, cuando la noche empezaba a caer sobre el castillo”, dijo luego, cabisbajándose y encorvándose.
     “Verla atravesar las rejas, el sendero, e internarse en el bosque, me produjo un terror desconocido. Oh, y qué dolor más grande sufría mi corazón; (“tal si, de pronto, el jinete sin cabeza, hubiérase visto en un espejo”).
     “Pero salí tras ella”, decía entonces Dubín, “tras una explosión de humo, y tras desplegar mis alas de murciélago, antes que se hiciera tarde.
     Y la busqué entre los árboles, en los bordes del pantano, llamándola en silencio o a los gritos. Y les preguntaba a otros seres si la habían visto, y ninguno me respondía más que con un “Si” deslumbrado.
     Yo temía lo peor: que el viejo Helsing hubiera salido de las sombras, y hallado en ella su venganza.

     “Ya la noche concluía”, continuaba Dubín, “cuando, cada vez más desesperanzado, la buscaba en los médanos, entrando en los tamariscos, zigzagueando, no hallando más que tábanos dormidos.
     Y luego, como una roca desprendida, bajé a la playa; y observé con tristeza el mar. Y una vez miré al Norte, y luego al Sur, con el corazón petrificado. Y, “al fin”, allí estaba, hermosa mía, desplegada por el viento.
     Con toda la fuerza acumulada en siglos, corrí hacia ella, cubriendo el cielo con mi capa. Y al llegar me miró, como a un extraño, y me habló en la lengua de los sueños, (“que ni el propio Lovecraft descifraría”).
     Y se ajustaba el vestido al cuello, de pronto frágil y tierna; y esperaba (eso creí entender, oh, aguantando el llanto”, decía Dubín, tembloroso, “que el sol apareciera en el horizonte.
     (Yo la miraba, y me parecía ver que se hundía en la arena).
     Pero la tomé de la mano, y la besé y apreté levemente; y así se despertó, abriendo los ojos sorprendida, sonriéndome al instante, dulce y enamorada.
     Ah, compañeros”, nos decía Dubín, acercándose a la mesa y sirviéndose otro vaso de whisky, “¡qué magnífico reencuentro!:
     Ella me apretó la mano, y juntos vimos salir el sol. Y corrimos, luego, agarrados, hacia los médanos, por el bosque, hasta arribar al castillo y ocultarnos”.

     “Aquí quería morderme, sanguinaria, sedienta de mí como de una orgía. Y yo, compañeros, que en todo momento era corazón galopante y endurecido, me dejé clavar sus largos y filosos colmillos.
     Luego, tal si cayera por un risco, hundió sus uñas en mi espalda, y sus ojos se agitaron y se volvieron blancos”, seguía contando Dubín, y les mostraba a Duizeide, Schierloh, Axat, Peredo y Raninqueo, las dos marcas rojas en su cuello.
     Después me dejó tirado”, decía, tentado de risa, “como mármol roto en pedazos. Aunque yo la veía, sentada en el sillón, desnuda (Oh, mirando con sus ojos taimados), y me acerqué como un rayo, le mordí el cuello y le chupé la sangre.
     Ella se sacudía y gemía en mis brazos, “y me hablaba en la lengua de los sueños”; e hizo un giro y se desembozó, y nuevamente (ah, qué placer más equitativo, compañeros) arremetió en mí su feroz dentellada.

     “GONN, GONN, GONN, GONN”, sonaban las campanadas en el comedor, del reloj de Ansonia. “GONN, GONN, GONN”, “Mis compañeros”, decía Dubín, “levantemos los vasos”. “GONN, GONN, GONN”, “Salud, compañeros”, dijo Schierloh. “Y buenaventura”, dijo Raninqueo. “GONN, GONN”, “Que tengan el mejor de los años”, dijo Duizeide. “¡Salud!”, gritó Peredo, (y los vasos, rebosantes de whisky, chocaron entre sí). (“¡PUM, PUM, PUM!”, se escuchaban los latidos, como truenos, de Venturini).


“Dubín en el laberinto” es la quinta parte de un relato mayor donde entre sus personajes, protagonistas y secundarios, aparecen escritores platenses actuales / 
Sebastián Pelayo Murray nació el 29 de octubre de 1972 en Buenos Aires / Reside actualmente en La Plata / Escritor / Foto: jmp