ADRIÁN FERRERO El poeta Néstor Mux acaba de cumplir 50 años de poesía

Foto: Griselda Mux. Archivo de la talita dorada

  
NÉSTOR MUX: EL POETA DEL LÍMITE


     El poeta Néstor Mux acaba de cumplir 50 años de poesía. Y ha publicado una antología que es un recorrido por su producción, titulada Nadie le pide que escriba. 50 años de poesía (1968-2018) (La Plata, Libros de la talita dorada, 2019).  Les propongo como hipótesis de lectura de la poesía de Mux la noción de límite. Esto es: leer a Mux es ser protagonistas de la experiencia del límite hasta alcanzar el orden de lo ilimitado. Habrá límites impuestos al hombre de distinta naturaleza que aparecen, como veremos, en su poesía. A continuación, si les parece, los iremos desgranando.

     Leer a Néstor Mux es un acto de austeridad combativa en primer lugar. Hay por un lado una intimidad que se preserva con celo (en su doble acepción de cuidado y de deseo erótico). Pero también hay un desprendimiento producto de una generosidad que se percibe en la palabra misma. No porque la palabra sea dispendiosa o se dispense de modo irresponsable. Sino todo lo contrario. Se prodiga reflexiva, meditada, selectivamente. Se deja caer con medida. Se dispensa la palabra en la medida en que nombra la experiencia humana. Porque Mux se entrevera con los asuntos del hombre. Y, más ampliamente, con los asuntos de este mundo. A partir del universo de orden material o, si así se prefiere, sensorial, conquista un vuelo brutal hacia las cumbres de lo metafísico, sin acudir a metáforas teatrales. Solo en este y no en otro sentido, me atrevería a afirmar que se trata de una poesía que de lo particular inductivamente conduce a la meditación abstracta. El pensamiento abstracto es producto siempre de una reflexión que tiene su origen en una escena y no al revés. No existe un a priori teórico en Mux (afortunadamente) que ingresa al orden de lo poético traducido en pensamiento especulativo buscando en él fundamentos o argumentos en lo humano. O como marco teórico de sus poemarios (afortunadamente también). Existe este lado del mundo, en el que los seres  humanos nos amamos con el cuerpo y con la emoción, nos dejamos cautivar los unos por los otros, cultivamos ese otro amor, el entrañable de los hijos. Y, por último, el del ocio de los domingos, en que entre manteles largos y un tiempo sin prisas conversamos distendidamente con amigos mientras arreglamos el mundo. Hasta que el domingo languidece, llega su ocaso y debemos de modo irrevocable regresar al universo del trabajo, de la alienación, de todo aquello que no tiene la gratuidad del diálogo contemplativo. Este es un límite.

     El cuerpo de la mujer se percibe en toda su sensorialidad, en toda su plenitud y al mismo tiempo en toda su belleza. Pero a esa unión sucede una distancia luego de que la cópula fugaz tan anhelada ha tenido lugar. Y ese “cuando ya nos creíamos salvados” que es evidentemente el momento de la unión más esperanzado, se disuelve como el agua en el agua. Ya no somos el uno de la cópula sino que de modo intolerable y fatal se nos restituye esa identidad en la que regresamos al yo. Pese a la convivencia amorosa más estrecha debemos reconocer una irremediable separación. El hombre está solo. Estamos solos. Todos. Pese a convivir estrechamente, amorosamente. Hay una unión imposible. Segundo límite que consterna.

Nadie le pide que escriba, Libros de la talita dorada, 2019
     La experiencia del límite nos pone frente a la experiencia del absurdo. Es aquí donde leo a Mux desde El mito de Sísifo (1942) de Albert Camus como también lo haré desde El hombre rebelde (1951), también de Camus, a su debido tiempo. En efecto, todo lo anterior era dador de sentidos para el yo lírico. Y para el hombre. De ahora en más, el límite, la experiencia del límite, será una figura recurrente que al trazar una divisoria fundamentalmente entre sujetos, postula el sinsentido. Extraviado, el hombre se debate por comprender lo incognoscible. Por lo tanto, percibe la angustia de la condición humana. La ilusión de eternidad deviene no sólo límite y sino limitación. ¿Frente a qué nos sitúa Mux? Nuevamente recorta la condición humana y la describe en su dimensión más descarnada. Somos carne arrasada. Hay un tiempo devastador. Vivimos en un tiempo que ha arrasado con los grandes relatos, según les resultaría conveniente a los agoreros. Un tiempo que ha degradado a la poesía misma. La ha bastardeado porque la poesía, que era el bastión de la palabra intacta, de la palabra preciosa, de la palabra que es gesto insurreccional por excelencia, pierde su sentido originario. La palabra que conjugada de una cierta manera, la acertada, resultaba pieza deslumbrante, ahora ha sido degradada a mercancía o, peor aún, confinada al inservible desván en el que se vuelve inofensiva. Deviene así pose fatua para algunos. Narcisismo ególatra para otros. Para los peores, objeto de desprecio. Porque, ¿cuánto gana un poeta?, ¿cómo se gana la vida un poeta?, ¿ser poeta es trabajar? Este me parece un punto culminante y pondré deliberadamente el acento en él. Porque para cualquier poeta tener en claro el fundamento de su trabajo resulta primordial. Como resulta primordial tener en claro su objetivo. En efecto, ser escritor es un trabajo. Y es una profesión. Y es un compromiso con ético/ideológico además de estético. No una afición ni un pasatiempo. Un hobby de domingo. Es un trabajo que requiere del cincel de la memoria de muchas lecturas y mucho estudio. Del entrenamiento con el estilete filoso y delicado para saber qué guardar, qué apartar, qué preservar, qué eliminar para el poema una vez que ha sido escrito o cómo será escrito. Consiste en la esgrima entre el silencio y la palabra que ha de devenir composición musical. El poeta debe administrar la materialidad de los signos, su significado y sus sugestivos sentidos. Potenciar todo ello. Y luego están para Mux, como para muchos de nosotros, los tiempos negros de la Historia. Ese territorio que preferiríamos olvidar pero que sería un acto de mala fe cometer. Ese momento retorna desde una zona soterrada e inolvidable del receptáculo de la memoria con dolor por aquellos que nos han arrebatado los sicarios. Constituye un estremecedor capítulo del sentir del poeta, que no puede borrar el shock del miedo, que perdura en el cuerpo como huella y que lo hace ingresar también en la trama de la Historia. Es el territorio de la pérdida y del duelo. Hay una borradura. Entre esos amigos que estaban en el frente y este yo lírico que se mantenía en la combativa rebelión de la escritura (Camus) junto con la desaprobación de lo que sucedía, guardándoles las espaldas de la dignidad a estos amigos. Ellos han sido liquidados. Y esta sustracción de presencia por llegada de ausencia le provoca zozobra y conmoción. Le resulta intolerable a un hombre justo, a un hombre noble y a un hombre sensible, atravesar el dolor y la prepotencia de los violentos. Sin embargo Mux publicó durante la última dictadura militar. Está luego ese largo silencio, un silencio activo diría yo, en el que el sujeto emitía un plasma para que, luego de ser debidamente macerado, llegara el momento del estallido del poema. Ni antes ni después. En el momento preciso. Y un silencio en el que por ausencia y por sustracción de palabra su presencia fue más fulminante aún. Si hizo falta ese prolongado silencio fue porque se hizo luego necesaria la palabra primordial. Y cuando en 2004 rompió el silencio, regresó el poeta al poema y de allí al libro, una celebración tuvo lugar. Dije “celebración”, no dije “fiesta”. Son cosas muy distintas. Una se realiza en el jubiloso ámbito recóndito de la lectura. La otra en la frívola reunión social. El poema restituía al poeta su condición de tal. Había habido un regreso. Sí así se prefiere, en una forma profana de la resurrección Mux ponía a consideración esos papeles cuya respiración antes que nosotros había aspirado una mujer. Y había justificado una mujer. Porque un poeta siempre escribe por amor a alguien, por más distante, imaginario, desaparecido que esté o por más que haya perecido. Le sigue escribiendo en tal caso a su memoria. Y muchos escriben desde la falta. O sobre todo por ella. Todo poeta escribe a una escucha. Y cierro con esto: la ceremonia previa a la escritura, el placer de la escritura, el placer de los lectores, imaginado en la escena de lectura indefinidamente gratificante para el poeta. Como un regalo. Como un premio. Como el don invicto al que un mortal puede aspirar. El de encontrarse y reencontrarse con sus semejantes en una ceremonia con quienes  se conocen y se reconocen en sus palabras. Ilimitadamente.


Adrián Ferrero (La Plata, 9 de noviembre de 1970)

JOSEFINA MOREAU El recuerdo de la vida que viví





(…)

(¿Qué perfecto es un cuerpo:
penumbras ubicadas delicadamente
en umbrales de placer
curvaturas feraces para aplacar
labios implacables
escondites donde las manos
nutren temblores.)

Este cuerpo      como tantos otros
ha pagado con mansedumbre
su gabela.


RETRATO

Soy mujer de cintura transparente
por donde emigran las palomas

despliego abanicos
de nieblas consumadas
para sofocar
el asombro de mis grietas.


EL HUÉSPED

Lo intenté otra vez.
Ella debía salir de la fotografía
desvaída
colgada frente a mi cama.
Triunfé.
Ella también.
Ahora un ser antiguo
gobierna la casa.


(…)

Que me deje navegar el cielo de palomas
si dejo de rehén, a su costado,
mi espalda relajada en vetas de cortezas
y una mano abierta para bebedero de los pájaros.


LAS HORAS
(Fragmento)

El sedimento de las horas comienza a gotear
se desliza
cae donde el espacio se vuelve destino
no hay vuelta atrás:
la vida en memoria de piel
es el valor primordial
de la manada humana.


(…)

Me intranquiliza mirar la vida
hacia delante.

¿Cuánto tengo? ¿Podré desprenderme
y alejar
mis lugares explorados?

Prefiero y reitero  /  mandala altivo  /
el recuerdo de la vida que viví.

Tanta riqueza en mi ciudad extraña:

aceptaciones de juegos prohibidos

victorias que me diste
sobre las formas oscuras de tu cuerpo

el complot de las palabras

migraciones de memoria en
cálidos universos de soledad.

¿A qué enrejado de fragilidad soberbia
continúo atada?



El horizonte está dentro de la casa

en ella inventamos -otra forma de amor-
el sol de cada día.
Aguardamos
que sol y horizonte desmedido
se vuelvan también casa.


MESA LARGA
(Tríptico)
III

En esta mesa mía
simplemente sin nadie

ronda finísima voz que fabula
y no ocupa silla ¿Será la de aquellos
fantasmas
huéspedes invisibles
que saben que mi casa
es casa sin llaves?


Dos poemas más:

SIMBIOSIS

Con el hilado del tiempo
la casa quedó vacía.

Partieron abuelos y padres
ataviados de amor
al lugar de no regreso.

Hermanos
abstraídos
cuidaron muebles y vajillas
y cuadros.
Meditación absurda:
olvidaron
alegrías y lágrimas.

Pero en la casa vacía
la vida no pasó en vano:
las paredes conservan
las paredes exhalan
las paredes no olvidan.

Las paredes devuelven
resplandores de amor en llamas
congojas de carencias
hambre y ausencias
también
alegrías y lágrimas.


EN EL PATIO

En el patio trasero
donde fornican los insectos

con el derrumbe de luces y sonidos
recibo visitas de trasnoche. Discuto con ellas
temas puntuales.

A esa hora. En ese lugar. Con ese sigilo.
Yo pregunto. Siempre.

Siempre
me responden.

Cuando se van
ríen.

 
Selección de textos Jmp. 
En Sudestada, antología de poetas, Hojas y Cuadernos de Sudestada (colección dirigida por Ana Emilia Lahitte), 1995; El espiniyo, revista de poesía dirigida por José María Pallaoro, número 3, primavera-verano, 2005-2006; Tiempo de fuga, Ediciones Al Margen, 2009.

Josefina Moreau (Aída Zanzi Moreau de Sánchez) nació un 4 de octubre de 1924 en Cruz del Eje, provincia de Córdoba. Vive en La Plata donde desarrolló su actividad docente y musical. Fotos. Jmp. 
Mi agradecimiento a la poeta Olga Edith Romero. 

ANAHÍ LAZZARONI Son otros los pájaros que vuelan en el cielo




APUNTES DE UNA CIUDAD EN RUINAS

Esta vez los finos ecos de la ciudad no son del viento.

El fin del invierno, casi sin nieve, autoriza exclamaciones
o teorías sobre el clima.

Reverbera en las calles la malicia por un casamiento inesperado.

Un grupo de mujeres limpia las casas de fantasmas,
no conocemos sus nombres.

Mientras alguien anota estas palabras, continúa la luz prendida
en la casa de enfrente,

en medio de una noche del fin del invierno, hoy.

22 de agosto de 2004


LA CIUDAD EN VERANO

A la ciudad llegan barcos en verano
que hacen oír sirenas tristes y  roncas como la eternidad.

Viajeros que esperan estar en el fin del mundo
para poder contarlo en otros países.

Viajeros que regresan
en busca de:

la juventud perdida,
amores imposibles,
recuerdos escurridizos.

Viajeros, viajeros

que vivieron en las brumas de la ciudad

allá

en las antípodas del tiempo.

2 de  febrero de 2005


LAS CANCIONES ANTIGUAS

Tintas antiguas para describir la ciudad.
Campos de nieve y falsas arenas movedizas.

Fotografía de pobladores y viajeros muertos.

Barcos entre los bordes de las olas azules.

Miserias empujadas por los vientos del Sudoeste.

Canciones  alegres de tierras lejanas
que nadie puede cantar, ni cantará jamás.

Monedas del oro que nunca estuvo aquí.

Son otros los pájaros que vuelan en el cielo.

10 de mayo de 2005


30 DENARIOS

La ciudad está abierta al mar y a la codicia que devora incautos.

Nieva en este agosto de pocos viajeros
por momentos es la lluvia la que roza el bosque.

Los rumores son confusos:
¿quién es quién en esta ciudad de memorias delgadas?

Casi todos llegan con sus maletas hundidas y sus máscaras.

Forasteros siempre, forasteros varados.

Fugitivos quietos soñando con fiebres desconocidas y denarios de plata.

28 de agosto de 2005


APOSTILLAS

¿Qué  se puede decir de ésta ciudad complicada
como pocas, aturdida y casi sin remedio,

donde extienden sus redes tantos maleantes?

2 de diciembre de 2005


LLUVIA Y MÁS LLUVIA

Bajo la medianoche la lluvia cae sobre la ciudad.

No se detuvo en todo el día,

igual que las noticias descabelladas,
los viajeros, las gaviotas
que se alejan del mar y se arremolinan
en el cielo como pájaros con hambre.
Los barcos recién llegados de Europa.
El extranjero que tomó fotos de la casa amarilla
y del árbol junto al muro.

Este cansancio y esta melancolía.
mientras se escucha durante horas
el agua que no barre las miserias.

Bajo la medianoche la lluvia cae
sobre la ciudad arrasada por el saqueo y la desmemoria.

Es una lluvia gruesa, helada.

5 de febrero de 2006


ALTAS LLUVIAS EN LA MONTAÑA

Demasiada es el agua que fluye en las cercanías,
los caminos han sido fracturados por el temporal.

Las noticias son estridentes. Los obreros trabajan.

¿Cuándo será esta pobre ciudad una ciudad sin urgencias?

Pájaros sobre las copas de los árboles sin hojas:

Sigue su curso la vieja madre naturaleza.

4 de julio de 2006


En El viento sopla, El Suri Porfiado, Buenos Aires, 2011.
Anahí Lazzaroni nació el 30 de agosto de 1957 en la ciudad de La Plata. Su familia se radicó en Ushuaia, capital de Tierra del Fuego, en 1966. Falleció ayer 28 de marzo de 2019.


A los amigos de Anahí:

Anoche (28 de marzo), en tan solo un minuto, mi hermana se fue de este mundo. Una hermana que me costó años aceptar, porque tal vez no fue la esperada y antes no se hablaba de estas cosas, pero que con el tiempo aprendí a querer y fue seguramente la mejor que pude tener. Estaba muy enferma, con pocas fuerzas. Me dejó mucho, su valentía, su creatividad, sus poemas, sus libros, su humor, la mágica atmósfera que perdura entre sus enseres cotidianos, sus papeles y anotaciones.
Un rayo de sol de otoño ilumina hoy su recuerdo.
Tristeza, tristeza y paz.

Alicia Lazzaroni

EUGENIA STRACCALI No vas a encontrarme cuando despiertes




N POR NION (fresno acuático)

Este árbol
crece
en el mar
y sus ramas
fueron remos
para las barcas
a la deriva
que recorrieron
un oleaje muerto,
un naufragio
permanente.

Sus raíces se hunden el fondo
del bosque cristalino en el que habito.


H POR UATH (espino)

Este es
un árbol infausto
de su madera
se ofrendan
antorchas a Saturno
que marca
mi pulso lento
mi tiempo
en el mundo.
Aunque
a veces
muero
ahogada
sin espasmos
cuando entro
algo narcotizada
algo turbia
en este río amarillento
de reflejos ocres
y corriente silenciosa…

Me tengo que ir.

Mirá:
este camino ondulante
te lleva a la cumbre
donde brillan los ciervos
en su estrepitosa y bella
corrida hacia el sol.
No puedo acompañarte.

Aclaración:
Las Lamias no pueden hablar,
se expresan mediante silbidos melodiosos.
pero atraen a los viajeros
lentos como vos, para devorarlos.


G POR GORT (hiedra)

Soy ceniza
en esta ánfora
coronada de hiedra
¿qué puedo decir?
Fui sacrificada
como un animal.

Cuando llegues
a tu ciudad
y sientas
la lengua
seca y agrietada
no vas a poder beber…

mis ojos de espanto
van a perseguirte.


A POR AILM (abeto)

I

Inmediatamente
desangré mi resina en el mar.

Con esta madera oscura
se hizo
el caballo de troya:
morir traicionada supone
casi siempre
la resurrección
flor que crece en el fango
rosa negra,
quebradiza.

En la intemperie de la isla
la desmesura de las estrellas
expande
la soledad de Ariadna
es tan fina la línea que separa
el agua y el cielo que
todo es un mar estelar
en la mirada.

Sé que hay que soñar
en el umbral
entre el día y la noche,
esas imágenes son
como huellas frágiles
perdidas en el follaje.

Sé que no debo
soñar con tu rostro
ni siquiera
con tu ropa
ni con tu voz
hundida en el vientre del bosque.


II

Esta misma
araña
tejió
su extensa
plateada
y leve
tela
para cubrir
mi cabeza
antes de ser decapitada.

Medusa se refleja en tu ojo quieto.


U POR UR (brezo)

Sobre este árbol
mueren
inocentes
sin saber que
las abejas
han construido
su reino.
Dentro nadie calma
el temblor
ni el zumbido
agobiante:

aguijones
cuerpo hinchado
ya estás muerto.
Es la vigilia.

No vas a encontrarme
cuando despiertes.


LA TIMIDEZ DE LOS ÁRBOLES

¿Sabías que
las hojas
de los árboles
no se tocan?
Por eso
podemos ver
fragmentos
de cielo
ahora.

Es posible
que hayas contemplado
alguna vez
que bajo las copas
de los árboles
se forma
un reguero
de líneas azules,
entrelazadas entre sí
de forma extraña,
impidiendo que las ramas
puedan intercambiarse
cuando emergen
de los troncos.

¿Conocías esa experiencia surreal?

Yo tampoco.

Los árboles parecen diseñados
en sus límites
para mantenerse
separados
los unos de los otros:

grieta de timidez le dicen,
si bien hay una lucha por la luz.


LA CAVERNA DE LAS BRUJAS
(Isla de Man)

I Afuera

¿Deja un pájaro
alguna huella de su vuelo?
Tal vez en el aire
etéreos trazos
indescifrables.

¿Por qué queremos verlo?


II. Adentro

Este miedo
se traga
el cielo nocturno
con su boca
de ballena.
Aquí estoy

grabada
sobre
la roca
cavernosa

y sé
que
la
única
realidad
posible
para
el
tiempo es
el instante,

la meticulosa
forma
que el agua
ha tallado
gota a gota
en la piedra caliza
en el centro mismo
de la tierra:
estalactitas
velos de algas
capullos de insectos
columnas rupestres
flores de cuarzo
huevos transparentes
paredes tapizadas
de agua
leves cascadas inquietantes
mantos de fósiles marinos
(amonites, bivalvos).

En la caverna
no hay horas
el tiempo es de Aión
con su rostro de viejo
y niño a la vez.


III. Afuera

Esta isla está por desaparecer.

Y vos no estás.


TESEO Y ARIADNA
(Reescritura de un poema de Robert Graves)

A través de la sombría grama bajo las viñas,
él suspira:

"Profundamente hundida en mi pasado erróneo
ella vaga por las ruinas, los asolados céspedes"

ilesa y sin embargo
torcida por el tiempo,
avasallada por los pinos
donde por primera vez
él se fatigó
de su constancia.

Él no siente culpa
es injusto.

Cuando tiemble el invierno en la isla
cubrile los hombros
con las plumas de los cisnes.
Verdades hay en el viento
y la hora es negra,
yo te amo
dice y se va
a las entrañas
de la cueva
con paso más seguro.

Antes
el miedo era más fuerte
y su odio era
trueno en el aire;
después lloró cuando los pinos
agonizaron
con ráfagas de viento.
Las flores la miraban
con frenéticos ojos,

y ella lloraba.

A él, ahora
que todo ha concluido,
ella nunca lo sueña,
mas invoca
una bendición
sobre todo aquello
que él supone
ripio y mala hierba;
jugando a ser
la habitante
para huéspedes más nobles.


Ceno en casa de un amigo. Mi amigo habla desde la cocina. Controla “el lomito” (pequeño, pequeño), “no tiene que quemarse”, dice. Cierra la puerta para que el humo que brota de la plancha no se confunda con el estar. Habla y la pared impide saber sobre qué tema (¿la poesía, la casa, los hijos?). Miro la pequeña biblioteca. Veo este libro y otro. Cuando regresa, con su permiso, le digo que “pronto te los devuelvo”. En casa leo y selecciono estos textos.
En El alfabeto de los árboles, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2018.
Eugenia Straccali (La Plata, 1970). Foto: Jmp

AZUCENA SALPETER No era tan grande la casa





EL PESCADOR DE SOMBRAS

El Paraná me trajo un niño,
un escolar a bordo de un barco,
el corazón de timonel,
los pasos
aún no descifrados.

Yo no sabía de este oficio diario
de ir amontonando los pasados,
apenas me cabían mariposas
en los mástiles del abecedario.
Era la primera voz del agua
y la primera latitud del canto.
El río fue cambiando calendarios
como un astro de papel
o un árbol
luminosamente acuático:
me tocaban sus hojas
verde a verde,
blanco a blanco
me salpicaban sus pájaros.

Después fue volver
desde tan hondo,
transvasarlo todo
desde cuándo
estirando la piel
por invisibles proas
calinas y cansancios.
Y crecer y crecer
desde uno mismo,
del que fui, del que seré
el ignorado,
el pescador de sombras
el oscilante faro
girando en los estuarios
y zarpar lloviendo desde el párpado
jubiloso de llanto y naufragios:
un escolar en popa, un solitario
a bordo de este hombre enamorado.


COCINA DE LEÑA

Azul barco y metálico
en los hilos amarillos
de las 12
del verano.
Humilde matrona
campesina
prima del arado,
abuela del almíbar
saliendo del naranjo.
Yo te di mi aliento
en las mañanas
de mis siete años
cuando el tizne te caía
por los cuatro costados
y parecías una legión de pájaros
chillones y cuadrados.
Aún tengo en las manos
tu sabor de leña
y mate amargo
y me sube a los labios
las alburas de la leche
crepitando
entre verdes y rosados
soles del tabaco,
se aprieta el maíz
en doradas explosiones,
centellean los ajos
y el maní
oscurece corazones perfumados.
Aún te amo
en los días nublados
cuando todos los azules desvanecen
y todos los puertos se parecen
a mi puerto
colorado de quebracho.
Aún te amo
cuando todos los barcos han partido
a niveles altos,
cisnes náufragos
en el río de flores de amaranto
a las 12 en punto del verano.


POMELOS

Esfera blanca esfera
redondo río, pueblo
vocal de mi agridulce
rosal de cancionero,
tu líquido asterisco
apúntame en el centro.

El ojo de tu sombra
traslúcida por dentro
derrámame en mi sombra
de hombre y misterio.

Esfera blanca esfera
reloj sin minutero
así ha de ser mi muerte
vestida de pomelo.


DIMENSIONES

No era tan grande la casa
ni huían al infinito
los horizontes del puerto.
Hasta la fábrica, cíclope
con el ojo del quebracho
siempre en llanto y muy abierto
no llegaba a los 10 metros.
Ni la barranca del río
era tan roja, ni tan recto
el clarín de los desiertos.
Ni tan espeso
el bosquerío de tordos
el campanario del centro
el puente de las orquídeas
las cruces del cementerio.
La glorieta de la plaza
se transformó en un pañuelo
y el patio de los bananos
del mango y el cocotero
es un sendero de yuyos
o aguja de un segundero.
Y los ranchitos de paja
horno azul de los esteros
no suben en dos chibatos
hacia las crestas del cielo.

De pronto, estoy sabiendo
que equivoco las distancias
las perspectivas se inclinan
como duendes con espejos
y no recupero nada
de lo que se hundió en el tiempo.
Sólo sé que mientras crezco
un niño alegre conservo
con dos ojos gigantescos
que fabulan con las cosas
y dilatan lo pequeño…
Ha de ser que el sentimiento
no lo mide con las reglas
ni los cálculos ni el metro,
ha de ser que me comprendo
como grande al fin con niño
para siempre analfabeto.




Selección de textos: Jmp. En El pescador de sombras, Talleres Gráficos Mariano Moreno, La Plata, Argentina, 1979.
Azucena Zalpeter (Formosa, Provincia de Formosa, 9 de noviembre de 1942). Reside en la ciudad de La Plata desde 1957.