Néstor Ponce, Pero esa es otra historia, poesía inédita



GIUSEPPE UNGARETTI

En la vacía inmensidad de la ausencia
caben mares selvas y tréboles de diez hojas

Se pueden rascar las costras del tiempo
y alisar los callos del perjurio

Y como si esto no alcanzara
se abren las arrugas de la piedra en el agua


SAFO DE LESBOS

Señora infinita
me someto al arrullo
de tu viento
me acurruco
lleno de voces
en el campanario
de tu brusca boca

No queda tiempo
para la ciénaga del olvido
tampoco para la aurora
de dedos rosados

Viaja el carbón
hacia el alba imprevista
la sorpresa
de los pájaros remotos

Tu huella perdura
en la ausencia de mis manos


N’DEYE COUMBA MBENGUÉ DIAKHATÉ

El hilo de oro
une al contrabandista
con el filibustero
al bandido con el criminal

Rayo de oro
que va al puerto
al huerto de tu vientre

Lágrima de oro
por siempre reúne
al contrabandista
al ruin al genocida
que fue el fruto de un amor


JUAN GELMAN

Ese poeta
llevaba un caballo fosforescente
que le cabalgaba los ojos
Desde algún rincón de la retina
se le caía la tristeza
en forma de vocales
era tan numerosa
que cobraba la forma de un tsunami
de intemperies perdidas

Las vocales se pegaban al alma
y con sus uñitas sucias
nos arrancaban las costras
y todos los silencios

Nunca vi un poeta
con tantos andamios en los hombros
cargaban botines de fútbol
un kilo de yerba
un barrilete de bandoneones

Uno se lleva la infancia
atada con un piolín al cuerpo
Los años caracolean
como jaurías perros callejeros
ladran versos de muchedumbre
esquinas con almacén
o pelotas de cuero

Nunca conversé con un poeta
tan lleno de silencios
la irreverencia
se le caía a puñados de los labios
y le servía
para arañar la luz

Un domingo lluvioso
me lo encontré
a las doce
en la puerta de mi casa
duerma usté ciudadano
sin la conciencia tranquila
por supuesto
y pórtese mal
me dijo voluntarioso
mientras los escuerzos
escarchan los deseos

Llevaba un abrigo gris
fumaba un particulares sin filtro
que ya no se fabrican:
vengo de otro lugar
confesó
arrugando la lengua

soy poeta
y se fue
rastrillando la noche
con sus pasos
llenos de versos insomnes


JUAN CARLOS ONETTI

Siempre hubo otros miedos
de pozo y leche negra
vahos de telarañas lentas
y una ciudad que arde
tal crepúsculo que quema
los recuerdos

Fueron rutas de vidrios quebrados
con ecos de pasos distantes
transpirando cuervos
y otros fragmentos de polvo

Cierta noche perdida
se dijo:
toda mi vida fui pichón
de cabeza salpicada de rocío
burlón ante las amenazas
de los oscuros del mundo


ALEJANDRA PIZARNIK

De tan triste tu reflejo
el espejo se fue solo
por el amargor del adiós

Fue el lugar de la infancia
un primer beso
las manchas mojando el hombro

Gotas secas
cayendo en la piedra
horadando
el fin de un atisbo

No quedan horizonte
ni brumas cómplices
ni abismo

No hay tiempo
el tiempo es hoy


FERNANDO PESSOA

El silencio
dice más que la palabra
su hueco cobija
el deseo del beso
el milagro de la dicha

No digas nada no
no es necesario
el silencio habla
trae el tiempo
la niebla del ayer
el desvelo de tu boca


LOUIS ARAGON

Los ojos de mi mujer son de menta y miel
don Luis
Una mañana vi cabalgar por sus niñas
una multitud de yeguas enfurecidas
Iban pidiendo piedad
los animales
enroscaban sus colas húmedas
a la furia escarlata del amanecer
Mi mujer pestañeaba indolente
y la secuencia siguiente
era un andamio de faroles fosforescentes
que caían en la bahía de Río de Janeiro
La diosa Yemanjá se ponía celosa
y no era para menos
porque los iris de menta y miel
empañaban todos los solsticios

Otra vez en un cine
me colé en sus pupilas
y anduve navegando intrépido
entre huracanes y torbellinos
y me desperté en una cresta de espuma
con la espada del capitán

Los ojos de mi mujer
don Luis
son de menta y miel
y con ellos
atravieso
todas las montañas
y descubro
lo que respira por detrás


EUGENIO MONTALE

Amanece de nuevo
lo presiento
restaña la claridad
las heridas nocturnas
en las paredes

Nada se mueve
todo es ausencia de aromas
el sendero el techo los muebles sordos

Mi cuerpo
extendido insensible de partida

¿Amanece o es el fin?


DULCE MARÍA LOYNAZ

¿Cuáles son los recuerdos
del viejo espejo desconchado?
¿Cuántas lágrimas reflejó su brillo
qué amarguras su dolor?

Pasaron por sus nervios cristalinos
las sonrisas los perfumes
las distancias y los días
los arrebatos de una noche
las agonías de las tía solteronas

¿Qué colores tendrá de mí?
¿Qué arabescos de mi talle?

Hasta que el peso de tanto tiempo
lo derrumbe
y se marche con nosotros
perdido en las estrías


ANNE HÉBERT

Nada más abismal
que la pena de un niño
en un prado

Llanto que se acuesta
en la breve tarde
mientras acecha la nevada

Lágrimas que se hielan
en la hierba dura
Lágrimas que vuelan
y se hacen rocío
para verter
la más honda
tristeza del mundo


CESARE PAVESE

¿Eran rojos, fueron azules, serán negros todavía?
A veces los olvido
me arrullo en lianas
escurridizas interminables

Busco su color, interrogo sus formas ocultas

A veces los recuerdo
pero cambian
se hacen fulminantes
se deshacen y crepitan
otras lloran y se enternecen

¿O son de menta y miel
y será la muerte
y será tu compañía?


OCTAVIO PAZ

Doradas curvas
al sur hasta la grupa
de vello azul


HENRI MICHAUX

¿A quién se le ocurrió encerrar a los Zapallos? Cuando es sabido que no toleran el roce de las bolsas de arpillera, las ecuaciones de más de diez dígitos o las canciones de cuna desafinadas? El desconcertado victimario produjo más de un accidente con tan poca calculada actitud: grupos de Zapallos ocuparon estaciones de ferry en parajes tan diversos como Colón, Santa Bárbara, Jersey o Rade de Saint-Michel; otros –no menos pertinentes- se dedicaron a organizar conciertos soplando en papel de celofán, acompañados por alas de abejas y gruñidos de toros en celo. La amenaza fue terrible y los gobernantes promovieron medidas anti-Zapallos. Ignorantes: cuando un Zapallo se larga a galopar bajo cielo abierto, nada ni nadie dejará de sonreír. De hecho, las arpilleras fueron carcomidas por el desdén y la vergüenza y hoy en día ya no es tan extraño toparse con un Zapallo leyendo en tu cama a poetas surrealistas belgas o buscando en un huerto frutos tropicales en pleno invierno. Pero esa es otra historia.



Del libro inédito “Vos es (el libro interminable)”. Selección: Jmp. 
Foto: José María Pallaoro. City Bell, entrada, 5 de abril de 2012.

Néstor Ponce nació en el año 1955, en la ciudad de La Plata, Argentina. Reside, desde 1979, en Francia, donde es catedrático de Literatura y Civilización Hispanoamericana en la Universidad Rennes 2. Es director de la revista electrónica Amerika. Autor de siete novelas: El Intérprete (1998), La bestia de las diagonales (1999), Hijos nuestros (2004), Una vaca ya pronto serás (2006), Azote (2008), Toda la ceguera del mundo (2013); El lado bestia de la vida (El asesinato de Néstor Kirchner) (2016). Dos libro de cuentos: Perdidos por ahí (2004), Funámbulos, vampiros y estadistas (2016). Tres libros de poesía: Sur (1982), Desapariencia no engaña (2010), La palabra sin límites (2014). Desapariencia no engaña fue seleccionado en 2013 por el Ministerio de Cultura para ser distribuido gratuitamente en todas las escuelas y bibliotecas públicas de Argentina (con un tiraje de diez mil ejemplares). Ha publicado varios libros de ensayo. Sus libros han sido publicados en Argentina, Colombia, Cuba, España, México, Alemania, Francia. Desapariencia no engaña ha sido traducido al inglés y será publicado en Londres. 

Norberto Silvetti Paz, Lo primero es el viento


CANTO

Lo primero es el viento,
que recoge el suspiro de tu boca,
y lo lleva —profético—
por sobre los desiertos del aire, hasta los muros
donde la eternidad es una hiedra
que pende hacia el azul, y donde el día
florece a lo alto entre la antigua nieve,
y va la vida en calma
como por su jardín que el sol envuelve
de silencioso fuego.

Y luego el canto, el frágil
señor de cuanto dice
por ti la tierra, el cielo, y el infierno,
cuando te aprieta, último, solidario
el frío anillo de la muerte
clavado en ti como la misma vida:
oculto y tenso
señor de cuanto miras, es el canto;
señor de cuanto dices es el viento
que repite tu nombre y te propaga
como un ídolo extraño
que golpea tu frente, y lanza el eco
de tu nombre al olvido.


ARTE DE AMAR

Penetro en la mujer y escucho
si la voz interior soñada
debajo de álamos y sauces
es nuestra voz, y si la imagen
que el Amor inventó coincide
con el rostro que en mí reposa,
con la respiración suspensa
y el mar cerrado de los ojos suyos,
y el ritmo de su mente.

Furtivamente bajo a ella, escucho
el asiduo rumor marino
que el choque del mar con la arena produce,
cuando náufragos despertamos
de algún interrumpido sueño:
costa independiente y lejana
—dorada costa, acógeme—
egoísta de pura entrega,
me parece de pronto, sin árboles,
sin nada maternal, rocosa.

En tinieblas mi mano
quisiera ser la tuya: el rostro
que acariciaba era de pronto el mío,
y ese caer de toda ligadura
que definí en secreto cual esencia
del puro Amor, era mi abismo,
porque en el fondo de él estaban
las sucesivas muertes,
los golpes numerosos, el pasado
en la clausura frágil de una idea
de pervivencia personal, y el lento
ritmo de un corazón
cuyo motivo era su nombre. (Oscuros
son los caminos del Amor, oscuros
y circulares.)
                       Tras el vuelo
descubres que tenías
tu propia mano aprisionada, el beso
besó tu propia boca, y el reposo
eran tus propios músculos cansados,
sus voces tu palabra y ella misma
tu nombre y tu figura, su sonrisa
cualquiera de las tuyas
cuando, al atardecer, sentado
frente a un antiguo texto o frente
al espejo que te devuelve
más viejo que quisieras,
fina, secretamente le sonríes
al rostro imaginario, imaginado
de la que más lejana que tú mismo
en tu propia soledad reposa.




En: “Naranjos de fascinante música. Poesía contemporánea de amor en La Plata”, Libros de la talita dorada, 2003. (De “El mundo extraño”, 1956). (De “Ensayos elegíacos”, 1968).
Norberto Silvetti Paz (Tucumán, 6 de junio de 1921 – La Plata, 3 de febrero de 2005). Traductor, poeta. Vivió en City Bell. Publicó en poesía: "El mundo extraño", 1956; "Las noches y la pena", 1957; "La tribulación y el Reino", 1959; "Poemas", 1961; "Ensayos elegíacos", 1968; "Cifras, signos, estaciones", 1976; "Y nadie me responde", 1982; "La noche de Odiseo", 1995.

Entrevista a Irina Bogdaschevski por José María Pallaoro

Irina Bogdaschevski en jardín de la casa de José María Pallaoro, City Bell

En la madrugada del jueves 14 de enero (2016), en una clínica privada de La Plata, falleció la querida Irina Bogdaschevski. Comparto este pequeño homenaje a su memoria, una entrevista que le realicé hace unos años para un número de la revista de poesía El espiniyo.

“La poesía es un gran río que arrastra nuestros sentimientos y pasiones...”

Irina Bogdaschevski, hija y nieta de rusos, nació en Belgrado, Yugoslavia, en 1927. Es lingüista, especialista en idiomas eslavos, traductora, escritora, poeta. Ella y su familia en 1944 fueron llevados por los nazis a trabajar a Austria, haciéndolos pasar antes por el campo de concentración de Matthausen, donde murió su madre por falta de atención médica. Después de la guerra comenzó sus estudios universitarios, se casó con Igor y en 1949 con su esposo y su pequeño hijo viajaron a Argentina. En nuestro país trabajó para el diario La Opinión, para el Centro Editor de América Latina y luego para otras editoriales. Escribió estudios preliminares y realizó traducciones de muchos escritores y poetas rusos de todos los tiempos: Pushkin, Turgueniev, Goncharov, Tolstoi, Dostoievski, Chejov, Ajmátova, Blok, Maiacovski, Tzvetáieva, Mandelstam, Pasternak, Tarkovski, Bródski, Ajmadúlina. En sus traducciones Irina siempre intenta preservar la rítmica armonía y el estilo de la prosa y de los poemas originales. Publicó en 1991 un libro de cuentos cortos, Imágenes al negativo, y en 2001 la plaqueta Impreso por ardor. Desde 1966 vive en Villa Elisa, partido de La Plata.


Rusos en Yugoslavia
Mis padres, muy jóvenes, emigraron con sus familias desde Rusia a Yugoslavia y se conocieron estudiando en la universidad de Belgrado. Mi madre se recibió de médica y mi padre de ingeniero. Tuvieron dos hijas, yo soy la mayor; mi hermana Natalia vive en Estados Unidos. Entre los emigrados rusos en Belgrado había importantes personalidades: científicos, escritores, pedagogos, músicos, y el gobierno de Yugoslavia, además de darles la posibilidad de trabajar en los colegios y en la universidad, les adjudicó un gran edificio céntrico de cinco pisos en Belgrado, donde se ubicó: abajo un gimnasio, una enorme biblioteca en la planta baja, un gran teatro, luego los pisos de la escuela primaria y el colegio secundario, y en un ala del edificio, aparte, una pequeña Iglesia. Las jóvenes generaciones de los emigrados rusos en Yugoslavia pasaban prácticamente toda su vida en este edificio, estudiando, visitando la biblioteca, acudiendo a las misas y presenciando los espectáculos teatrales. El idioma ruso se preservaba en su mayor pureza, pero se estudiaban también, en primer lugar, el idioma del país, serbo-croata, luego el francés, el alemán y el inglés, además del latín y del griego. Los profesores del colegio secundario eran todos profesores de la universidad, era un privilegio tener como director del colegio al historiador y profesor de la universidad de Moscú L. Sujotín (yerno de Lev Tolstoi, ya que estaba casado con su hija Tatiana); la profesora de historia era una famosa egiptóloga que había trabajado como curadora del departamento de egiptología del Museo Británico; la profesora de Idioma (y preceptora mía) era una importante poeta rusa, Lidia Alexeieva, que ocupó después de la guerra el puesto de directora del departamento de lenguas eslavas en la biblioteca de Washington. En aquella época empecé a escribir poesía y también cortos trozos de prosa poética, fui muy estimulada y apoyada por mis padres y profesores.

La guerra no sabe

Después de estallar la guerra, en abril del año 1941 Yugoslavia fue ocupada por las tropas alemanas. Y en 1944 un gran contingente de profesionales fue llevado a trabajar a Alemania y a Austria. Nos llevaron por la fuerza a mi familia y a mi a Austria, donde en una aldea llamada Matthausen, en octubre, murió mi madre, y mi padre con nosotras, sus dos hijas, hemos sido mandados a trabajar en el campo a una aldea de la provincia de Alto-Danubio llamada Weng bei Altheim. Después de la guerra, ya bajo la ocupación de los aliados, hemos ido a Salzburgo para que mi hermana y yo termináramos nuestros estudios secundarios; como a mí me faltaba sólo un año egresé en 1946, junto con Igor, también ruso, mi amigo del colegio yugoslavo, con quien me encontré en Salzburgo. Allí nos casamos en agosto de 1946 y nos fuimos en seguida a la ciudad de Innsbruck, porque la Universidad de Salzburgo no tenía facultad de Medicina, ni de Ingeniería que eran las carreras que pensábamos seguir. Además, allí vivían los padres de Igor. En la Universidad de Innsbruck hemos estudiado ambos hasta el año 1949, hasta nuestra partida a la Argentina.
En Innsbruck, además de las materias de medicina, yo he cursado materias de la facultad de Filosofía y Letras y trabajé un poco en las traducciones del alemán al ruso y del ruso al alemán. Tuve la suerte de que me ofrecieran darle clases de ruso al ex rector de la universidad de Innsbruck, quien además de pagarme, me permitió usar su biblioteca. Así pude leer en original todo Goethe, Schiller, Hölderlin, Rilke, Kafka, entre otros, y el último año antes de irnos, todo Nietzsche, con los comentarios del viejo rector, quien era un “nietzscheano”.

Rusos en Argentina
Partimos hacia Argentina con Igor, nuestro pequeño hijo de un año y medio, los padres de Igor y su hermano menor, Mijail. El traslado en barco al nuevo mundo estaba a cargo de la Organización Internacional de Refugiados (IRO). El barco era un antiguo transportador de tropa americana a Europa, se llamaba General Langfitte. Nosotros éramos seis personas. No sabíamos aún el castellano, no teníamos medios ni lugar donde vivir, y había que buscar cualquier trabajo para subsistir, las circunstancias conocidas por todos los exiliados del mundo.
En Argentina al principio tuve diversos trabajos: fui remalladora de los pulóveres del negocio James Smart, costurera que terminaba a mano las prendas de vestir de Gath y Chaves y Harrods. En los primeros años hice el curso en la municipalidad de Buenos Aires de Asistente Técnica de Laboratorio y trabajé en el laboratorio clínico del Hospital Rawson. A fines de los años 50 egresé de la Escuela de Bibliotecología, en la Biblioteca Nacional, cuyo director era Jorge Luis Borges, quien daba clases brillantes de traducción. Con el apoyo de Igor y de un gran amigo nuestro, Eugenio Bulygin, el futuro decano de la Facultad de Derecho de Buenos Aires, que llegó a Argentina en el mismo barco que nosotros e hizo con nosotros nuevamente todo el colegio secundario libre, ya que nuestros diplomas austríacos no tenían validez en Argentina en aquella época, porque Austria no estaba libre aún, estaba ocupada todavía por las tropas aliadas. Con el acicate de ellos empecé a traducir primero del castellano al ruso, luego del ruso al castellano, a los escritores y poetas; me atreví a escribir pequeños ensayos y comentarios sobre la literatura rusa. Así tuve suerte de que el diario La Opinión me ofreciera colaborar en el suplemento cultural del domingo. Poco a poco, leyendo y trabajando mucho, he mejorado mi castellano.

En casa de Irina, José María Pallaoro y Eduardo Bechara
Algunos amigos

Conocí en aquellos años a unas cuantas personas maravillosas y con muchas de ellas trabé una firme amistad que dura hasta hoy. Para nombrar sólo algunos, me hice amiga de Luis Gregorich y Alicia Dujovne Ortiz, de La Opinión; de Odile Barón Supervielle, la gran amiga del padre Carlos Mujica, de La Nación; de Enriqueta Muñiz, de La Prensa (diario en el que también trabajé); de Josefina Delgado y de José Luis Mangieri. Un entrañable amigo mío fue el poeta Rogelio Bazán, que murió en 1987. A principios de los años 60 conocí al poeta, mi vecino en Villa Elisa, Arnaldo “Cacho” Calveyra, y a través de él a dos grandes poetas: Mario Porro y Juan Gelman. En la década del 70 me hice amiga de mi vecina en Las Toscas, Uruguay, la maravillosa poeta Idea Vilariño. Estos últimos tres poetas: Porro, Gelman y Vilariño, más la poeta Olga Orozco, fueron traducidos por mí al ruso para una selección de los mejores poetas hispano hablantes de la revista rusa La Literatura Extranjera.

Algunas traducciones
En los años 80 pasé como legado del diario La Opinión a las huestes del Centro Editor de América Latina, donde hice los estudios preliminares para su colección de los clásicos rusos en la “Biblioteca Básica Universal”. Para los florecientes medios periodísticos rusos durante los cambios de la Perestroika empecé a preparar entrevistas y traducciones de sus obras de grandes escritores argentinos como Abelardo Castillo, Juan Gelman, Ernesto Sábato, quien estaba incluido a propósito del libro Nunca Más, en un especial programa de radio y televisión moscovita sobre el “Juicio a los responsables del genocidio argentino durante la dictadura militar”. Traduje cuentos de Abelardo Castillo para la Gazeta Literaria de Moscú. Y para esta misma revista hice una entrevista y traduje algunos poemas de Juan Gelman al ruso. También traduje al ruso la novela de Mempo Giardinelli Luna Caliente para la editorial de la Gazeta Literaria, que tuvo dos ediciones de 10.000 ejemplares cada una.
Para las revistas literarias Neva de Petersburgo y Gazeta Literaria de Moscú traduje también a narradores contemporáneos argentinos como Leopoldo Brizuela, Pablo De Santis, Griselda Gambaro, Sara Gallardo, Paulina Juszko y Gabriel Báñez.
En lo que se refiere a las  traducciones del ruso al castellano, trabajé para diferentes editoriales, como Galerna, A–Z, Editorial de la Universidad de Montevideo. Traduje para ellos e hice estudios preliminares a las obras de Antón Chejov, de Iván Alexándrovich Goncharov, de Lev Tolstoi...

Y en el 2000 también
En esta primera década del segundo milenio trabajé para Santiago Arcos Editor. Publiqué allí la traducción y un breve estudio de la obra en prosa de la gran poeta rusa Marina Tsvietáieva: Mi Pushkin. Y se publicó allí también la antología Simbolistas Rusos (ver comentario en este número de ee) con introducción de Laura Estrín, la profesora del departamento de Lenguas Eslavas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y con mi traducción de setenta y cinco poemas de diez poetas simbolistas rusos (ver comentario). Para el trabajo de cátedra de Laura Estrín, Victor Shklovski, traduje del ruso algunos fragmentos de los artículos y ensayos de Shklovski. Recientemente, en julio de 2006, se publicó en la editorial cordobesa Alción un importante trabajo de Marina Tsvietáieva, sus tres poemas grandes, traducidos por mí, con la importante introducción de Laura, junto con el ensayo crítico del poeta Joseph Bródski, Premio Nobel de Literatura 1987, escrito como comentario para uno de los poemas de Tsvietáieva, que se presenta en ese libro: “Poema Del Año Nuevo” (“Novo godneie”).

Lo que vendrá
Tengo muchos trabajos terminados que despiertan interés en algunas editoriales pequeñas, exquisitas, que publican poesía. Tengo selección de Osip Mandelstam y de Vladimir Maiakovski; una gran selección, prácticamente las obras completas, de Velemir Jlébnikov; un poemario de Boris Pasternak y otro de Arseni Tarkovski. Tengo traducidos los poemarios de Anna Ajmátova y de Bella Almadúlina. Todo esto, desde ya, del ruso al castellano.

Irina Bogdaschevski y José María Pallaoro en Las Toscas, Uruguay
No existen traducciones perfectas

A pesar de que no existen traducciones perfectas, ideales, hay que hacer todo lo posible para acercarse al ideal, valga la paradoja, sentirse imbuida en el texto que estás traduciendo para poder, con mayor dedicación y delicadeza transmitir no sólo las ideas y el estilo del escrito, sino también la sonoridad y, especialmente, el ritmo. Es una gran responsabilidad, traduciendo tanto prosa, como poesía, depende mucho del traductor la impresión que pueda tener el lector de dicha obra. En poesía, que en pocas líneas contiene todo un mundo de ideas, a veces abstractas, es bastante más difícil de ser fiel a la metafísica del poeta; pero, por suerte, los idiomas que yo manejo tienen un riquísimo vocabulario, infinidad de sinónimos que facilitan la búsqueda de la aproximación al original. Trabajo siempre con tres o cuatro diccionarios, comparo con otros idiomas: alemán, francés... Todas las teorías sobre la traducción artística no son válidas si la obra no le interesa al traductor. Es un trabajo creativo y hay que leer muchas veces el texto, sentirse identificado con el poeta o con el novelista o cuentista. ¡No hay duda que si el traductor también es poeta, esto le ayuda mucho en la tarea! Se produce entonces como una simbiosis entre el traductor y el poeta que se traduce, el espíritu, la intención se hacen propios, y la transmisión puede llegar a ser muy cercana a la perfección.      
Desde los comienzos hasta hoy, mi meta era siempre hacer que los argentinos amantes de la literatura universal conozcan  a los mejores poetas rusos, tanto a los clásicos como a los modernos, nuestros contemporáneos. Esa era mi misión y en mi selección juegan un papel muy importante mis conocimientos y preferencias en este ámbito. Este mismo criterio prevaleció en mi elección para traducir a los poetas de habla hispana y algunas veces del alemán al ruso. Me guiaban, desde ya, preferencias personales, pero basadas siempre en la mayor excelencia de calidad e importancia para la literatura en general.

Porro, Gelman, Orozco y Vilariño
De los poetas de habla hispana hice una selección de los poemas de mi maestro, Mario Porro, de Juan Gelman, de Olga Orozco y de la uruguaya Idea Vilariño. Consideré que dentro de su original diversidad son los mayores representantes de la poesía contemporánea latinoamericana. Juan Gelman es un gran innovador del idioma poético, la riqueza de sus imágenes es enorme, él une la osadía formal con la emoción honda y sincera. Su libro titulado Dibaxu, poemas escritos en español-ladino y “traducidos” por él mismo al castellano contemporáneo, es una joya de sonoridad e imaginación. La poesía de Mario Porro es también la maravillosa combinación de dos elementos sugestivos: de la sencillez y de la profundidad metafísica, corroborando así la idea de Heidegger de que los poetas son en realidad más filósofos que los mismos filósofos, ¡y los aventajan exponiendo las finas ideas metafísicas con la increíble economía de medios! Tanto para Gelman como para Porro, no hay nada en la vida y en el mundo que les sea indiferente, todo es digno de atención, todo puede ser importante, pero... son como Tolstoi y Dostoievski (considerando la distancia): Gelman, como Tolstoi, vuelca sus experiencias anímicas, interiores, hacia el exterior; Porro, como Dostoievski, guarda todas las vivencias y conocimientos exteriores en el alma. Y estas dos formas de sentir y emocionarse se reflejan en su correspondiente poesía.
En lo que se refiere a las dos grandes poetas, Orozco y Vilariño, aquí también me guié por sus tendencias tan divergentes y al mismo tiempo tan sugestivas. La poesía de Olga Orozco es como un gran río, a veces violenta y tempestuosa, otras veces pacífica y mansa; pero que siempre arrastra nuestros sentimientos y pasiones, así como arrastra el río los camalotes y hasta piedras a lo largo de todo su trayecto. Las dimensiones de sus poemas son grandes, con largos períodos, con abundantes analogías esotéricas. Sin embargo Idea Vilariño es parca y muy severa, sus metáforas son insólitas; pero al mismo tiempo sobrias, templadas como acero de una espada. De pronto uno siente que algo como un sollozo le bulle en el alma, lo sacude y lo deja sin aliento. Los cuatro responden perfectamente a la exigencia que siempre nos mencionaba Mario Porro como calidad imprescindible de una obra de arte: ¡Uno se siente muy cambiado después de haberla conocido, es otra persona, se ha enriquecido imperceptiblemente!
Es interesante que la poesía de cada uno les gusta o les gustaba (en caso de Olga Orozco y de Mario Porro que ya fallecieron) a los otros, pero la reacción de Orozco, Gelman y Vilariño a la poesía de Mario Porro era igual: “¡Pero es un genio! ¿Cómo puede ser que no lo conozcamos suficiente?”. La especial característica de Mario consistía en no preocuparse por ser publicado (yo suelo decir que en Argentina hay dos clases de escritores, unos que escriben y otros que publican..., claro que siempre hay excepciones).
Los cuatro son poetas del siglo XXI o quizás como dice Marina Tsvietáieva: “¡Son de todos los siglos!”. Viven ahora, en este mundo de hoy, aceptan el mundo de hoy con todas sus contradicciones. Nada de lo que importa a la humanidad contemporánea les es ajeno. Y además los cuatro tienen una cualidad muy importante que destaca el filósofo griego Heráclito que a mí me parece fundamental en todo artista: “Conviene sin duda que tengan conocimiento de muchísimas cosas los hombres amantes de la filosofía” (a lo que yo le agregaría: “¡y del arte!”). Sin embargo debo destacar que mis cuatro poetas preferidos, a quienes todo les parece digno de atención, son además ¡inteligentes!, y cumplen también con el otro precepto de Heráclito: “La mucha erudición no enseña a tener inteligencia”. Los cuatro son seres metafísicos que se preguntan por el sentido de la existencia, por el sentido del universo. ¡Saben que van a morir y tienen plena conciencia de ello!, pero se lanzan igual a la aventura de pensar y de aceptar su finitud en el mundo infinito.

Escribir y publicar
Es cierto que escribo poesía desde los nueve años, pero la escribía en ruso a pesar de tener antes muy pocas probabilidades de publicarla. En los años 80 me atreví a empezar a escribir en castellano, aunque jamás soñé publicarlo. Sin embargo Igor, mi marido, mi mejor amigo, hizo todo lo posible para que un librito con una docena de mis cuentos cortos se publicasen en 1991 con el título Imágenes al Negativo. Algún relato de este librito lo publicó Mempo Giardinelli en su revista Puro Cuento.
Tanto Reflejos como otros trabajos (Instantáneas y Enfoques) son escritos inclasificables: miradas, observaciones emocionales que indagan y reflexionan sobre el mundo y la vida, sobre el ser humano y la eternidad.
En lo que respecta a Reflejos, algo así como poemas en prosa, es cierto que comencé a escribirlos en 1999, pero llegué a tener sólo seis o siete fragmentos. Sólo después de la enfermedad y la muerte de Igor completé los cincuenta fragmentos y así los consideré terminados. No he pensado en publicarlos todavía… Bueno, hasta este momento en que me estás obligando a dar a conocer a los lectores de el espiniyo algunos de ellos… ee

Las Toscas (Uruguay), Villa Elisa (Argentina), 2006
City Bell, 2007
José María Pallaoro
En revista de poesía El espiniyo, número 5/6, verano otoño de 2007.
Fotos: Archivo de la talita dorada.

Gabriel Báñez, El más grande novelista de La Plata


BENITO PUNK

Suponiendo que a uno le de el ramalazo telúrico, siempre es Lynch antes que Güiraldes. Nunca supe por qué. No por La Plata, ciudad a la que uno aborrece entrañablemente; tampoco por las simetrías reencarnadas, si es que el 2 de junio y 1951 sugieren postear algo para Benito. Hoy sin embargo la taba la ubicó Terranova,  expresivo, feliz: "Benito Lynch es punk, bastante más dark que Güiraldes". Mejor dicho, imposible.

     El hombre se agachó, recorrió el estanque con la mirada, y arrojó la cabeza de pescado al centro. Luego se quedó absorto, pero en el instante en que el agua se enturbiaba y el yacaré abría las fauces, él se apartaba. No escuchó el sonido seco. Cuando la bestia terminó de engullir, sonrió. Era una ceremonia extraña y violenta, pero le atraía. Cada tarde, a la caída del sol, repetía el acto.
     En la casona de diagonal 77, quedaban muchos recuerdos familiares y el pequeño zoológico: un carpincho, dos teros, conejos, una mulita, el yacaré, también un cuervo. Aunque el rito de alterar la paz del estanque formaba parte de un vínculo último y sagrado: le recordaba a don Benito, su padre, pero no sabía bien por qué. Acaso porque ese hombre ríspido de raíces irlandeses había sido no sólo intendente de la ciudad sino también director del Zoológico, acaso porque él, desde hacía muchos años, estaba como el yacaré: retirado en su estanque cerrado de la casona en La Plata.
     ¿Estancado el autor de El inglés de los güesos? ¿Retirado "El poeta"? ¿O simplemente apartado, escondido, después de los éxitos de sus libros, de sus traducciones y de las versiones cinematográficas a las que fue renuente?
     Sonrió nuevamente, esta vez sin ganas: "El poeta" era un apodo que íntimamente despreciaba. Quizá por eso al yacaré nunca le había puesto nombre, a ninguno de los animales en verdad. Algunas de las cartas que le llegaban de lectores y admiradoras preguntaban por ese potrillo roano del cuento, si le había pertenecido en la infancia. El hombre amaba los caballos, más que a ningún otro animal. Pero la casona no era la estancia de su infancia, La Plata mucho menos Bolívar. Raro. Los reporteros que buscaban entrevistarlo jamás se detenían en esos detalles. Cuando no le preguntaban por sus afinidades con Güiraldes, querían saber sobre tal o cual personaje -Mario en especial, su alter ego-, o por el llamado "criollismo" o por sus lazos con los naturalistas europeos, o por su amistad con Manuel Gálvez. Claro que últimamente no aceptaba reportajes, mucho menos charlas con editores o propuestas para nuevas ediciones. Las invitaciones de presentaciones de libros terminaban sin abrir en un cesto de su escritorio. No era soberbia ni altanería, al contrario. Era querer estar solo, tan simple y transparente como eso.
     En Buenos Aires alimentaban el mito del escritor oculto. Sostenían que Benito Lynch rumiaba en soledad el drama de un lejano amor trunco; que también guardaba el misterio de un romance con una mujer muy importante y de la sociedad porteña, pero casada con un político de renombre; que escribía en secreto una novela extensa en la que revelaba detalles de esa relación aunque con los nombres de los personajes modificados, etc. Existía, es cierto, un aura de leyenda en torno a su figura. Y la figura no lo contradecía: alto, huesudo, elegante, con rasgos enérgicos pero finos y el bastón que le daba un aire de sofisticación y clase. Por las tardes el ermitaño se permitía algunos gustos: la biblioteca del Jockey; un café con amigos en la calle 7; las charlas con ex compañeros del diario El Día de la vieja redacción de 51 entre 7 y 8; el consejo a un autor novel que le entregaba sus originales; una cita con alguna muchacha bastante más joven que él en un apartado del Tortoni cuando iba a la Capital. Nada más. Apartado de cenáculos, capillas o sociedades literarias -a las que rechazaba sabia y pulcramente-, sus salidas eran esporádicos paseos ciudadanos, un contacto mínimo con el afuera. El adentro estaba poblado de recuerdos, lo acompañaban a diario. Tampoco quería desprenderse de ellos: eran su alimento.
     Por la mañana había una rutina en esa construcción neoclásica y detalles belle époque que asomaba a la plaza Italia: tomar mate amargo, leer El Día, y luego revisar la correspondencia. Como a eso de las 10, Marta, la criada, le acercaba el primer té con limón de la jornada, serían varios. La rutina exigía un poco de conversación y ella la asumía como una lealtad antes que como un deber: ese rictus sombrío del escritor la predisponía mal. No por nada, el suicidio de su hermano Armando todavía impregnaba el aura de los Lynch. La muerte de su madre dos años después, en 1937, era otro de los recuerdos fijos. Conversaban un rato; él a regañadientes; ella con la insolente intimidad de quien se sabía "de la familia".
     Una anécdota, una casi manía: dar como fecha de nacimiento el 2 de junio de 1885. La buena criada se lo recordaba permanentemente y lo recriminaba: "Su madre Juana me contaba que lo tuvo un 25 de julio". Él, escueto y cortés, respondía: "Mi madre era uruguaya y astróloga".
     El diálogo era parte de un juego de soledades: la madre de Benito Lynch, en efecto, había nacido en Uruguay. Aunque una de sus pasiones estaba en la astronomía, no en la astrología. La otra verdad a medias del pasatiempo era que Benito había sido bautizado el 2 de junio de 1885. "Es fecha ceñera”, le gustaba bromear. No se equivocaba.
     De joven muy deportista -aficionado a los guantes, a la esgrima, al remo en Regatas o al fútbol en el Gimnasia amateur-, aquellos años tibios le reservaban tanta correspondencia de muchachas en flor como recuerdos invencibles. A la primera la mantenía encarpetada y escondida celosamente en el fondo de un armario de doble llave, a los segundos cada tanto los sacaba a relucir. Como conservador de buena estirpe, guardaba estilo y discreción. Hablaban de todo con Marta, menos de "esa mujer".
     Saturnina se llamaba. Había visitado la casona durante un buen tiempo, primero ayudándolo con la mecanografía de sus cuentos y novelas, más tarde como amiga y durante los últimos meses como "novia oficial". O casi. Porque el autor de Los caranchos de la Florida había hecho lo imposible por mantener el vínculo en la mayor de las reservas. Tenía sus razones.
     Marta jamás le había guardado ninguna simpatía.
     Como fuera, las charlas se extendían hasta las 11, hora en que la criada se marchaba al mercado de 4 y 49. Lo hacía en tranvía. Benito los aborrecía: "Con ese ruido no dejan pensar". Aunque últimamente ya no se quejaba tanto de los temblores ciudadanos y a la criada le daba que pensar: "Se está volviendo sordo". Era cierto: lúgubre, sordo, cada vez más encerrado en si mismo y víctima de la impronta los buenos tiempos. Haber sido feliz tenía sus riesgos.
     Uno de los pocos que intentaba animarlo era Juan Carlos Rébora, antiguo compañero de la redacción de El Día y luego rector de la Universidad de la ciudad. Aunque las opiniones de Rébora tenían un peso relativo debido a su amistad incondicional. Fue por ese motivo que el escritor se negó a recibir en persona el Doctor Honoris Causa con que la Casa de Estudios platense lo distinguiera: Rébora ocupaba el cargo mayor. En todo caso, prefería confrontar con su otro buen amigo Juan Carlos Mena: sus opiniones en materia literaria no estaban tan condicionadas. O con el Dr. Juan Carlos Olmedo Varela, quien a pesar de sus insistencias sobre los riesgos del humor melancólico, le dispensaba confidencialidad y conversación inteligente.
     -No se puede vivir en el encierro -lo animó una tarde, en el Jockey.
     -No vivo encerrado.
     -Es lo que dicen, y creo que tienen razón... Benito miró con dureza a Olmedo Varela. Apartó La educación sentimental, y dijo:
     -Hablan los que no saben.
     Tenía razón. Pocos, o casi nadie, conocían el misterio del escritor, su cicatriz sentimental. No era el solterón empedernido como se decía en aquellos años. Era el escritor herido. Años atrás había evitado las pompas del éxito de sus dos novelas más importantes, negándose a asistir al rodaje de Los caranchos de la Florida, con José Gola, Amelia Bence y un elenco digno del cine de oro argentino, primero, y luego rechazando de plano la invitación de Carlos Hugo Christensen, el director de El inglés de los güesos, para asistir a su estreno. En Buenos Aires se tejían todo tipo de conjeturas. Sin embargo, dos semanas después del estreno de las películas, el escritor viajaría a Buenos Aires a verlas. Fueron dos las ocasiones, y en ambas pasó desapercibido. Pero no estaba solo. El inglés de los güesos lo decepcionó.
     Una tarde de 1948, a la salida del Jockey, en 7 entre 48 y 49, un tranvía lo rozó de costado y lo arrojó al empedrado. El escritor no había escuchado las campanas de advertencia del motorman: estaba completamente sordo. De regreso de las curaciones, la criada lo volvió a recriminar: había abandonado el audífono en el fondo de un cajón de su escritorio. Jamás lo había usado, menos en público. "Es un aparato indigno", repetía con algo de razón. Después de ese incidente, sus escasas salidas se espaciaron aún más.
     Se dedicó con esmero y pudor a continuar esa novela secreta y de título impostado (Patricia) que venía alimentando en soledad y a la cual nadie pudo nunca acceder; se dedicó también al alimento rutinario de sus aves y animales, y se dedicó, más que a nada, a rumiar el pasado. Claro que a ese alimento de la nostalgia había que balancearlo: por un lado la infancia feliz de juegos en la estancia El Deseado, en Bolívar; más tarde sus correrías de juventud en el Nacional de La Plata y luego sus primeras crónicas sociales en El Día y las tertulias de redacción.
     Por otro lado, y como la contracara del novelista de éxito, su frustración amorosa y ese paulatino, discreto, distanciamiento del mundo social que tanto había nutrido a los Lynch. Era una soledad alimentada, sin duda.
     Esa tarde terminó de darle de comer al yacaré y pensó que los animales son animales y nada más. En algún lugar del campo bonaerense quedaba ese párrafo sobre la rústica felicidad de los boyeros en medio de las alambradas de siete hilos de los patrones de estancia. La ciudad crecía demasiado rápido. Se quedó absorto mientras el dolor punzante le recorría el estómago. Luego se incorporó y volvió a su escritorio. Esa noche no comió, estuvo corrigiendo. Tres meses después lo internaban en el Instituto Médico Platense. Era el año 1951, y murió tan anónimamente como había vivido durante los últimos años. En algunos medios de la Capital recordaron su fallecimiento con un pequeño recuadro. Se había ido el más grande novelista de La Plata.


De: Corte y Confección, 18 de noviembre de 2008. En “Posted by”, La Comuna Ediciones, La Plata, 2009.
Gabriel Báñez (La Plata, 1951 – 2009).

Benito Lynch (Buenos Aires, 25 de julio de 1880 - La Plata, 23 de diciembre de 1951). Foto: BL (AGN).

Patricia Coto, La poesía está cansada



EL DÍA TIENE SU PROPIO ALMANAQUE…

El día tiene su propio almanaque.
Día tras día, piensa (sueña)
con una fecha o con otra.
Hoy puede ser, por ejemplo, 8 de abril,
y mañana 28 de enero.
Hoy puede ser septiembre verde
o junio de pecho a tierra.
Día tras día, el cuerpo inventa su propio tiempo,
su pasión por el alba irrevocable
y camina a tientas de la sonrisa
hasta que la realidad, que bosteza
en el umbral de la cama,
nos guillotina con este otro filo
de los relojes y los péndulos.


LO PEOR ES TENER LAS PALABRAS SECAS…

Lo peor es tener las palabras secas,
desolladas, tendidas al sol,
en el patio más oculto de la casa.
Entonces, cuando las buscamos,
ya no podemos reconocer el pelaje de un sueño extinguido,
el aroma de una bandera que encendíamos.
Y no tenemos defensa posible,
ni siquiera una acusación honorable.
Simplemente las olvidamos,
las dejamos a un lado
mientras nos arrullaban el corazón y la piel tibia.
Simplemente, quisimos existir
sin pensar con la segunda alma,
aquélla que viaja en las palabras,
aquélla que ya no está en ninguna parte.


LA PLENITUD NO ES ESCRIBIR…

La plenitud no es escribir,
aunque, al término del poema,
una sonrisa pueble todo el cuerpo.
Después de la última palabra,
acaso del punto,
si es que aún hay signos,
queda un vacío que mendiga su lugar,
queda un vacío que se arrastra
desde a un pozo a quemarropa.
El vacío existe, aunque no sea nombrado;
es más, el vacío existe
porque las piezas del poema encajan perfectamente.
El vacío existe porque es la otra forma de escribir
que aún ignorábamos.


LA POESÍA ESTÁ CANSADA…

La poesía está cansada.
Condenada a escribir sobre los grandes temas,
a crear un lenguaje absolutamente nuevo y original,
hoy sólo desea el brazo de un hombre,
para avanzar a tientas por la realidad esquiva.
Hoy la poesía sólo quiere un cuerpo,
para vivir con los golpes de todos los hombres.


UNAS GOLONDRINAS HAN CONSTRUIDO SUS NIDOS…

Unas golondrinas han construido sus nidos
en una canaleta del techo.
Y el viento es azul sobre el óxido.
El viento es azul sobre un techo de harapos.
El viento es azul y es siempre y es todavía.

Mañana cerrarán por última vez
los portones de la fábrica.
Ya lo sabíamos.
Todo lo que cae es un grito.
Ya lo sabíamos
cuando las máquinas quedaban
como caparazones de animales extinguidos.
Ya lo sabíamos.
Primero, fueron los más jóvenes, los
recién llegados.
Después los viejos, los que ya no podían
dar nada.
Después, nosotros, todos.
Nadie a salvo. Nadie.
Nadie. Nada.


Ya lo sabíamos.
Y ahora que el tiempo afila sus manos,
sabemos que el día que vendrá
es apenas una golondrina,
casi ciega.


CADA HOMBRE TIENE SU OLOR…

Cada hombre tiene su olor,
no sólo el que viene del carro poblado de herramientas,
no sólo el del café aguado del amanecer
o el de su saliva amarga
frente al portón del taller.
Cada hombre tiene su olor, no sólo el de la novia emblemática
que lo esperó en los días incompletos,
no sólo el de la esposa
extinguida entre ropas viejas y tacones desmoronados.
Cada hombre tiene su olor,
aquél que respira el día por venir,
el día no escrito en calendarios,
el día ausente que aguarda
para dar un zarpazo a la esperanza. 


PAÍS

I

Entonces, las figuritas del Billiken.
Belgrano, que no terminaba nunca de morirse,
dando su reloj a su médico de cabecera.
No le quedaba ni el hambre de ese día
y en Buenos Aires, descuartizaban el poder,
como si fuera el último caballo del fin del mundo.
Pienso en voces enmascaradas,
en archivos cuidadosamente guardados,
en gobernantes con maquilladores,
publicistas, asesores de imagen.
Pienso en un país donde los antifaces se desgarran
sobre otros antifaces
y nos da pánico llegar hasta la piel y rasgarla
y abrir los músculos, los cartílagos,
las enramadas de nervios
y encontrar el humo feroz
de los que incendiaron el pasado,
de los que sembraron sal sobre la memoria,
de los otros nuestros
que irguieron un país de vidrio.

II

País donde degollaron los por qué.
País donde peinamos el amanecer
para que la realidad se mire en el espejo.
País pasajero, país de la tormenta
y del pan en la ventana.
País como un sorbo de agua,
que se escurre entre los sueños.

III

Un país. País paisaje. País de otros que
miran desde un avión, desde una
escalera de cristal.
País de abajo, de las raíces,
de la dormición de las voces.
País de los acordes futuros,
de una gran orquesta que avanza en el desierto,
que enciende una fiesta en la madrugada. 


TENTAR A LA LUZ

“… Una luz
que el sol no sabe…”
Pedro Salinas

I

Es terrible nacer
en un temporal de palomas.

Es más terrible aún
que florezca nuestro vuelo
en un amanecer de halcones.

Pero algo es más terrible todavía:
poseer la brisa de una paloma
pero haber anidado en la sed de los halcones.
Haber bebido plenamente su mirada.

II

Pero algo quizás sea más terrible:
saber que éste no sea el umbral,
que aún no ha llegado
la acechante vigilia del infierno,
su desbordado amor,
como el hambre de un terremoto,
su pasión,
en capullo de garras.

III

Pero algo es más terrible aún.
Que al regresar a tu casa,
no te reconozca el portal
y permanezca ciego a tu creciente.
Que tus padres te hayan engendrado
en otra madrugada
y el hijo vague en otro aire,
en otra sombra.
Que clames por tu piel,
por la fragua de tu voz,
y nadie,
           nadie,
sepa hallarte entre los despojos
que este horizonte inexpugnable ha dejado.


A VECES EL MUNDO

A Analía Balderraín

A veces el mundo
es más pequeño
que la casa de la infancia,
que la casa de sueños y harina,
que sus muros insobornables
de verdín y niebla.
A veces el mundo
es más pequeño
que un ladrillo de barro indiferente
en el desamparo del patio.
Es más pequeño
que una despojada peña
en la vena más ciega
del hombre.



Selección de textos: José María Pallaoro; de las antologías: “Relatos para morir con los ojos abiertos”, Los albañiles, 1997; “Poesía 36 autores”, La Comuna Ediciones, 1998; y de los libros: "Libro de navegación" (2003), "Libro del espejo ardiente" (1985) y "Libro del vigía" (1978).
Patricia Coto (La Plata, 17 de junio de 1954). Foto: Archivo de la talita dorada. 

Marcelo Ortale, Todavía esperándote


1
(Selección)


Vi tu ausencia de todo
haciendo señas.

Yo que iba
y venía
por naufragios.

Por vos creció en mí el canto,
nave de amor al aire.



Entrado por tu amor,
por tu amor salgo.

Yo soy tu voz conmigo
en la alborada.

Mujer del más reciente
desamparo.

Centro de la claridad
que yo rodeo.



Yo que venía de las noches
continuas
tuve que detenerme
en tus pupilas.

Yo que venía
atravesando
bosques
hacia tus claras manos.

Yo que he llegado al júbilo
nuevo
de no querer otro horizonte.



Siento una soledad sin música,
un oscuro murmullo enamorado.


2
(Selección)

Pájaro triste
posado
en el muro
la palabra
espera
el vuelo prometido.

Yo le mostré
la luz,
el aire.

Y el ruiseñor es cuervo.



Pese a tu cósmica
fugacidad
quería
reclamarte
una palabra
justa.


Escribo
a la mayor
soledad humana
con la palabra
intento
recuperar
un día
para el hombre.

Sabiendo
las palabras
que me sobran
voy
por la necesaria



Crecí
mi voz
al mundo.

Como raíz
o pájaro agotado
me detuve.



3
(Selección)

Solo nosotros
todavía
pesamos en la tierra.

Todos los días
amanece el pájaro
y el árbol.

La tristeza
solamente
se mueve
entre nosotros.

Todos los días.

Últimamente la familia
se me enfermó de tiempo.

Y amanece cruelmente.
Y anochece.



Uno por uno
caerán
un día.
Se caerán
mis pocos
amigos
verticales.
La casa
quedará
vacía.

Uno por uno
y uno.


4
(Selección)

A un hombre lo cercaron,
piedra y piedra,
sombra y sombra,
le han enterrado un pozo
sin estrellas
y está empozado y solo
con un jazmín crecido
extrañamente.



A la flor
le piden
vivir
por el aroma
que la seca.

Y la flor
vive.



Del gesto herido
de la tierra
nace la flor.

Última seña
del amor
inmenso
todavía
esperándote.



En: “Decisión de la luz”, Ediciones Caracol, Buenos Aires, 1967. Selección de textos: José María Pallaoro. Foto: “Decisión de la cámara”, Marcelo Ortale en Pasaje Dardo Rocha, La Plata, Archivo de la talita dorada.
Marcelo Ortale (La Plata, 1942). Periodista.