Aurora Venturini, Sé que vendrá la noche de mi muerte


POEMA INICIAL

Con este cielo diáfano, parece
que el corazón se hubiera levantado
desde el húmedo lecho del otoño
hasta la cabellera de algún árbol.

Un quieto ruiseñor amanecido,
abrió las alas y partió su canto
y compartió una flor, con una abeja,
debajo de la copa del espacio.

Yo siento que en mi pecho
ahora, el corazón acobardado,
quiere huir a la hierba, entre las lilas,
con una leve ondulación de pájaro.

Como un muchacho triste,
corazón de recuadro.
Corazón escolar
que alguien, muy terco, dibujó en un árbol.


TRANSMIGRACIÓN

Sé que vendrá la noche de mi muerte
entre una doble floración de lilas,
con balido de oveja, con cencerro,
con olor a naranja mandarina.

Mi alma por los campos
será otoño de fiesta
y desde el agua inquieta de la infancia
volveré como quiera.

Y seré lo que quise ser, un árbol,
una leve mariposa leve,
el corazón helado de la lluvia
y el surco en que se vierte.

Y seré lo que quise ser, un río,
un mapa, un perro. Noche de mi muerte
vendrá muy sola por el campo solo,
callada y bellamente.


EL ROJO

Si muerto el labio, no murió el acento,
adónde el rojo irá, ya desprendido?
Al rosal florecido,
a la amapola que nació del viento.

Irá la muerte con andar de cirio
de rojos corazones enhebrados
por tantos labios que hubo desangrados,
tiñendo la alta plantación del lirio?

O nutre, allá, su entraña,
para vivir la vida que no espera
con lumbre verdadera,
cuando los vidrios del amor empaña.


GALEON PINTADO

Sobre mares pintados van a caer gaviotas
y las ondas errantes transparentan naufragios.
En el alma del agua duerme el gris de las cosas
que lábiles fugaron del universo alto.

Alas con plumas, picos, marineras canciones
de pájaros que fueron piratas como hombres
transcurren raudamente y al fatigarse ponen
ancla en los arenales, raíces de las orbes.

En resaca de orillas grises como la pluma
duendes del fondo juntan una por una astillas,
reconstruyen galeones que flotan en las brumas
y galeones avaros de la costa fenicia.

Sidón y Tiro vuelven de la resaca azul,
las viejas factorías desenrrollan sus telas
y el ancho mar se tiñe como un
cartaginés de múrex purpúreo de acuarela.

Grande melancolía de los puertos empieza,
lampos de fuego arrojan desde proa fantástica
y los trirremes hunden a los galeones, sea
en las batallas phoenix o en las batallas áticas.

Y uno que está pensando que ha perdido la vida,
que ha perdido la luna que era suya en la infancia,
sube a la nave fiera que el mascarón deriva
en los estriberones ilusos de la página.



Selección de textos: José María Pallaoro. Poemas “Poema inicial” y “Transmigración” en “Corazón de árbol”, 1941. Poema “El rojo” en “Lamentación mayor”, 1954. Poema “Galeón pintado” en “Los últimos poemas”, correspondientes a 1970-1976. En: “Antología personal” (1940-1976). Ramos Americana Editora, 1981.
Aurora Venturini (La Plata, 20 de diciembre de 1921 – 18 de noviembre de 2015).
Foto: José María Pallaoro en casa de la escritora Aurora Venturini. Archivo de la talita dorada.
Aurora Venturini y la rama dorada, en LA TECLA EÑE 

Lalo Painceira, La melancolía en La Plata es endémica y ataca fundamentalmente en los días grises de otoño o de invierno




       Lo escribí antes: La melancolía en La Plata es endémica y ataca fundamentalmente en los días grises de otoño o de invierno. Y aquí, frente a mi ventana y ante la visión de una plaza desolada, siento que ese virus me ataca y se expande en mí como metástasis, hoy, en pleno siglo XXI. Entonces, de repente, siento el peso de la memoria afectiva como un mazazo en medio de mi frente cavando en ella para que afloren los recuerdos, porque la melancolía llega siempre desde el tiempo perdido, desde las ausencias, desde el vacío. Lo aconsejable es no ofrecerle resistencia. Entregarse. Vivirla como si se hubiera ingerido lisérgico o fumado un tímido porro, y alucinar. Siempre en presente. Decir “anoche” o “esta madrugada” refiriéndome a algo vivido hace 50 años.
      Siempre fui discutidor. Tanto, que todavía, antes de responder, comienzo con un “no”, aunque esté de acuerdo con lo afirmado por el otro. Y en aquél entonces, discutía. Como si en cada afirmación enfrentara al mundo aunque todos coincidiéramos. Me trepaba al último libro leído para sostenerme aferrado a las citas y lanzaba el latigazo y no paraba hasta sentir el chasquido que es la certificación de haber dado en el blanco. Y dejo que ingrese en mi memoria el recuerdo como si fuera hoy.
      El flaco Rippa llevó una noche al “Capitol” a un intelectual prototípico, de baja estatura, flaco y gruesos anteojos, de hablar nervioso y rápido, acompañando la palabra con gestos de sus manos. Le decían Dippy y era de Tandil. Nunca lo había visto antes. Lo gracioso es que Rippa vino hacia mi mesa directamente y lo sentó frente a mí, ubicándose él en la silla del medio, entre los dos. Muy suelto dijo nuestros nombres a modo de presentación y como si fuera un árbitro de box nos ordenó: “¡Hablen, discutan!” Y los dos nos callamos para terminar en una carcajada. Cuando quisimos empezar a dialogar no nos escuchábamos porque había mucho ruido en el “Capitol”, un murmullo de cincuenta voces hablando al mismo tiempo y era insoportable. Dippy hablaba bajo y rápido y pude entenderle que era escritor. El café estaba lleno, gente parada en la barra, las mesas con varias sillas. Hacía frío, mucho frío y la puerta estaba cerrada con sus vidrios empañados. Y humo. Mucho humo. La mayoría de las mesas se ubicaban contra la pared acompañando el largo de la barra. La mía, en donde me sentaba siempre, estaba en el medio y yo me sentaba mirando hacia la entrada. Allí me reunía con los del grupo o con amigos y si estaba solo, leía. Los músicos de jazz ocupaban siempre la última mesa. Estaban ellos y después la puerta para ir al baño. El “Capitol”, con su forma de caja de zapatos cerrada, cuando estaba repleto, la gente formaba racimos de charla, risas o polémicas. El ruido rebotaba contra las paredes y si uno se callaba, podía escuchar fragmentos de conversaciones que siempre quedaban inconclusas porque otras voces tapaban lo dicho. La mayoría eran discusiones. Sobre todo a esa hora, pasada la medianoche. Absurdas discusiones. Por ejemplo uno podía lanzar al contrincante como si fuera un golpe: “Calláte. Eso es del `Manual Marxista Leninista de Moscú´. Es elemental y dogmático. Dejáme de joder. Te escucho y no sos vos. Es tu PC el que me habla”, y era fácil adivinarlo mientras gesticulaba tratando de repetir un texto nuevo de marxismo apoyado en Gramsci. Esa noche, nosotros apuramos la ginebra y Dippy se despidió. Quedamos en encontrarnos al día siguiente, más temprano, para poder hablar. No gritar. Yo volví a quedarme solo en mi mesa. El resto del Grupo se había desperdigado. Tomé los últimos tragos de ginebra y miré al corrillo que habían formado las coperas en su descanso. Las coperas y su reina, esa muchacha de piel muy blanca que se había teñido el pelo color remolacha. Era una puta francesa de película o de historia del arte. Allí estaba, hablando con sus compañeras, esperando el fin de su recreo. Los músicos de jazz también estaban de descanso a mis espaldas, sentados ante su mesa. Eran ruidosos. Pero eso sí,  como corresponde no desentonaban. Juntos organizamos una fiesta en nuestro taller a la que fue gran parte de los concurrentes al “Capitol”. Menos ellas, las coperas, porque esa noche trabajaban. Pero el ruido, que no dejaba hablar, tampoco permitía la melancolía. Sólo podía mirar y me reí como loco cuando Poroto se trepó a la mesa de los que discutían sobre marxismo para gritarles eso que creo que ya conté de “¡Marx no bailaba como yo! Esto es la libertad, el gesto, la expresión…” Era el final de mi noche. El “The End” feliz y hasta con una carcajada. Era hora de irme. Comenzaba el tiempo del relajamiento, de las confesiones y a veces, hasta del llanto. No lo soportaba. No estaban Horacio ni Omar ni Nelson ni Ramírez, así que tendría que caminar solo hasta mi casa. Antes me levanté para ir al baño. Cuando caminé hacia el fondo del local vi a “la Flaca” sentada en el suelo y apoyada en la barra. Era una marioneta a la que le habían cortado los hilos. Totalmente borracha o dada vuelta. Al pasar le rasqué la cabeza como gesto de ternura porque me apenaba su soledad y su dependencia. A todos. Para nosotros la Flaca no tenía pasado, tampoco amigos conocidos. Su vida se reducía a un trabajo burocrático y a ese presente que compartía con nosotros y que moría cada amanecer. Un día no volvió. Nunca más. Y jamás volvimos a saber de ella.
      “¿Cuándo viste “La Aventura”?” me preguntó alguien cuando pasaba y le conté que en el `Astro´, como primera película. “Terminó “La Aventura” y me fui. Estaba shockeado. Era Pavese detrás de una cámara y esa mujer, por Dios, esa especie de Chaplin jugando ante el espejo, bellísima, bien tana aunque ponía una distancia al estilo de Michelle Morgan. No pude mirar la otra película”. Después, cuando volví del baño, el Puntano me mostró el libro “Los vagabundos del Dharma” de Kerouac, con tapa celeste y dibujo de Baldessari como todos los de Editorial Losada y agregó” ¿Sabés a quien está dedicado?... A Han Shan. El de los haiku… Al que vos le dedicaste tu cuadro”. Me senté un rato con él, me contó del libro y me lo quiso prestar. “Dejá. Mañana lo compro”. Lo saludé y salí a la calle.
     El frío me lastimó la cara. Me subí las solapas del gabán negro y empecé a caminar por una 51 vacía. En 10 doblé hasta 49 para no cruzar la plaza porque sería una heladera y enfilé a mi casa. Los anteojos frenaban el viento y al cruzar diagonal 74, con la ráfaga que llegaba desde la plaza tuve aquella sensación de una tarde en el verano y en la playa, cuando no me di cuenta y me zambullí en el mar con los anteojos puestos. Seguí caminando, pasé por lo de Ricardo Balbín, llegué a 13 y recibí de nuevo el viento en la cara. Pero busqué refugio en el gabán como si me metiera en una cueva. Sabía que llegaría a casa, iría a la cocina sin hacer ruido porque todos estarían durmiendo en el piso alto. Me prepararía un café caliente y lo gotearía con el whisky de mi padre. Sabía que mi madre estaba despierta, seguro, esperando a mi otro hermano como todas las noches. La saludaría y me encerraría en la pieza grande en la que dormía rodeado de mis cuadros y mis libros. Tendido en la cama encendería el último “Jockey” de la jornada, aspiraría como si fuera la última pitada de mi vida, y me dejaría invadir por mi propio desierto. Como todas las noches, la soledad me provocaba y me golpeaba. A mí, que estaba allí. Indefenso. Con mis 21 años y mis 48 kilos de peso. 


 



Lalo Painceira, “El blues de la calle 51” (Collage del Grupo Sí, Vanguardia Informalista 
y los comienzos de los años ´60 en La Plata, Ediciones EPC, 2013.

Eduardo “Lalo” Painceira (La Plata, 1939).  Fotos: Lalo Painceira, presentación en La Plata 
de “El blues de la calle 51”, archivo de la talita dorada.

Damián Jerónimo Andreñuk, Hacia el reclamo plañidero de todos los hambrientos


MÚSICA Y OFRENDA

Un día a la vez y todos y todas en hileras
los grises ejércitos urbanos cumplen con el miedo
cuando la humanidad vale un bostezo y una lágrima.
Cada día es un ahora que se estira
en la medición equivocada que es el tiempo
y yo una música una ofrenda para nadie
cuando la más compleja trama entre lo permanente
y lo fugaz y lo inefable.


ELLA LUZ BLANCA

Corazones como el suyo
hacen que las flores
crezcan (para una flor una persona es importante).
Ella luz blanca permanente dentro de una forma, ella tambor
de luz, levedad que cuelga del rocío en elegancia
de espada, sudor tibio en verano de sexo con cariño, lluvia frutal,
ternura de animal pacificado descendido del aire.
Ella reverso de mi más lenta ceniza, de mi óxido gris,
de mi río de árboles ardiendo, del niño
ultrajado debajo de mi barba, de mi íntima tristeza
que pesa como el karma, de una vida que duele por sentirla tanto.


BELLEZA VACUA

Ella sosiega los relojes
con su elegante encanto
          de cajita musical.

Ella no adhiere
a lo ilusorio.
Ella no exhibe una belleza vacua
                       de inútil poderío
(belleza es mucho más que meras proporciones).

Ella irradia suavemente
el violentísimo fulgor
                           de lo que nunca muere.


LLAGAS EN ERUPCIÓN

Brindar con vasos colmados de un vino demasiado rojo.
Barrotes, llagas en erupción, aislamiento.
La tristeza y sus colmillos que desgarran cuerpo y piel.
La piel sabe a tiempo y a olvido y nadie puede habitarla.
Y este planeta exhausto, sin brotes, sin compasión
                hacia el reclamo plañidero de todos los hambrientos.


ANGÉLICA

Angélica
y su luz convulsa
detrás de la belleza.
Angélica y su gracia
tatuando los espíritus.
Angélica y su reino
borracha de inocencia.

Y cuando el tiempo
haga estragos en sus manos,
cuando se desvanezca su sueño de muñecas;
cuando conciba el hondo grito de la oscuridad
                          y su otro sol sin esperanza,
cuando le llegue el desencanto gris
de todo lo que ha sido una ilusión
                           en esta tierra devastada;
cuando inaugure su batalla de cristales
                                                rotos
contra los dueños del viento,
cuando no tenga otra opción
que incorporarse a la sabiduría silenciosa
                                        de las piedras;
cuando el portal pacífico de la vejez
quizá la vuelva prisionera
   acaso entonces,
   más que nunca,
   el incorpóreo,
      el cálido esplendor
             de Angélica.


Selección de textos: Jmp.
En: “Silencio de crisálidas”, Ediciones Literarte, cuadernillo de 25 ejemplares, primera edición, enero de 2015.
Damián Jerónimo Andreñuk (City Bell, 1986). Profesor en Letras residente en Villa Elisa.
Foto: Angelina Jolie, por el simple gusto de verla, nada más.

León Peredo, Cuatro y cuatro más


CUATRO

yo también fui un poeta maldito.
vestí de negro.
colgué en la pared de mi cuarto
un póster de Baudelaire.
adopté aires de taciturno
demiurgos
de hurón y compañía.
fumé 41 cigarros por día
y escupí sangre francesa.
ah, qué poeta no ha querido
ser el genio incomprendido
de su época!
y sentirse torturado y libre.
también fui un libertino
despeinaba mis rulos con aire
demencial
extravagante
y voluptuoso.
exigí que los pájaros me amaran
porque era yo
el poeta del infierno!
escribí versos donde el hipérbaton
me lamía las venas.
y qué? oriné la luna a las 3 de la mañana.
jugué a los dados con Dios y empaté.
me salvó la vida Parra si mal no recuerdo.
tengo mis zapatos recién arreglados.
un pequeño dinosaurio que me gané en Mc Donalds
y tres o cuatro mascotas
que mueven contentas la cola
cuando regreso a casa/


DIEZ

salimos con Morella a andar en bici
por la calle Cantilo
llegamos a la plaza Belgrano
y nos sentamos en un banquito
a comer caramelos y hablar
de cómo hacen los aviones para ir
tan lejos
“¿más que los pájaros?” me
pregunta
y yo sonrío.

“¿y quién inventó las ciudades?”
qué buena pregunta hija

“¿y los nombres de las cosas quién
los eligió?”
otra muy buena pregunta, hija.

“¿y si yo me subiera a ese árbol
el cielo quedaría más cerca?”
le tomé las manos y le dije que sí

“igual el cielo está más cerca tuyo
porque sos más alto que yo.
¿los pájaros no se cansan
de volar?”
puede ser que se cansen.

“¿y cuando duermen?”
supongo que de noche.

“¿cuando la gente se muere va
a las estrellas?”
no lo sé hija.

¿ estará ahora la abuela Mechi
mirándonos desde una estrella?”
¡pero es de día ahora, hija!
“pero las estrellas están igual... ¿no sabías
eso papi?”
sí, es verdad.

“entonces ¿nos estará mirando
la abuela?”
sí, seguro que nos está mirando,
hija.

“bueno, entonces, vamos a
contarnos chistes
así se ríe ella también. empezá vos”
bueno, había una vez.
“¡no, eso es un cuento, chistes dije,
papá!”

y nos contamos los mismos chistes
de siempre
y como siempre.

ella con sus 7 años.
yo con mis 37.

sobre el banco de una plaza de City Bell
nos contamos chistes y comemos
caramelos
y decimos que los perros ladran
a las motos
porque se aburren de morderse la cola/


DOCE

mi primer amigo se llamó Orlando.
vivía a la vuelta de la casa de la nona,
en Ramos Mejía.
era boliviano.
su madre se llamaba Irene.
era flaquita como un signo de exclamación.
su hermano Cristian, un poco más tímido.
del padre no recuerdo nombre,
era albañil
hacía tortas fritas gigantes
para tomar la leche.
había un bebé si mal no recuerdo.
en el patio tenían plantas de choclo
que era como el pan.
no había almuerzo
o cena
sin choclo.
yo no sé si él se acordará de mí.
y no sé por qué utilicé el pretérito
perfecto.
vuelvo a empezar:
mi primer amigo se llama Orlando/


TRECE

era una mujer cuando la vi por
primera vez
luego tomó
la forma de un bosque
caminé su paisaje
olí sus flores
comí sus frutos
bebí su río
dormí su hierba
soñé sus animales
acaricié su crepúsculo
luego
de a poco
imperceptiblemente
fue abeja
fue puerta
cerradura
ojo gigantesco que me seguía
donde fuese
libélula
guitarra
uña
y poco a poco fue una línea vertical
un piano de cola
un pájaro carpintero
una herradura
un paraguas
un sombrero

era mujer cuando la vi por primera
vez
luego fue planeta:
sobre ella vivo
sobre ella canto/


VEINTE

una tarde
cuando salí a caminar
me encontré en una esquina
un árbol

dije "qué suerte, ahora es mío"
lo hice chiquito
lo guardé en mi bolsillo trasero
y fui corriendo a mi morada

cerré puertas
cerré ventanas
puse sobre la mesa el árbol
era tan pequeño que debí
consultarlo con una lupa
no hay problema, me dije
lo riego y listo

así lo hice
el árbol creció y creció
hasta tocar el cielorraso

y yo
que no tenía con quién hablar
tuve árbol de amigo.

saqué un par de cerámicos
y  lo planté.
mientras tomo mate lo veo andar
moverse
olisquear el aire.

agujereó el techo.
y ganó la altura de otros árboles.
a veces trepo hasta su copa
para mirar el río/


Selección de textos: José María Pallaoro.
En: “Échale la culpa a Freud”, Ediciones del Re(f)aLón, 2015.
León Peredo (1978). Foto: Zapatillas de LP y M en FB.

Néstor Mux, Para sobrevivir


VALS ANÓNIMO

Curioso vals
el de la existencia

nos llevó y nos trajo

del estado de gracia fugaz
dejó la culpa

envolvió los sueños
con los trapos de la ruina

nos amontonó para alentarnos
pero terminamos solos


40 AÑOS DESPUÉS

a Olga Chuni Padrón

¿Era sólo arrogancia
la de aquellos muchachos que juntos
desafiaban el mundo que ignoraban?

¿Es felicidad la de esta mujer y este hombre
que en su condición de conocedores
de la común existencia
se tantean como por primera vez?

Reencontrados
o por último, encontrados de verdad.

La vida misteriosamente
parece seguir diciendo
algo por nosotros.


LA SONRISA

El atildamiento ligeramente subrayado
del traje y la corbata
y el vestido fuera de moda
no alcanzan a disolver
la belleza de su rostro
que sonríe desde una época invicta.

Los dos a la mesa
de un bar de entonces
cuando el pasado era una naturaleza
que no hacía pie entre nosotros.

Esto es mucho para mí, digo
y ella apoya la fotografía remota
en el lugar más visible de la mesa.


GRAFFITI TARDÍO EN EL PARABRISAS

La vieja inclinación a desentrañar
las cosas del espíritu
entorpeció la posibilidad
de juntar riquezas.

Pero ella escribe
te amo y sus iniciales
en el vidrio del automóvil
como si aun tuviera
toda la juventud a su disposición
para que yo revise
la abundancia de mis bienes.


EL PRESENTE ES CONSTANTE

La sombra del dolor se fue diluyendo
como un sueño desdichado.
El pasado ahora es mero pasado
al fondo de un pasillo
en que comienzo a no reconocer las siluetas.

El futuro es una abstracción
que va perdiendo peso
y caen como hojas
las tentativas de mañana.

El presente es constante
y guarda una hospitalidad que me contiene
porque puedo mirar su cuerpo echado
en una desnudez conmovedora.
Y esa quietud felizmente alcanza para todo.


POSESIONES

A nuestra realidad iniciada
se agrega la posesión
de una sartén reciente

ella explica que el teflón
es materia plástica fluorada
resistente al calor y a la corrosión

el fritado de papas y huevos invita
a una expectativa doméstica en común

mientras a fuego lento también
crece este último amor de nosotros
aunque se haya hecho tarde


MUNDOS

Para sobrevivir es necesario
fuerza o ironía o cinismo.
Me inclino a creer que ella haya optado
por la fuerza porque al despertar
vuelve a empujar las cosas del día
y el mundo le retribuye esperanza.

En: “Disculpas del irascible”, Libros de la talita dorada, 2009. Selección de textos: José María Pallaoro.
Néstor Mux nació el 22 de octubre de 1945 en la ciudad de La Plata. Poeta. 



Fotos: Néstor Mux en Taller Mundo despierto, City Bell. Presentación revista de poesía El espiniyo. Presentación libro Disculpas del irascible. Con Julián Axat, José María Pallaoro, Carlos Aprea. Rafael F. Oteriño, Luis Pazos, Osvaldo Ballina, Horacio Castillo. Archivo de la talita dorada.

Gustavo E. Martínez Astorino, La herida perfecta




LA HERIDA PERFECTA

Pero igual quisimos
ver
la herida perfecta
interpretar la aureola
de su escritura
en los altares de las plazas
quisimos darle
un palmo de llanto
que contenga la marca
y tal vez
la furia de todas las olas del sur
ahora danzas amada bailarina
           al fausto convite llamas
aunque no haya
un día como galardón
danzas como las mareas
                               rasas
por la herida perfecta



PETICIÓN

Al águila azul pedí que protegiera las cumbres
Le dije: dame un trozo de tu vasto pecho
para que descubra la llama de los ríos
y el alma herida de las rocas

Le dije: dame de tu plumaje una parte
aquélla que creas tan blanca y ágil
como la morada cabellera de los fríos
y no preguntes por la razón de las cosas

Le dije: dame de las mareas felinas
aquéllas encalladas en tus sueños diurnos
y no olvides acallar las furias

porque de ellas nació el velo de tus ojos
esos ojos que miran hacia una colina de zarzas



PÁJARO-LIRA

Entonces
les conté del pájaro lira
y de aquellas barcas
que zarparon al amanecer

Ya es tarde
para volver atrás
y acariciar la cabellera roja

           por eso
les conté todo
al son de la lira
y camino del río








Selección de textos: José María Pallaoro. Revista de poesía “El espiniyo”, número 2, invierno de 2005. “Trazas de limo”, Vinciguerra, 2003.
Gustavo E. Martínez Astorino (La Plata, 1969).
Foto: Fundación CEPA (Centro de Estudios y Proyectación del Ambiente), 24 de marzo de 2004: José María Pallaoro, Martín Raninqueo, Ana Emilia Lahitte y Gustavo E. Martínez Astorino.

Luisa Marta Córica, Renaceré en libertad



20

Intento
a veces…
escribir en versos,
escribir
mis versos
calientes
de
espera.
Transcribir intactas
mis
excitaciones.
Las palpables muestras
de mis
negligencias
afloran entonces
y
caigo en despliegues
azarosos
de
incoherencias.
Busco en mi intención.
Palpo
en mi
inconsistencia.
No
existen
no
emergen
no
quedan.
Abandono el lápiz.
Naufrago.
Me
llevan.



22

Acaricio un clima
desgastado
por el
tiempo
y
me anochezco
en lo
incoherente
de la
espera.
Mas no gradúo
mi dosis
de aprehenderte.
Pertenezco
al planeta de lo incorporal
lo
intransitable
y,
sin embargo,
he ahí lo tremendo:
me sé
humana.



23

Adentro
del vaso
el hielo cruje
embebido por el whisky.
Detrás del vidrio
mis ojos
embeben
el gris del cielo
el gris
del agua
del
Río de La Plata.
Yo
palpo
a
tientas
mi
desconcierto.
Trato
de
adecuar
en mis manos
el calor de mis venas,
y
adormezco
la
espera.



31

Quiero
reivindicarme
conmigo.
Desnudarme
de las ropas
del tiempo
de la vida.
Tenderme de cara al cielo
y, así,
implorar a la naturaleza
por una
lluvia
azul
y
rosa
que me penetre íntegra
hasta impregnar mis
huesos.
Limpiarme
en el azul.
Hundirme
en la maleza.
Saciarme
entre las hierbas
con un baño de sol
y
otro de luna.
Luego
volver a lo terrestre.
No desertar
del hombre.
A él pertenezco
y
si a él me integro
como ahora pienso
renaceré
en
libertad.



 
Selección de textos: Andrea Suárez Córica.
Luisa Marta Córica nació en la ciudad de La Plata el 26 de agosto de 1944. Estudiante de Filosofía y militante de la JUP (Juventud Universitaria Peronista). Trabajó como brazal en el hipódromo platense, siendo delegada del Sindicato de Empleados por Reunión. El 7 de abril de 1975 es secuestrada en la estación de trenes de su ciudad natal y asesinada por integrantes de la CNU (Concentración Nacional Universitaria). Su cuerpo fue encontrado en Los Talas, partido de Berisso. Tuvo tres hijos: Ariel, Andrea y Cristian. 
Imágenes. Archivo de la talita dorada. 

Raúl Zeleniuk, Tengo lo imprescindible


EL SILENCIO

En este rincón el silencio
plagia tu presencia.
Se cubre de afeites, gime,
abre grandes los ojos.
Es inútil, no sabe caminar
como tú caminas;
tropieza sin clemencia
con los cortinados del alba.
Hago constar que a veces no escucha;
se distrae, se disfraza de nube,
se vuela y desintegra.
En este rincón el silencio
grita como las malas mujeres
o inaugura vagido y se aburre.
No suelo creerle demasiado,
adivino más que nadie
su burlona esencia.
Tiene de vándalo las manos
y la resignación del cordero;
unta el cerebro con ensalmos breves
y la piel, en cambio, con recuerdo eterno.
En este rincón el silencio
se desarrolla y muere.



POSTAL DE INVIERNO

Aunque repiquen campanas
(y la fosforescencia ámbar
de la tarde
pretenda desmentir el frío)
permanezco insatisfecho
desde milenios,
igual que un dolmen
deshabitado de molécula.
La resina gris
que desprenden las raíces
de cuanto arbusto existe
apenas alcanza
para distraerme de la muerte.
Tengo lo imprescindible,
ojos y ventana


LOS EXILIADOS

Allí van los exiliados,
dicen que llevan
municiones de nostalgia
metidas en alforjas negras.
Y una estratagema de marfil.

Ellos, los espectadores,
los asombrados intérpretes,
dicen que llevan
todo lo necesario
para esperar el regreso:
Risas de niño, una paloma verde,
walkie talkies, un mecano,
pesadez en los hombros.
Y una colección de silencios.


POST LÍMITE

Martín se quita el bonete,
la nariz de plástico y la loca alegría.
Desarma todos los artificios,
retira el cotillón, apaga la lámpara roja.
Despide a sus amigos desde un mohín tragicómico.
Esfuma la pintura de sus labios, hojea una revista,
mira displicente, por enésima vez a Paul newman
con el torso desnudo y la seducción embalsamada.
Enciende un cigarrillo, abre la ventana, se aturde
con el torbellino de la claridad naciente.
Acepta resignado la versión que la calle ofrece
de la virginal mañana, del diáfano parque,
de las parejas de púberes en delicada proclama.
Ya traspuesto el límite de la noche acelerada,
tomará con cuidado los libros, las gafas,
el ilustre apellido, el manojo de teorías.
Hablará de moral con sus alumnos.


ISCHIGUALASTO

Recorrí las piedras de tu cielo,
pretéritos núcleos
de historias colosales.
También tu soledad he vislumbrado
(a mi propia soledad muy parecida).
Ischigualasto amada,
silueta jadeante y extendida
de doncella que admiré en enero;
parturienta inmortal, esperanzada
bajo el auspicio del sol combativo.
Nunca olvidaré tu nombre,
lívida piel de magia revelada.
Y aunque ofrezca tu voz a los juglares,
polvo en el polvo serás.
                                      Misterio.


SOL MAYOR

Por fin el arco iris
tatuado en el alma.
Por fin la muerte
del cautiverio y la ruina.
Termino de inmolar
al soldado
de las huecas palabras,
del falso ritmo.



Raúl Zeleniuk nació en Berisso el 6 de diciembre de 1957. Murió en febrero de 1989 en Brasil. Poeta.
Selección de textos: José María Pallaoro, de los libros “Post-Límite” (Cuadernos y Hojas de Sudestada, La Plata, 1989) y “Una palabra demasiado grande” (Edición homenaje, Berisso, 1992).

Foto: Jmp. Contratapa con dedo “Una palabra demasiado grande”. 

Susana Siveau, El poema y la noche y otros poemas




MI VIDA

Esperé
largo tiempo
esta rosa
plena

No pregunta
si el sol de la tarde
la recuerda

Abre su corola
ilumina
reina


EL POEMA Y NOCHE

Viento de extraño origen
el poema
nacido del roce con las cosas

rostros
        miradas
piedras
    polvo

ir y huir del aire
por el aire

el poema y la noche
aullido
rabiosa presencia
de la nada

Ahora
el poema la noche y yo
abiertos a nadie


APARIENCIAS

De palabras
también están hechos los silencios.
Palabras que nos ahogan
atrapadas en la garganta
en el corazón 
como cosas que se chocan entre si
y no piden permiso.
Que se buscan y preguntan
y no encuentran respuesta.


ALGUNA VEZ

Buscarás entre mis cosas
alguna vez tu nombre.
Un memorial de tiempos retenidos.
No hallarás las marcas del otoño.
La hojarasca quizá
el perfume huidizo
de lo que fue.

Aquí están las manos.
La escribiente se pregunta
porqué esperar por las caricias.

Buscarás alguna vez
tu nombre debajo de mi letra.

¿Acaso hará más llevadera
la ausencia de mí
el reflejo de unas palabras
que yo aquí
en el hoy de tu vida?


SEÑALES

Nací junto al río
en su lugar mas amplio
en sus muralla de ternura
y árboles que sueñan
en las costas

Crecí
en fosforescentes raptos
de júbilo y tristeza
maniatada de historia

Soñaba hermosas tardes
con pájaros con alas laboriosas
amando el horizonte agazapado
su lomo en espera de montura

Cuando aprendí a crecer
ya no hubo magia
sólo un mundo destrozado
en pedazos


INFANCIA

Una niña
emigra con el agua
Ríe de las cosas simples
No ve la niebla
Parece alzarse más allá
del gris
que cubre al mundo

Trébol
campo abierto en las mejillas
Va tan simple
viendo las cosas por sus prismas
bajo el signo delicado de lo que recién
nace

Un brote
Un hilo de lluvia
en la plenitud del día

canta


AL POEMA

A Li Tai Po

Vienes con tu forma de pájaro
a partir mi corazón
y comes de él

Dejo que rasgues mi corteza
y dibujes con mi sangre
oscuros jeroglíficos

Mientras un rostro universal
el Otro
observa desde su abismo


MUJER EN AZUL Y NEGRO

La muchacha de azul
en el recuerdo del viento

Mece la paz
de sus años jóvenes
en el arco de su sonrisa

Su pena es azul
Su talle es azul
como su alma

Canta con el viento
en la memoria
de una mujer de negro


Susana Siveau nació en La Plata el 26 de septiembre de 1961. Reside en Villa Elisa.
Foto: SS en FB.