Gustavo García Saraví, Antes, durante y luego de hacernos el amor


ANTES, DURANTE Y LUEGO
DE HACERNOS EL AMOR

Antes, durante y luego de hacernos el amor,
un ejercicio
que practicamos con frecuencia,
intento desnudarte
de tus desnudas desnudeces.
Quiero decir, saber con quién lo hago,
quién es ese pequeño mapa
en relieve y colores
blancos, rojos, rosados, notoriamente oscuros,
ese dulce animal en movimiento,
avispa gigantesca, jaguaresa
amaestrada,
marta carnívora,
ibis, cigüeña,
delfín escurridizo,
colibrí libador de todo el polen
del mundo o, quizá, quién es esa
sólo mujer
que me amedrenta y hace fuerte,
me suplica y ordena,
me sopla que estoy vivo
en mitad de la muerte más gozada.

Es natural,
lo entenderás, que te pregunte
acerca de tu nombre,
tus impresiones digitales,
los signos del zodíaco
que te vigilan desde el cielo
(y otros lugares) la manera
como te gusta hacerlo,
el apellido de tus padres.
O ya, con menos
ambigüedades,
si soy el único y postrero,
el amador,
el inocente,
el cruel al que se quiere por razones
poco explicables.

Pero nunca he podido escudriñarte,
saber tus dónde y hasta cuándo y cuánto,
qué porción de ti misma
me pertenece,
cuál te reservas para tus legados
de senos y pulseras,
y sobre todo cuál ha sido ya adquirida
en perpetuo usufructo
por el pasado,
un corredor de bolsa,
un corredor
de tus buscados corredores,
un astuto notario,
otro inventor
de interrogantes y sevicias.

(Qué tontería, no?
estas raíces de los celos,
tan intrincadas,
tan enredadas entre sí
como cabellos, algas,
confusión de caricias, partes del cuerpo que
ni se sabe de quién
son, qué esperaban
de tu especialidad en arañazos
y complacencias?)

Te interrogo, preciso tus respuestas
inclusive las menos verosímiles:
que fuiste una abadesa, que cuidabas infantes
o golondrinas,
que cada tanto
arrojabas sonrisas en el agua,
que tejías el mimbre o tus propios sollozos,
que eras como una náyade
sobreviviente
o, si no, simplemente, que ejercías
las artimañas de las ciencias
ocultas, ese
secreto que no es tal
y que los hombres
inventamos que existe.

Pero no es conveniente para ti
aquella desnudez que te requiero,
casi translúcida,
aquella quemazón de ropas y memorias,
de espejos que son yo
únicamente,
de tapados y bocas semi abiertas,
de enormes salivales,
una lección que te enseñaron
los cisnes y la bruma, los viejos manuscritos,
las cortesanas y alabastros.

En las inmediaciones de la nuca,
la yema de los dedos, los corpiños,
las poco frecuentadas axilas como golfos,
subyacen, justamente,
lo que quiero saber y no lo quiero,
tu experiencia en cuestiones
de licuación y escalamientos.

Entonces da comienzo tu tarea
de levantar murallas, paredones,
tapias de amianto o de lloviznas,
engañosos grisáceos,
frases difuntas
que yo resucito con torpeza.

                                                 Menciono
tu silencio, tus labios apretados,
tus catafalcos
de marfil y yacencias,
tus quebradizos yesos,
tus sílabas ahorcadas, tus silencios,
tus silencios larguísimos,
tu introversión
a los doseles que imagino
(los de la calle Charcas, por ejemplo)
tus silencios, mi amada,
tus silencios convexos, mi querida,
penosamente tus silencios.


En “Puerta de embarque”, Editorial Biblos, 1986.
Gustavo García Saraví (La Plata, 1920 – Buenos Aires, 1994).
Imagen: Detalle de tapa de Puerta de embarque.

Paola Boccalari, Una mano de niño


I


RED

En el espejo
bocas de corvina en asfixia.
Su mirada rebota:
caerán escamas en tus ojos.

La red. Vientos
en sangre
¿nadie exento?

Sobrevuelos;
el agua
cae
sin piedad.

Solo respiración muerta.



DESTALLADA

Va quemando certezas
caminos y ríos

alas de pájaro
corazón de un dios
una violeta

a lo lejos
sus alaridos
acunan
sombras
huesos
cadáveres.

Va quemando
la flor
nacida
en la noche
de las cenizas.



ROGATIVAS -DE HERENCIA-

Una mano
de niño
golpeó sobre mi tumba

despertándome.




II


COLIBRÍES

Detrás de la saturada esperanza
detrás de todo
descarriado destino:

brotes de plumas
asoman
entre mis flores.



TRASCENDENCIA

Con sus manos agarrotadas
acaricia

las formas de una vida.




En “Luminiscencias”, Libros de la talita dorada, 2013.
Paola Boccalari (Pehuajó, 1975). Licenciada en Psicología. Vive en La Plata.
Luminiscencias es su primer libro de poemas.
Foto: PB y Jmp, 13 de marzo de 2014,  archivo de la talita dorada.

Miruh Almeida, Una gota de sed cae cada noche


PREPARATIVOS PARA LA CASA

3

¿Habrá cimientos?

Tengo temor a tanto sueño
quiero que todo pase
como un carro cargado
                         de lunas
pero oigo al Ángel de la guarda.

Me dice:
           quédate quieta
            escribe poemas.


LA CASA

22

Aquí sin querer
              soy poeta.
Tengo que responder
      cuando me habla el pasto
       cuando me salpica la luz
          del sol
          de las naranjas.
Riego
         riego
el agua chorrea por las sandalias
         riego
me lo pide la tierra.
Hay una comunión de tardes
      y pájaros dorados
      donde los versos
          se escriben solos.


25

Atrás
     en el espacio más
     lejos del terreno
     hice otro lugar
para encerrar a los locos
para sentarlos en sillas
     de respaldos calientes.
Puse también
     una salamandra
     con caño de hierro
para quemar los sueños.
Cerré con vidrios la pared
     del este
     para que el sol derrita
papeles y carpetas
las fotografía se vuelvan
     amarillas
le ganen a los días.
     Mientras yo permanezco.
     Allí.
          Sola.
     Adentro del tiempo.


UNA VERDE MENTIRA

3

No expliques el poema
ni tu vida ni tu muerte
ni la duda
     que nos pertenece.

     Ahora es noche
escondida estoy en mis huesos
enredada entre sábanas
          y sombras
respirando la infancia
que llevo entre los dedos.

8

Siete poemas escribí esta noche
como haber dado pan a siete
           ovejas blancas
     blancas y con rulos
     y patas de cristal.
     O como haber escrito
           arañas azules
     para taparme para no estar sola.
     Sé que no estoy sola.
     Tengo una pieza nueva
     y paredes empapeladas
              de lunas
              de caballos
              de peces que caen
              de las fotografías
de amigos que cuelgan
           de sombrillas.
     Y una mesita pobre
     y un candelabro rojo
y el acolchado que compré en Brasil.
Todo es mío
como esta noche
     y los siete poemas
     que escribí para decir
que me aman
para saber que me aman.
Porque la tierra es redonda
como siete ovejas blancas.


MÁS LEJOS DEL HUMO

VI

Esta noche duermo con vos
con las sábanas transparentes
con los pies ausentes
collares de lágrimas
y el cordero de navidad.

Esta noche duermo con vos
sin fantasmas cara del renacer
espuma de rosales
y esta manta para cubrirnos.


MIÉRCOLES DEL INVIERNO

14

No tengo el don de la palabra hablada, la conversación inmediata me cuesta.
Este escribir es de la noche, palabras, silencios, penumbras, voces como oraciones llegadas de lo ignorado. Se acomodan tan cerca de mi almohada, sólo para mí. Las recojo transparentes y las escribo.
No soy yo, es mi yo hermano de la noche. Me dice de la completitud. De lo que en el día no sé decir.


18

Hoy, ahora este instante es un éxtasis de la soledad.
De plena comprensión.
Es el atardecer.
Dejo caer mi cuerpo con placidez sobre la hamaca paraguaya y un aire fresco, casi mágico, mueve las ramas de los árboles, mueve también mi pelo y mueve aún más mi pensar sobre el infinito.

Estoy aquí agradeciendo todo lo acontecido en mí.
Mantengo esa fe en creer que todo fue para bien, que desde el más mínimo al más hondo sufrimiento tenía su sentido, como el aire que ahora nos mece.

Tal vez, algo ahora me detiene.
Es la nostalgia de lo ido.
Dicen que todo movimiento surge primero de Dios.



INSTANTES CON GORRIONES

8

Mi último amor fue desprolijo.
Venía el amor en ráfagas, después silencio. Otra ráfaga y otro silencio.
Recuerdo haber visto tras la ventana, a dos gorriones, buscándose, disfrutándose, hasta que en un momento volaban a ramas distintas.
Es que el mundo –porque es redondo- da siempre vueltas.
En la redondez no existe la estabilidad constante.
Son ráfagas. Como el amor.


10

A la noche me despierto.

¿Qué hice en el día?
Me distraje, me olvidé de vivir.
Tal vez algo me aprisiona.

Hago las cosas cotidianas para distraerme, achicar el día, porque algo falta.
Algo sin nombre, pero que existe.
Ese existir ha de mover al mundo y soy ciega.
Hago compras, visitas, paseos. Y estoy ciega.


11

Escribo sin saber quién soy.
Cosas del silencio invaden la casa, la madera, las baldosas rojas.
Quiero saber algo más. ¿Será vida el último día?
Hay que esperar, confiar, y si es posible rogar que exista el amor para despertar armando otra vez.
Otra vez.



Miruh Almeida nació en La Plata el 5 de mayo de 1924; en pocas horas estará cumpliendo 91 años. Vive en City Bell. Selección de textos JMP, de los libros Una verde mentira (2001) y Caballos blancos (2008), y de la plaqueta (s/f) Más lejos del humo.

Foto: Presentación revista de poesía El espiniyo, circa 2007. Miruh Almeida (parada), los periodistas Margarita Torres y Martín Luna, Irina Bogdaschevski y José María Pallaoro (sentados). Archivo de la talita dorada. 

Jotaele Andrade, acota mi madre


HE ROTO UN PLATO

de más de treinta años
acota mi madre

pienso cuántas veces
habrá raspado
una cuchara
su fondo

si todo aquel alimento
insuficiente en la infancia
bastará para llenarlo
ahora
que es una forma perdida

que habrá cenado
en él
el hermano
muerto
alguna novia
los primos
definitivos
en la niebla

he roto un plato
de más de treinta años
de existencia entre nosotros

se deslizó como suceden estas cosas
el vidrio resbaló sobre el vidrio
de otro plato
como una memoria colmada de sí
y salió despedido por el aire

anunciando la pequeña tragedia
y el estruendo
conque toda historia familiar
comienza a derrumbarse



TENEBRAE FACTAE SUNT

no fue una marmota
malherida
con que tropezamos
y muere bajo nuestra mirada adusta
y desconcertada

no
aquel día fue como si el mundo estuviera poblado
sólo
de marmotas agonizantes

de bocinas estruendosas

fue como si rompieran a pedradas nuestros huesos
como si los músculos estallaran por un esfuerzo sobrehumano

ominoso es el corazón de lo que amamos


ahora
en la pálida luz de la memoria
es el carbón de tus días
quien chisporrotea de pronto
y enciende
su íntimo recinto

acaso es la piedad filial que nos reúne nuevamente

acaso he aprendido a amarte
como a un brazo amputado

a cantarte como se le canta a un niño herido
para siempre
en la instancia fúnebre de la noche



LAS DULCES LILAS QUE MUEREN CON LA DICHA

muy bien
estamos aquí
y el ombligo estriado de los días nos arrastra

asimos huesos e hijos

ah, señora, tenga a bien forzar esta madera
que siga siendo cómoda
silla
árbol
y no féretro

ah, querido muchacho
hártese de estos pechos
y no libere la lujuria entre los muebles de la casa
entre la cuna en que
duerme
el recién nacido

ah
removemos nuestros rostros
con bastones
hasta que caen y dejan el blanco
de la duda
el signo cerrado

aquí
aquí estamos
y el invierno aposenta
su dedo congelado sobre el corazón
de lo que amamos

las nieves
y las aguas
encrespadas

y algo muere

algo que parece un perro
a quien llamamos en la tormenta
y nos contesta el viento
que siempre aúlla con las cosas que perdimos

qué larga sombra nos muerde los talones
cada paso
cada detenimiento bajo el sol
para dar cuerda al reloj
o mirar hacia uno y otro lado
de la memoria

y a veces
esa sombra
es la sombra del niño asustado
que gimió en la noche o en la fiebre

o es la densidad de un cadáver
cuya hinchazón no le permite el paso hacia el futuro

ah dulce flor que mueres cuando exhala la dicha
su ardiente aliento
perdónalos

todo hombre busca distraerse
de los afanes de la muerte

cada hombre necesita atiborrar de cosas
sus horarios

y aquí el oso y el salmón
no podrían nombrarse

y sin embargo
hay entre ellos
una rueda continua y cruel

dulcísimas flores
perdonen lo débil de esas carnes
aguijoneadas por el miedo
y los mandatos

y el deseo
tonto
de una eternidad feliz

comprenderán que respiren entre los asfixiados cuerpos de la costumbre
que exijan
de pronto
que nada se derrumbe

que oren
y se hinquen
contra las afiladas piedras de la desesperación

¿qué vela el guarda nocturno
que desconoce el búho?

y la vela hinchada al viento
qué lleva
sino la prisa de aquel que busca retornar a casa

aquí estamos
rodeados del alba donde encallan
las aspas de los días

rodeados de gases y fotones
de bacterias
y de ganchos en que cuelgan
las ovejas sus pelajes

hombres
mujeres
untansé en la grasa de dios
porque no escuchan
las dulces lilas que mueren con la dicha

para ellos mi cuerpo desnudo
acabado por el cáncer
o las ratas del amor

para sus bocas mi dientes podridos
la ulcerosa lengua
con que nombré
cada cosa en este mundo

ah el sonido de los cuernos
anunciando la caza

la abundante caza



ESCRIBE EN EL MISTERIO

pero este canto que aparta su carro enjoyado
y sus caballos
vigorosos

gime ahora con algo mortal
herido en las costillas

cómo saltan
entonces
enlutados
los ángeles hermosos

cómo vuelcan su carga
los barcos bodegueros

su polizón en vilo en las jornadas

¡atrás!
nadie ose hollar las cenizas para encontrar el fuego

nadie silbe entre las frondas
la música
detenida sobre el cieno

canta el vacío en su garganta desvasada


ah trémula una mano deja ir al hijo
escribe en el misterio

“la fe es este oro oscuro entre nosotros”



Jotaele Andrade (La Plata, 1974).

Foto: JA, por Sylvia Cirilho. 

Analía Pinto, una palabra que arde



Ausentarse de la propia ausencia
hasta no saber dónde empieza el borde del mundo
dónde se guardan las pócimas o el alcanfor
dónde queda eso que todos llaman ‘a’ o ‘b’

ausentarme     evadirme por un rato y destrabar
los nudos donde el alma se acorrala
esos horcos que quedan atrapados
por debajo de la tráquea

ausentarme de él aunque ya estemos ambos
eternamente ausentes de las noches que antes nos fustigaban
con sus lenguas fragantes
y sus manos llenas de albor rosado

ausentarse de la propia ausencia hasta estallar
y desconocer a todos los habitantes de esta parcela del universo
que llamamos ‘a’ o ‘b’
escrúpulo o síntesis de todo el resto



“Sucede que me canso de ser hombre.”
Pablo Neruda

Sucede que me canso de ser mujer
de anudar mis raíces en la tierra blanca
de arramblar con pecados ancestrales
—manzanas que yo no mordí
serpientes que entre mis piernas no bisbisearon

Sucede que la hembra se cansa de ser sólo hembra
cáliz o grial propicio
cuna o tumba
baguala o gacela
tigre o pantera
siempre en el dilema de esto o aquello

Sucede que me canso de aguardar mi nombre
—no el que me pusieron o el que tengo
sino el verdadero
el que me puede dar el otro:
par y complemento.



Anclada al mundo
el mundo se le hace indiferente
la noche es otra página en blanco
el día una incógnita reconocida
el sol ese planeta que remonta sus cabellos
y la tierra es un almohadón con el que se pelea

Anclada al mundo por el mundo
la mujer de carne y arena se desviste de siglos
se deshace en las manos tersas del viento
se corrompe dulcemente
como una fruta demasiado madura
y se dice que todo pasará —incluso lo bueno



Esta travesía se acaba: sin vértigo y sin pausa
queda en los manantiales, parca en la sonrisa
—campo a traviesa de tus hombros—
la música y la salva de otras vigilias

y las rosas que en su idioma refractan ahora —quietas—
el poema que me urge con su don
a la escritura en otras travesías



La caricia del tiempo operó su milagro
—taumaturgia liberada de todo pudor—
condonó la fertilidad de mi cuerpo
por un tiesto que portara flores y raíces
con orgulloso resplandor

ahora el tiempo me pide su parte del botín
y la luna amenaza con descolgarse del cielo
y venir a cortar con el filo de sus cuernos
el cordón umbilical del que todavía pende
—tan sola— la savia y todo su verde fulgor



Abruptamente la palabra dejó de ejercer su dominio

antes alcanzaba con decir
esto es aquello
tú eres aquel
yo soy esta
o ego sum qui sum
no somos nada ni nadie
venga a nos
bájate ya del cielo

la palabra renunció a decir otro padrenuestro
otra plegaria más
otro rezo que no fuera
el que nace del entripado
y la piel adentro



Pero más peligroso es vivir sin el estremecimiento
del vértigo
sin saber qué labio se abrirá como una flor ahora
sin ver qué ojos nos herirán con sus rayos
el fondo satinado de la retina

más peligroso es vivir en el estancamiento de lo diario
en la rutina del aseo
en la pátina de indolencia del acaso

más peligroso es
vivir pendiente de la nada
atisbar detrás de las puertas
la vida que pasa con su atávico caos del otro lado

y más peligroso es
perderse la emoción
—la ocasión—
la dicha cruel del abrazo


Ni una luz en la entraña del deseo
ni una hoja en los árboles que antes
soltaban sus pájaros y susurraban su nombre
ni un dios al que rezarle bendito
ni una luna que se queje de su soledad
en el cielo infinito de la noche
ni un gato que grite lo que yo ansío
con sus uñas sus dientes su cola erecta
ni una sola luz en la entraña de lo complejo

de lo que una vez fue una mujer
y ahora es una niña o una muñeca de nuevo



Se ha escrito una palabra que arde
que esparce su calor más allá
una palabra para que se me recuerde
un vocablo que deje huella
que atestigüe

lo que en mi corazón ardía
antes de que todas las demás palabras
fueran borradas
de la piel y sus palimpsestos


En: “Peaches en regalía”, Hespérides, 2008.
Analía Pinto (Argentina, 1974).

Foto: AP en FB. 

Norma Etcheverry, Una certeza rosada y frágil



El origen

Nacerá la criatura.
Será esta tarde de agosto en que de pronto les aparezca un hijo.
Es extraño. Sentir que de pronto pueda ser de uno u otro, indistintamente.
Dos hombres, en lo más recóndito y honesto de sí mismos, esperan que esa paternidad no les corresponda.
Mientras, la mujer parirá una niña. Sola en el hospital.
Con esa niña y esa duda.
Una certeza rosada y frágil.


La ternura

La mujer siempre iba con el niño detrás, pedaleando con fuerza. Cada tarde, camino del muelle.
El niño de entonces recuerda. No el hombre que ahora es, sino el niño de antes. Recuerda las tardes del muelle. El mar.
La sombra de los barcos, siempre tan lejos. Y la mirada de la madre, más lejos aún.
Tanto como ahora, cuando nadie sabe donde está. Los ojos y las manos de esa mujer que él puede ver y tocar y, sin embargo, que no sabe, que nadie sabe dónde está.
Algunas veces, el hombre que es, le desea la muerte a esta mujer extraviada, desconocida para siempre.
Pero otras, el niño que va en bicicleta con su madre sólo siente deseos de llorar.


Los trenes

Cada mediodía, se detienen con el niño cerca del cruce de los trenes para verlos pasar. Son fabulosos. Los trenes. El sol, dando de lleno sobre el hierro oscuro del viejo puente. Ese chirriar obsceno que parte el aire, a la hora de la siesta.
Un magnífico animal de humo que todavía atraviesa las noches de mi infancia, llevando y trayendo rostros que nunca pude nombrar, mapas y fotos de países lejanos, lugares exóticos, mujeres increíbles y hombres con miradas de fuego.


El olor

Pronto, los pullóveres dejarán de tener tu olor. Pronto, nada tendrá ya tu olor sobre esta tierra. Pronto, no sabré qué hacer para guardarte, resguardarte, preservar tus tibiezas, la fuerza de tu olor. Qué haré ahora, con esta piel vacía, cuando todo desaparezca.


El manzano

Finalmente mandé sacar el manzano de la huerta. Como un amor que nace enfermo y no puede dar frutos, debía terminar y salir de mi vida.
Dirán que fui cruel, sabrán que no. Le di oportunas primaveras a sus flores blancas. Las manzanas prometían ser dulces y crecer enteras como una persona que se precie y decida ser feliz. Pero al llegar el verano caían sin fuerza antes de la cosecha. Entonces, se llenaba de palomas y cotorras que, al igual que los cuervos, venían por los restos.
Confieso que era bella la luna sobre las ramas del manzano enfermo y yo solía pegarme al cristal frío sólo para admirar su plenitud, su circular blancura en dirección opuesta. Imaginaba un pájaro que atraviesa la noche o el último avión que abordé para cruzar de un continente a otro.
Siempre con la esperanza a cuestas, lloraba sobre el hombro de un futuro cercano y volvían a nacerle flores blancas, crecía el entusiasmo y la indulgencia de otro otoño sin hacha.
No hubo nada que hacer. El jardinero no aceptó cavar la tierra para quitar la enorme raíz que el manzano ha dejado en mi huerta.
Dijo que un pozo semejante sería triste y se llevó los troncos y las ramas.
Todo parece más vacío ahora, aunque el sol da de lleno sobre el limonero.
Como un amor que nace enfermo y esperamos que cure, lo regué cada día, cada estación del año.
Cuando un amor así brota de la tierra, todos los males y todos los bienes se desparraman. Guardamos la esperanza en la caja de Pandora.



En: “La vida leve”, Ediciones La Carta de Oliver, 2014.
Selección: Jmp. Gracias, Norma, por tu libro.
Norma Etcheverry (Ranchos, 1963). Reside en La Plata.

Foto: NE en FB.

Horacio Castillo (h), Tendido a mis pies, un cuerpo ennegrecido espera


DÍPTICO

Al retirarnos, con las cabezas aún estremecidas,
dos pájaros salieron a nuestro encuentro,
cayeron de los techos de las bóvedas negras
y mientras sobrevolaban los espacios pacificados, crujieron.
Crujieron juntos y nosotros con ellos,
y no entendimos, no podíamos entender ese coro de sombras
porque no era un sonido de pájaro, ni de anunciación,
era un graznido que se escucha por primera vez, por única vez,
graznido como de virgen o padre muerto.



NIÑO SONRIENDO EN UNA FOTOGRAFÍA

Cada tanto volvemos sobre el viejo álbum,
confirmamos nuestros recuerdos, asentimos con las imágenes
la continuidad entre este tiempo y el otro.
La fotografía coagula en su enigmático magma de colores
un instante del que ahora, extrañamente, somos espectadores.
Aún así nos llama la atención la unidad del conjunto,
porque de esa playa, de esa arena, de ese niño corriendo,
nada recordamos, entonces llega y nos atormenta una pregunta,
porque verdaderamente, hoy, no sabríamos reproducir esa sonrisa, ese gesto,
como si nos faltara el músculo correspondiente a la felicidad
o los argumentos para rebatir el error.



LA MIRADA DE LOS PERROS

Hoy es un día apagado, las cosas carecen de su brillo habitual,
reconozco entre las sombras las señales de la devastación
y me pregunto inútilmente sobre esta subterránea oscuridad.
Tendido a mis pies, un cuerpo ennegrecido espera,
una materia simple, organizada sin turbulencias,
dirigiéndome esa mirada que siempre tienen los perros en los ojos.




Horacio Castillo (h) (La Plata, 8 de julio de 1968).

Textos y foto tomados de FB.