Luis Pazos: Selección de El cazador metafísico 1


Tapa El cazador metafísico. Poesía reunida 1
Libros de la talita dorada, 2011



Selección de poemas: José María Pallaoro



EL ARQUITECTO DE LA NADA, 2000


I

Todo lo demolió.
Hasta los cimientos
y aún más.
El sol
el frío
la lluvia
el viento
golpearon
su cuerpo desnudo.
Ya sin techo
se dijo libre
hasta que comprendió
que era prisionero
de la más inexpugnable
de las fotalezas

la culpa.


V

Olvidó
diseñar las ventanas.
La casa solo es
pisos
techo
y paredes.
Su único habitante
ya no recuerda
cómo entró.
Lo único que sabe
es que jamás saldrá.


IX

No había
a su alrededor
ni muros
ni rejas.
Sin embargo
sabía
con absoluta certeza
que era prisionero.
Se miró
en el espejo
y vio el rostro
de su carcelero.


XI

¿Cómo destruir
y construir
al mismo tiempo?
Ni la magia
ni la ciencia
ni el arte
caras
de una misma moneda
responden su pregunta.
Contempla su rostro
reflejado en el estanque
y encuentra la respuesta.



XIV

Tuvo una pesadilla

soñó que construía
un templo
para un dios
repudiado por los dioses
y adorado por los hombres.
Las paredes eran de sangre
y los cimientos de huesos.
Mintió al decir
que estaba horrorizado.
Era lo que siempre
había querido
construir.


XVII

Tanto amó
que se quedó
sin sangre en las venas.
Sin lágrimas
en los ojos.
Sin voz
en la garganta.
Sólo le quedó
el grito.
En ese abismo
habitó.


XX

Su morada final
fue un desierto
sin nombre

la casa
de su padre.



SAMURAI, 2006


Una bestia sin
santuario
pidió al samurai
refugio en el filo
de su espada.
La sangre
formó un río
que recorrió
la faz de la Tierra.
Sólo los guerreros
son fieles
a sí mismos.



El samurai
sólo navega
en mares de sangre.
Los cuerpos despedazados
de sus víctimas
alimentan los monstruos
que habitan
el fondo
sin fondo
de su mar.



El samurai
no escribe
la ley
en el papiro
ni en la tabla
de barro.
La escribe
en el acero
de su espada.
Desangra al enemigo
porque sólo la sangre
calma su sed.



El samurai vive
en el viento
que arranca la piel.
En el sol
que calcina la carne.
En el frío
que quiebra los huesos.
En la lluvia
que ahoga las ciudades.
En el mar
poblado de monstruos.
El samurai vive
donde la vida
no puede.



El samurai
miró el agua
y no le importó
porque supo
que nunca la bebería.
El samurai
miró la carne palpitante
de la presa
recién cazada
y no le importó
porque supo
que nunca la comería
El samurai
se miró
en el laberinto
de los espejos
y supo
que se devoraría
a sí mismo
porque nada
debe sobrevivir.



En la batalla final
decidió
herir de muerte
a la noche.
Un mar de sangre
gritos y profecías
cubrió el universo.
Cuando la oscuridad
murió
la eternidad fue luz.
Los hombres leyeron
en el filo de su espada
el testamento del samurai

Les dejo el sol.




Luis Pazos nació en La Plata el 5 de agosto de 1940.
Foto de Elena B. Núñez: Luis Pazos y José María Pallaoro
.

Enrique Arau (1950-2010): Cartografía / mapaentrelíneas, libro inédito


“Relieve”, obra de Enrique Arau


Homenaje a
Enrique Arau
(1950-2010)

C A R T O G R A F Í A
mapaentrelíneas


A un abedul

"La libertad no es nada, si no es la libertad
de vivir al borde los límites donde toda
comprensión se descompone."

Georges Bataille
1887 - 1962



_
PRIMER PRÓLOGO

En un momento aciago,
insospechado, insoportado
comenzó
una presencia.

Ignoré casi todo
lo visible-imposible
como un descanso de diamantes
en la cuna libre del deseo
para nadie visible-imposible.

Luto visual más serenidad.
Sólo las manos yendo y viniendo
entre agua. Ninguna higiene,
remedio precario.

Amalgama sobre una esterilla flotante.
Espejo del retrato
y luz tranquila
arreglando las sombras
y las nubes.
Y pintando
siempre con azul, en este tiempo
que percibo apenas gris.

Cada mañana una época
desencajada de los calendarios
tan extensa como el desierto
en donde el agua se hizo arena
a causa de tanta sed.

No hay que acostumbrarse, sino
aprender a detener las sorpresas.


_
SEGUNDO PRÓLOGO

Sin fechas, sin comienzo
ni fin, seguramente.
Lo impreso está grabado
con letra leve,
profunda,
acariciada, ó
víctima de inocencia compartida
entre uno y el mismo,
posiblemente tallado en la piel
del lado interno.

Hay una brisa azul.
No se comprende.
Similar a una época cuando
asociar colores con sentidos
como iluminación
en la palma de una mano ajena.

Pudo ser
la pluma del ala de un ángel
errante, ó
la sombra incómoda del Daimón
que pasea sueños y curiosidades.

No hay que acostumbrarse, sino
aprender a detener las sorpresas.


_
UNO
(15 de marzo?)

¿Estás allí?
No me queda voluntad
pero algo precipita como
sentidos que giran sin rumbo
enfrentando brújulas,
después de los puentes rotos.
Veo en mi casa un tiempo necesario.
Voy. Sin sombra. Voy.

Para agrandar el mundo
resulta imprescindible
sacar objetos,
vaciar alrededores
la cocina
la heladera
los archivos.

Tirar recuerdos barrocos al barranco.

Dejar los ojos en los vidrios
luego
extraer los restos raspando
los bordes del silencio.

Pregunto al vacío
que-es lo mismo-que
una estación de buses cada madrugada
cuando se detienen los sonidos
del que viaja
irremediablemente.

Pero no queda voluntad,
salvo el azul.


_
UNO (bis)

Hay una copa de vino y un pan
deshaciéndose en la mesa.

Años atrás, poética de una Revolución,
se creía celebrar con el recuerdo
la vigente señal del día
cuando los símbolos fuesen despejados,
pero
se suspendió el intento
el día que partir fue no venir
a compartir
el sacramento.

Estar donde fuese estar.

Una pasión es un insulto
así la enseñe el Cielo
o la invente
"alguien que anda por ahí".


_
DOS
(11 de junio?)

Veamos:
¿llevarías mi nave
hasta la rada del costado del puerto?

A las seis de la tarde cada día,
una copa de wisky en la cubierta,
los ojos entrecerrados
en medio de
atardeceres magentas como en Sydney
ó en Calmayo. El mismo sol.
Caídas soberbias, ligeras.
Entonces,
pondría mi mano en la cintura,
me apoyaría en la espalda del viento,
hablaría solo.
Hasta el último cigarrillo, mejor aún,
hasta que el último cigarrillo
encienda otra marca en la piel del mismo dedo.

En ocasiones
cultivaría el sueño
de sol a sol.

Pero esto es el mar ¿verdad?
suave e inseguro ¿verdad?
Esto es el mar en donde flota
la astilla imperceptible
que es mi nave, del mismo color
del mar.
Debajo. Abajo.

Me digo "sí" para verte en la orilla.
Me digo "no" para espantar tu asombro.
Me digo "tal vez". Obstinación fatal.

Las geografías hacen idiomas distintos. Y signos.
¿Cómo trasladarte a esta espuma que siempre se estrella
contra la arena del comienzo de la tierra?

A horas de emprender el regreso
por supuesto, a cualquier parte,
la voz no es sonido sino eco.

No habrá inauguración de piel a piel
tampoco emisión de partículas urgentes,
sólo lo permanente, la metáfora,
que se yergue contra toda marea
que ilumina el vuelo equivocado
que al quebrar cada pulsión
que hace años,
lejos de mí,
será igual así.

Tanto he deseado tus silencios
ó alguna imagen
para asustarme de Belleza,
porque
"después de ti, la pared".


_
TRES
(23 de abril?)

Hoy he querido el sueño
para ofender profundamente a lo real,
que resucito, sentado en la cubierta de mi nave.
Ella deriva sin rada ni puerto.
Bebo el mismo wisky
y fumo cigarrillos
incomparablemente propios.

Cuando (en el Jardín) reúno habitantes
siento el favor del Absurdo
en la gestión primaria de la tierra.

Como en el mar, en el Jardín o en la tierra,
los horizontes se acuden convocados
al punto del embrión,
insoportable ó alerta.
Un nido de moléculas oscuras.

Celebración de gratitud con la materia.
Todo lo que no existe está presente
porque acaba mi trabajo
al principio de la espera.

Creo que si pudiese acumular espesores
tendría sentido el mar bajo mi barca,
tendría sentido el Jardín y la tierra.
Sería legítimo aceptar
que nadie indicará
dónde la rada,
dónde el puerto.


_
CUATRO
(8 de septiembre?)

Se ha declarado el secreto.

Circunstancias en cascada insólita.

Ahora que reúno palabras
en esta lejana región del sur,
me siento en las vías de un tren.

Todo se ha ido ya
en elipsis
como cuerpos evaporados (esto sucede)
y tomo por asalto las ciudades.
Barcelona, Estrasburgo, Nueva York, Madrid,
Bangkok, París, Buenos Aires, Roma…
Me confirmo extranjero,
duermo en aeropuertos.

No pertenecer puede parecerse a no sufrir.

Entonces no toco un rostro.
No lo busco, no lo encuentro.
Lo provisorio y lo efímero.

Siento una pena húmeda
similar a hoteles
diferentes-iguales.
Hospitales
diferentes-iguales.

El círculo escondido,
territorio propio como movimiento propio
reuniendo lo extraño
como cosas propias:
las que no tengo y las que necesito.

Del modo que sea la vida
siempre se arriba a un espacio
parecido al cuerpo en que se habita.
Por eso es posible
que todo haya sido dicho, aunque falte
el último decimal
de Phi.


_
CINCO
(23 de agosto?)


Esto que emerge de la tierra
como agua
no es agua ni vapor
no es siquiera, dolor.
Se ve agitarse mientras sube
hasta el Primer Cielo
donde los átomos rojos
se detienen.
Abismo surgente y vientos.

Se escapó la Gracia
envuelta en abadías, en conventos,
en mezquitas, templos ó confesionarios,
allí donde lo puro hace estragos.

Me digo como siempre que ya es tarde
resulta imposible acallar
el dolor en la boca
cerrar los ojos.
Es imposible.

Ayer, la misma roca
nombrándote
se quebró y de allí también
hoy emerge humo.

Sólo lo que estremece es cierto.


_
SEIS
(12 de abril?)

Un loco deambula entre las sombras
buscando la suya.

Un golpe audaz unió lo estrecho,
nunca sucede, ni mañana.

Sigue atravesando-horizontal
la víctimasesina
en el piso mojado de una calle
cuando se abre el Cielo.

Observando un punto fijo,
por la periferia habita un punto excéntrico
y esto explica lo opaco
porque también en cada giro
la velocidad cambia. Buenamente cambia.

Siempre que se emite
desde afuera de la pura verdad equidistante
desde donde, simetría radial de los sucesos,
se impregna lo seguro de certezas.

Equidistante es,
invariablemente,
distante.


_
PRIMER EPÍLOGO

Te matan, ¿te das cuenta?
Te matan porque sí, como
en Bosnia, en el Líbano o en Bagdad.
Te matan.
(Alma y cuerpo son lo mismo).
Después se sienten tan bien, después
cuando tu fusil está indefenso.

Alguien pronuncia un discurso
a favor del Bien
y en el mundo rezan aliviados
tras tu muerte,
alabando el triunfo del Bien.

Cuando tu fusil está indefenso.


Y, sin más,
en el país N.N. (nunca nadie) se dice qué está
bien y qué está mal pero conviene no inquietarse. Quien sabe que todo está bien y está mal al mismo tiempo vive empirado en su pequeña casa blanca que es maravillosa y querible como algo parecido al alma.


_
SEGUNDO EPÍLOGO

Desfilan esta noche las estrellas
interrumpidas por luces, a veces,
repaso violetas, grises o azules ultramar
sobre el mapa accidentado, oscuro.
El Cielo me parece tu cuerpo.

Alma y cuerpo son lo mismo.

Te extraño
Infinito
Te deseo
Aunque demore emigrar.

Fue emboscado este quehacer, atrapado.
Ausente
quiso la suerte despedirse temprano
ó
despedirse en-tramos.

Paisajes en distintas-distantes latitudes.

Tanto ruido en el vértice del sol.

Estoy seguro que
para sellar el descanso
habrá que encontrar el meridiano
construido sólo con
lo que se entendió.


Y, sin más,
tras exigir al decir hasta su zumo, resonancias
previsibles, resulta evidente que corresponde ahora no des-
pertar de la primer emoción. Luego, dejar al duende circular que muestre en esta cartografía, los territorios escondidos.



_
Cartografía. Mapaentrelíneas”, libro inédito de Enrique Arau (Calmayo, Córdoba, 23 de agosto de 1950 – 29 de junio de 2010). Platense por adopción. Escultor, grabador y pintor. Poeta.
_
Foto: marcos de los santos
_
POESÍA LA PLATA agradece a la poeta Inés Aprea que nos acercó este libro.
_

César Cantoni: Diario de paso, selección


Foto: César Cantoni. Archivo de la talita dorada.

_
02.05.05

No eras mi tipo, como se dice,
pero, de haber podido, te hubiera regalado
los jardines colgantes de Babilonia,
aquella noche, en la desolación
de un parador de ómnibus, en medio de la ruta,
mientras esperábamos rehacer la marcha
que nos devolvería a La Plata
y el verano se apagaba sin gloria.

(Epílogo para un viaje de vacaciones)

_
05.05.05

Cada mañana, al despertar,
leía invariablemente el diario
sentado sobre el inodoro.
Y toda la belleza del mundo le sonreía,
desde una de las paredes,
en los labios sensuales
de una chica de calendario.

(El tío de Villa Crespo)

_
10.05.05

Si nada es gratuito,
me animo a decir
que ese puntito negro,
esa pequeña deyección de mosca
en la testa brillante –magníficamente
tonsurada– del santo de yeso
que está sobre la cómoda, es una crítica
a la fe iconoclasta de la casa.

(Si nada es gratuito)

_
29.06.05

Caminamos por la playa hasta la escollera,
un poco en la tarde, un poco en nosotros.
(Antes te habías reído de mi sombrero de paja.)
Descalzos, entre las piedras, los pescadores lanzaban
o recogían sus aparejos. Un pequeño navío,
que parecía sacado de una agenda turística,
se deslizaba imperceptiblemente sobre el horizonte.
(“Algún día, me gustaría habitar una casa frente al mar”, dijiste,
siguiendo con los ojos la línea de la costanera,
mientras un pescador devolvía un zapato muerto a las profundidades.)
El viento soplaba cada vez más fuerte
y el oleaje empujaba las boyas a la orilla.
Esa noche, en ese mismo sitio,
nos poseímos bajo la impávida luz de las estrellas,
no como quienes juran amarse para siempre
sino simplemente como quienes se aman.

(No como quienes juran)

_
14.07.05

Pues bien, éste es el mundo conocido
y no hay prueba de otro por ahora.
Los aviones se estrellan, los barcos naufragan,
los trenes descarrilan... En la guerra,
en medio de un sismo, en el quirófano,
la gente agoniza lastimosamente o muere de golpe sin explicación.
Esta mañana, para ser preciso,
un camión, que llevaba hortalizas,
atropelló a la perra del diariero y le rompió una pata,
sumándole un nuevo dolor al devenir.
Si yo fuera católico, diría que el Supremo sabe lo que hace
y no jaquearía al dogma con preguntas.
Está claro. Pero he aquí que, en el fondo, sigo siendo un niño
y aún conservo la manía inquisidora
de abrirles la panza a los juguetes.

(Éste es el mundo)

_
20.07.05

Es cierto, Cioran acorraló al demiurgo
hasta dejarlo sin respuestas,
pero su pensamiento fue tan devastador
que la gente prefirió, en general,
otras verdades a su verdad amarga,
una visión más amable e ilusoria de lo creado,
más complaciente con sus expectativas,
como quien se contempla de paso en un escaparate
y cree ver en el perfil grotesco
la belleza que no tiene.

(La gente prefirió, en general)

_
21.07.05

A veces, no descarto que el mundo constituya un sueño.
Otras, me inclino a creer que sólo se trata de materia acrítica.
Por lo demás, siempre surge un patético dolor de muelas
que excluye cualquier duda sobre sí.

(Puesto a especular)

_
26.07.05

1.
A unos se les revela la Virgen;
a otros, el Demonio.
A mí se me reveló la Nada.
Soy el nuevo gurú del siglo XXI
y hablo en nombre de lo que no es.

2.
Creo en el tiempo infinito,
no en la eternidad;

en la inmortalidad del cuerpo,
no del alma;

en la resurrección de los muertos,
pero sólo en este mundo.

3.
Mi dios me recuerda
que soy inmortal;
el carro fúnebre del tiempo,
que voy a morir.

4.
No pediré perdón,
no seré absuelto,
no levitaré tras la muerte,
no reencarnaré en mi cuerpo ni en otro,
no resucitaré en lugar alguno.

Simplemente me despediré de ustedes,
convencido de que no volveremos a encontrarnos.

(Breviario de herejías)

_
18.08.05

Con el último sol muere la ilusión del día.
Los negocios bajan las persianas
y las calles van quedando desiertas.
El canillita apila, entonces, los diarios matutinos,
hace un fardo con ellos y los deja en el suelo.
La pequeña florista, mientras tanto,
con la piel erizada por el frío,
se abriga como puede contra las paredes.
Desde la cocina de los restaurantes
llega ahora hasta la puerta el típico olor de las frituras
y los bares acogen a putas y dipsómanos.
En la esquina de la Universidad,
una mujer, que blande un crucifijo en una mano
y aprisiona una Biblia en la otra,
anuncia a los desavisados el final de los tiempos.
Artera, la noche avanza hacia el momento exacto
en que el suicida apretará el gatillo.
Sí, todos los proyectos de vida fracasaron a esta altura
y el mundo parece cansado de rodar.
Cuando el viejo mendigo se duerme finalmente
sobre un lecho de bolsas y cartones,
ya no es posible esperar ningún milagro.

(Con el último sol)

_
12.09.05

No escribía al dictado del corazón,
sino del hígado cirroso.
No escribía para los hombres satisfechos,
sino para aquellos que sufren
la quemadura de la vida.
No escribía porque la poesía
fuera capaz de redimir al mundo,
sino porque estaba seguro
de que no existe salvación.

(Bukowski o le mal de vivre)

_
24.12.05

Un Papá Noel sonríe al que lo mira
desde el escaparate reluciente
de una casa de regalos.
Con espíritu celebrante,
la gente se agolpa por la calle,
cargada de paquetes.
Sólo los perros, que duermen
plácidamente en la vereda,
permanecen ajenos al rito navideño.
La noche va cayendo ahora
y el cielo se puebla de bíblicas señales.
Entre el culto pagano y la fe cristiana,
la cruel realidad de los chicos que mendigan
sigue reclamando un redentor.

(Crónica de Nochebuena)

_
24.12.05

No puedo afirmar si era el espíritu navideño,
un delirio momentáneo
o el amor consumado esa mañana
lo que la hacía cantar
detrás del mostrador,
pero juro que estaba feliz,
realmente feliz con sus ojeras.

(La muchacha del despacho de pan)

_
13.01.06

Desnudas, a la orilla del río
–la radio a todo volumen,
la ropa apilada al descuido sobre la arena–,
mientras untan su cuerpo con cremas bronceadoras,
las chicas, esta tarde, no dejan lugar
para el escepticismo.

(Desnudas, a la orilla del río)

_
15.01.06

1.
Me tiendo desnudo a tomar sol.
Debajo de mi espalda,
el pasto es blando como una cama.
Cierro los ojos y dejo que las hormigas
caminen por mi piel,
que hagan de mi ombligo
un hormiguero.

2.
En la playa, juego con ella a la paleta.
Tras un giro imprevisto, uno de los dos
tropieza y cae; el otro ríe.
Luego reímos los dos juntos.
Sin querer, somos felices
con una inocencia
que habíamos olvidado.
¡Pero qué pronto
todo esto dejará de ser real!

(Días de enero)

_
04.02.06

La calle nos mira a través de la ventana.
Los árboles parecen centinelas en la oscuridad.
Con el aire caliente del verano,
entra la noche y se mete en la conversación.
La luna desciende hasta el mantel.
Nunca hemos sido demasiado líricos
(no sería ético que lo fuéramos),
pero a veces el mundo nos ofrece un pacto
y sentimos que todo cabe en una metáfora.
Incluso, nosotros.

(La calle nos mira)

_
21.02.06

Iba a arrancar el auto aquella tarde
cuando una mariposa,
que apareció de la nada,
se puso a danzar sobre el parabrisas.
Es el espíritu encarnado de Chuang Tzu
que prenuncia el estío
”,
exclamó mi acompañante.
Y yo le creí,
porque basta amar la poesía
para ser sorprendido por algún milagro.

(En la playa de estacionamiento)

_
16.03.06

Nunca pude recordar el nombre de los coleópteros,
de los montes volcánicos, de los ciclones.
Últimamente, he olvidado el nombre de algunas mujeres,
de muchos libros, de ciertas disciplinas.
De a poco, me voy quedando con las palabras justas,
las que aún son capaces de nombrar
la tragedia o los sueños,
mientras la realidad se adueña de lenguajes
cada vez más inútiles.

(Nunca pude recordar el nombre)

_
29.03.06

Eliot tenía una conciencia rancia
y sus ropas olían a alcanfor,
lo que no le impidió
ser un poeta a la altura de su tiempo,
dejando en claro que la poesía
se halla siempre por encima del hombre
y que nadie escribe realmente lo que quiere
sino lo que ella le dicta.

(Nadie escribe lo que quiere)

_
31.03.06

Yo me pregunto: Rilke,
siempre lagrimeando sin pausa
sobre cartas y libros,
tan lleno de espiritualidad,
¿no tuvo nunca una indisposición hepática,
nunca una cena indigesta
lo llevó a vomitar hasta las tripas?

(Leyendo a Rilke)

_
14.04.06

Si quiere, póngase usted mismo el disfraz de lo infausto,
lo luctuoso, lo maligno, Artur Lundkvist,
y deje a la corneja vivir según sus hábitos,
que la pobre no es más que un ave como tantas;
carroñera, sí, pero una criatura de Dios,
a fin de cuentas. Con todo respeto,
usted parece católico por su maniqueísmo simbolista.
Nuestra especie ha probado con creces
que puede ser más vil que un pájaro carnívoro.
¿O acaso la corneja no come del muerto
que antes fue víctima de alguna mano humana?

(Nuestra especie ha probado con creces)

_
16.04.06

Domingo a la mañana. Los pastores
recorren las calles de la villa vecina,
llevando la salvación a domicilio.
En cada puerta que tocan, dejan
publicaciones con la geografía del cielo
y fórmulas para orar y alivianar las culpas,
mientras los perros ponen a prueba su fe predicadora.
(Ellos son la verdad de las Escrituras
en este suburbio del planeta
donde la pobreza es una penitencia diaria.)
Luego, con la tranquilidad de haber servido a Dios,
se alejan entre anuncios de alguna catástrofe inminente
y ladridos que no garantizan su regreso.

(En cada puerta que tocan)

_
19.04.06

El primer día que fui a la casa de mi compañero,
éste tomó un cráneo humano que guardaba en un cofre
y lo alzó hasta mis ojos sin mediar palabras.
No era Hamlet planteándose la duda que lo consumía,
sino un chico riendo con fuerza de mi estupefacción.

Hoy, mientras miraba las fotos en que estamos juntos,
recordé una vez más el curioso episodio.
Mi compañero no podía imaginar entonces
con cuánta ironía la temprana muerte
habría de apropiarse de su calavera.

(No era Hamlet)

_
28.04.06

Ese humo que sale de la chimenea
es el difunto que pierde gravedad. Ahora
remonta la arboleda, corre hacia el río
y, finalmente, desaparece entre las nubes;

mientras en la receptoría del crematorio
los afligidos deudos –sus almas todavía sujetas
a la ley de Newton– reciben, como último legado,
un puñado de harina en una urna.

(Ese humo que sale)

_
03.05.06

Vivió al costado de un monte.
El día que murió,
lo enterraron al pie de un árbol.
Ahora es ese árbol.
Cuando el sol está más alto,
da sombra tres metros
alrededor.

(De la transformación de la materia)

_
11.05.06

Finalmente, levanto el tubo del teléfono,
marco el número del Más Allá y espero.
El número marcado no corresponde a un abonado actual”,
dice la voz de la telefonista,
y luego la comunicación se corta.
Con el desánimo propio del momento,
me recluyo, entonces, en mi habitación
y hago lo mismo que suelen hacer todos:
rezo, aferrado a la vida.

(Finalmente, levanto el tubo)

_
POST SCRIPTUM

¿QUIÉN LE DEVOLVERÁ SU VOZ?

Murió Vallejo, murió el desheredado.
Murió el César, el cholo, el susodicho.
Murió de la muerte hacia dentro y hacia fuera,
con toda la vida que tenía delante.
Y ahora, ¿quién le devolverá su voz a la poesía? ¿Quién
escribirá “hialóidea” cuando haya que escribir “hialóidea”?
¿Es posible el poema sin César, sin Vallejo?

Murió el poeta, sí, murió con aguacero.
Murió al cabo de los ríos que le dieron el habla.
Murió con el alma y la tristeza expuestas,
abrazado a la carne de su muerte viva.
¿Qué lugar reservarle, pues, al neologismo?
¿Qué hacer con el tropo, el ripio, el encabalgamiento?
¿Cómo arrancarle al verso la metáfora nueva?

Pero, ¿murió Vallejo como dicen todos?
¿Murió el hombre? ¿El paria? ¿El revolucionario?
¿Aquél que nació de grande para nombrar de nuevo al mundo?
Hermano, si de veras moriste, Dios cobije tu sueño.
De otro modo, no juegues como niño, no te escondas,
no nos dejes tan solos con la lengua nuestra,
no nos largues tan rotos de palabras.

De “Diario de paso”, Ediciones Hespérides, 2008.
Selección de textos: José María Pallaoro.



_

_
César Cantoni nació en La Plata el 23 de febrero de 1951. Publicó en poesía los siguientes libros: “Confluencias” (1978), “Los días habitados” (1982), “Linaje humano” (1984), “La experiencia concreta” (1990), “Continuidad de la noche” (1993), “Cuaderno de fin de siglo” (1996), “Triunfo de lo real” (2001), “La salud de los condenados” (2004) y “Diario de paso” (2008). Editó, además, la plaqueta “Irlanda” (1998) y el cuadernillo “Intemperie y otros poemas” (2006).
_

J. Ramón Couchet: El vano justiciero, 1987



EL VANO JUSTICIERO


a Arturo Cuadrado 
y Alejandrina Devescovi



PRÓLOGO

ACASO, TAL VEZ, QUIZÁ…

Acaso, tal vez, quizá
un día
tendré la salvación
por mi deber cumplido.
Microorganismos, plantas,
bosques, praderas,
montañas y misterios
me comprenden.

(En fin,
ha llegado mi hora:
debo ingerir el desayuno.)


RACCONTO

CAMINÉ POR TODA RUTA…

Caminé por toda ruta
–asfalto, barro, rodados. –
Rompí zapatos,
conseguí pezuñas.

Confieso:
no pude echar
a rodar coros.

HE AUSCULTADO…

He auscultado
manjares y carroñas,
irreemplzables chefs,
inmundos buitres,
todo lo saciable.
–Otra vez les contaré
del hambre. –

(Siento vergüenza:
voy a vomitar
al excusado.)

FUERA DE MÍ…

Fuera de mí,
cansado
me albergan
gnomos,
productos envasados.
Vencí al hambre.
A la utilería,
no.

UNA VEZ QUISE…

Una vez quise
escalar montañas.
Provisto del equipo
salí a cumplir;
mi sueño
se transformó
en pesadilla:
contemplé la hazaña
desde el último piso
de un elegante
rascacielos.

INDUDABLE…

Indudable:
las fotografías
exhibidas
en tumbas, bóvedas y criptas
son sólo
el mito del cadáver.

Por fortuna,
algunos negativos
se salvaron.

ENCENDERÉ LA LUZ…

Encenderé la luz
en noches de tormenta.
–No habrá necesidad
si hay luna llena. –
Indagaré en latín
satanistas volúmenes.

(Esto ocurrirá
siempre y cuando
halle mis anteojos.)

NO OCURRE NADA…

No ocurre nada,
pero el silencio acecha.
Salgo,
encuentro una
leyenda:
siglos, capa,
colmillos y nobleza.

(De repente,
rompe el encantamiento
un conjunto de rock.)

EN UNA RESIDENCIA…

En una residencia
umbría
alguien aullaba.
Violé el cerrojo,
extraje el revolver
con su bala de plata.
Sorprendido encontré
a un ejecutivo
ante su caja fuerte.
Me retiré:
era el principio
de otra atroz leyenda.

PUEDE SER…

Puede ser
–me dijeron con sorna. –
Avanzo, retrocedo,
giro, vuelvo:
quiero trazar
el círculo perfecto.

(Desperté abrazado
en un rastrero baile.)

ADELANTE…

Adelante
la hembra
indicada
su juego.
El hogar chisporroteaba.
Amanecía;
le dejé mi paga.

(Fue como avivar
un fuego de artificio.)

SIEMPRE TUVE EL ANTOJO…

Siempre tuve el antojo
de tener un retoño.
Como cualquier mujer
quedé abortado
por infantiles páramos.

(La flora me perdone.)

ESTOY SEGURO…

Estoy seguro
de haber saldado
mis ingenuas deudas:
libros,
inocentes regalos.
Recibí intimaciones
burocráticas.
Opté
por el libre albedrío.

(Las cubrí
con flores
enviadas por correo.)

RECUERDO…

Recuerdo
una película
donde dos contendientes
se jugaban
tanto al mal
como al bien.

(Hoy los vaqueros
se venden en las tiendas.)

ENCUENTRO PACIENTES…

Encuentro pacientes
figuras con sus cañas
a la espera tenaz
del alimento.

El pez podrá sobrevivir
en alguna pileta abandonada.

(Sus pescadores,
no.)

ESPERO…

Espero;
el humanismo aguarda.
Los niños son cambiantes
con sus juegos:
siempre retornan
al regazo.

Alguna vez
un hastiado tecnólogo
rescatará
tomos de aventuras.

(Ese ha de ser
el Día.)

DUBITATIVO ESTUVE…

Dubitativo estuve
en la encrucijada.
Elegí el sendero
–¿el apropiado?–
La imponente mansión
abrió sus puertas.

(Mi gemelo esperaba.)

NO HABRÁ FINAL…

No habrá final
ni fin:
recorreré
los mismos territorios.

(Pienso en vano
que una galaxia
cuerda
me detenga.)

HE PASADO SIGLOS…

He pasado siglos
–en términos humanos.–
Traté desde el estiércol
a la rosa,
desde la ebullición
hasta la cibernética.

¿Seguirá el justiciero?

(Entérense
en el próximo capitulo.)


EPÍLOGO

LA EMPINADA SENDA…

La Empinada Senda
ordena:
cumpliré su mandato.
Deberé abandonar
el texto.

(Me acosan los
adverbios con sus
dudas.)



De: “El vano justiciero” (versión completa), Botella Al Mar, 1987. 
Imagen tapa libro: archivo de la talita dorada.
Seguimos difundiendo poetas, escritores, que no deseamos que el olvido sepulte. 
Es nuestro grano de arena, en este, nuestro oficio terrestre. 
En todo caso, que sea el lector quien tenga la posibilidad de la última palabra.



Juan Ramón Couchet nació en La Plata en 1929, donde murió el 14 de agosto de 1992.  Publicó, entre 1966 y 1987, los libros de poemas: “Ovni”, “Las trompetas y el juego”, “Del amor en la ciudad” (edición compartida), “Sobre vampiros”, “Mis crímenes y los del obispo”, “La inédita aventura de Henry Rider Haggard”, “Los plebeyos hacedores de Frankenstein”, “Itinerario de museo y humo”, “Las fauces del tobogán”, “De barcos fantasmas y otros cuentos”, “El topo y la muchacha de los cabellos lacios”, “Absurdo y linaje” y “El vano justiciero”.

J. Ramón Couchet: Sobre vampiros, 1973


“La vida es el sueño de una sombra”
Píndaro


PRÓLOGO

La fiera apareció
–era su escena–.
La presentí a mis espaldas
mientras transitaba
senderos nunca hallados;
circunvoluciones,
acertijos,
diagramas.
Sentía su jadeo
su pequeñez,
su orgasmo unipersonal.
Algo
que me impulsó a dame cuenta.

(Sin alarido absurdo
ni histérica sorpresa
comprendí que la bestia
era un espejo.)


RACCONTO


I

El reloj de pared
va a dar la hora;
el candelabro,
la vajilla,
las sillas en su sitio
–sólo una ocupada:
la de la cabecera del señor–.

El reloj da la hora
el comensal levántase.
Las velas se consumen.


II

La sociedad me excluye
a mí, el aristócrata,
de la ciudad
ahora arrullada
por los iconoclastas
de la noche,
esos mediocres siervos
del sillón sin pantuflas
ni leños ni lecturas.


III

No hay diálogo
la lengua se descarna
en búsquedas,
el verbo carcome
la yugular.

(El cuello permanece expectante
de adjetivación.)


IV

Jamás podré apartarme
de tramados gobelinos
donde el sueño se aferra a la pared
y su secuela es una cándida
muchacha de pupilas de lince,
teniendo a la derecha su figura
y a la izquierda su mito.

(Infortunadamente,
el mayordomo
fue a buscar una llave.)


V

Anochece,
caen de mis ojos
lagañas de acuarios congelados,
de museos informes,
de zoos indecisos.

Me despiertan
mi copa
y la utopía.


VI

Yo conocí una vez
la luz del sol
en un amanecer
lleno de extrañas premoniciones,
hasta que comprobé
la austeridad lunar.


VII

Te atestiguo, noche,
con tu sol invertido,
con tus complacencia de hóspita lesbiana
en asexual temática.

(La ley de los opuestos
reposa en anaqueles.)


VIII

Eres un estadio
donde los cipreses y las calles,
mintiendo la gestalt de su armonía,
copulan.

Luego,
lo estéril de tu sombra.


IX

El cigarrillo –esclavo de la lumbre–
busca en ti
un punto de salvación
inédita: la luz,
porque es prueba de su muerte.

(Tu oscuridad, sincronizadamente,
nos aspira y exhala.)


X

Después
del crepúsculo
percibo
las garras de la rosa.

Sin embargo,
la niebla es más sutil
que mis pisadas.


XI

Salgo,
las gárgolas
meditan sobre su rara estirpe
de artesanía y musgo.

El gato negro escapa
como si se hubieran
apagado los cirios
de la misa diabólica.

(Nuestro señor de las tinieblas
pareciera que a veces
necesita descansar.)

Prosigo,
en mi sigilo encuentro
semáforos en gris
y dos callejas
formando cruz.

Siento un alborozo:
voy a morir en paz,
pero me llama
el resplandor de un bar.


XII

Abro la puerta,
(descolgaron los ajos
conjeturo.)

Entonces,
después del primer vaso,
pido otra vuelta y cuelgo
el complejo formal
en el perchero.


XIII

El colmillo gotea
(acaso la copa rebasada.)

Afuera,
masticando su soledad,
aguarda una mujer sin nombre.


XIV

Ya reparto mis dones:
por ejemplo
el frívolo mordisco,
con sabor a hiedra,
que he heredado
de ese muro
donde no regocijan
incisión
ni caricia.


XV

Necesito
la tierra de mi solar natal,
en el fondo de mi ataúd,
para congraciarme
con historia y escudo.

Requiero, en fin,
el íntimo sarcófago
que me impida
ser partícipe
del beso que se inmola
al mediodía.


XVI

Elévense
cadáveres que invoco:
tú, muñeca de trapo;
tú, soldadito inocuo,
salgan en esta noche
a danzar la vieja infancia,
la inocencia.

(Para acoplarse han tenido
infinidad de reinos
donde la luna duerme.)


XVII

Mi cripta
deberá ser
únicamente
un juguete inasido,
una pollera insípida,
un estertor anónimo.


XVIII

En medio de tapices,
donde un buitre se come la carroña
de ocultas cacerías,
espero el gran momento
antes que el alba
desteja las tinieblas
del insondable ciclo.


XIX

Me siento cansado:
el vómito
ha sido de tersura
y desgarro.
–La hemoglobina juega
su ritual en la sangre
no consagrada–.

Paradójicamente,
suenan unas campanas.


EPÍLOGO

Entré en el laberinto
–allá en mi mundo
jamás me satisfizo
verme obligado a doblar la esquina–.
Flores de plástico,
como hechos de parlante memoria,
deglutían carnívoras
la mosca de mi aséptico ensueño:
alas y podredumbre eran sorbidas
con tal racionalismo profesional
que, succionaba la linfa de mis huesos,
les grité mi perfume.

Burlé reptiles
apenas liberados del cascarón intuido,
luché con trogloditas
disfrazados de oráculos,
me rozaron arañas
y esqueletos.

(Al otro día comentaba los hechos
como si hubiera viajado
en el ingenuo tren fantasma
de la feria.)


“Sobre vampiros”, Ediciones Flor y Truco, Buenos Aires, 1973. 
Tapa y dibujos de Miguel Ángel Ricciotti. Archivo de la talita dorada.


Seguimos difundiendo poetas, escritores, que no deseamos que el olvido sepulte. 
Es nuestro grano de arena, en este, nuestro oficio terrestre. 
En todo caso, que sea el lector quien tenga la posibilidad de la última palabra.



Juan Ramón Couchet nació en La Plata en 1929, donde murió el 14 de agosto de 1992.  Publicó, entre 1966 y 1987, los libros de poemas: “Ovni”, “Las trompetas y el juego”, “Del amor en la ciudad” (edición compartida), “Sobre vampiros”, “Mis crímenes y los del obispo”, “La inédita aventura de Henry Rider Haggard”, “Los plebeyos hacedores de Frankenstein”, “Itinerario de museo y humo”, “Las fauces del tobogán”, “De barcos fantasmas y otros cuentos”, “El topo y la muchacha de los cabellos lacios”, “Absurdo y linaje” y “El vano justiciero”.

Horacio Preler: Alguna vez habrá que abandonar la casa y otros poemas



SÍMBOLOS

Un extranjero recorre las calles
de una ciudad desconocida.
El misterio se encierra
en los extraños laberintos.
Los hombres pasan unos junto a otros,
sólo los viejos conocidos se saludan
con las ceremonias de costumbre.
Nos entendemos pobremente,
apenas delineamos los contornos del gesto
articulando símbolos heroicos
para superar el desamparo.


LA PARED

Todas las mañanas un hombre
levanta las paredes de su casa.
Sube a los andamios; el sol brilla en su piel.
Abajo, sus hijos juegan en la arena.
Está solo.
Quizá piensa en la mujer que tuvo
o en la época en la que fue feliz.
Cuando termina su trabajo,
recoge sus herramientas
y regresa por el mismo camino que llegó.


EL SEÑOR GIANNI

Todas las tardes junta las hojas
que el viento ha volteado
y las mete en un hoyo.
Enciende una fogata y espera.
Después riega las plantas,
va de aquí para allá
atento a cada extraño brote,
cuidando que todo crezca en orden,
que nada perturbe su labor,
como un dios que no ha perdido la esperanza.


LA MUERTE DE UN POETA

Un poeta muere como cualquier hombre.
Se desploma de pronto
o padece una larga enfermedad.
Abandona entonces a sus hijos,
sus afectos y sus pequeños lujos:
su infancia,
la carta de un amigo
y algunos libros que lo encallecieron.
Además,
los poemas que nadie escribirá por él.


BARATIJAS

El fuego arde y la materia es un axioma.
La energía engendra las cosas más extrañas,
las telarañas, los papeles,
el ojo denigrando la figura,
las puertas sin cerrojo,
la contextura ósea.
Hay personas mirando el horizonte
en una visión hueca,
puerto que recibe barcos cargados de riquezas
para rendir países,
monarcas que gobiernan un pueblo de fantasmas.
Los sueños ofrecen la ventaja de las cosas sencillas:
humildes baratijas
para vender en el mercado.


CASA VACÍA

Alguien alguna vez hará el inventario de las cosas,
levantará papeles, abrirá los cajones de un escritorio
antiguo, revisará bibliotecas, estanterías,
muebles, aparatos usados, buscando explicación
a tanta fantasía.
Nada perdurará para dar testimonio.
Uno se lleva todo. Sus historias,
la clave de sus miedos, la lóbrega codicia,
la indiferencia, el odio,
los almanaques viejos.
Entonces encontrarán escobas en todos los rincones,
trapos de piso, humedad,
los restos de comida que han quedado en el plato.


RESIDUOS DE LA MUERTE

Vivimos la soledad como un dufunto ser
que ha muerto en lugar apartado.
Nos quedan papeles, diaarios escritos
en épocas lejanas, también objetos sin valor,
gastados trajes, cajones sin cerrojos.
En la noche tomamos una escoba
y juntamos las cosas inservibles.
Todo lo colocamos en una bolsa inmensa
que se llena hasta el borde,
que pesa,
que nos duele,
que entragamos al primer extraño que lo pida.


LOS VIEJOS POETAS

Los viejos poetas intercambian poemas
como un duro oficio de cancelar el hambre material
y el pan sagrado, blsfemando entre dientes.
Esgrimen una lágrima espesa
sobre el diciionario agresivo
y un duro caminante dibuja en la hierba,
repitiendo la vieja lección de los maestros :
debe escribir un salmo.
En papeles diversos se dibujan
instrumentos de viento
que entonan canciones en idioma extranjero,
pecado capital que se castiga con la muerte
o el olvido. Como un juego de naipes
recobran del pasado acertijos aprendidos
en un oscuro circo de provincia.
Sacan de un sombrero una paloma blanca
y terminan la charla con un combate
cuerpo a cuerpo y la triste desidia
de los que esperan la palabra olvidada.
El profeta presagia la muerte
y cuando la noche llega
el niño balbucea un tema repetido,
escrito en una vieja máquina del tiempo
por un juez que esgrime la palabra
como la Tabla de la Ley.


OTRO DÍA

Sólo amamos las palabras sencillas del verano.
El agua corre por los campos
y el cuerpo se desliza por las horas,
como el hueso colocado sobre otro hueso
o el viento cuando acaricia los jardines.
El ojo sueña que otro ojo lo mira
y descubre el paisaje y el árbol y la nube.
Sobre nuestras cabezas hay un resplandor desconocido
que purifica los puentes de la noche.
Debajo, sobre el lecho del río,
una gaviota tiene en su pico un pez
que ha robado a las aguas del tiempo.


ZONA DE ENTENDIMIENTO

A veces pensamos que la soledad
es una cosa que podemos manejar
como si fuera una materia inerte.
Vemos la claridad desde la ventana
mientras la brisa mueve las cortinas.
El perro duerme debajo de la silla
y las horas pasan
como un ciego tanteando las baldosas.
En la mesa se amontonan libros y papeles.
Entonces nos acomodamos en un rincón
y buscamos imágenes de un paisaje ignorado.
Todo el silencio regresa de la calle
y se sitúa en la casa.
Nada se mueve, nadie habla.
La tarde es un atajo,
una zona de entendimiento
que nos mira desde la eternidad.


LO OSCURO

Cuando escribe viaja por sus años
y descubre parajes que no había conocido.
Desde el comienzo del mundo
la locura era tan clara
como un amanecer de verano.
La brisa de la mañana corría por las calles
cruel como la mirada del asesino.
Entonces la paciencia de la sangre
retornaba a los borradores de la vida
y, sigilosamente,
inclinaba la balanza hacia lo oscuro.


ORDEN

Es bueno lavar los cuchillos en primer lugar,
todos juntos,
luego limpiar los tenedores,
todos ellos,
y, finalmente,
pasar a las cucharas,
para que la tarea sea más prolija,
para que sea más fácil
poner en orden el universo.


EL CAZADOR

El cazador da de comer a su presa
y tiene el arma preparada.
Apunta hacia el objeto dorado de la memoria
y la destruye.

En laspuertas del bosque
la hoja caida no comprende al otoño ;
sobre una rama
yace el cuero del tiempo.

Con un pez en su mejilla
el moho de la muerte
levanta su hocico hacia el cielo
y luce como una rosa en la tiniebla.

El río está seco
y hay que armar un laberinto
para atravesar su cauce.

Nadie labra su piedra en la oscuridad
ni detiene su lengua
cuando la palabra es su oficio.


CERCA DE MÍ

Cerca de mí,
todo está cerca de mí.
Los libros de la vitrina,
las hojas en blanco
y las reminiscencias de la noche.
Cerca está la vida despojada,
los recuerdos que estructuran el alma
y la mirada que partió.
Cerca, muy cerca está la lluvia,
la solitaria lluvia.


ALGUNA VEZ HABRÁ QUE ABANDONAR LA CASA

Alguna vez habrá que abandonar la casa,
en ella crecerán los pastizales
y nacerá la hierba.
Pero en lo profundo perdurará un recuerdo,
y surgirá una flor
cuyo perfume nadie conocerá.


_



Selección de poemas jmp, de los libros: “Lo abstracto y lo concreto”, 1973; “La razón migratoria”, 1977; “Lo real, nuestra casa”, 1991; “Oscura memoria”, 1992; “Zona de entendimiento”, 1999; “Silencio de hierba”, 2001; y “Aquello que uno ama”, 2006.

Horacio Preler nació en 1929 en La Plata, ciudad en la que reside.

Fotos: Archivo de la talita dorada.

Mario Porro: Mundo despierto, 1983


analógicamente
un sutil movimiento
de la naturaleza
despierta otro
en nuestro ser profundo



solidez.
la informe soledad en derrotero
desliza el fondo del amanecer.
despierta el pez contento.
hay un salto sigiloso sensible
un derivar envolvente.
los ojos irritados híspidos
intercambian el viento y la luz.
la límpida señal
curva pacientemente la bruma.
acudes
sin saber todavía.



temblor.
la escasa linfa verdosa lúcida
ha reconocido.
es inútil el grito
llega lentamente aplacado
apacible ya.
tu carne es un pez
tiempo queda apenas sostenido
luego asombrosamente sube.



sorprende la brisa
caracolea un aire
restalla el torso ocre
de la cansada espuma.
inseguro palpitante horizonte
y arena.
entre ellos la antigua recelosa
amistad del agua y del silicio.
un pie estremecido
demora
busca
eterniza el signo.
el mundo se abre
a un sencillo respirar
pleamar de dos ámbitos.



el silencio sólo
aguardando en la playa.
un vuelo pesado de soledad
se corta y cae
sobre el pez alucinado.
cada gaviota con su pico desgarra
encarnizadamente el abandono.
todos se han ido.
una silueta muy lejana los recuerda.
lampos de sol amarillo
reúnen un poco de calor
mucho menos que sombra.
el mar asiduo
teje y desteje nuestros nombres
que alguien sin saber
dejó en la arena.
-¿estás ahí?.
va y vuelve la ola
como cada acudir
de la sangre a mi corazón
dejándote y llevándote.
la sal y el hierro endurecen
los deseos anhelantes del mar.
y allí dejan esos bordes exangües
sucios
olas quietas para siempre
que sin embargo tú rompes
tan fácilmente con tus pies
buscándome.



el mar desposa su silencio
en un vuelco sereno
de cristales verdes
sobre tu piel irisada.
cósmico intento húmedo de mi mano
que inicia la forma tangible
de tu amor recogido.
un enamorado bullicio
estremece el aire.
anuncia el despertar
sensible interior
que fuga y crece
por las voces anónimas
y las alas olvidadizas
de las gaviotas indiferentes.
nuestro mirar se adivina y extravía
en los milenarios reflejos de sol.



vive el mar casi ausente.
toda la luz se apoya en una roca
espléndida y segura.
sufre el agua
el corte ávido de las valvas pardas
que realizan su rutina nutricia.
la calma es tan profunda y sosegada
como si dos niños
tomados ya de eternidad
se cantaran la infancia.
- yo tenía en el fondo de mi casa
un sauce
que aplacaba el verano de mis juegos.
- yo una muñeca con los ojos abiertos
que mostraban
el asombro de la vida
¿pero dónde estamos
tú y yo ahora
con este estremecimiento
de ternura
que el mar paciente
acopia y acumula?
viene otra vez la ola y cubre plena
el lomo hiriente, soleado de la roca
después escurre
su ensimismado blancor
laciamente
como una mano maternal
que regresa de amor
hacia su propio ser
atento y clausurado.
tu pie es eco de mi pie.
habita ya el rumor grávido
de la amorosa arena.



la mar también ensimismada
reverbera serena
su cantar en la noche.
ágil el viento atraviesa
el interior húmedo del aire
y enciende sobre el cielo
la ansiedad
de los rostros predestinados.
en tu mano y mi mano
tiembla
un reservado amor absorto
que reconoce tímido
la pura oscuridad.
¿quién espera?
- ¡amor mío, amor mío!
se oyen las voces altas
que despliegan
temblorosas, iridiscentes
su infinitud indefinible.
la canción es ahora
un incierto sonreír,
blanquísimo, que rueda
acaricia la arena
y se deja estar
reteniendo su amor con regocijo
nuestras manos se desean
se rozan
en los últimos dedos de la noche
casi en el horizonte
ceñidor extasiado
de un mundo despierto en el amor
ingrávido - ámbito de gratuidad-
que humildemente espera el alba.



en el dudoso equilibrio
de la más alta ola
-arrolladora espuma
verde, blanca, inocente-
afloran las voces todavía.
- amor mío, amor mío -
bogan, vuelan, se deshacen
teñidas aún de oscuridad
aureoladas de espera.

hace frío en la playa.
la soledad es destino implacable.
toda la vida
teme y fluye angustiada
permanece indecisa.
los moluscos y las algas muertas
trasuntan vértices temblorosos
reducidos puntos
de anterior alegría.
el lento cambio
de los azules profundos
remonta la antigua señal.

¿la gran centreidad
- pleamar del espíritu-
es ser uno en el último ser
o ser dos
en la diversidad para la vida?

__
El poema “Mundo despierto” (quinto libro de Mario Porro) fue editado en La Plata por Ediciones El Búho en abril de 1983 (hay una versión anterior de 1963, publicada en la revista “Espacios”, dirigida por el propio Porro).
Dibujo de tapa y diagramación: Hugo Mario de Marziani.
_

Mario Porro: Entremundo, 1960



ENTREMUNDO


_________________
Tierra debajo del mar



a
Arturo
Cacho
Jorge


_
I


Tierra debajo del mar
insólita
deseada para la muerte
y sin embargo ser.

Extrema y abundante de luz
transfugada.
Los deseos que llegan a ti
se sonrosan
igual que los barcos
ya blandos
cerca tuyo.

Habitante
aunque la sal se interrumpa
arrancada del agua
y abrume su peso.
Tal vez todo esté allí.


_
II


No eres fondo de mar
sino plenitud suspendida
y tiernamente absorta
por la voz entre alga y trino
que te anda.

Dócil
al lento resbalar
amas sin pausa
y sin destino.

No agua.
Riesgo.
Tú contienes.
Y dejas
como si te envolvieran.


_
III


De inmemorial cautela
que huye
junto a tu piel
detiene la ansiedad de los muertos.

Cada uno llega
palpa el lugar
descansa
crece
escala tu forma
y todavía espera.

Ellos no saben
que puedes recogerlos
y abrigarlos
pero contienen la a esperanza
en su materia innumerable.

Se han cumplido.
Siempre tú juegas
entre un punto de fuego
y la inocencia del mar.


_
IV


Se transparenta el mar.
Endurece en quietud.

- Si tú hablaras un día -.

Tu voz no tiene muerte ya.


Aire y espejo diversos
en alegría
adormecen la ingenua soledad
brutal
del hombre.

El amor
es leve intento que abre
llega
llega como a un núcleo
recogido
pero vuelve a salir.
No hay tiempo donde es.

Y el mar tiembla
porque los peces
quieren la vida apresuradamente.


_
V


Desprenderse
ir
adonde centro y luz
juegan
uno y otra felices
de ser lo mismo
sin que gravite la esperanza.
Y nosotros jugar
sin el roce de ayer,
hoy, mañana
reclamándonos en la memoria.
-Tantos atardeceres
con el sol partido
por los que lentamente
se acuestan
y los que somnolientos
comienzan a vivir-.

Nubes y agua
jugar
trasponer la línea
que no separa.


_
VI


Después de la última sonrisa
del agua
crujir brevemente
sobre ese limite
que aplasta la memoria.

Sentir
cómo crece el nuevo instante
en la fuerza
de habernos contemplado
siempre.
Allí
el gran cansancio del mar
y nuestra madre
rápido el viento entre la luz
la infancia.

Crece.
Somos nosotros.
no importa qué.
Sólo reconocemos secretamente
todo.



________
Superficie


_
I


Ahora aquí
en este sobresalto del pan
de nuevo
la mano y la mano
la voz.
Un eco oscilando
en el tiempo

Paso sin apoyo
que los hombres escuchan
entre palabras.
Reencuentro de lo olvidado
restaurándose ante la luz.

Deseo y deseo creciendo
del pleno movimiento
puramente de sí
solo
sin tocar.


_
II


Aquí
donde los dientes
en hilera del hambre
ignoran el lugar.

Los puntos fijos recogen
destruyen la mirada.

Es lo mismo pasar iluminadoscuro
ese equilibrio
se rompe con el pan.

Superficie. Desgaste empecinado.
Dar. Cansarse. Consumir la forma.
Latir.


_
III


Densidad perdida
sol y aire dispersos
trasluz.
Difícil abandono
que crece hacia el fin.

El habitual movimiento
altera lo anterior
y ayuda.
Tu corazón excluye la mirada.
Eres un tiempo insostenible.
Aprietas. Contener es impuro.

Lo ya habitado ordena la ilusión
y te somete.
Un día
habrá otro tiempo
en que podrás desplazarte.


_
IV


Yo también
aero-imbricado-tenso
estoy así
sobrevivo.
Hambrientos y alguien más
descienden pura bruma
airadamente
viento a viento.

Hoy es tierra
mañana horizonte
nunca silogismo.

Uno que desciende entero
pierde el equilibrio.
Náufrago.
Sin par es la alegría
entonces.

Todos aplauden la desazón
y se perfuman
al correr, corren corren.

La tierra está lejos-cerca
no está
puede estar
lejos-cerca.

He perdido la luz
la lamparilla
el viento.
Quizá cuando me abra
saldrá otro
combando los ojos descendiendo
amordazado
-sin otro feliz que dos mismo-
originando
ayer todavía
hoy cierto
mañana otra vez horizonte.


_

__:
Foto: Mario Porro. Archivo de la talita dorada.

Con la idea de ir subiendo la obra completa de Mario Porro (Trenque Lauquen, 1921 – City Bell, 2001), compartimos, ahora, “Entremundo” (Altamar, Buenos Aires), su cuarto libro, que se terminó de imprimir el 31 de octubre de 1960. Le antecedieron: “Búsqueda por el amor” (1950); “En amor por el tiempo, el tiempo” (1956) y “La vigilia y la roca” (1957).
_
Dedicatorias: “Entremundo” está dedicado a Arturo Cuadrado, Oscar “Cacho” Muslera (traductor) y Jorge ¿Callaba?.
_
Más Mario Porro en:
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“Conversaciones en el andén” y otros poemas de Marcelo Vernet





De: Último tren
(Ediciones Al Margen, 2000)





Último tren
(Fragmento)

Saber que viene la lluvia
cuando nos duelen los pies
es una de las pocas certezas que nos quedan.


No es el hambre, no.
No es el frío.
Aunque ni pan,
ni una miga de pan,
ni una astilla
de duro pan nos queda
para abrigarnos, comer,
hacer un fuego.


Es otra cosa lo que nos duele.
Son los pies que profetizan
la lluvia como única certeza.
Son estos tiempos
que duelen como caries.
Pero no es el hambre.
Es esta nada.
Este agujero que late
donde solíamos tener el corazón.


Hubo una vez un tiempo,
una manera de lluvia sobre los techos,
una forma de hablar que conmovía el corazón.


Ahora es tiempo de recordar las viejas canciones.
Pero no cantarlas.

Como se recuerda el ruido que hacían los adioses.

Ahora es tiempo de recordar los viejos compañeros.
Pero no de abrazar sus tristes húmeros.

Llegará.
Llegará el tiempo de las profecías
gritadas sobre un cajón
junto a las vías muertas.

*

Conversaciones en el andén
(Fragmento)

Amigo, no hablemos de estas cosas debajo del cielo.
La noche pesa sobre mi corazón como un remordimiento.

(…)

Hermano, está muy oscuro
para hablar de estas cosas.
Los nomeolvides florecen
sobre la tierra dura, sobre la tierra negra
donde descansan los muertos.
Los nomeolvides siguen floreciendo
aunque ya casi todo lo hemos olvidado.



De: Último tren
(Parte II: Cuaderno municipal. Poeta de provincia)

Principio
(Fragmento)

Es algo que ha dejado en mi cadera
el abuelo del abuelo de mi padre.
Apenas una huella, la forma de pararme.
Apenas en la ingle el olor de un caballo.

Mis huesos saben cosas que yo ignoro.


--

De entre casa
(Fragmento)

Nací en un hospital.
Es decir, nací en ningún lugar.
Todos los hospitales se parecen.

Crecí en un primer piso
bastante alejado de la tierra.
Salvo unas pobres macetas desterradas
y unas batatas tristes que mi madre
hacía germinar sobre la frialdad de la heladera.


(…)

Supe tener de chico una yegua mora.
Mi mano aún recuerda su pelaje sudado
y mi entrepierna el miedo de montarla.

La Morita era mía en labios de mi padre,
como si se llamaran míos
la distancia alambrada o el aire.

Dicen que unos cuatreros del lado de Matanza,
se habló de un portugués con hijos de arpillera,
un oscuro quintero vecino de La Loma.

Lo cierto es que mi padre recorrió palmo a palmo
sin poder encontrarla.
La lloré largamente ese breve verano.

Era tan chico, creo, que no supe tenerla.


--

Del sur

Hombres de poca risa
hablan gravemente de vientres y de leguas.
Anotan unos números
en que cifran el futuro.
El papel, sobre una madera, cuelga de la pared
entre el winche y un barómetro
que el abuelo trajo en una caja de Inglaterra.

Sus mujeres no hablan.
Otros vientres más silenciosos
que las vacas.
Pero secretamente manejan
los hilos de la casa.

Los hombres conversan lentamente.
Fluyen las palabras como mercancías
justamente pesadas.
El tabaco les mancha los dedos
endurecidos por el viento.

Junto a la Biblia, que ya no leen,
las otras escrituras profetizan
terribles herencias y catástrofes.

La lluvia del año también es anotada
en un vano ritual.
Todo lo demás lo escriben en la carne.
Cortan la oreja derecha de los machos,
la izquierda de las hembras.

Los hijos son otra historia.
Aunque criados en las casas,
aunque mansos a la voz,
quizás dispuestos a cargarlos de viejos,
los hijos son orejanos.

Se mueven en un tiempo
largo y lento como la eternidad,
pero el futuro termina, por ahora,
en la entorada de abril.

Ahora se callan.
Lían un tabaco en silencio.
Y aunque no hay viento
entrecierran los ojos para ver a lo lejos.

--

Final
(Fragmento)

¿Y a dónde vas
al tranco de un tordillo de riendas flojas?

No voy a ningún lado. Sólo miro.
Ando a la deriva en ancas de un tordillo.

¿Y qué buscás
sobre la tierra sin sombra como el mar
confiado el rumbo al tranco del caballo?


Cada quien busca lo suyo, creo.
El tranco busca una aguada.
Yo busco a mi padre muerto.











De: Don de Profecía
(Ediciones Al Margen, 2005)






Diálogos I
(Fragmento)

Ahora que al levantarme crujen mis rodillas
nada espero del diario.

Mientras acomodo los huesos de mi alma
con los primeros mates
me da por oír una voz como de muchas aguas
de mucho tiempo atrás.

Nada veo.
Salvo la maceta del malvón
y las rosas de mi hija en el aire
de la mañana recién nacida.
Nada veo.
Sólo escucho una voz como de muchas aguas
o muchas voces de mucho tiempo atrás.

- Escribe lo que oigas en un libro.
- ¿Otra vez? – pregunto yo.
- Otra vez – me contesta la voz.

- Ríos de sangre.
- ¿Otra vez?
- Porque sangre de profetas y de santos derramaron,
sangre les daré de beber.
Lo merecen
.

- Eso ya fue dicho antes.
Hace tiempo,
cuando el fin del tiempo estaba cerca.

- Nada quito. Nada agrego.
Sucede que ha sucedido muchas veces
.

--

Profeta menor

Yo profetizo, lúcido y sereno en el balcón de casa.
Sin visiones veo el horizonte rojo y transparente.
Dios habla y yo lo escucho con los ojos. Atardece.

Oigo una voz: “Rosso di sera, bel tempo si spera”.
Es mi abuela desde el patio de la infancia.

Mañana va a estar lindo, le digo a mi hijo más pequeño.

Por hoy, es suficiente milagro.


--

Génesis 9. 12-16

Acaba de llover y el sol
asoma entre las gotas
que aún vuelan en el aire.

La tierra respira en paz
como una mujer satisfecha.

Brilla el agua en los cardos
junto a la ruta de camiones esmaltados.

Un muchacho atraviesa la claridad
al tranco de un oscuro caballo.
Va sereno e imagino que silva.

Sobre su boina blanca el arcoiris
traza un signo para que Dios recuerde
su antigua promesa.

Va tranquilo en la luz y no sabe
que el mundo acaba de salvarse,
una vez más.


--

Diálogos II
(Fragmento)

- Busca un lugar alto y habla.
- Es esta la llanura más llana que conozco.
- Busca crecer porque las palabras que pondré
en tu boca son más altas que tu altura
.
- ¿Puede ser un cajón de manzanas sureñas?
- Para empezar no está mal. Escucha:
Bienaventurados los pacientes
porque heredarán la tierra
.
- No conozco a nadie más paciente
que mis paisanos los indios
y toda tierra les ha sido arrebatada.
- Así está escrito. Así sucederá.
- ¿Cuándo?
- No está en mí decirlo.
- Las profecías están escritas en futuro
y en futuro siempre se repiten.
- No entendés nada.
Las profecías siempre se están cumpliendo
y nunca terminan de cumplirse.
Ahora, un buen cajón que sostenga tus dudas.
Ahora, párate sobre tus huesos encima del cajón y grita:
Bienaventurados los que tienen
hambre y sed de justicia
porque serán saciados
.
- Lo diré en voz baja. En voz baja.
Como si le hablara a mi corazón.
Parado en un cajón, está bien.
En medio de la plaza Moreno, está bien.
Pero en voz baja.
Como si le hablara a un amigo.
Ya no creo en los gritos.


--

Setenta
(Fragmento)

Con los cuatro dientes que me quedan
muerdo el asado y muerdo
la evidencia:
todo podemos perdonarlo,
menos lo imperdonable.

No es vejez prematura.
Es un justo balance
puesta en balanza nuestra vida.

Aunque siga latiendo ya se ha ido
la hora de nuestro corazón.

Nada nos queda ya por destruir
salvo los últimos vestigios de la derrota.
Nada nos queda ya por construir
salvo una muerte
lo más digna posible.

Poco importa lo que resolvamos,
o importa sólo a nuestra alma.
Si quedarnos en casa con los ojos cerrados.
Si contar historias cargadas de consejos.
Si salir a la calle buscando una bandera.

A otros pertenecen ya
las vísperas y el combate.
A otros, felizmente.

Pero qué ganas de saber cómo será.
Qué anhelo de alistarme
como boletinero, corneta o zapador,
como tambor, cartógrafo, enfermero.
Al menos ser reservista, veterano
del batallón de los aparecidos.

Con los cuatro dientes que me quedan
muerdo aún la vida, la sopa, lo que pueda.

La Plata, invierno de 2001

--

De: Don de Profecía
(Parte II: Cantar de amigo)


De noche

Amigos, si la vida
es esto que ha pasado
durante el sol de hoy,
digamos, si sólo fuera
esta quieta nadería de vértigos,
no vale gran cosa respirar.

Quiero decir, amigos, el misterio
que late oculto en nuestro viejo
y calumniado corazón.

Lo que me empuja a enderezar palabras
bajo una ley que invento y creo
que me es dictada por la sangre.

Enciendo cierta hierba que se quema fragante.
Cierta hierba humedezco, como hacía mi padre.

Basta que el viento de pronto en la ventana
traiga un aroma, el hilo de un recuerdo, casi nada.
Y el tiempo otra vez gotea grueso sobre el alma.

Amigos, buenas noches.
Ahora sí, está cumplida la jornada.

--

La luna desde aquí

Amigos, la luna
ha ido trepando tan despacio
el tilo de la puerta de casa
que en el barrio, creo,
nadie salvo yo lo ha visto.

Los que pasan,
los que sólo se asoman
un instante a la ventana
la ven de pronto
redonda luna llena
de quietud.

Y no es así.

No sé otras lunas
en otros barrios.
No sé, Memo, tu luna
allá en Australia.
No sé qué hace, Emilio,
la luna en Bahía Blanca.
Acá en mi cuadra trepa
de rama en rama el tilo.

No sé otras lunas
en otros techos.
Pero esta noche me hace bien
estarme así de quieto,
el alma echada junto al perro
que apoya su cabeza en mis caricias.

La luna, amigos,
se posa ahora en la delgada
rama de la torcaza
y la rama se curva al peso de su luz.

Voy a seguir aquí para verla volar.

--

Última poética

Si yo tuviera, amigos, la obstinación feroz
de los vendedores de tren
que de vagón en vagón vocean sus milagros.

Si yo creyera en mis versos como ellos
creen en alfajores, pilas, lapiceras.

Hace mucho que desistí de las poéticas,
del poema que se mira el ombligo y duda
del origen, valor y olor de sus pelusas.

Qué extraño oficio el nuestro, Néstor.
Una duda que nos hace callar. Un silencio
que nos mueve a seguir escribiendo.

No hablemos del poema. Es cuestión de riñones.
Hablemos de los que venden milagros en los trenes.

Llegan a Constitución con la voz quebrada.
Y toman otro tren, hasta ganarse la jornada.


Marcelo Vernet 
nació en La Plata en 1955. Estos textos son una selección de sus dos únicos libros de poemas publicados hasta el momento: Último tren (2000) y Don de Profecía (2005), en la editorial platense Ediciones Al Margen.

“Danza”, poema de Leopoldo Brizuela



DANZA



Muy poco antes del mar, amor, el río se demora
en remolinos de tierna resaca. Mira cómo, en tu ausencia
cenizas de la luna, la borra de los días
se enlazan
y danzan
girando sobre sí
como ese salvavidas recién tirado al agua, al que nadie se aferra.
No hay historia de amor: hay una danza
anclada al corazón de la memoria.

¿Te acordás? -¿Bailar, amor? El mar, la mar, y los marinos
saben. Los hijos... –Bailar, amor. Bahía. María Bethânia.
-¿Así? No sé. Soy tieso como un faro, mis pies
de acantilado sólo han bordeado abismos, no saben de las olas
más que un secreto ávido quebrado en la rompiente, una vez, otra vez.
-Así, amor. ¿No ves? Somos rompiente. Los brazos se aferran como algas
a las rocas, las caderas se topan, el viejo matrimonio
del agua y de la tierra. La luna
dibuja su alta alianza. Yo soy ese secreto. Zarpemos.


-No puedo, amor. El mar, la mar, la danza, son siempre imprevisibles
y estos primeros pasos son las mismas mentiras
que cantaba mi casa, caracol de la orilla:
partidas y retornos eternos de las olas
veranos y bandadas y estribillos y madre
procurando, afanosa, paralizar la espera.
Y mi padre volvía siempre imprevistamente. Ya no podré seguir.
-Podés, amor. ¿No ves? Ya es alta mar ahora, el corazón del mundo
es quien ritma los cuerpos, y las constelaciones
y aun la costa, a lo lejos, se uniforma y se curva
y su abrazo es de olvido, maternal, y de niebla.
Ya desapareció. Cayeron ya los muros, como ropas, o redes
que levaran desnuda la verdad abisal:
tu casa me amó, amor, como lo amó a tu padre. Vos me abriste,
entré. La libertad. Bailemos. No volverás allí.
Dejame hundirme. El viento
anuncia tempestad. Hundámonos.


-No puedo, amor, le temo a mi reflejo: es la primera vez.
Mi rincón era oscuro, los ojos de mujeres
tan sólo devolvían su propia soledad.
Siempre quise un espejo, pero nunca llegaba varón que me mostrase
más que un rostro mudo y ambiguo como el mar, que yo amaba
como a cumbre de iceberg. No hay recuerdo del cuerpo en que pueda confiar:
-Podés, amor. ¿No ves cómo, al hundirnos
amarrados, girando, un barreno que apunta el centro de la tierra
toco manos y anémonas y muslos y delfines
y pecho y mantarrayas y labios y corales
y pulpos y pelos y nalgas y anguilas
y el deseo madura como perla en la concha?
Al surcarte, te beso como el agua al cadáver
del bello marinero al que algas avarientas
amarran aún al vientre galeón
hundido. ¿Quién te talló a la imagen
de su pasión, su delirio? Hemos tocado fondo. Vamos
más lejos en la noche, en la danza, en el paso
final.


Yo no creía poder, pero era un torbellino la corriente, la danza
rotaba como un cráter y al fin se deshacía
en el cardumen blanco que llaman la locura.
Silencio. La ceniza se aposenta en el fondo
Bethânia canta sola, y antes que llegue el sueño
una certeza, al fin: -¿Sabés? Mi padre, allá en Bahía
se asombró de hombres solos, en cáscaras de nuez
disputándole al mar el resto de su vida, la mejor de las muertes.
Ya no temo al recuerdo, ya no te dejaré.
-Yo tampoco. Durmamos. Los cuerpos, en el sueño
bailan entretejen la mutua indiferencia, cada uno
en su fondo, en su deseo. Y uno solo. Y el día los sorprende
de nuevo en una orilla, como vuelven a ella
las olas, los veranos y los padres. Les dice:
Bailar, amor. El mar, la mar. Bahía. María Bethânia.


No. Eso no era la vida. El mar, la mar, los marinos
no engañan. Y vos no eras marino: caracol de otra orilla. Emergimos en ríos
diferentes, corrientes que no hay que remontar. Y yo bajo, derivo
detritus de barranca, embrión desprendido, las islas de este delta
cadáveres de locos varados de terror.
La desembocadura. El río desanuda recodos del dolor
y la resaca, dispersa, se acelera. Una bandada espera
haciendo ronda al sol como aquella pitanza
que el río le tributa con cada nuevo otoño. ¿Seré yo parte de ella?
¿Mi red levará al sol entre los peces?
Ah esa otra danza, anclada en mi memoria: viva como bandada, carozo
de mi poca valentía. Y allá voy, amor. El mar, la mar
ahora está vacía. Bahía, amor. María Bethânia. Yo.
La vida.


Fado, 1995

Leopoldo Brizuela nació en La Plata en 1963. Publicó en poesía: “Fado”, 1995. Además de varias antologías editadas sobre el oficio de narrar, su obra de ficción comprende, entre otros, “Inglaterra. Una fábula”, 1999; “El placer de la cautiva (nouvelle)”, 2001; y “Los que llegamos más lejos” (relatos), 2002.

Entrevista a Leopoldo Brizuela

Roberto Themis Speroni: Un poeta en el hueso del invierno


A mis hijos


I

Como un ángel curioso atravesando
una gran galería, un infinito
mundo de soledad donde fulguran
murciélagos de hielo, estalagmitas,
carámbanos de vidrio tan agudos
como el ojo de un pez; como si fuera
un destino caminar el hueso,
lo frío del invierno y sus misterios,
lo largo en amarillo y lo que tiembla,
ando el tuétano duro, el quebradizo
contorno de una vida en piedra inmóvil,
la longitud celeste del granizo
dispuesto en oquedad en quieta sombra.
Yo, el poeta, el desnudo –el mar acaso,
acaso la montaña, un dios acaso–,
ando el hueso invernal, el incrustado
hueso del tiempo en la estación más fría.
Por ancha boca de cristal, por sitios,
donde filosas llamas se sostienen
las unas con las otras, simulando
ardorosas imágenes,, gastadas
ojivas de silencio, yo, el poeta,
–acaso el arenal, acaso el miedo–
voy internando mi vejez, mi llanto,
la certidumbre de saber que el hombre
es una forma del amor, del canto,
de la muerte que sopla dulcemente
a través de las grietas del invierno.
De esta manera, solitario, lejos
cargado de memorias que parecen
dolorosas anémonas, diademas,
constelaciones del ayer, avanzo
por el hueso invernal, por el gran tubo
que un viento tiritante va ciñendo
de lúgubres rumores, de murmullos
cuyo color castiga el ceño triste,
el triste muro de la frente abierta
a la razón que el invierno guarda,
como guarda el invierno en su comarca
la llaga del poeta.

Altas colinas,
dunas de sal, gaviotas transparentes,
hojas que fueron árboles un día,
rostros que en el adiós se distorsionan
hasta lograr la curva de los ojos,
lo fugitivo que en humo impera,
conmigo avanzan en quietud de hielo,
trepando, dando vueltas al origen
de lo que fuera bello, de lo antiguo
que amara yo, el poeta, –acaso un niño,
una flor a la orilla de una nube,
la delicada risa de un airoso
y brillante verano ya perdido–.

Todo conmigo va por ese hueso
de límites cambiantes: las ciudades,
los cementerios, el calor remoto
de un leño en la penumbra, el fino cuerpo
de una mujer tendida como un grito
de libertad detrás del pecho breve.

Y yo, el poeta, el taciturno –acaso
la sombra de un anillo, acaso el simple
sollozo de un guijarro, acaso el vuelo–,
voy integrando el ser, lo que los años
separan dividiendo, haciendo trizas
junto al hueso constante del invierno.

¡Oh, camaradas, ágiles guerreros
de aquella luz buscada y conseguida!...
Con cuánta lentitud, con cuánta angustia
debo internar mi soledad, mi sangre
por el invierno que a mi lado eleva
sus follajes de escarcha.

Por momentos,
descubro que hay un símbolo terrible,
una inviolable lápida asfixiando
esto que soy y somos, esta ardiente
necesidad de andar, de ver el grito
que el invierno sostiene, que aprisiona
con terquedad de hiedra en lo sombrío.
¡Si uno pudiera estar en toda fuente,
sumergido en profundas aventuras
solamente cercanas al espíritu;
si se pudiera descorrer el viejo
cabello del invierno, si la mano
quitara de improviso lo dormido,
lo muerto en apariencia, este gran hueso,
esta oquedad mortificante y sola
tal vez se estremeciera, diera un vuelco
hacia la estrella misma, y en el cielo
veríamos el mar, el valle hermoso
que los sueños contemplan solamente...!

Y sin embargo a tientas, yo, el poeta,
internándome a siglos, destrozado
por aguzadas limas que aparentan
infinitas ternuras, por espectros
que me arrojan arañas polvorientas,
adormideras, rostros invencibles,
sigo a paso de arena este gran hueso
donde el invierno es único monarca,
dios de cristal, señor de la derrota...

Niños caídos, vírgenes heladas,
inocentes arqueros de piel blanca,
cazadores de insectos, harapientos
monjes de nieve, imágenes de liquen,
en torno a mí, en torno a tanta pena,
tejen tapices, juegan a la muerte,
y con gestos apenas descubiertos,
momentáneos, fugaces, pero llenos
de misteriosa eternidad, se esconden,
me miran, aparecen y se internan
en el gran hueso del invierno hundido
en la mitad del tiempo, en lo callado
del tiempo y su mordida mariposa.

A veces, deteniéndome en un sitio
igual a una crisálida, cansado,
hombre del hombre, sombra de lo vano,
imagino que el hueso está en mi mismo,
sobre mi corazón, sobre los días
que transcurrieron dando tumbos, rotos
como botellas íntimas, iguales
a tanto mes caído en lo imposible.
Entonces se me ocurre que el espacio
es esto que está allí, cerca del hueso;
se me ocurre que parte de mis uñas,
de mi angustia que huele a tierra estéril,
a clamor boca a boca con el eco.
Y es verdad que agonizo en este instante;
es verdad que estoy próximo a lo exacto
que la muerte difunde. Y es tan cierto,
que hasta el hueso invernal, el hondo hueso
que suena en la garganta, me golpea
los apretados dientes del mañana.



Canto I de “Un poeta en el hueso del invierno”. Este extenso poema de VI cantos está incluido en “Veinte poetas platenses contemporáneos”, antología de Ana Emilia Lahitte editada por Ediciones Fondo Cultural Bonaerense en 1963. Ver ensayo sobre “Un poeta en el hueso del invierno” en AROMITO.Roberto Themis Speroni (La Plata, 1922 - 1967).