Mario Porro: Entremundo, 1960



ENTREMUNDO


_________________
Tierra debajo del mar



a
Arturo
Cacho
Jorge


_
I


Tierra debajo del mar
insólita
deseada para la muerte
y sin embargo ser.

Extrema y abundante de luz
transfugada.
Los deseos que llegan a ti
se sonrosan
igual que los barcos
ya blandos
cerca tuyo.

Habitante
aunque la sal se interrumpa
arrancada del agua
y abrume su peso.
Tal vez todo esté allí.


_
II


No eres fondo de mar
sino plenitud suspendida
y tiernamente absorta
por la voz entre alga y trino
que te anda.

Dócil
al lento resbalar
amas sin pausa
y sin destino.

No agua.
Riesgo.
Tú contienes.
Y dejas
como si te envolvieran.


_
III


De inmemorial cautela
que huye
junto a tu piel
detiene la ansiedad de los muertos.

Cada uno llega
palpa el lugar
descansa
crece
escala tu forma
y todavía espera.

Ellos no saben
que puedes recogerlos
y abrigarlos
pero contienen la a esperanza
en su materia innumerable.

Se han cumplido.
Siempre tú juegas
entre un punto de fuego
y la inocencia del mar.


_
IV


Se transparenta el mar.
Endurece en quietud.

- Si tú hablaras un día -.

Tu voz no tiene muerte ya.


Aire y espejo diversos
en alegría
adormecen la ingenua soledad
brutal
del hombre.

El amor
es leve intento que abre
llega
llega como a un núcleo
recogido
pero vuelve a salir.
No hay tiempo donde es.

Y el mar tiembla
porque los peces
quieren la vida apresuradamente.


_
V


Desprenderse
ir
adonde centro y luz
juegan
uno y otra felices
de ser lo mismo
sin que gravite la esperanza.
Y nosotros jugar
sin el roce de ayer,
hoy, mañana
reclamándonos en la memoria.
-Tantos atardeceres
con el sol partido
por los que lentamente
se acuestan
y los que somnolientos
comienzan a vivir-.

Nubes y agua
jugar
trasponer la línea
que no separa.


_
VI


Después de la última sonrisa
del agua
crujir brevemente
sobre ese limite
que aplasta la memoria.

Sentir
cómo crece el nuevo instante
en la fuerza
de habernos contemplado
siempre.
Allí
el gran cansancio del mar
y nuestra madre
rápido el viento entre la luz
la infancia.

Crece.
Somos nosotros.
no importa qué.
Sólo reconocemos secretamente
todo.



________
Superficie


_
I


Ahora aquí
en este sobresalto del pan
de nuevo
la mano y la mano
la voz.
Un eco oscilando
en el tiempo

Paso sin apoyo
que los hombres escuchan
entre palabras.
Reencuentro de lo olvidado
restaurándose ante la luz.

Deseo y deseo creciendo
del pleno movimiento
puramente de sí
solo
sin tocar.


_
II


Aquí
donde los dientes
en hilera del hambre
ignoran el lugar.

Los puntos fijos recogen
destruyen la mirada.

Es lo mismo pasar iluminadoscuro
ese equilibrio
se rompe con el pan.

Superficie. Desgaste empecinado.
Dar. Cansarse. Consumir la forma.
Latir.


_
III


Densidad perdida
sol y aire dispersos
trasluz.
Difícil abandono
que crece hacia el fin.

El habitual movimiento
altera lo anterior
y ayuda.
Tu corazón excluye la mirada.
Eres un tiempo insostenible.
Aprietas. Contener es impuro.

Lo ya habitado ordena la ilusión
y te somete.
Un día
habrá otro tiempo
en que podrás desplazarte.


_
IV


Yo también
aero-imbricado-tenso
estoy así
sobrevivo.
Hambrientos y alguien más
descienden pura bruma
airadamente
viento a viento.

Hoy es tierra
mañana horizonte
nunca silogismo.

Uno que desciende entero
pierde el equilibrio.
Náufrago.
Sin par es la alegría
entonces.

Todos aplauden la desazón
y se perfuman
al correr, corren corren.

La tierra está lejos-cerca
no está
puede estar
lejos-cerca.

He perdido la luz
la lamparilla
el viento.
Quizá cuando me abra
saldrá otro
combando los ojos descendiendo
amordazado
-sin otro feliz que dos mismo-
originando
ayer todavía
hoy cierto
mañana otra vez horizonte.


_

__:
Foto: Mario Porro. Archivo de la talita dorada.

Con la idea de ir subiendo la obra completa de Mario Porro (Trenque Lauquen, 1921 – City Bell, 2001), compartimos, ahora, “Entremundo” (Altamar, Buenos Aires), su cuarto libro, que se terminó de imprimir el 31 de octubre de 1960. Le antecedieron: “Búsqueda por el amor” (1950); “En amor por el tiempo, el tiempo” (1956) y “La vigilia y la roca” (1957).
_
Dedicatorias: “Entremundo” está dedicado a Arturo Cuadrado, Oscar “Cacho” Muslera (traductor) y Jorge ¿Callaba?.
_
Más Mario Porro en:
Poesía La Plata. Selección de textos de “Tropos” y “Sucesión del ser”.

Poesía La Plata. “La vigilia y la roca” (1957).

Aromito. Selección de textos de “Tropos” y “Sucesión del ser”.

Poesía City Bell.
:_

“Conversaciones en el andén” y otros poemas de Marcelo Vernet





De: Último tren
(Ediciones Al Margen, 2000)





Último tren
(Fragmento)

Saber que viene la lluvia
cuando nos duelen los pies
es una de las pocas certezas que nos quedan.


No es el hambre, no.
No es el frío.
Aunque ni pan,
ni una miga de pan,
ni una astilla
de duro pan nos queda
para abrigarnos, comer,
hacer un fuego.


Es otra cosa lo que nos duele.
Son los pies que profetizan
la lluvia como única certeza.
Son estos tiempos
que duelen como caries.
Pero no es el hambre.
Es esta nada.
Este agujero que late
donde solíamos tener el corazón.


Hubo una vez un tiempo,
una manera de lluvia sobre los techos,
una forma de hablar que conmovía el corazón.


Ahora es tiempo de recordar las viejas canciones.
Pero no cantarlas.

Como se recuerda el ruido que hacían los adioses.

Ahora es tiempo de recordar los viejos compañeros.
Pero no de abrazar sus tristes húmeros.

Llegará.
Llegará el tiempo de las profecías
gritadas sobre un cajón
junto a las vías muertas.

*

Conversaciones en el andén
(Fragmento)

Amigo, no hablemos de estas cosas debajo del cielo.
La noche pesa sobre mi corazón como un remordimiento.

(…)

Hermano, está muy oscuro
para hablar de estas cosas.
Los nomeolvides florecen
sobre la tierra dura, sobre la tierra negra
donde descansan los muertos.
Los nomeolvides siguen floreciendo
aunque ya casi todo lo hemos olvidado.



De: Último tren
(Parte II: Cuaderno municipal. Poeta de provincia)

Principio
(Fragmento)

Es algo que ha dejado en mi cadera
el abuelo del abuelo de mi padre.
Apenas una huella, la forma de pararme.
Apenas en la ingle el olor de un caballo.

Mis huesos saben cosas que yo ignoro.


--

De entre casa
(Fragmento)

Nací en un hospital.
Es decir, nací en ningún lugar.
Todos los hospitales se parecen.

Crecí en un primer piso
bastante alejado de la tierra.
Salvo unas pobres macetas desterradas
y unas batatas tristes que mi madre
hacía germinar sobre la frialdad de la heladera.


(…)

Supe tener de chico una yegua mora.
Mi mano aún recuerda su pelaje sudado
y mi entrepierna el miedo de montarla.

La Morita era mía en labios de mi padre,
como si se llamaran míos
la distancia alambrada o el aire.

Dicen que unos cuatreros del lado de Matanza,
se habló de un portugués con hijos de arpillera,
un oscuro quintero vecino de La Loma.

Lo cierto es que mi padre recorrió palmo a palmo
sin poder encontrarla.
La lloré largamente ese breve verano.

Era tan chico, creo, que no supe tenerla.


--

Del sur

Hombres de poca risa
hablan gravemente de vientres y de leguas.
Anotan unos números
en que cifran el futuro.
El papel, sobre una madera, cuelga de la pared
entre el winche y un barómetro
que el abuelo trajo en una caja de Inglaterra.

Sus mujeres no hablan.
Otros vientres más silenciosos
que las vacas.
Pero secretamente manejan
los hilos de la casa.

Los hombres conversan lentamente.
Fluyen las palabras como mercancías
justamente pesadas.
El tabaco les mancha los dedos
endurecidos por el viento.

Junto a la Biblia, que ya no leen,
las otras escrituras profetizan
terribles herencias y catástrofes.

La lluvia del año también es anotada
en un vano ritual.
Todo lo demás lo escriben en la carne.
Cortan la oreja derecha de los machos,
la izquierda de las hembras.

Los hijos son otra historia.
Aunque criados en las casas,
aunque mansos a la voz,
quizás dispuestos a cargarlos de viejos,
los hijos son orejanos.

Se mueven en un tiempo
largo y lento como la eternidad,
pero el futuro termina, por ahora,
en la entorada de abril.

Ahora se callan.
Lían un tabaco en silencio.
Y aunque no hay viento
entrecierran los ojos para ver a lo lejos.

--

Final
(Fragmento)

¿Y a dónde vas
al tranco de un tordillo de riendas flojas?

No voy a ningún lado. Sólo miro.
Ando a la deriva en ancas de un tordillo.

¿Y qué buscás
sobre la tierra sin sombra como el mar
confiado el rumbo al tranco del caballo?


Cada quien busca lo suyo, creo.
El tranco busca una aguada.
Yo busco a mi padre muerto.











De: Don de Profecía
(Ediciones Al Margen, 2005)






Diálogos I
(Fragmento)

Ahora que al levantarme crujen mis rodillas
nada espero del diario.

Mientras acomodo los huesos de mi alma
con los primeros mates
me da por oír una voz como de muchas aguas
de mucho tiempo atrás.

Nada veo.
Salvo la maceta del malvón
y las rosas de mi hija en el aire
de la mañana recién nacida.
Nada veo.
Sólo escucho una voz como de muchas aguas
o muchas voces de mucho tiempo atrás.

- Escribe lo que oigas en un libro.
- ¿Otra vez? – pregunto yo.
- Otra vez – me contesta la voz.

- Ríos de sangre.
- ¿Otra vez?
- Porque sangre de profetas y de santos derramaron,
sangre les daré de beber.
Lo merecen
.

- Eso ya fue dicho antes.
Hace tiempo,
cuando el fin del tiempo estaba cerca.

- Nada quito. Nada agrego.
Sucede que ha sucedido muchas veces
.

--

Profeta menor

Yo profetizo, lúcido y sereno en el balcón de casa.
Sin visiones veo el horizonte rojo y transparente.
Dios habla y yo lo escucho con los ojos. Atardece.

Oigo una voz: “Rosso di sera, bel tempo si spera”.
Es mi abuela desde el patio de la infancia.

Mañana va a estar lindo, le digo a mi hijo más pequeño.

Por hoy, es suficiente milagro.


--

Génesis 9. 12-16

Acaba de llover y el sol
asoma entre las gotas
que aún vuelan en el aire.

La tierra respira en paz
como una mujer satisfecha.

Brilla el agua en los cardos
junto a la ruta de camiones esmaltados.

Un muchacho atraviesa la claridad
al tranco de un oscuro caballo.
Va sereno e imagino que silva.

Sobre su boina blanca el arcoiris
traza un signo para que Dios recuerde
su antigua promesa.

Va tranquilo en la luz y no sabe
que el mundo acaba de salvarse,
una vez más.


--

Diálogos II
(Fragmento)

- Busca un lugar alto y habla.
- Es esta la llanura más llana que conozco.
- Busca crecer porque las palabras que pondré
en tu boca son más altas que tu altura
.
- ¿Puede ser un cajón de manzanas sureñas?
- Para empezar no está mal. Escucha:
Bienaventurados los pacientes
porque heredarán la tierra
.
- No conozco a nadie más paciente
que mis paisanos los indios
y toda tierra les ha sido arrebatada.
- Así está escrito. Así sucederá.
- ¿Cuándo?
- No está en mí decirlo.
- Las profecías están escritas en futuro
y en futuro siempre se repiten.
- No entendés nada.
Las profecías siempre se están cumpliendo
y nunca terminan de cumplirse.
Ahora, un buen cajón que sostenga tus dudas.
Ahora, párate sobre tus huesos encima del cajón y grita:
Bienaventurados los que tienen
hambre y sed de justicia
porque serán saciados
.
- Lo diré en voz baja. En voz baja.
Como si le hablara a mi corazón.
Parado en un cajón, está bien.
En medio de la plaza Moreno, está bien.
Pero en voz baja.
Como si le hablara a un amigo.
Ya no creo en los gritos.


--

Setenta
(Fragmento)

Con los cuatro dientes que me quedan
muerdo el asado y muerdo
la evidencia:
todo podemos perdonarlo,
menos lo imperdonable.

No es vejez prematura.
Es un justo balance
puesta en balanza nuestra vida.

Aunque siga latiendo ya se ha ido
la hora de nuestro corazón.

Nada nos queda ya por destruir
salvo los últimos vestigios de la derrota.
Nada nos queda ya por construir
salvo una muerte
lo más digna posible.

Poco importa lo que resolvamos,
o importa sólo a nuestra alma.
Si quedarnos en casa con los ojos cerrados.
Si contar historias cargadas de consejos.
Si salir a la calle buscando una bandera.

A otros pertenecen ya
las vísperas y el combate.
A otros, felizmente.

Pero qué ganas de saber cómo será.
Qué anhelo de alistarme
como boletinero, corneta o zapador,
como tambor, cartógrafo, enfermero.
Al menos ser reservista, veterano
del batallón de los aparecidos.

Con los cuatro dientes que me quedan
muerdo aún la vida, la sopa, lo que pueda.

La Plata, invierno de 2001

--

De: Don de Profecía
(Parte II: Cantar de amigo)


De noche

Amigos, si la vida
es esto que ha pasado
durante el sol de hoy,
digamos, si sólo fuera
esta quieta nadería de vértigos,
no vale gran cosa respirar.

Quiero decir, amigos, el misterio
que late oculto en nuestro viejo
y calumniado corazón.

Lo que me empuja a enderezar palabras
bajo una ley que invento y creo
que me es dictada por la sangre.

Enciendo cierta hierba que se quema fragante.
Cierta hierba humedezco, como hacía mi padre.

Basta que el viento de pronto en la ventana
traiga un aroma, el hilo de un recuerdo, casi nada.
Y el tiempo otra vez gotea grueso sobre el alma.

Amigos, buenas noches.
Ahora sí, está cumplida la jornada.

--

La luna desde aquí

Amigos, la luna
ha ido trepando tan despacio
el tilo de la puerta de casa
que en el barrio, creo,
nadie salvo yo lo ha visto.

Los que pasan,
los que sólo se asoman
un instante a la ventana
la ven de pronto
redonda luna llena
de quietud.

Y no es así.

No sé otras lunas
en otros barrios.
No sé, Memo, tu luna
allá en Australia.
No sé qué hace, Emilio,
la luna en Bahía Blanca.
Acá en mi cuadra trepa
de rama en rama el tilo.

No sé otras lunas
en otros techos.
Pero esta noche me hace bien
estarme así de quieto,
el alma echada junto al perro
que apoya su cabeza en mis caricias.

La luna, amigos,
se posa ahora en la delgada
rama de la torcaza
y la rama se curva al peso de su luz.

Voy a seguir aquí para verla volar.

--

Última poética

Si yo tuviera, amigos, la obstinación feroz
de los vendedores de tren
que de vagón en vagón vocean sus milagros.

Si yo creyera en mis versos como ellos
creen en alfajores, pilas, lapiceras.

Hace mucho que desistí de las poéticas,
del poema que se mira el ombligo y duda
del origen, valor y olor de sus pelusas.

Qué extraño oficio el nuestro, Néstor.
Una duda que nos hace callar. Un silencio
que nos mueve a seguir escribiendo.

No hablemos del poema. Es cuestión de riñones.
Hablemos de los que venden milagros en los trenes.

Llegan a Constitución con la voz quebrada.
Y toman otro tren, hasta ganarse la jornada.


Marcelo Vernet 
nació en La Plata en 1955. Estos textos son una selección de sus dos únicos libros de poemas publicados hasta el momento: Último tren (2000) y Don de Profecía (2005), en la editorial platense Ediciones Al Margen.

“Danza”, poema de Leopoldo Brizuela



DANZA



Muy poco antes del mar, amor, el río se demora
en remolinos de tierna resaca. Mira cómo, en tu ausencia
cenizas de la luna, la borra de los días
se enlazan
y danzan
girando sobre sí
como ese salvavidas recién tirado al agua, al que nadie se aferra.
No hay historia de amor: hay una danza
anclada al corazón de la memoria.

¿Te acordás? -¿Bailar, amor? El mar, la mar, y los marinos
saben. Los hijos... –Bailar, amor. Bahía. María Bethânia.
-¿Así? No sé. Soy tieso como un faro, mis pies
de acantilado sólo han bordeado abismos, no saben de las olas
más que un secreto ávido quebrado en la rompiente, una vez, otra vez.
-Así, amor. ¿No ves? Somos rompiente. Los brazos se aferran como algas
a las rocas, las caderas se topan, el viejo matrimonio
del agua y de la tierra. La luna
dibuja su alta alianza. Yo soy ese secreto. Zarpemos.


-No puedo, amor. El mar, la mar, la danza, son siempre imprevisibles
y estos primeros pasos son las mismas mentiras
que cantaba mi casa, caracol de la orilla:
partidas y retornos eternos de las olas
veranos y bandadas y estribillos y madre
procurando, afanosa, paralizar la espera.
Y mi padre volvía siempre imprevistamente. Ya no podré seguir.
-Podés, amor. ¿No ves? Ya es alta mar ahora, el corazón del mundo
es quien ritma los cuerpos, y las constelaciones
y aun la costa, a lo lejos, se uniforma y se curva
y su abrazo es de olvido, maternal, y de niebla.
Ya desapareció. Cayeron ya los muros, como ropas, o redes
que levaran desnuda la verdad abisal:
tu casa me amó, amor, como lo amó a tu padre. Vos me abriste,
entré. La libertad. Bailemos. No volverás allí.
Dejame hundirme. El viento
anuncia tempestad. Hundámonos.


-No puedo, amor, le temo a mi reflejo: es la primera vez.
Mi rincón era oscuro, los ojos de mujeres
tan sólo devolvían su propia soledad.
Siempre quise un espejo, pero nunca llegaba varón que me mostrase
más que un rostro mudo y ambiguo como el mar, que yo amaba
como a cumbre de iceberg. No hay recuerdo del cuerpo en que pueda confiar:
-Podés, amor. ¿No ves cómo, al hundirnos
amarrados, girando, un barreno que apunta el centro de la tierra
toco manos y anémonas y muslos y delfines
y pecho y mantarrayas y labios y corales
y pulpos y pelos y nalgas y anguilas
y el deseo madura como perla en la concha?
Al surcarte, te beso como el agua al cadáver
del bello marinero al que algas avarientas
amarran aún al vientre galeón
hundido. ¿Quién te talló a la imagen
de su pasión, su delirio? Hemos tocado fondo. Vamos
más lejos en la noche, en la danza, en el paso
final.


Yo no creía poder, pero era un torbellino la corriente, la danza
rotaba como un cráter y al fin se deshacía
en el cardumen blanco que llaman la locura.
Silencio. La ceniza se aposenta en el fondo
Bethânia canta sola, y antes que llegue el sueño
una certeza, al fin: -¿Sabés? Mi padre, allá en Bahía
se asombró de hombres solos, en cáscaras de nuez
disputándole al mar el resto de su vida, la mejor de las muertes.
Ya no temo al recuerdo, ya no te dejaré.
-Yo tampoco. Durmamos. Los cuerpos, en el sueño
bailan entretejen la mutua indiferencia, cada uno
en su fondo, en su deseo. Y uno solo. Y el día los sorprende
de nuevo en una orilla, como vuelven a ella
las olas, los veranos y los padres. Les dice:
Bailar, amor. El mar, la mar. Bahía. María Bethânia.


No. Eso no era la vida. El mar, la mar, los marinos
no engañan. Y vos no eras marino: caracol de otra orilla. Emergimos en ríos
diferentes, corrientes que no hay que remontar. Y yo bajo, derivo
detritus de barranca, embrión desprendido, las islas de este delta
cadáveres de locos varados de terror.
La desembocadura. El río desanuda recodos del dolor
y la resaca, dispersa, se acelera. Una bandada espera
haciendo ronda al sol como aquella pitanza
que el río le tributa con cada nuevo otoño. ¿Seré yo parte de ella?
¿Mi red levará al sol entre los peces?
Ah esa otra danza, anclada en mi memoria: viva como bandada, carozo
de mi poca valentía. Y allá voy, amor. El mar, la mar
ahora está vacía. Bahía, amor. María Bethânia. Yo.
La vida.


Fado, 1995

Leopoldo Brizuela nació en La Plata en 1963. Publicó en poesía: “Fado”, 1995. Además de varias antologías editadas sobre el oficio de narrar, su obra de ficción comprende, entre otros, “Inglaterra. Una fábula”, 1999; “El placer de la cautiva (nouvelle)”, 2001; y “Los que llegamos más lejos” (relatos), 2002.

Entrevista a Leopoldo Brizuela

Roberto Themis Speroni: Un poeta en el hueso del invierno


A mis hijos


I

Como un ángel curioso atravesando
una gran galería, un infinito
mundo de soledad donde fulguran
murciélagos de hielo, estalagmitas,
carámbanos de vidrio tan agudos
como el ojo de un pez; como si fuera
un destino caminar el hueso,
lo frío del invierno y sus misterios,
lo largo en amarillo y lo que tiembla,
ando el tuétano duro, el quebradizo
contorno de una vida en piedra inmóvil,
la longitud celeste del granizo
dispuesto en oquedad en quieta sombra.
Yo, el poeta, el desnudo –el mar acaso,
acaso la montaña, un dios acaso–,
ando el hueso invernal, el incrustado
hueso del tiempo en la estación más fría.
Por ancha boca de cristal, por sitios,
donde filosas llamas se sostienen
las unas con las otras, simulando
ardorosas imágenes,, gastadas
ojivas de silencio, yo, el poeta,
–acaso el arenal, acaso el miedo–
voy internando mi vejez, mi llanto,
la certidumbre de saber que el hombre
es una forma del amor, del canto,
de la muerte que sopla dulcemente
a través de las grietas del invierno.
De esta manera, solitario, lejos
cargado de memorias que parecen
dolorosas anémonas, diademas,
constelaciones del ayer, avanzo
por el hueso invernal, por el gran tubo
que un viento tiritante va ciñendo
de lúgubres rumores, de murmullos
cuyo color castiga el ceño triste,
el triste muro de la frente abierta
a la razón que el invierno guarda,
como guarda el invierno en su comarca
la llaga del poeta.

Altas colinas,
dunas de sal, gaviotas transparentes,
hojas que fueron árboles un día,
rostros que en el adiós se distorsionan
hasta lograr la curva de los ojos,
lo fugitivo que en humo impera,
conmigo avanzan en quietud de hielo,
trepando, dando vueltas al origen
de lo que fuera bello, de lo antiguo
que amara yo, el poeta, –acaso un niño,
una flor a la orilla de una nube,
la delicada risa de un airoso
y brillante verano ya perdido–.

Todo conmigo va por ese hueso
de límites cambiantes: las ciudades,
los cementerios, el calor remoto
de un leño en la penumbra, el fino cuerpo
de una mujer tendida como un grito
de libertad detrás del pecho breve.

Y yo, el poeta, el taciturno –acaso
la sombra de un anillo, acaso el simple
sollozo de un guijarro, acaso el vuelo–,
voy integrando el ser, lo que los años
separan dividiendo, haciendo trizas
junto al hueso constante del invierno.

¡Oh, camaradas, ágiles guerreros
de aquella luz buscada y conseguida!...
Con cuánta lentitud, con cuánta angustia
debo internar mi soledad, mi sangre
por el invierno que a mi lado eleva
sus follajes de escarcha.

Por momentos,
descubro que hay un símbolo terrible,
una inviolable lápida asfixiando
esto que soy y somos, esta ardiente
necesidad de andar, de ver el grito
que el invierno sostiene, que aprisiona
con terquedad de hiedra en lo sombrío.
¡Si uno pudiera estar en toda fuente,
sumergido en profundas aventuras
solamente cercanas al espíritu;
si se pudiera descorrer el viejo
cabello del invierno, si la mano
quitara de improviso lo dormido,
lo muerto en apariencia, este gran hueso,
esta oquedad mortificante y sola
tal vez se estremeciera, diera un vuelco
hacia la estrella misma, y en el cielo
veríamos el mar, el valle hermoso
que los sueños contemplan solamente...!

Y sin embargo a tientas, yo, el poeta,
internándome a siglos, destrozado
por aguzadas limas que aparentan
infinitas ternuras, por espectros
que me arrojan arañas polvorientas,
adormideras, rostros invencibles,
sigo a paso de arena este gran hueso
donde el invierno es único monarca,
dios de cristal, señor de la derrota...

Niños caídos, vírgenes heladas,
inocentes arqueros de piel blanca,
cazadores de insectos, harapientos
monjes de nieve, imágenes de liquen,
en torno a mí, en torno a tanta pena,
tejen tapices, juegan a la muerte,
y con gestos apenas descubiertos,
momentáneos, fugaces, pero llenos
de misteriosa eternidad, se esconden,
me miran, aparecen y se internan
en el gran hueso del invierno hundido
en la mitad del tiempo, en lo callado
del tiempo y su mordida mariposa.

A veces, deteniéndome en un sitio
igual a una crisálida, cansado,
hombre del hombre, sombra de lo vano,
imagino que el hueso está en mi mismo,
sobre mi corazón, sobre los días
que transcurrieron dando tumbos, rotos
como botellas íntimas, iguales
a tanto mes caído en lo imposible.
Entonces se me ocurre que el espacio
es esto que está allí, cerca del hueso;
se me ocurre que parte de mis uñas,
de mi angustia que huele a tierra estéril,
a clamor boca a boca con el eco.
Y es verdad que agonizo en este instante;
es verdad que estoy próximo a lo exacto
que la muerte difunde. Y es tan cierto,
que hasta el hueso invernal, el hondo hueso
que suena en la garganta, me golpea
los apretados dientes del mañana.



Canto I de “Un poeta en el hueso del invierno”. Este extenso poema de VI cantos está incluido en “Veinte poetas platenses contemporáneos”, antología de Ana Emilia Lahitte editada por Ediciones Fondo Cultural Bonaerense en 1963. Ver ensayo sobre “Un poeta en el hueso del invierno” en AROMITO.Roberto Themis Speroni (La Plata, 1922 - 1967). 

Mario Porro: Jarrón chino y otros poemas de “Sucesión del ser” y “Tropos”


selección de textos de “Sucesión del ser” y “Tropos”: José María Pallaoro



De: “Sucesión del ser”, 199
8

selección de poemas: José María Pallaoro


Romance


¿Quién anda
por la orilla?

Nadie
¿No es nadie el río?

Malecón gimiente
Vida oscura
¡Junco estremecido!

Cernidas
por el agua
dos sombras
han pasado
Se alejan
vuelven vuelven
Tocan nuestros pies
Allí el musgo vive
trabaja
adormece
atrapa
Sordo

No importa el tiempo
Pasarán años
El río estará
seco
Tal vez el amor
vuelva


Qué sentido

Alguien hay detrás de mí
Camina
Aprieta el paso

Hace tanto tiempo
que no existe
No es nada
Sólo apoya
sostiene
las distancias
entre ser no ser

¡Árbol pájaro
aire mariposa
agua pez
hombre tierra
fuego!

Qué sentido
la vida
en este cosmos
Casi indiferente
que deja
Sentir
Amar
Desear
Y pone alguien
detrás de mí
Que empuja
para que no abandone


Este otoño

a Andrea, Gastón, Julián, Josefina, Sol

Hay
pájaros
oscuros
tímidos
entre las hojas

Trinos apagados
Despedidas
indecisas
solemnes
Cristalizadas
Roces
Temblores
“Una hoja
que no volverá”

El arrullo
es amor
recogido
voz entre plumas

Cuál vida
es la vida
¿El pájaro
que sigue
la hoja
que cae?


Amigos


Hombro a hombro
empujando
diferencias
¿Quién a quién
hace
deshace?

Amigos del camino
Vertiente
de amor
Soledades
de arrobo
Contactos

Despedidas
Angustias
del misterio
para siempre

Te amaba
Me amabas
¿Y ahora?


Jarrón chino

a Abelardo P. A.

La mariposa
llega
se apoya
sobre la flor
Liba

Cuando se va
la flor
despierta
Mira
como su sueño
se aleja
agitándose
voluptuosamente
El aire
se llena de rubor

Estoy allí
Ojos semicerrados
Siento
una brisa
apenas
sobre las sienes

¿Habrá en el universo
ahora
otro hombre
otra flor
otra mariposa?



Posdata:
Dedico esta edición a José Luis Mangieri
por su amor a la poesía
M.P.




De: “Tropos”, 2000

selección de poemas: José María Pallaoro


Casi un haiku de otoño, 1997

El cielo
envejecido
indiferente
nos mira

Andamos
entre las hojas
oxidadas
Antípoda
de sí

Hay un perfume
agrio
¿Es de las flores?

Pienso
en las alegrías
de ayer y de hoy
que en el oscurecer
no se distinguen

Así nuestras sombras


Día de invierno

Un silencio
cruel
hace más
el frío

Tenemos el fuego
La llama

El calor corre
nuestra piel
como olvidada
Sólo sabemos de ella
el viento

Recuerdo
una vez
Perfumes
Colores
Pájaros de alegría
Mariposas

Hoy temblor
de ave
Antepasados
Vida sumada
Rescoldo
de universo

¡Oh imágenes
imágenes!

Vidas invernales
Otras
Escondido fervor
de las cenizas


Noche transfigurada
a Schöenberg

Cae mi
realidad
en el cuerpo
de la noche

Acaso
es mi sueño
Cerrar los ojos
abrirlos
Dejar la mirada
sin objeto
Que la imagen
se hunda
en lo lejano

¡Oh anterior sentimiento
sin recorrer!

Amor sin cosecha
No hecho
No construido
Esperador imposible

Sesgo
del vivir

Sé de la luna
sobre los árboles altos
que estremecen
Y tengo miedo
Existir
en la penumbra


Migas

Migas
de pan
en la mesa

Perdido mirar
Escaleras
del tiempo
Lugares
vacíos
Rincones
de asombro

¿Qué es
la inocencia?

De pronto
una voz
¿De quién?
Reúne
la inasible
ternura

¿Fuimos tan pequeños?

Nuestro nombre
era otro
¿Tan de amor!

Las miguitas
lo esconden
Sonríen
a un brillo
fugaz

¡Oh tanto ver
empañado!


La carta


a la luz de la luna

Pierrot mi buen amigo
si me prestas la pluma
una carta te escribo
A. Bertrand


Amor mío
No te duelas
por mi soledad

Ella cuida
de mi asombro
Me protege
de la distracción
Anuda
mi ser
a su estar

Empuja
por las venillas
interiores
Rosas azules
Como en las medusas
hasta que ya son
agua
cielo
luz
calor errático
espacio tiempo

Piensa en mí

Envuelve
todo el amor
que he juntado
Quiero llevarlo
al universo

Dejarlo
A la espera
de aquel
que dirá
¡Ah eres tú!
Lo sabía


Casas

Qué cerca es
la casa
que vivió
mi infancia

Qué cerca
de allí
la que ahora
acompaña
mis tiempos últimos

Las bolitas
el trompo
barriletes
Stravinsky
Bártok
Debussy

¡Ah las moscas
rubias verdes
en el fondo
del jardín
de John Perse!

Tejidos
de emoción
que rodean
ese tiempo
y lo esconden
de la nada


Mundos

Las luces
del techo
llegan
al fondo
de mi taza
de té

Estrellean
rostros
manos
inmensos jardines
Senderos iridiscentes

Siluetas de tristeza
se rompen
en cada gota
encandilada

Los amigos
beben
charlan


¿Vacío?
a Einstein

Otrora
el tiempo
era
como un silencio
que escapaba

Hoy
es universo encarnado
donde nuestras vidas
ordenan
sus vientos

A las ciudades
los campos
las estrellas

Quizá
abran una flor
lenta en el vacío
y el silencio
de un amor
lo sorprenda


La cena
a Leonardo, a mi padre

Solo


El silencio
corre por las sillas

Ellos se han ido
has escapado
por las ventanas
Pájaros
libres

El pan en la mesa
ya no los reúne
Cada uno
es él

Yo los recuerdo
los veo sentados
Celebran
juntos
¡Ah sus gestos!

Ahora me duele
la mano
en la mejilla

Casi luz
las sombras
retornan

El amor
se sienta
en cada silla
El pan
La mesa

Solo

¿Qué pregunta
es la ausencia?


Eterno retorno 
Canción oriental

Las ramas
del sauce
caen
caen
Cabellos
del cielo

El húmedo amanecer
dejó
las gotas
en cada hoja
que con la brisa
rielan
el arroyo

Ahora en el sol
las oigo cantar
“Volveremos
volveremos
¡Tanto hemos amado!

¡El cielo
las nubes
las hojas
el agua
serán la fiesta!

Y así
la vida


Suelo de junio

Las hojas
de otoño
y el pasto verde
están aquietados
como amándose

Los zorzales
picotean
pedazos de cielo
y de sol
Juegan

Oboe sin aire
la tristeza
pasa
entre las hojas

Sólo mi fervor
estremece
¡Cuántos soles!
¡Cuántos dioses!
Para esta calma
que mi vida
reconoce
ahora
como un inefable
entre el tiempo y el espacio

El aire
en celo
espera
el viento


Tropo ambiguo

No te inquietes
Sólo es la sombra
de tu ser
que tienta
por tu noche

No preguntes

Haz como los árboles
Esperan
que el cielo
los abrace
y les diga
invierno verano
primavera otoño

Total tal vez nunca
sepas
del carozo
o la flor

¿Por qué
estás solo?
Sin embargo
vives
envuelto
en los demás

Cómo ellos
te ahogan
Cómo sin ellos
mueres

Espera
igual que el árbol
que el cosmos te abrace
¿Lo sabrás?



Mario Porro nació en Trenque Lauquen (Provincia de Buenos Aires) en 1921. Desde muy pequeño vivió en La Plata y en City Bell, donde murió en 2001. En 1938 ingresó a Radio Universidad Nacional de La Plata como técnico operador, llegando a ser Jefe de Programas, Director Artístico y Director de la emisora. En 1963 creó, para difundir la poesía, el grupo editor de la revista “Espacios”. Publicó los libros de poemas: “Búsqueda por el amor” (1950); “En amor por el tiempo, el tiempo” (1956); “La vigilia y la roca” (1957); “Entremundo” (1960); “Mundo despierto” (1983); “Sucesión del ser” (1998) y “Tropos” (2000). Dejó un libro de poemas inédito.

NÉSTOR MUX: El poema es ese pájaro desdichado y luminoso y otros poemas


Selección de poemas del libro “Como quiera que sea”: José María Pallaoro


Identidad

Si la poesía no alcanzara revelaciones
y apenas fuese ademán inconcluso
porque depusimos armas ante el desaliento

la mirada de qué extraño cadáver
quedaría frente a nosotros
brillando en el espejo.


Imposibilidad de la palabra

El poema es ese pájaro desdichado y luminoso
que desde la tierra de nadie de nuestro corazón
atraviesa las infinitas miserias del mundo.

Pájaro de las denuncias y las ásperas maravillas
volando para llevar consuelo a seres
con los que no podremos compartir nuestra mesa
ni el ademán más íntimo, pero que posiblemente
vibren en una misma cuerda de intensidad,
desgracia y plenitud.

Pájaro que cuando las palabras
se nos quedan solo en palabras,
se encierra en el desamparo de nosotros
porque hemos sido rebasados
por eso que nos asfixia o nos levanta
y que se llama vida.


De buena fe

Inundados por la luz o el desacierto de la palabra,
reencontrados por el amor y la alegría,
vituperados por el prójimo más cercano,
acorralados por nuestras furiosas torpezas,
alcanzados por el antojo de la eternidad
o por la justicia del olvido,
pero de buena fe, como única coartada.


Obligaciones

Para que la mediocridad
no gane la insignificancia
de nuestros espacios,
con furia hermosamente inútil
cuidamos que no se seque
el árbol viejo de la luz.


Fuego interior

Como si se tratase de una puerta
hacia la felicidad, aún continuamos
haciendo caso al fuego interior que nos precipita
y caídos o extranjeros o convertidos
en nuestra propia condena
nuevamente ofrecemos un corazón sin excusas.


Razones

Porque nos hemos resistido a sólo
consumir y prosperar como el resto del mundo.
Porque aún guardamos una memoria
para los muertos que adornan, para nadie,
las zanjas de esta cruel ficción llamada patria.
Porque todavía no se nos mezclan del todo
los variados rostros del verdugo
con el único rostro de la criatura humana.
Porque debemos, a nuestro juicio, lealtad a la palabra
y hablamos cada día con mayores silencios
hay en nuestras mesas alcoholes formidables,
ademanes de patética sinceridad
y risas que dejamos escuchar como pedazos de pan
cayendo al fondo, pero sólo mientras tanto.


Flores

La tierra se ha cerrado
detrás de las ventanas.
Los alcoholes se han gastado
como las palabras y ningún cuerpo
busca ahora la música del otro cuerpo
porque dan paso a la tregua de la noche.

Aún así – sin sonidos ni voces –
algo escuchamos que confirma
nuestra manera insensata de estar vivos:

son las flores del pensamiento
creciendo en su altura, sin descanso,
hacia el fondo insomne de nosotros.


El espacio de cada uno

Porque cada hombre
debe continuar reclamándole
a la vida el propio espacio sagrado
que le corresponde desde el principio

probarnos a nosotros mismos
que la campana mutilada
de la razón y la inocencia
continúa volando en medio
de la infinita sordera de la tierra.


La mala conciencia

Cuando nos sentimos
en menos armonía con el mundo
el mundo parece mirarnos
con los ojos de nuestros hijos.
Entonces creemos que el mundo y nosotros
nos preguntamos a quienes pertenece
toda esta gran vergüenza,
mientras ellos – lejos del mundo y de nosotros –
juegan al porvenir sin hacer preguntas.


Aprendizaje

Pasamos eternidades
aprendiendo a vivir,
consumiéndonos
en aproximaciones o aciertos
que hagan de nosotros
seres palpables, conclusos

para aceptar un día
no haber advertido ese sol
que baja en el patio de nuestra casa

y que nos obliga a comenzar, una vez más,
el aprendizaje desde el principio.


Sólo fantasmas

Desde lo más hondo
se van abriendo paso impunemente
hasta instalarse en el centro de nosotros.

Como dulces fieras o ángeles pavorosos
vuelven a recobrar los pedazos de sí,
dejándonos a cambio el oprobio
que les dimos o las maravillas efímeras
que a nuestra vanidad se le antojaron inmortales.

Sólo fantasmas recorriéndonos hasta el final,
para que no olvidemos nunca que nuestras vidas
están construidas también con la memoria,
el estupor y la carne borrosa de esas muertes.


Ella siempre

Con ella naufragamos muchas veces
y combatimos otras tantas
por reconquistar la paz que merecemos.

Con ella nunca dejamos de intentar el cielo
a pesar de saberlo apoyado sobre esta tierra
cada vez más difícil.

Con ella soy, somos y son nuestros hijos,
sin más armas que las que nos da
este profundo e inexorable deseo de vivir.

Con ella, lejos de la melancolía del mundo,
nos perpetuamos en el amor
por esa luz tenue, humilde, pero empecinada
que nos alumbra por dentro y que no quiere apagarse.

de Cómo quiera que sea (1978)

--
Néstor Mux: Cuando vinieron las lluvias y otros poemas
Hace 40 años Néstor Mux publicaba “Nosotros en la tierra”.

El poeta nació en La Plata el 22 de octubre de 1945. En
AROMITO lo homenajeamos en el día de su cumpleaños con algunos poemas de “Nosotros en la tierra”.
___
Y al llegar la noche...

Y al llegar la noche
nos encontramos con el otro cuerpo,
extendido, húmedo y abierto hacia nosotros
como un pequeño valle de hierba feliz...
___

ROBERTO THEMIS SPERONI: La araña está tejiendo a su capricho y otros poemas



Selección de textos: José María Pallaoro


La araña está tejiendo a su capricho


La araña está tejiendo a su capricho,
a su voz, a sus patas de neblina,
y tiene, como el mundo, una verruga
de silencio en el límite del cuerpo.

Me ha visto y nos hablamos en la tarde,
nos decimos de araña y hombre solo,
de caza y de trapecio, de la gente,
de cualquier cosa igual a las arañas.

Y mientras discurrimos, una mosca
ha llegado al principio de la tela.

(de “Paciencia por la muerte”, 1963)

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Al fondo de mi casa, en un baldío


Al fondo de mi casa, en un baldío
que aloja madreselvas y tacuaras,
envases, desperdicios y cadáveres
de madera fungosa; en un terreno
que un día fue patrón de las legumbres,
señor de las albahacas y el tomillo;
que tuvo un verde comercial y hermoso,
viven, con un chillar de porcelana,
las ratas que conozco. Por las noches,
a la lumbre bubónica del ojo,
con sigilo mental, siempre arrastrando
el calvo fleco en tubo de sus colas,
vagan entre geranios y hojalata,
erizadas de celo y amoníaco,
salivoso de hambre el diente agudo.

No me sorprenden ya. Sobre el cianuro
viven aún, rabiosamente invictas,
chispeando como piedras cenicientas
arriba de mis cejas, a los lados
de mi probable corazón, adentro
del hipnótico rombo de mi sangre.

Mis hijos las apartan, las persiguen,
les derraman aceite, las castigan
con afiladas llamas; mis hermanos
cavan anchos zanjones, tapan bocas
y clausuran hediondas galerías.
Pero vuelven al cabo de otra noche,
invaden mi silencio, y con jadeos,
se aposentan allí, donde yo canto,
allí, donde yo estoy cantando ahora.

(de “Solo canto de hierro”, 1975)

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La gente que lo espera, las abejas


La gente que lo espera, las abejas,
el maestro rural, las herraduras,
la pródiga vejez de las anguilas,
los silos, el abismo de las aves,
el caballo frontal de la memoria,
no quieren alejarse de su rostro,
del polvo azul que sube por sus sienes.
Hacen bien. El hierro, si florece,
logra estrechar el corazón, la sangre,
el vientre de la luz. Para saberlo,
va mi padre final pisando estrellas.
Viene de la razón. Entre sus brazos,
hay gaviotas y ruedas cardinales.

(de “Padre final”, 1964)

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Me he llevado a mi casa, para siempre


Me he llevado a mi casa, para siempre,
los libros de la hierba, los complejos
pergaminos del aire, los glaciares
manuscritos sonoros del granizo,
y me he puesto a leer, usando anteojos
de madera traslúcida, contento
de estar así, salvando y desligando
la dominante lengua de los meses.

Tengo un lugar, adentro de mi casa,
apoyado en dos troncos, sostenido
por mi entrecejo austral de jabalina.
Y estoy cómodo en él, mientras las horas
se parten como lentas avellanas
y en la cocina hay ruidos comestibles,
olores de tomillo, cuchicheos
de nobles y ferrosas cacerolas.

Leo sin fatigarme. Soy un alto
zapador de lectura, un fervoroso
jinete de lo cierto,
un hombre que procura dilatarse
para poder hablar con los certeros
lustradores del pan, con los antiguos
fundidores del pan y sus principios.

(de “Padre final”, 1964)

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¿Quién me puede prestar una botella


¿Quién me puede prestar una botella,
una paloma, un banco de cerezo,
y una miga de pan y un árbol solo,
para cantar a todo lo que amo,
lo que me quitan por estar desnudo?...

¿Quién me puede ofrecer un hueco infame
junto a las cucarachas y al residuo,
debajo de la muerte, en lo más triste?...

No preciso otra cosa. No deseo
lugares victoriosos. Solamente
un pedazo de paz, una tranquila
región donde poder mirar las nubes.

(de “Paciencia por la muerte”, 1963)

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Hoy 29 de septiembre se cumplen ochenta y seis años del nacimiento del poeta citibelense Roberto Themis Speroni (1922-1967), fallecido un día antes de cumplir los 45 años.
Imagen de cabecera: poema inédito de Roberto Themis Speroni, fechado el 2 de diciembre de 1943.

VERÓNICA RODRIGUEZ: Soy yo la que escribe poesías y otros poemas



urge una última dignidad:
asumir sostener
contra cualquier pretensión humanitaria
que, en verdad,
no hay más dolor en el mundo
que el que causa el desdén,
el propio

vean el hambre más feroz:
la espera de esa migaja, su respuesta
la tortura más inmoral:
su amor en otros asuntos

si ya no hubiera muerto
más de cinco o cien veces
de estas y peores cosas
rogaría a gritos
por el áspid, la cicuta…

pero no: soy
la mujer fénix
nutriré mis raíces con raíces más amargas
dormiré mi siesta con Morfeo
o su hermano o su amigo
lloraré lo increíble lo indecible lo imposible
vestiré y sonreiré de luto
todo el tiempo que quiera
porque soy la dueña del tiempo de dolor

y saldré a escena otra vez
otras veces
me pondré el traje de seda
rojo de seda
para llamar al ronco animal
al bruto al necio
lo tentaré lo llamaré a dolerme
(lo haré con el mismo u otro nombre)
porque soy la dueña del coraje de dolor

pero no es el dolor
soy yo
la que escribe poesías.

________________________________________________

voces

dejaré en una silla el pañuelo
que defendió mi cabello del viento
llevaré mis pies hasta la arena
(extrañaré un café)
probaré cantar
pero no habrá voz
porque para pensarte
acostumbré el silencio
y estoy tan muda de gritar tu nombre
que en vano pruebo recordar
los nombres de las cosas del mundo

el mar dirá las cosas
pero yo oiré tu música

el mar
hablará de otros hombres
de otras mujeres
de hombros que duelen bajo maderos
de manos callosas en un puerto
de bocas infectadas de delaciones
de vientres cóncavos y convexos
de pies torturados o sin rumbo

qué mezquina me volvería amarte
qué vacía pasearía mi vida en esta playa
si no te dedicara -como lo hago-
las lágrimas que lloro por el mundo.

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­_________________________________________________________

ciclo

me quedo pensando
en la hoja, el árbol
en la tierra

pienso en su diferencia y equivalencia
esenciales
y vuelvo a mí mis propios ojos

pienso en mi canto
que no es menos esencial
que inútil

pienso en tus ojos
que no me reconocen más
ni de otro modo
que este mismo modo mío
de distinguir una hoja, las hojas

pienso en lo breve, lo fútil, lo imperceptible
y en esta impaciencia del tiempo
que se va y no da crédito
ni importancia a mis planes

el ciclo
se sucede
vuelvo a pronunciar mis deseos
como si contemplara una mágica fuente
con una moneda entre los dedos
los digo al aire y al viento
pero ya no me engaño:
un día seré una hoja
más
en el suelo
y ni yo recordaré
mis pasados colores
y poco importará
cuántos sueños haya cumplido
o incumplido

____________________________________________________

cartón

he trabajado duro
para domar tu imagen
he jurado ignorarla
y ella, que ahora es más obediente,
se ha comprometido
con firmeza
a ya no desvelarme

he debido explicarle
que pasaré de ella
y de su dueño
por el tiempo que reste en la aventura
de hallar un ser amable

la he escrutado a los ojos largamente
con la luz de la rabia:
no he logrado encontrar
ni aún un atisbo
de mella en su altivez
-sigue sonriendo-

ahora que se marcha
descubro sin embargo
que apura el paso…
teme
que me atreva, ahora sí,
a retenerla un instante
para rasparle un ángulo
para ver cabalmente
-libre ya del opio o del encanto-
que mis dedos se ensucian
con un dorado tinte.

__________________________________________________

carcelera

te descubro una vez más
usando mi nombre
decís en mi voz y en mi nombre
las palabras los vestidos
de seda

nadie te pregunta
la mordaz respuesta
ensayás repetís ensayás
nadie escucha el retruque
altisonante
la fanfarria retórica
tu virtud edulcorada

esta tarde
harta de oquedades
quisiera saber los ojos
las manos el miedo
de la verónica
llorosa
-no la llorante-
de la magdalena
que en el fondo
tiene sed de esa lluvia de piedras

y quisiera no desear saber todo
decir todo parir todo
quisiera felizmente ignorar
el libre argumento
o el capricho
de la lágrima, la piedra
y que fueran libres de caer
de mí...
a mí...

¿la mujer que me invento se parece a mí
o bien
la mujer me inventa
porque no sabe cómo
parecérseme
porque no me conoce?

quisiera verme las verdaderas manos
el dolor la fibra el sueño
quisiera saber cómo amaría
si de verdad estuviera enamorada
quisiera dejar la literatura
para otra vida
y vivir
sin la mujer que me estudia
que me hace
que me escribe.
Libre
del estúpido disfraz tras el cual
un día me oculté tan bien
que ahora no me encuentro.

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no será

tira –inocente- del hilo
desteje, desrama, deshoja
el árbol, el libro, el hijo

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la soberbia

te hice de barro con mis propias manos
y te soplé un alma de mi propio aliento

pero nunca amaste
porque no soy una diosa

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MASAI

Como esas mujeres espiga
de barro y cuentas
collares y dientes
huesos y vestidos encendidos
yo daría uno, mil saltos al cielo
para encantarte
en esa tierra negra y feroz
saltaría
saltaría
saltaría
hasta que me miraras
y con el cráneo al sol
exhibiría mi amor y mis virtudes
saltaría
saltaría
a la vista de todos
siguiendo el ritmo
de un raro tambor interno
sin fatiga saltaría
hasta que al fin
en un instante
olvidara
porqué
salto
salto
salto
salto
y me amara a mí misma

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Verónica Rodriguez nació en Buenos Aires (1973) pero vivió en Puerto Madryn gran parte de su vida. Ahora está radicada en La Plata. Es una de las organizadoras y poetas que participan en las “Colgadas de Poesía” que se realizan en las plazas de nuestra ciudad desde el año pasado. Es profesora en Letras egresada de UNLP y dicta clases en algunos colegios de La Plata. También trabajó y trabaja como correctora de revistas, libros y textos académicos.