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Aurora Venturini y la rama dorada


AURORA VENTURINI Y LA RAMA DORADA 1
Un encuentro


Por José María Pallaoro


La cita era a las tres de la tarde. Llegué tres menos cuarto, y para no esperar en el auto decidí caminar hasta calle 13 para dar la vuelta hasta calle 11, y luego tocar el portero. Hacía frío y había sol. Un día hermoso de invierno, un día…, ustedes ya saben. Me entretuve observando los árboles de la vereda. Fresnos. Liquidámbares. Limpiatubos. Ligustros disciplinados sin hojas (seguro por la mosquita blanca o por pestes que caen del cielo). En la esquina, un par de árboles de tronco gris, lisos, delicados al tacto, no recordé en ese momento su nombre. Tampoco lo recuerdo ahora. Son tres menos cinco, abro la puerta del auto, saco mi valija, luego la bolsa de mimbre que me regaló mi prima hace algunos años y que yo regalé a Elena en ese mismo año. En la bolsa de mimbre hay en una bolsa de residuos naranjas y limones que corté hace un rato de las plantas de mi jardín; hay, además, en el fondo, una decena de libros de Aurora. Cierro la puerta. A dos pasos veo una cagada fresca de perro, no debo pisarla, y recordar no pisarla cuando vuelva. Toco el portero. Planta baja. 1. Nadie contesta. Igual digo mi nombre. Espero. Un cuerpo extraño se acerca a la puerta, el vidrio denso, amarilleado, lo veo a través de él, y escucho el raspado de la cerradura. Recorro un pasillo semioscuro, es breve, más por los tres peldaños que subo y un par de metros después bajo. El departamento es pequeño. Aurora está sentada en una silla de ruedas, me sonríe. La beso. Le digo algo acerca de las frutas. Dice si tengo un jardín. Le cuento del jardín. Ahora estamos solos. La chica va por las habitaciones, va de un lugar a otro, como de visita. La idea es no quedarse quieta. Parece no interesada en nuestra charla, quizás desee estar en otro lugar.

*
Militares. Nunca me gustaron. Hasta entonces. Y venían a La Plata. Era un coronel. Con la gorra bien puesta, bien enterrada. Todos nosotros tenemos como un aura, y este hombre brillaba, nos habló de las cosas que nosotros pensábamos. Habló extraordinariamente, maravillosamente, me convenció, nos convenció. Fuimos un grupo de intelectuales. Nadie se acuerda, pero estaba Reyes, de los frigoríficos. Cipriano Reyes.
Hace poco se hizo una película, digo.
No, no la vi. Lo conocí muchísimo, era muy buena persona, pero claro, él quería ser gobernador y no le daba. Gente que no sabe hasta donde pero quieren, ¿no? Llegan, y ¿para qué llegan? Lo cierto es que nosotros hicimos la nuestra, y bueno, yo la quería más a Eva. Evita fue para mí el verdadero peronismo, populista. Ahora me pidieron una columna en Clarín sobre la Señora, y la tengo apuntada. Una mujer con luz propia. Hablo sobre Scalabrini Ortiz, cuento dos anécdotas. La del indio en la pulpería. La de la cena en La Plata. “Regálenos los trencitos”. “Todo a su medida y armoniosamente”.
Tenía una respuesta para cada pregunta, dice Aurora.


*
¿Te puedo leer “El silencio”?
Sí, eso apareció en Página/12, soy columnista.
Leo para Aurora y para mí:
“Lo que voy a contar nunca lo conté. Pasaron ya veinte años de aquel suceso, durante los cuales acontecieron verdaderos prodigios científicos. Me animo ahora a escribir, apenas algo, sobre aquel episodio que me sucedió en la localidad de City Bell, esa ciudad cercana a La Plata.

Vivía yo entonces en una quinta. Dormía frente a un ventanal horizontal que me permitía ver un campo de vacas y caballos, bastante amplio. Pero no tanto. Las noches plenas de los campos urbanos, que eso era aquel predio vecino a la urbe, no significa campo profundo, son noches bulliciosas, con grillos chillones, perros inquietos, rumores y otros ruidos inclasificables. El silencio rural aquí no existe.

De pronto la llana llanura se platinó intensamente. Vi que algo descendía no desde una nave ni desde una intensa luz, no, desde una vibración inmaterializada. Reinó la paz silente más impresionante. Creció el silencio rural, casi con agresividad. No me es posible acertar cuánto duró la espectral maravilla. ¿Días? ¿Un segundo? Acaso me habré dormido y desperté cuando la empleada de servicio entró a mi habitación protestando porque opinaba que los cables de alta tensión caídos en el césped significaban peligro para los niños que levantaban cualquier cosa del suelo. Luego volvió desaforada. Las piletas de todas las quintas se habían vaciado, hasta el fondo. Después llegó el encargado de cortar el pasto, también desaforado. Quería saber quién había sido el mal nacido que le había quemado una buena parcela de achiras y rosales. Callé. Actitud extraordinaria de mi parte, que soy proclive al diálogo. Callé como respondiendo a órdenes que superaban mi costumbre de proclamar novedades. Una novedad que habría agregado un oropel a mi estatus de escritora en aquella ciudad. Me quedé callada. Lo que voy a contar, nunca lo conté”.




 
*
En serio pasó. Lo conté ahí. Me han pasado cosas extraordinarias que nunca he contado. Me di cuenta que hay algo más. El perro que dormía conmigo siempre, Lobín, era un ovejero de los cárpatos, lindo animal, también se quedó quieto. Sorprendido, haciendo esos soniditos de los perros… bu, bu. Hasta los sapos se callaron. Hay algo más. Me llamó un tipo de City Bell, no quiso dar el nombre, y dijo que él también lo había visto. ¡Cuántos lo habrán visto y se callaron porque esas cosas son extrañas! Uno tiene miedo que lo tomen por tonto, ¿no? Como cuando yo escribí sobre la seguridad de que hay más allá otra cosa. Resulta que una amiga mía, compañera de la universidad, Dawsen el apellido, noviaba con Carlitos Cottella, esa chica tenía en su poder un libro que le había prestado, La rama dorada, y lo necesitaba porque tenía que rendir Estética. Voy a la casa de ella. Me recibe la mamá que es una señora irlandesa y me dice que no está en ese momento pero yo le voy a dar el libro y me lo dio. Me fui caminando hacia la calle 7 y diagonal 80 donde está la fuente. Ahí estaba Carlitos Ringuelet. ¿De dónde venís? Yo vengo de la casa de los Dawsen. ¡No puede ser, no está más la casa! Se fueron de La Plata. No, no, si vengo de allá, de la casa, y la mamá me acaba de dar el libro. Pero, ¿qué historia me estás inventando?, me dice. Lo trajiste de tu casa, vos nunca pudiste ir a lo de los Dawsen. Vení, vamos a ver, yo te voy a mostrar.
Desandamos el camino y no había nada, había oficinas de abogados y esas cosas. No me quiso creer. Pero es cierto. Es atemorizador, es espantoso.

*
Como vos, yo viví en City Bell. No era completamente zona rural. Era un campo urbano. Yo me crié en las afueras de La Plata. La sección Quinta, donde está el seminario. La distracción que teníamos cuando éramos muy pequeños en ese entonces era con los chicos del barrio ir a comer las hostias no consagradas y jugar con los monaguillos y los seminaristas en el patio.
Sí, era una vida silvestre, de juntar huevos por el campo, de las gallinas salvajes. Que mi abuela me decía “cuidado con el huevo de basilisco que te deja duro”. Había que ponerse debajo del brazo para empollarlos. Esas historias tan hermosas. La fortuna. Me encantaba. Era realmente romancesco.

*
Javier Villafañe.
Sí, fijate que nos dieron la jubilación de escritores juntos. Con María Granata, también. Y la medalla se la llevó una muchacha que trabajaba acá, se la robó, pero no importa. Lo sentí mucho. Una mano larga.
María Granata hizo un viaje parecido al tuyo, de poeta a narradora reconocida.
Somos muy amigas.
Sí, viene de la poesía y se va a la prosa. Ganó un premio importante. El premio Strega de la Argentina otorgado en Italia. Fue finalista con Borges, Sabato, Mujica Lainez. Un gran disgusto para Manucho Lainez que se enojó porque lo quería ganar.

*
Había mucho lobby en esos años. Uff... A mi no me daban nada porque era peronista, abrían el sobre. Yo ponía un piedrita, algo, y nunca estaba después. Una vez presenté unos cuentos demasiado lindos en La Nación. No encontraban ni siquiera el original para devolvérmelo. Estaba metido debajo de un mueble. Yo había ido con Gustavo (García Saraví) que siempre peleaba por mí.

*
Las Ocampo a mí me recibían.
Yo escribo un poco parecido a Silvina. Pero mi relación fue con los Ponce de León. Con Ringuelet. Con García Saraví. Estamos todos en la antología del 40. Habíamos formado un grupo que se llamaba “Del bosque”.
Ediciones del bosque.
Sí, fue por 1947. Raúl Amaral que había llegado de 25 de Mayo era el director. Estaba Roberto Saraví Cisneros que traía muchas ideas. Alberto Ponce de León dirigió la colección de Poetas Jóvenes, venía de Filosofía igual que yo, era mayor y abogado. Delia Fernández Aparicio la de Poemas en Prosa. Alejandro Denis Krause la de prosa. Jaime Sureda los Cuadernos Bonaerenses. Todo en la imprenta de Gadea. Publicaron en Ediciones del Bosque, además de los mencionados entre muchos otros, Alejandro de Isusi, Enrique Catani, Horacio Núñez West, María de Villarino, María Dihalma Tiberti, María Elena Walsh, María Granata, Osvaldo Guglielmino, Pablo Atanasiú, Roberto Themis Speroni, Vicente Barbieri… Estábamos todos. Yo doné la colección a la Biblioteca López Merino. Yo mando muchas cosas ahí. Ahora yo tengo muchas cosas que no sé a quien se las voy a donar. Aunque no pienso todavía. Aunque yo ya me morí como dije en la charla que di el otro día. Por si acaso, quiero asegurarme de todos los diplomas. Los premios, que son muchos. ¿Adónde van a ir a parar? El otro día mi sobrino, que es artista, el escultor en hierro de las obras que están expuestas, te digo para que vayas a la Biblioteca. Hay esculturas de él. Gustavo Castro. Busca en la basura cualquier cosa. Y encuentra un libro de Javier Villafañe. Alguien lo tiró a la basura con otras cosas. Esas cosas me hacen mal. Venden las bibliotecas. Alguien vino el otro día a hacerme firmar un libro mío dedicado a Cora Cané. Cora falleció, y alguien vendió su biblioteca.

*
Le cuento a Aurora un par de anécdotas mías en la librería de Lenzi, ahí en diagonal 77 casi Plaza Italia. En una hay un estante con una veintena de libros de Alberto Girri dedicado a un poeta que vivió muchos años en La Plata. Hacia un par de días había hablado por teléfono con él. Estaba viviendo en un geriátrico. Lo instalaron cómodamente los hijos. Consulto con Lenzi, y me dice que estaba muerto, el poeta, que un familiar (posiblemente un nieto) le acercó los libros. Se estaban deshaciendo de su biblioteca. Su familia. Un destino en apariencia común.
Era medio…, dice Aurora moviendo los dedos de la mano derecha. Conmigo tuvo una fea discusión. Se desubicó. Estaba yo por irme, por escaparme, y dice “…las malas mujeres están de más.” Roberto Saraví le pegó una piña que lo dejó sentado. Con el correr de las aguas bajo los puentes me vino a pedir un empleo, le dije que no.

*
Había gente que delataba a otros escritores. Mi peor enemigo era una mujer que fue amante de Eugenio Aramburu. Ella hablaba de Pedrito, y ahora está tan mal. Como me gusta. Soy siciliana.

*
Cuando presentaste El marido de mi madrastra, luego de las disertaciones y las preguntas, te levantás y decís: “Ya me hartaron”.
No, no, hay gente que va a molestar.
¿Como ese señor que quería hacer taller?
Ah, sí, ese hombre, ¡Dios mío! Ahora que no tengo nada que hacer, ya vendí las vacas… y quiero escribir. ¡Como si escribir fuera soplar y hacer botellas! Lo eché a patadas.

*
De alguna manera tuvimos infancias parecidas. En casa había tambo, había quinta. Mi mamá ordeñaba todos los días, para nosotros era un juego. El estar en ese hábitat quizás nos llevó a leer también.
Sí, mi abuelo italiano era muy lector. Leía La Divina Comedia, al Dante. Caminaba y leía. Caminaba y recitaba. El vino de Italia con ciento cincuenta pesos. Ya habían comprado, con Maldonado que era un paisano, un terreno. Y ahí puso la prefabricada, y ahí vivió la esposa y los chicos. Trabajó en lo de Vassena, y llevaba las cuentas y compraba ladrillos. Adelante estaba haciendo la casa. Trabajo siciliano. Ladrilleros. Obreros. Se hizo otra casa al lado. ¿Te das cuenta lo que eran? Trabajando toda la vida. Además a la noche cuidaba el Parque Saavedra. Estaba cerca. Se parecía a un alemán porque era de la rama normanda.

*
Escribís desde chica. Cerca de los veinte años publicaste tu primer libro.
Yo escribí en el diario El Día a los dieciséis años.
¿En “Prosa y verso”?
Sí, ahí nos iniciamos casi todos.
Tu primer libro es Corazón de árbol, que apareció en 1941 y reeditaste en 1944. Tenías diecinueve años.
¿Querés que te cuente algo? Antes había salido otro libro, pero no lo cuento. Corazón de árbol no era tan malo. Ya despuntaba una poesía plena. El que fue muy bueno es el que apareció en Ediciones del Bosque, Adiós desde la Muerte, en 1948.
Aurora, ¿te puedo recordar alguna línea?

...
Y después siguió una cantidad de libros. Borges me dio el Premio Iniciación. La vida mía ha sido de escribir nomás.

*
La chica se está preparando. ¿Era hasta las cinco, no?
No, no, está bien. Seguimos un rato más.
Alberto Ponce de León escribió una novela, La quinta que fue premio Emecé y el libro de poemas Tiempo de muchachas. Tanto vos como Roberto Themis Speroni escribieron monografías sobre Tiempo de muchachas.
Sí, pero no me quedó ningún ejemplar.
Sugestivo el título: La ausencia ardiente.
Claro. Se quemó. Poncho fumaba en pipa. Estaba aparejado, digamos, con una chica en Quilmes. Se peleó y se fue a Buenos Aires. Alquiló un burdel, una habitación por una noche. Estaba con la pipa. Se quemó vivo. Parecía un africano. Fuimos con su hermano, con Horacito, para verlo... Speroni era un bohemio total.
Hablamos de los poetas fundacionales, de poetas actuales de La Plata. Algunas cosas mejor mantenerlas en la intimidad de estas cuatro paredes.
Nos reímos.
A mí me admira.
Ahora son muchos los que te admiran, digo.
Y, ahora sí, fijate de Clarín, me echaron dos veces, si vuelvo es para escribir sobre Eva Perón.
En Página/12 colaboraste con breves relatos y ahora con pequeñas biografías.
Sí, pero me cansé. Van cada dos semanas, casi siempre.

*
Aurora nació en La Plata un 20 de diciembre de 1921. Es de la generación de los nacidos entre el 18 y el 22, de Tomás Diego Bernard, Pedro Catella. “Los chicos terribles del 40”, como le gusta decir. Amiga de John William Cooke, nacido en La Plata un 14 de noviembre de 1920. Al Bebe y a Aurora los trajo al mundo la partera doña Honoria Bossi de Contarelli. Hermanos de cigüeña, hermanos de repollo, se divertían los amigos que abrazaron la misma causa política.
Yo soy doctora en Filosofía, Letras no. Y Ciencias de la Educación, especializada en Psicología.
En Pogrom del cabecita negra está Yuna, le digo.
Casualmente, ahora la borré.
¿Le cambiaste el nombre?
Sí.
Vos llamás a tus traducciones “Versiones respetuosas”: Rimbaud, Lautremont.
Del Otro Monte, a diferencia de Monte Cristo.
¿Te gusta la versión de Aldo Pellegrini?
Sí, pero yo le pongo todo. Trabajé en los Cantos de Maldoror como diez años. Respeto las rimas y el espíritu.
En tu trabajo personal te pudiste soltar más en la narrativa que en la poesía. Tu poesía es más clasicista, por denominarla de algún modo, en los motivos, la cultura griega, la religiosidad, la rima.
Yo creo que Jesús era hijo de José pero que tenía más de Dios que otros. Fue Juan el bautista el que lo dijo. Hay que leer bien las escrituras. Yo con el padre Carlos tengo grandes discusiones, con el exorcista. En cuanto a los Cantos…, vendí todo, toda la serie, toda la edición.
Aurora, tenés gran interés por el surrealismo, lo onírico, lo esotérico, lo dramático, lo fantástico…
Yo viajo a los museos, veo a los anticuarios, voy a las iglesias, yo soy una medievalista.
Villon.
Claro. Es una época que parece que la hubiera vivido. Me gustan las catedrales. Mucho, de ahí los temas, ¿no?
En las reediciones seguís corrigiendo tus textos.
Sí, trabajo con las palabras.
En la narrativa has encontrado más libertad.
Sí, es más libre. Siempre fui muy respetuosa del mester de juglaría, del mester de clerecía. No me salí de las reglas. Me parecía que era faltarle el respeto a la poesía. En la prosa hay más libertad.
Igual se filtra.
Claro. Es un arte mayor.
 
*
Salir de las sombras. Yo estuve muerta. Me rompí los huesos contra el suelo de la manera más zonza. Me van a arreglar. Lo cierto es que cuando estaba en las sombras fue tremendo, lo cuento en mi próximo libro. Una voz me decía “estás muerta” y yo que no. Mi propia fuerza me hizo despertar, y estaba mi cuñado y le digo “hola”. Ellos dicen que yo tuve una borrachera de drogas. Pero yo digo que no, ojalá fuera eso. Estuviste del otro lado.
Sí. Lo escribo en el libro. Yo voy a caminar, pero no me animo a caminar ese corredor. Por los peldaños. Le digo El túnel de Sabato.
¿A Sabato? No llegué a capturarlo. Era mayor. Físico. Se casó con Matilde. Tristes los padres.
Me recita unos versos en francés. No sé francés.
Está dedicado a vos, me dice.
No me animo a pedirle que haga una versión respetuosa.
Verlaine lo descompuso a Rimbaud, que era un chico del campo, el otro una porquería. Villon era un encanto, con la gorra.
Aurora dice unas líneas.
Leé el poema que se acuesta con el cura. Uno deja de escribir a los dieciocho años, Isidore muere en una pensión atendido por un sirviente de la casa, sífilis.
Son los malditos.
Son los mejores.

*
Te gusta hacer asado, me pregunta.
Sí, miento.
Cuando la primavera y pueda caminar, comemos uno.
La beso. Afuera hace frío y hay sol. Un día hermoso de invierno, un día…, ustedes ya saben.

AURORA CLIC 2
Un desencuentro

Toco uno toco dos toco tres toco hasta seis.
Tu tu tu…
– ¿Quién habla?
–Yo.
–Ah, ¿y qué quiere?
–Hablar con la señora.
–A ver, espere.
– ¿Cuál es su gracia?
–Pallaoro. José María Pallaoro.
–Espere.
Hay una radio encendida, hay una gata que maúlla, hay un perrito que es bocina. Hay…
– ¿Cómo era su gracia?
–Pallaoro. José María.
– ¿Papeolologo?
–No, no, Pallaoro. O si prefiere “Pa-la-oro” con doble L.
–Ah.
Hay una radio encendida, hay una gata que maúlla, hay un perrito que es bocina. Hay… un susurro que domina “Papiolologo, Pavulogioro o algo así”.
–No se preocupe. Ella lo va a llamar.
–¿En serio? ¿Recuerda mi apellido?
–Sí, sí, Papioliologo. No se preocupe.
Clic.



[1] La Plata, 6 de julio de 2012. City Bell, 8 de julio de 2012.
[1] Publicado en blog Los ojos, 3 de mayo de 2013.
Publicado en La Tecl@ Eñe, año XII, número 61, diciembre de 2013. Director Conrado Yasenza.
Fotos: José María Pallaoro. La Plata, casa de Aurora Venturini, 6 de julio de 2012. Archivo de la talita dorada.

HORACIO CASTILLO, quiso ser pintor en su amada Ensenada



CASTILLO1

Por José María Pallaoro


     “Hasta aquí llegó la vida, dices, y tu dedo toca el muro. / Hasta aquí llegó la muerte, dices, y señalas el dintel. / Pero si pones el pie donde estaba el umbral, / si te acercas con la rama de albahaca y un gallo en los brazos, / las sombras vendrán rápidamente a tu encuentro...”. 

     Horacio Castillo quiso ser pintor en su amada Ensenada (donde nació un 28 de mayo de 1934), pero había un diccionario y en el diccionario estaban las palabras, y con las palabras se podía dejar, intentar dejar a un lado la soledad, e iniciar un viaje, un viaje interior, un viaje de ideas, de pensamientos, de asombro, de alegría, de poesía. La imaginación y la organización de esas palabras. Y el mundo. Y la realidad, en el afuera. Y la realidad, en el adentro. Y las lecturas, las fundacionales: Rubén Dario, Ricardo Molinari, Hölderlin. Y la escritura, y la evolución desde la realidad, esa que percibimos, a lo que está más allá, y la ruptura en 1974 con Materia acre. Y el intento, siempre intentar, de renovar, reinterpretar, enriquecer la palabra. Y ahora sí, la poesía. Y Castillo buscó la resignificación lírica. La traducción. Elytis, Kafavis, Ritsos, Severis, Vretakos. Poeta y traductor, buscó el misterio en la luz, aunque frecuentara oscuridad y transparencia. Buscó hacer visible lo sustancial. El poema dice más, creía. Y creía. Creía en la Belleza. Creía en el arte como metafísica pura. Creía en la poesía como vía de comunicación de lo divino con lo humano; lo lejano, lo más lejano es lo que perdura. Creía en el poema como objeto estético. Creía en que enriqueciendo la forma se puede alcanzar el supremo contenido. Creía en la palabra como expresión de lo esencial. Tanto lo creyó que la llevó hasta el límite. Hasta tachar en Mandala (su último libro individual de poemas) la palabra “palabra”. Para que “hable”. Y después, estar callado. Pretender quedarse callado un 5 de julio. 

     Pero no pudo, no podrá. Sus poemas nos acompañarán siempre. Aunque nos sentemos donde antes estuvo el umbral y cerremos los brazos y encojamos las piernas e intentemos dormir en la matriz del llanto, y volvamos al sueño. 

     Hasta que el gallo cantor nos despierte, otra vez, con su voz de nuevos vientos. 



1 Publicado el 7 de julio de 2010 en diario Diagonales de La Plata.


MONO LLORANDO SOBRE UNA TUMBA

Aquí la boca se llena de espuma, el oído de truenos,
aquí fracasa la lengua prensil.
¿Pero qué prueba esta piedra? Esta opacidad, ¿qué protege?
La mano que ardió en el interior del hormiguero
acaricia ahora el lomo pardo de lo inerte,
y debajo o detrás, hondo o lejos, algo se eriza,
demasiado callado para no ser, demasiado vivo para ser,
eso que viaja para siempre de silencio en silencio,
hacia silencios que jamás acabarán.


BOSQUE EN LLAMAS

Esta intrincada red de ramas y reflejos es nuestro habitat.
Aquí edificamos, en el fuego. Y una ola más pura que el aire,
más clara que el agua, socava los cimientos.
Abre la ventana: el bosque en llamas.
Pisa el umbral: la vida camina sobre las brasas.
Aquí edificamos, en el fuego. Y alrededor,
un orden nuevo condenado a morir,
un orden viejo condenado a nacer.
Abre la ventana: la vida al rojo.
Pisa el umbral: ceniza celeste.
Aquí edificamos, en el fuego. Y el alma,
como un pavo real, abre su cola en el incendio.


Horacio Castillo (Ensenada, 28 de mayo de 1934 - La Plata, 5 de julio de 2010).
José María Pallaoro (La Plata, 1959).

Foto: Archivo de la talita dorada. Horacio Castillo, Néstor Mux y José María Pallaoro. Circa 2003.

José María Pallaoro, selección de Una piedra haciendo patito


UNA PIEDRA HACIENDO PATITO
(Selección)

Dudar de que sea así

 “Hablar es callar”.
Poner el cuerpo
para un destino.
Sostener los sueños,
mejorarlos.

 “Hablar es callar”.
Las fuerzas subterráneas,
la subjetividad y el mundo,
mantienen la inercia
en este interminable viaje
donde el aliento desalienta.

 “Hablar es callar”.
Percibir el cadáver
de la soledad.
La causa esencial
de nuestras ideas.
Las sin palabras
de los despojos.

 “Hablar es callar”.
Mirarnos en un espejo
impresionista.
Galvanizar la pena,
hacer cuentas
para un saldo
sin sentido.

¿O callar es hablar?
Cuando dice
“ha muerto
un muerto: la palabra”.

Pero quiero dudar
de que sea así.
Simplemente
es demasiado joven.

Para el encuentro,
para la celebración.


**

Massera

Cuando desperté
a las cuatro de la tarde
de un ocho de noviembre,
el monstruo ya no estaba.



La política es el bien

Los parques se vistieron  
de aquelarres.
La ciudad hoy
en la represión brutal
de los conflictos sociales.

Una cuestión de modelos.
El modelo de reprimir.
El modelo de dialogar.

La política es el bien
de todos los que amamos
a Chunchuna.


***

A Gabriel Báñez
(1951-2009)

La balada que cruza la calle
deja el amor, el odio,
la desdicha dicha de vivir.

Se pierde en una esquina cualquiera.

Sin amarguras ni resentimientos
cambia de barrio.

No se la escucha más.



Los muertos

Debemos embotellar
el pensamiento
y arrojarlo al agua
de la desmemoria.

Encontrar el lugar
y quedarnos.


****

La mañana común

Falsos poetas del mirar.

El pasado como ilusión
de lo que se quiso ver
en la ficción del vivir.

Notas al pie
que se descalza
y talca
la beatitud

de la mañana común.



Breve

El niño tira los dados.

Ya es un hombre
dentro de un cajón.



La rosa que oscurece

La rosa oscurece el pecho del perro
muerto. Llueve y el niño duerme
sin fantasmas de lo que vendrá.

Las moscas vomitan en la fugaz
iluminación. El reloj yace inerte.
Como la flor. Como un niño.


*****


Guerra y paz

Cuando entro a tu casa
dejo mis armas
en el pasillo,

y descalzo
subo la escalera,

para hacer la guerra,
para lograr la paz.



Gema

Miro
en tu espejo
y sólo veo
tu piel
de luna

y mi deseo.



Basuritas

"Nada de pensamientos"
dice la muchacha de falda liviana
que cierra y abre las piernas
como si fuesen ojos
molestos por una basurita.



Otros mundos, en éste

Aunque mis días de mal humor
se parezcan a mis días
de buen humor,

bajo la viva luz
de tus ligeros pechos

cambia el mundo.



Nadia

Entre lo todo y el todo
estás vos.

Estás vos.



Too old to rock 'n' roll

1.     Una noche en El Lobizón
Darno escribía en una servilleta,
a unas chiquilinas charlatanas
de la mesa de al lado,
su declaración de amor:
 “Siempre van a ser imposibles” o
“Ustedes son imposibles”.
Ninguna de las dos debe ser correcta.

Pero algo así escribió
en el papel que hizo girar
para que lo pueda leer.
Y después lo pasó
a las muchachas.
Ellas se pusieron coloradas
y, para atenuar la risita
ante el músico y poeta
maldito de Montevideo,
se taparon la boca
con la mano.

Lo peor de ser viejo
es recordar que se fue joven
y que podía amarme.
Esto fue casi en los 90
o en sus principios.

Pegué el último sorbo
al séptimo alcohol de la noche
y acompañado
por un terrible
dolor de vacío
me fui a tirar al Windsor.
No entiendo por qué
escribo esto ahora.

La historia del Darno
ya la conté antes.
Pero hace unos días
escuché que un pensador
había dicho que tres
días de amor verdadero
justifican una vida.
Mi chica no debe estar
enterada de estas
cuestiones filosóficas.
Hace tiempo la espero
por uno solo de los tres.


2.     En una novela de Fiodor Dostoievski
hallé la cita que el Darno
me regaló esa madrugada
de hombres lobos
a la otra orilla del río.
Cuando estaba vivo.
Y yo tenía la edad de Clara,
y era demasiado joven para morir
en la angustia y la dulzura
de toda circunstancia ajena al amor.



La clara verdad

Ni un temblor en sus ojos.

Frías esmeraldas, ajenas, implacables,
en una calle cualquiera de La Plata.



Platón

Tu cuerpo y mi alma.
Tu alma y mi cuerpo.

Lejos de la clara desdicha,
una significación nueva:

la soledad desnuda
la carencia de vos.

Una dimensión sin sentido,
el oscuro silencio.



Pensar no pensar

La soledad

Es pensar
no estás
o estás
como pozo
como vacío
y no pensar
más.


No pensar

No.



Una piedra haciendo patito

Anoche soñé con vos
y en el sueño
un apagón
cayó como manta
sobre la ciudad.

Tiré una piedra
haciendo patito
como si fuese
tu nombre
al agua:

Clara
Clara
Clara

y el abrigo 
se deshizo.


Esto no es un poema

Esto no es un poema.
Cae la nieve pero no
no es cierto ya que

no es esto un poema.



Soolaimon

Aún resuenan en mis oídos
tus palabras:
“cuando yo ya no esté
te vas a arrepentir”.

Pensaba en esto
y el teléfono sonaba.
Cuatro veces sonó.
Hasta que el contestador
repitió como lorito
alguna tontera que grabé
y un breve fragmento
de all you need is love.

No dejaron mensaje.

Y esto ocurría mientras miraba
algo por la tele
pensando en lo que dijiste
la otra noche.

Que la paz sea contigo.


******


Maderas y piedras

No sabemos qué hacer
con las maderas y las piedras.

Y quedamos en lugares distintos,
en cualquier lugar.

Una ensalada
en el sentido no vegetal,
en el sentido de la confusión.

No des crédito a todo
lo que te digan.

La búsqueda es no encontrar.




Libros de la talita dorada, 2013

José María Pallaoro, selección de Una medida adecuada a todo




UNA MEDIDA ADECUADA A TODO
(Selección)

El muro

Todos los días y todas las noches
abro los ojos
con la esperanza de ver
el dorado rostro amanecido. 

Pero el muro sigue allí.

El muro sigue allí.



471 y 29

No solo es un par
de números puestos
al azar.

Es una esquina
con sauces y álamos.

Una simple esquina
de calles de tierra.
Únicas.
Imprescindibles.
Deseadas.

La entrada
a un mundo
que por un breve tiempo
tal vez nos pertenezca.

En el sentido sartreano.
En el mejor sentido.



La clave

Como la flor
que se abre.

Como la flor
que se cierra.

Eterno y fugaz.
La clara verdad.



Limones

Los limones caen
de la planta del edén.

Por el piso peregrina
la soledad y el destierro.



Fifty-fifty

Arrojar el sentimiento
y la razón
para que el círculo
de lo vicioso
se convierta
en nuestra mejor virtud.

Celebrar la ausencia
o la continuidad
de nosotros mismos.

Desentrañar el callado cielo
desde esta oscuridad
alumbra.



Alumbre

El lado oscuro del espejo: un fósforo
a punto de encenderse.



Basta de todo

Todo eso no la destruyó.
Todo eso la hizo mejor.

Más hermosa.
Más humana.

Invisible.



Me desgajo de vos

y crezco
con una claridad
insospechada.



El camino más fácil

Ella sopla las opacas nubes
de su corazón
                              y se resfría.



Por el motivo que sea

Clara
es tan clara
que no
necesita soles
para embellecer
los días.

Eso sí:
cuando cierra
sus ojos
todo hace agua
y lo que vale
la pena
se ahoga.



Yo no me llamaba Bob

Estábamos perdidos
en el extranjero,
en una ciudad como La Plata,
Lévico, Olula del Río o Tokio.

Yo no me llamaba Bob
ni vos Charlotte
aunque tenías
los ojos más hermosos
que he visto
en muchos años,

y la belleza frágil
de la muchacha del film
de Sofia Coppola.

Si todo esto fuese
como en la dolce vita
rebobinaría la cinta
en el momento
en que mi mano
acaricia tu pie
y después te beso
y logro
hacerte sonreír
susurrándote
algo de Roxy Music
o de Spinetta
al oído.

Pero no siempre
hay finales abiertos.

Un encuentro
en cualquier lugar del planeta.



Derrotas

El amor sigue
creciendo
y también
su pena.

Sos
la belleza
que duele.

La derrota
del no
avanzar
jamás.



Poesía pura

Después de la ducha
el vate cuelga
de la percha
la bata
húmeda, blanca,

y seco va,
aún desnudo,
hacia el escritorio

a trabajar
libre
de impurezas.



La utopía se nombra

El joven escuchó
a Antonio Gamoneda
recomendar
a tres poetas
que bajo el poncho
se las traen
o trajeron.

Diego Jesús Jiménez
(Madrid, 1942-2009),
Manuel Álvarez Ortega
(Córdoba, 1923)
y Enrique Falcón
(Valencia, 1968).

“Por la santísima trinidad
si tengo la más puta idea
de quiénes son”,

dice en tono de preocupación sincera.



Volví a usar polleras

Me pongo linda para vos.

Tomo sol en las horas correctas.
Camino una hora en las mañanas
contando las piedras blancas
de plaza San Martín.

Volví a usar polleras,
y a las lecturas de Simone de Beauvoir.

Señor de las frutas y las verduras,
respeto las cinco comidas
y cuando puedo me dejo acariciar
por la sombra del sauce.

Sos mi héroe mítico
entre tantas moscas y caracoles.

Mi gran pena aún es
que no me conozcas.



Un poema zen

Nada estalla de las manos
del solitario que escribe su poema
sin pájaros del deseo.



La muda

“Estoy bien
pasa que no tengo
palabras”,

dijo la muda
y se puso a cantar,

a cantar.



Rasguña las piedras

En la reunión de fin de año
nos creemos
Antonio Lucio Vivaldi
y al momento de dar
la mejor de nuestras notas
(paso a la primera del singular
para no herir susceptibilidades)

vomito sobre la mesa
el vino malo y los canapés,
los palmitos y la cerveza,
el vencido corazón,
la prosa de la poesía.

A las postres hago
plancha vacía de panza,
beso la frente
del estimado público,
y me voy
silbando una
que sepamos todos.



Elis

Ella mostró su manifiesto
y me regaló una canción
que habla de otros atardeceres
similares a los de siempre jamás.

Esa noche llovía Neil Young 
y después ella se hizo ella
y Caetano nos habló
de muchachos que se besan
en la calle.

No es extraño que el tiempo pase
y los libros viejos se reflejen
en meninas que comienzan
a hacer más de lo mismo.

Tal vez mejor, tal vez peor.

De la pasión estamos cantando.
De la pasión y no de otra cosa.



No puedo cantar

Bueno, volveré a casa, hace ya demasiado
tiempo que no escucho el gemir del álamo,
volveré, estuve ciego, volveré, estuve sordo;
volveré a casa, ese es mi deseo, volveré
a usar mis manos en el jardín, limpiaré
los rincones; hola John, hola George, sonará
otra vez la música de días mejores, hola
Raymond, hola Joaquín, hola Edgar, hola fantasmas
de mi corazón, volveré, volveré a ustedes. Ey,
adiós amigos, he estado demasiado tiempo
buscando lo que no existía, yendo hacia
lugares donde no me esperaban, bueno,
estaré pronto, allí estaré, allí, bailaremos
los dos en el río amarillo, como ayer
bailaremos y nos pondremos rojos
de dicha, con vos, la dicha de estar con vos,
allí, en mi lugar, y papeles y papeles y viento,
volveré lugar, volveré hogar, estuve tan mal
afuera, quiero, sí, quiero un poco más de luz,
volveré, amor, volveré, estuve perdido demasiado tiempo.



Apenas puedo ofrecerte

No me pidas
que compre
algún regalo.

Vivo imposibilitado
de entrar
a lugares extraños
que solo logran producir
acidez estomacal
y dolor de cabeza.

Apenas puedo
ofrecerte
este cúmulo
de vagas palabras
salidas del cascarón 
a lo largo de este año,

en este sitio,
en otros espacios.

En el corazón de mi hogar.


Libros de la talita dorada, 2012.